Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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La palabra “Vanguardia”

Para Guillermo Fadanelli, por una vieja deuda

“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”

Henry Miller

En general, creo que para usar un término, sobre todo si hemos de hacerlo mal, conviene averiguar cómo llegó a nuestro lenguaje. Tal vez la palabra ‘vanguardia’ es la más inadecuada para cualquier expresión estética. Es, incluso, insultante. Hoy en día, vanguardia es a arte, lo que ‘coadyuvar’ a política y ‘coyuntura’ a lapidaria confusión. Se le usa también como sinónimo de ‘moda’: “diseño de vanguardia”, “la vanguardia en diseño” o “¡Hey, chica, cambia de maquillaje, mantente a la vanguardia!”. Y es que ‘vanguardia’, actualmente, tiene entre sus sinónimos más recurrentes ‘maquillaje’, que es casi igual que ‘mascarada’. Se le ha convertido en una palabra teatral, una escenificación, mentira estructurada a la que, se supone, hemos de aplaudir.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española no contempla otra acepción de la palabra ‘vanguardia’ que la militar. El mucho más confiable Diccionario del uso del español, de María Moliner, da por correcto aplicar la palabra a todo lo que va por delante de lo que sea, aunque asevera que la palabra proviene del catalán avant-guarda. Según un chiste más o menos conocido un catalán es un gallego que se cree francés. Como todos los chistes, éste tiene su grado de realismo cruel, más cínico y desconsiderado que el del mórbido Juan Marsé: en realidad ‘vanguardia’ es un galisismo ya bien asumido en el idioma español a partir de avant-garde. Según el diccionario de Pierre Larrouse en su edición francesa -excelente, para contrapuntear la versión española- “…par extesion, tout ce qui précède, annonce, prépare…” y, repárese en el ejemplo por consideración a lo que viene más abajo: “étre à l´avant-garde du progrés.” Tras estas incursiones de floja investigación pareciera que estamos en lo correcto al aplicar ‘vanguardia’ al arte. Sin embargo tengo una observación que hacer: en francés la palabra avant tiene significado -adelante o delantera- y es susceptible de ser usada como prefijo. En español no existe, en tanto prefijo, la palabra equivalente en su sentido y sus cualidades, y la transmigración al español sólo se justifica en el sentido estricto de guardia delantera. Desde luego, el prefijo latino que involucra el verbo ‘avanzar’ es inegable, todo es que no existe por separado la palabra, tal que al usarla adoptivamente se le ha de usar con su complemento bélico de modo inseparable y en la extensión del término aborda el teleférico, inexorable y amenazante, la carga conceptual de la palabra ‘guardia’. Lo que se horrorifica es pues la idea, más que la palabra, pero la idea se expresa en la palabra y todas las ridiculeces a las que da lugar.

