Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

La novela de Tinelli

Segunda parte

” Hay gente que está todo el tiempo calculando las jugadas del contrincante para armar estrategias. Yo no sé si tengo tanta estrategia. Soy más bien alguien que reacciona en el momento: me juego por algo y voy para adelante. Siempre me dio resultado la intuición. Acá hay gente a la que le gusta hacer estudios de mercado, por ejemplo. Y no es que no me interesen, pero me aburren un poquito. Entonces, cuando escucho el estudio de mercado y lo llevo a mi código barrial, casi siempre coincide con lo que yo estimaba antes de hacer el estudio. Eso reafirma mi fe en la intuición. No hay fórmulas cerradas, ni siquiera en la vida personal”.

Marcelo Tinelli, conductor argentino.

3. Pero cuando Menem fue reelecto, él se dio cuenta que pronto tendría que empezar a dar explicaciones. Que su público pedía, en 1996, un comentario crítico, alguien que se hiciera eco del cansancio hacia la política y los políticos mientras el menemismo empezaba a mostrar que no podía sostenerse eternamente en el poder luego de vender gran parte del patrimonio nacional por monedas y repartirlo entre sus amigos.

Él se dio cuenta, tal vez antes que otros, que la fiesta interminable que había vivido dejaría una resaca gigantesca, acorde a todo el “pum para arriba” de esos interminables y festivaleros primero años; y si no reaccionaba a tiempo perdería lo que había ganado. Por eso, de 1996 a 2002, Tinelli cambió, paulatinamente, dándole al público lo que éste esperaba: no con una finalidad política. No. Aunque los¡ momentos que más recordarían los otros –tanto sus detractores como sus seguidores– eran los momentos políticos del programa. Especialmente, Menem cerrando su campaña en el 95.

Pero él no era político, algo que no entendían del todo los demás. O, tal vez, como él suponía, lo entendían y se limitaban a seguirle el juego, a fingir que creían en su nueva conciencia política, que creían, tanto como el televidente medio que, semihundidos en la crisis que desembocaría en la caída de De La Rua, Videomatch se había politizado y su inmenso respaldo público podía usarse como un arma de difusión masiva al servicio del bien público o como potencial plataforma electoral.

Error: él sabía lo que hacía y por qué lo hacía. Como había separado persona de personaje y no dejaba que se mezclaran, así funcionaba su lógica con respecto al programa: la persona, Marcelo Tinelli, natural de Bolívar, era quien había creado una fundación llamada –como su productora– Ideas del Sur que le daba la misma sensación que había tenido cuando nacieron sus hijos: una profunda paz; con esa fundación donaba equipamientos a hospitales, le daba comida diaria a más de 500 chicos y promocionaba la colecta anual de Caritas. Ésa era la persona. El hombre que se identifica con su abuelo, el hacedor. “Debe tener que ver con lo que me enseñó mi abuelo. Era un hacedor permanente. Hay gente que es opinóloga de lo que hacen otros, se transforman en críticos, miran un partido que no es de ellos. Y yo digo que esto se puede aplicar a los argentinos. Cuando empezamos a hablar del país es como si miráramos un cuadro. ‘¡Qué terrible que los chicos se mueran de hambre! ¡Qué vergu%u0308enza que haya corrupción!’, como si no tuviéramos nada que ver. Por las dudas, nadie hace nada”.

Pero el otro, el personaje público, sólo tenía ojos y oídos para lo que el público pedía y si 1995 había dictado que necesitaba reírse con –y no de– Menem, en 1999, momento de la máxima politización del programa, la víctima era el nuevo presidente, Fernando De la Rúa, quien intentó repetir la acción de Menem apareciendo en Videomatch pero, con una falta total de timming televisivo, confundió el nombre del programa –Telenoche en vez de Videomatch–, la salida del escenario, el nombre de la mujer de Tinelli y, finalmente, tuvo que ser defendido del reclamo de un televidente por “el oso Arturo”.

Lo que había sido el punto más alto del acuerdo espectáculo político en 1995 se había convertido en farsa cuatro años después y De La Rúa terminó hablando de la “tinellización” de la política como responsable de su renuncia, mientras enhebraba delirantes teorías conspirativas para justificar su incapacidad, su eterna parálisis como Presidente.

