Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

La nostalgia de Rubens

Si algún sentido artístico tiene la nostalgia en el arte, se llama Pedro Pablo Rubens, entre otras razones porque la exuberancia de su pintura retrata a los griegos, los romanos y al renacentismo. Pero el flamenco no mira atrás para adentrarse al tiempo que se ha ido, sino para traerlo al presente y valorar la esencia humana que es la búsqueda y dentro de ella, la exuberancia del color y la sensualidad. Y creo que todo eso le queda claro al visitante de la exposición de Rubens que se encuentra en el Städel Museum, donde están sus tres “El juicio de Paris”, “Angélica y el ermitaño”, “Prometeo”, “La muerte de Adonis” y “Venus y Cupido”, que se sitúan justamente al frente de “Venus y Adonis”, de su maestro Tiziano. La exposición es impresionante, incluso aunque no estén “Las tres Gracias” ni “Saturno devorando a su hijo”. Lo es, además, por las obras de Van Gogh, Rodin y Picasso, Jacques Émile Blanche y Gustave Courbet, además Renoir y Max Liebermann (la obra de este último es impactante, en particular “Sansón y Dalila”). Junto con todo ello, el caminante encontrará “La rubia desnuda” de Félix Vallotton y algo de arte moderno, Rembrandt e incluso la conocida obra de Eugen Schönebeck en la que dibuja a David Alfaro Siqueiros en 1966. Es muy recomendable la exposición, donde incluso hay fotografías de Heinrich Hoffmann que Hitler quiso destruir.

30 de marzo 2018

“El juicio de Paris”- Pedro Pablo Rubens

 

“Sansón y Dalila ” – Max Liebermann

Hay grupos de rock que destacan sobre todo por una canción o un disco; así a vuela pluma recuerdo a Eagles (Hotel California), Steppenwolf (Born To Be Wild), Christie (Yellow River) y a grupos como New Trolls (Concerto Grosso) y Focus (Hocus Pocus). Desde luego que esos éxitos los define el consumo popular y la ignorancia que sólo ubica uno o dos arreglos, por lo que ello no quiere decir que sean ni sus mejores canciones ni las únicas, como tampoco quiere decir que los grupos con muchos éxitos sean los mejores ejecutantes de las piezas más destacadas en la historia del género, pienso en The Doors, por ejemplo, o en Queen (sí, Queen, que desde mi punto de vista sus singles son más divertidos que de calidad, igual que casi todo lo de U2 ya no digamos Toto o Police).

“Goethe en la campiña romana”- Johann Heinrich Wilhelm Tischbein

También hay pintores de una sola obra, el más famoso, claro, Aleksandr Andréyevich Ivánov, quien empleó 20 años de su vida (entre 1837 y 1857) para hacer “La aparición de Cristo ante el pueblo”, que no fue bien recibida por la crítica, lo que le provocó una enorme depresión; al paso del tiempo, la obra e incluso sus bocetos son consideradas obras maestras del neoclásico ruso. Hago estas tribulaciones frente al cuadro de Johann Heinrich Wilhelm Tischbein: “Goethe en la campiña romana” (1787), un óleo sobre lienzo que se encuentra en la primera sala del Instituto Städel. Creo que en este caso, el artista fue afortunado pues le debe más la fama de su pintura al poeta que a la excelsitud del trazo, no obstante claro, la expresión del rostro y, en general los primeros planos.

31 de marzo 2018


De ninguna manera digo que sólo el arte clásico tiene el carácter creador y la fuerza transformadora, ni en sus técnicas ni en sus tendencias ni en sus temáticas, respecto a lo que se ha hecho desde entonces. Sólo digo que buena parte del “arte” actual en realidad no es arte, sino simulación y que éste no es tal, es decir, no es arte nada más porque así lo quieren los coleccionistas, porque su ejecución técnica es aceptable e incluso sobresaliente o por la abstracción de quienes, por ejemplo, en unas barbas colgadas en medio de una sala, vean o digan que ven la continuidad de Freud (y no exagero, eso sucede).