La aplicación de la palabra ‘vanguardia’ al arte, a otras formas de expresión estética y otras disciplinas del espíritu es una aberración en sí misma, si bien una aberración medianamente explicable: la extensión del términajo militar hacia lo artístico tuvo lugar en la sangrienta Europa de la Primera Guerra Mundial. Eran tiempos de preguntarse, de un modo sin precedente, por los deberes del artista ante la humanidad en la singular circunstancia de una guerra que representaba inequívocamente -equivocadamente, según la evidencia y a despecho de la empeñoza filosofía crepuscular del siglo XX- el fracaso definitivo del proyecto llamado Occidente. Quisiéramos que, en efecto, aquéllo hubiera constituido el fin de muchas cosas y que la crisis de valores hubiera dado paso a una transvaloración en todos los ámbitos; pero nada cambió a causa de la guerra, y, si vinieron cambios, fue dentro de una dinámica apenas interrumpida por esos años de dolor y destrucción. Todo permaneció bien aferrado a ese ademán histórico, terrible, aborrecido y amado por toda clase de buenas y malas razones, a partir de buenas y malas intuiciones del bien; ademán que es al proyecto Occidente como el fuego al infierno; ademán que se llama Progreso. Prueba de estas cosas horribles que escribo son las guerras que vinieron tras la que se creyó la Gran Guerra, y las que están por venir. Los cambios se dieron en el espíritu, en el pensamiento propiamente y apenas lograron concreción a gran escala en el arte, especial y velozmente en la arquitectura, gracias al desplante virtuoso, conocido como Casa Dominó, con el que el gran Le Corvusier -echando mano de tecnología, imaginación y verdadero amor por lo creable- logró devolver la vivienda a los europeos al fin de esa guerra. Curiosamente este extraordinario arquitecto francés sería visto unos diez lustros más tarde como el autor de la deshumanización del espacio habitacional, y el Modernismo arquitectónico, que en su momento fue auténtica vanguardia, fue escupido por los nuevos vanguardistas: los posmodernistas. Estas cosas no son raras: Friederich Nietzsche suspendió toda relación con la única persona que aún toleraba su admirable neurosis, su hermana, por contraer nupcias contra un antisemita; pocos años después su obra sería bandera del antisemitismo y el genocidio antisemita. Así pues que vamos viendo qué tanto nos gusta la palabra marcial aplicada al arte. La guerra es destrucción; el arte creación; la guerra nace de la ambición de poder; al arte lo engendra la ilusión de la libertad; la guerra se sucede a raz de tierra y tres metros abajo, el arte aspira a explorar los hígados mismos de la vida y se nutre de sueños. ‘Vanguardia’ aplicada al arte es una palabra que denota un error ya bien longevo.

Quizá hay que aventurar una explicación más o menos sensata a tamaño error. Desde principios del siglo pasado hasta hoy toda forma medianamente apreciable de creación es desafiante. Presenta, sin duda, similitudes con la avanzada de un ejército a punto de destruirse frente a otro. No sólo por el desafío, que desafío también es hoy en día hablar de la conducta ejemplar de Cristo nuestro señor y nadie nos llamaría vanguardistas por hacerlo ni el propio Hijo nos permitiría ufanarnos de serlo, sino por el carácter combativo del arte. Si, como he consignado, los franceses no iban mal cuando implementaron su avant al arte nuevo, nosotros estamos -literal e idiomáticamente- perdidos al traducirlo, pues en español la palabra es atómica mientras que en francés la composición del término, con su respetabilísimo guión meridiano, el concepto es menos rígido, es incluso un tanto irónico en su acepción original, la de principios de siglo. Este matiz lúdico de la palabra permitió que gente como el eslavo Tristán Tzara se trepara a un trapecio a gritonear estupideces. Había desafío, pero no de orden bélico. En México, en cambio, la fuerza del concepto generó delincuentes del orden común –llenos de convicciones que en el campo de la razón no son sino pretextos- entre los artistas: tal es el caso del pintor y muralista Alfaro. Italia tuvo que soportar a Marinetti, Alemania a Karl Orff y en la mismísima Francia la cobardía de Céline inoculó el colaboracionismo en un escritor magnífico. Todos estos vanguardistas estaban enfermos de guerra y no creo que sea éste un momento inoportuno para recordar que lo más cercano a la paz -entiéndase como se quiera-, aparte la cama y la saliva, es el arte. Cierto que la guerra puede, virtualmente, ser la vía hacia la paz, a condición de que se aniquile absolutamente al enemigo. Y tocamos el punto: cuando no hay guerra, ¿qué enemigo tiene el arte que merezca ser considerado un ejército? Los reaccionarios, los melindrosos, los que no comprenden, los que insultan a la belleza con sus formas de vida, sus conceptos morales -si lo son- y sus preferencias no merecen ni el dardo de la mirada de un verdadero artista. El artista no es un soldado; acaso, con mucha suerte, puede ser el timonel de un barco o el controlador aéreo de una flotilla de nubes.

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