Un último manotazo de ahogado que a Tinelli apenas salpicó: él seguía brillando en lo más alto, después de haber cambiado todo, una vez más, para que nada cambiara. De menemista a antidelaruista,

se limitaba a seguir los vaivenes del público que durante esos años feroces marchaba por las calles organizando asambleas populares y golpeando cacerolas.

Y fue en ese 2001/02, precisamente, cuando Videomatch consiguió, finalmente, ser políticamente confiable y críticamente respetable… y, sin embargo, visto en perspectiva, ese momento, como todos los demás, estaba destinado a durar poco y desvanecerse apenas el público fiel de Tinelli se aburriera porque, como su conductor sabía –y sabe–, el que sostiene el éxito del programa es el público y no la crítica intelectual que venía castigándolo desde hacía años y que lo dejaría solo apenas hiciera algo que no les gustara.

Claudio Villarruel, primer productor general de Videomatch y actual gerente de Telefé, decía entonces, lo que más le convenía, olvidando, también él, que Videomatch nunca tuvo una ideología detrás, sólo su necesidad de agradar para mantener el rating: “Marcelo tiene un gran olfato. La gente está harta de la clase política. La pregunta es si Tinelli ha evolucionado o si será que un sector del público, los progresistas, los de risa más exigente, ha comenzado a mirarlo con otros ojos. La gente quiere descargarse con los políticos. Marcelo evolucionó. Y todavía va a seguir creciendo mucho más”.

Pero eso fue un error común, incluso los periodistas “respetables” compraron al personaje del momento sin mirar un poco en su pasado camaleónico para justificar su nueva actitud. Néstor Ibarra sintetizó el secreto de Tinelli en “sabe interpretar el gusto de la sociedad argentina como nadie”. Pablo Granados, ex colaborador, lo explicó aún mejor: “Tiene un don: sabe lo que funciona y lo que no”.

Sí, había logrado, por fin, respeto masivo de todos los sectores gracias a segmentos como los “raporteros”, donde dos cantantes ironizaban sobre la realidad. Uno de ellos, Fena Della Magiora, habla de que fueron pioneros: “No quiero sonar pretencioso pero creo que nosotros con los ‘raporteros’, abrimos el juego cuando empezamos a putear a los políticos y la corrupción del gobierno anterior, por supuesto avalados por él. Nadie aceptaría que en su programa se digan cosas que no coincidan con su ideología”.

En una Argentina 2001/02 perdida y desesperada por encontrar un rumbo y un conductor, donde se sucedían los presidentes, él era uno de los pocos nombres creíbles para el ciudadano común, uno de los pocos que, como un auténtico hombre corcho, había logrado flotar sobre las aguas agitadas del país sin pagar un precio por esa metamorfosis repentina que lo había arrojado de la fiesta menemista al desengaño frente a la Alianza y las denuncias por corrupción.

Gracias a su olfato había logrado evitar la caída, la pérdida de prestigio, invirtiendo, simplemente, la imagen del programa: de simple divertimento familiar a crítico del poder. Dos etapas claramente marcadas: una de 1990 a 1995, otra de 1996 al 2001/02 donde la ideología, pese a lo que diga Magiora, poco y nada tiene que ver. La palabra clave es supervivencia. Nada más.

Todo había cambiado, todo cambiaría siempre que fuera necesario. Ésa era la máxima de Videomatch que podía escribirse en letras de acero y oro frente a la oficina del mismo Marcelo.

Y en ese momento de crisis y cambio fue donde apareció, tal vez más claramente que nunca, la cristalización del Tinelli más seguro de sí mismo: si hasta entonces hablaba de sus primeros trabajos en televisión como el resultado de los pálpitos de los demás, gente como Badia y Yankelevich que insistieron para que hiciera lo que no quería hacer, en esos diez años había demostrado su habilidad para cambiar frente a las cámaras todo el tiempo, sin fallar, adivinando lo que su público quería ver.

Los últimos años de Videomatch, superada la crisis de 2001/02, fueron repeticiones, variaciones menores en torno a la idea original: se sucedieron las cámaras ocultas, los bloopers, las bromas, las chicas con poca ropa y los shows con chicos y freaks. La política había pasado. Aburría. Era hora de volver al formato-base aunque los críticos serios, los periodistas y los escritores, le dieran la espalda.