“Pincelada amarilla” – Roy Lichtenstein

Claro que hay vida después del Renacimiento, y las corrientes históricas están ahí para registrarlo, desde el manierismo hasta el Barroco, los movimientos realistas, surrealistas con otros múltiples vericuetos más de conceptos y ópticas de la vida terminados en “istas”, incluso hasta los modernistas. Desde el siglo XVII, Rubens y Rembrandt, del XVIII Giovanni Battista y Vincent van Gogh y la sensualidad fantástica, entre monstruos y pesadillas, de Heinrich Füssli del XIX, tanto como Monet y Chagall ya en el siglo pasado e incluso Edvard Munch, más los grandes consabidos, por ejemplo Miró y, para mí, sobre todo, Picasso. Esto es arte y (aunque no me guste) lo es la obra de los exponentes del arte pop Andy Warhol –a mí me parece un activista y publirrelacionista exitoso– y de Roy Lichtenstein –me gusta el cómic, con todas sus potencialidades y limitaciones–, por ello vale mucho la pena venir al museo Kunsthaus en Zurich.

3 de abril 2018


Cuando el hombre se preguntó sobre la trascendencia de lo que hace, nació el tiempo; para valorar el impacto de los sucesos y definir distancias cronológicas entre uno y otro, inventó el reloj. Desde los artefactos de agua (llamados clepsidras) con que los romanos definían la duración de los discursos en tiempos remotos, hasta la compleja herramienta atómica inventada en 1999, cuyo margen de error es de un segundo cada 30 millones de años. También lo medimos con el fuego y las sombras, había que sobrevivir para capear el temporal.

El reloj es una representación del hombre, la pieza que data su preocupación por ser, estar y trascender. También para valorar lo hecho, mirando atrás en el tiempo, registrando la evolución e incluso lo que en el nombre del desarrollo se ha impulsado como revolución. El tiempo registra involución también, pero el reloj anota siempre el tiempo transcurrido, vale decir, también el que se ha perdido, por ello es implacable en las vidas y en las obras. En la Alexanderplatz de Berlín hay un reloj que a todos nos marca la hora y, desde principios del siglo XVI, los llamados huevos de Núremberg nos marcan la hora, son los relojes de pulso, cien años después lo hacen también los relojes de péndulo que están a gran distancia de los primeros relojes de bolsillo, inventados en Francia en el siglo XV.

Ah, el tiempo evanescente, ya sea promisorio, renovado o viejo e inoperante como la vida vivida; el instante detenido, el momento para el olvido o las circunstancias para la memoria individual y colectiva, como aquel minutero detenido justo al iniciar la guerra o ese otro cuando la muerte llega y, con ésta, la desaparición del tiempo.

El reloj precisa la realidad contemporánea en su estructura analógica o digital, carátulas multiformes y en formato de 24 ó 12 horas. Los de pulsera fueron primero para mujeres hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial que acompañaron a los soldados a su trinchera.

En la segunda década del siglo XIV se ensambló el primer reloj construido sobre los principios de la mecánica, más de 500 años después surgieron los que nos acompañaron al espacio (y 300 antes, con los que surcamos la mar); los antiguos franceses midieron en unidades métricas, los actuales tienen una precisión cercana a la exacta –solo el tiempo y los próximos relojes dirán qué tan precisa, a una distancia considerable, en el calendario, del momento en que escribo esto.

Me gustan los relojes de campanario, además porque representan situaciones de concurrencia, lo mismo para la arenga justiciera que para las acciones de sobrevivencia, además de las que pertenecen a las creencias religiosas. También los relojes de salón, cuando imagino a los caballeros próximos al duelo o a los amantes que quisieran detener el tiempo antes de despedirse, igual que al soberbio hombre preocupado por ser el centro del universo y mirar en el dispositivo la hora exacta y dónde estaban los astros cuando él nació (como hizo Goethe, por ejemplo, ente tantos más). Desde luego podemos tener en cuenta el reloj de Penélope que registra inexorablemente la piel envejecida o el del mismo Paspartú para caer en la cuenta que hemos acometido la hazaña. Hay relojes para todos, porque cada minuto y segundo pertenece a nuestras vidas.