“Videomatch es uno de los ciclos más vistos de la TV. Por eso cuando la crítica señala que nos repetimos, siento que ese pensamiento está disociado de las preferencias de la mayoría de la gente. Hacer humor es muchísimo más difícil. Se subestima hacer reír. Nunca van a elegir como el personaje del año, en cualquier premio, a un humorista. Lo mismo ocurre en un grupo de amigos. Nadie que tenga un quiosco que funciona bien lo transforma en fiambrería. Yo nunca voy a estar en esa cosa de ‘vamos a renovar todo’, porque me parece que ningún programa de la TV argentina renueva absolutamente todo”. Marcelo Tinelli.

4. Hasta ahí el Tinelli público, la cara que encabeza, desde 1990, uno de los programas más vistos de la televisión argentina. ¿Y el otro? Porque él siempre hace referencia a ese otro, como el famoso Borges y yo.

Y hay un momento secreto , como en los cuentos de Borges, donde podemos buscar la clave que conecta pasado y presente: un momento de 1990, cuando él vivía en San Isidro y se detuvo en un semáforo de Olivos, a la una y media de la mañana, volviendo de Telefé. Un tipo le paró el auto y lo saludó, pero como lo vio tan serio, le dijo: “¡Uh, pero la tele es una gran mentira! Vos te matás de risa todas las noches y mirá la cara de culo que tenés acá”. Tinelli intentó sonreír y explicarle que estaba cansado pero fue peor: el tipo arrancó y se fue, dejándolo con la palabra en la boca. En ese momento decidió polarizar los vidrios del auto.

Sí, la televisión mentía y a él lo querían obligar a repetir esa hora de trabajo durante las 24 horas del día, a decirle cómo tenía que ser, qué esperaba ese inmenso público que lo seguía cuando lo veía en la calle.

Pero él, ¿qué quería él? Y en ese momento supo, intuyó o decidió que la producción era una respuesta, un lugar, como la radio, donde podía trabajar sin “poner la cara”. Donde la imagen, de nuevo, no era necesaria para vender un producto, donde todo no pasaba por los ojos.

Y empezó a remarcar, cada vez más, esa diferencia entre persona y personaje, entre conductor y productor, porque ni siquiera los profesionales del periodismo, la gente que diariamente convivía con actores, directores, conductores, parecía capaz de separarlo de Videomatch.

¿Ellos también querían todo el tiempo la lluvia de papelitos, los gritos de la tribuna, al “oso Arturo”?, se preguntaba. Todos, dijo más de una vez, habían terminado comprando “al personaje” y olvidando la persona.

Por eso las preguntas malintencionadas sobre su nueva productora, Ideas del Sur, le molestaban. Y se notaba. Y no le molestaba que se notara. En las entrevistas, explicaba pacientemente que, luego de cerrar su primera productora, TM, encontró un viejo edificio donde todavía funcionaba una fábrica de paraguas con la oficina del dueño llena de animales embalsamados y empezó a soñar: acá me armo un loft, acá la oficina, acá una isla de edición…

Ése fue el inicio de Ideas del Sur en 1998. ¿Y qué le gustaba a él como productor? ¿Qué pensaba hacer ahora? ¿Otro Videomatch? Esa era la segunda pregunta más repetida, como si estuvieran burlándose de él. Como si esperaran que dijera: sí, 100 programas más, todos calcados de Videomatch.

Pero él quería una productora que se sostuviera a sí misma vendiendo sus productos al exterior.

Por eso apostó, aparte de los productos familiares y fáciles de tiras costumbristas como Costumbres argentinas y Los Roldán, a miniseries oscuras como Tumberos. Además, compró dos radios, y en una de ellas, Del Plata, se animó a convocar a una figura que había sido censurada por el presidente Kirchner: Jorge Lanata. Ésa era la idea que movía a la productora: hacer lo que los demás no creían que podía hacer. Demostrar algo.

5. 2007. Tinelli finalmente volvió. Y me sorprendo al estar realmente¡ viéndolo en vivo y en directo. Él aparece y saluda y uno se siente –a pesar de no querer sentirlo, a pesar de sentir, precisamente, que está mal decirlo–, frente a un hecho ya instalado, un clásico.

Uno quiere, en medio del público que lo rodea (padres y chicos especialmente fanatizados que lo llaman a los gritos “¡Marce, Marce!”), que diga “Buenos días, América” o que se despida con su “Chau, chau, chau”. Una señal de debilidad que él comprendería en medio del circo en el que ha transformado a Showmatch para ganarle a su principal competidor, Gran Hermano.