Ah, los relojes de la vida cotidiana: el discreto numeral de la era digital en el ordenador, el de ajedrez para marcar el límite de la inteligencia que proyecta y decide, el taxímetro que marca el costo del traslado y el del calendario que consigna una vez más que no hay fecha que no se cumpla.

Es el tiempo. La espera angustiosa del suceso inevitable, el estoico espíritu de quien observa para concluir el conocimiento de cualquier evento, el suplicio del deseo, la fugacidad del placer, el curso indiferente de nuestras miradas y nuestros sentimientos. El tiempo es relativo al reloj de nuestra vida, apresurado y eterno, indolente y burlón. Es la hora de cada quién y del mundo también, como ya dije, heterogéneo y diverso, uniforme y desigual.

El reloj marca las horas transcurridas, aunque a veces el tiempo parezca detenerse e incluso retroceder, hasta aquellos tiempos de homínidos que no toleran el fracaso o que gruñen dando saltos y atacando al que piensa distinto, es el tiempo anquilosado, la inteligencia detenida en el reloj de la prehistoria. Por eso el reloj también advierte lo que nos falta para tener la precisión que necesitamos si es que en verdad queremos trascender en el tiempo como hombres y mujeres libres en este planeta Tierra que es el primer reloj de nuestra historia.

Registro una ironía en este camino de larga data y horas inconmensurables: a final de cuentas, regresamos al principio, el tiempo se consume como el fuego. Casi lo olvido, escribo esto el 4 de abril en el museo del reloj suizo, a las 13 horas con 24 minutos y aproximadamente 25 segundos.


Lo único que sé es que esto no es una pipa. Pero luego de eso, quién sabe qué tan frondoso sea el árbol del conocimiento y quién sabe también por qué a veces los cerdos tienen algún golpe de suerte. Tampoco sé por qué una mujer puede tener magia negra ni por qué la cosecha sea tan magra, a pesar de la buena intención. Pero sobre todo me inquieta la pregunta en esta soberbia exposición de Magritte de cuatro pisos en Bruselas: ¿A qué saben las lágrimas?

6 de abril 2018

Si, como dijera Magritte, pintar es pensar, Rubens es un exponente extraordinario de ello, un políglota y un pensador –por eso también fue diplomático– que acudió siempre a los clásicos para trascenderlos. Y sus lienzos son la memoria de ello, por eso es en efecto el Heródoto de la pintura: griegos y romanos, y junto con ellos Leonardo y Miguel Ángel. Rubens es el colofón del Renacimiento y también un gozne para las escuelas siguientes, él mismo encabeza el barroco y es un enorme disfrute mirar aquí en Bruselas una pizca aunque sea de sus más de mil 500 cuadros (ya se sabe, tenía un taller muy prolífico) porque en El Prado está la mayor colección. Este Rubens aún no acudía a su esposa Helena Fourment de 16 años cuando él tenía 53 años para pintar “Las tres Gracias” o sus variantes de Venus, sino que se trata de una etapa fundamentalmente religiosa y de retratista durante su primera estancia en Roma (que fue interrumpida por la muerte de su madre) y hasta su regreso. En esta exposición hay unos dibujos que ya abocetan la tremenda sensualidad del artista flamenco.

Pita con San Francisco             La Asunción de la Virgen           La Coronación de la Virgen-Pedro Pablo

En la caminata también hay tremendos cuadros de la época, entre el siglo XV y el XVl de varios pintores belgas, alemanes y franceses que también desafiaron la censura impuesta por el clero, incluso algunos antes que Rubens. Vale mucho la pena recorrer a Dirk de Quade van Ravesteyn, Philippe Van Bree y, para mí sobre todo, a Jacques Jordaens, en particular el muy contundente De Triomf van Bacchus.

8 de abril 2018

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