Showmatch, entonces, ofrece esta noche repeticiones de su último éxito, Bailando por un sueño, lleno de personajes mediáticos, exacerbados por el propio Tinelli quien, visto desde la tribuna, parece más alto de lo normal –¿cuánto mide, 1.90?–, con cara de estar tan asombrado como su televidente.

Tinelli parece un hombre común atrapado en una situación extraordinaria, alguien transportado al escenario por medio de alguna magia inexplicable. Y viéndolo en vivo y en directo yo tiendo a creerle, como si todo ese pasado que recorrí no existiera, como si, simplemente, no existiera el personaje público y él fuera todo el tiempo como se lo ve en la pantalla: parado entre personajes chillones y peleadores que se enfrentan e insultan al jurado por el puntaje, mientras él juega el papel de anfitrión superado por la situación.

Las personas a mi alrededor están prácticamente hipnotizadas: ven al personaje Tinelli y confían en él. Se ríen con él. Y yo, inconscientemente, siento esa conexión que crea entre él y su público. Durante las horas que estoy ahí adentro yo también le creo, y, de nuevo inconscientemente, hago conexiones que seguramente él descartaría.

Me siento como cuando Tomás Eloy Martínez entrevista a Perón cargado de citas, de frases falsas, de contradicciones y Perón simplemente lo invita a pasear por el jardín de su casa. Escribe Tomás Eloy Martínez: “Me preguntó qué significaba para mí el peronismo. Qué recordaba yo de todo eso. Lo único que recuerdo es lo que no he visto, respondí. […] Lo vi sonreír otra vez. Se me enredaron las imágenes y el General, en ese instante, volvió a tener 50 años. Todo se puede recuperar, me dijo. ‘Oiga el griterío en la plaza’. Lo sentí. Oí como se agitaba la multitud, encendiendo a la ciudad como un torrente de lava. Sobre mi memoria llovieron las cenizas incandescentes. En el jardín se hizo de noche. El General abrió los brazos y exclamó: ‘Coompañeero’ Su voz era ronca y joven, la de antaño. Yo le estreché las manos. Y me fui de allí, como quien se desangra”.

Lo mismo me pasa a mí cuando lo veo, cuando siento, en vivo y en directo. Por un breve instante yo le creo.

Luego veo la primera pelea entre una de las bailarinas y el jurado y ya el encanto se rompió, no está ahí, desapareció, y sólo queda el escenario demasiado brillante y ese pasado que vuelve, cuando Tinelli y los escasos cómicos que quedan, intercambian chistes sobre las exuberantes bailarinas-vedettes que participan del programa como adolescentes excitados.

Es un regreso, de nuevo, a su pasado: otra vuelta de tuerca para darle al público lo que le pide mientras se va despojando hasta que quede lo esencial: él. Porque los demás, todos los demás, son prescindibles: el inmenso escenario, las decenas de bailarinas, los personajes mediáticos, las luces. Todo es prescindible, al final sólo quedará él para apagar la luz y dar de nuevo.

Miro a los cómicos que quedan de lo que fue la inmensa troupe inicial, obligados a trabajar casi como telón de fondo mientras él sigue brillando en el centro del escenario. ¿Qué pensarán? ¿Qué dirán cuando finalmente tengan que despedirse porque Showmatch no requiere sketchs sino nuevas versiones de Bailando, Cantando o Patinando por un sueño?

Freddy Villarreal, que dejó Videomatch para hacer su propio programa en otro canal sigue, todavía, atado a ese sentimiento, como si presintiera la eternidad de la marca. Que Videomatch siempre va a estar ahí y es mejor retirarse por las buenas: “Creo que los tres nos fuimos con un gran cariño hacia lo que hicimos y con un profundo agradecimiento hacia Marcelo. Todos nos hicimos en Videomatch, ahí aprendimos esta profesión.”

Sí, tengo la corazonada de que Videomatch (ahora Showmatch) siempre va a estar ahí, cambiando para que nada cambie. Como una novela que sólo Tinelli puede escribir y reescribir a gusto, cambiando personajes, alterando la trama, borrando datos molestos, seguro de que su público lo comprará, una y otra vez, sea cual sea el formato que elija. Como esos eternos bestsellers construidos con sagacidad y fortuna por hombres astutos que saben comercializar su trabajo.

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