Cinque Terre

Rubén Aguilar Valenzuela

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Consultor, profesor y articulista y exvocero presidencial

La narrativa de los candidatos a la presidencia

En el tiempo de la precampaña y la intercampaña, en los meses de diciembre a marzo, los candidatos con mayores posibilidades de ganar la presidencia el próximo primero de julio articularon una narrativa que tiene dos grandes objetivos: convencer a los votantes de que son la mejor opción y contrastarse ante sus adversarios. Habrá que ver si en la campaña, de abril a junio, cambian o no su narrativa. A continuación se presenta cuál ha sido el núcleo central del discurso que ha articulado sus diversas intervenciones.

La narrativa de López Obrador

Andrés Manuel López Obrador, el candidato de Morena-PT-PES, tiene 18 años en campaña por la presidencia. Inicia en 2000 cuando asume la regencia del gobierno del Distrito Federal, ahora Ciudad de México, en el año que Vicente Fox gana la presidencia de la República. Ha participado en dos elecciones presidenciales y ahora va por la tercera.

Fotografía / Cuartoscuro

La narrativa de López Obrador es elemental y muy didáctica. Se articula a partir de la afirmación de que él es bueno y todos los demás son malos. Es una posición maniquea que le ha dado buenos resultados.

Identifica a los malos de dos maneras: como el PRIAN (“el PRI y el PAN son la misma cosa”) o como la mafia del poder que incluye a los anteriores, pero también a otros partidos, a empresarios, intelectuales y líderes sindicales.

Ese discurso le permite recoger el rechazo y el malestar de un grupo de la sociedad mexicana en contra del establecimiento político y social. En las dos anteriores elecciones eso no le alcanzó para ganar. La tercera vez puede ser la vencida, o una vez más puede ser derrotado.

Frente a sus enemigos, que son los malos, se autodefine como quien va a resolver todos los problemas que tiene el país. Eso va a ocurrir solo porque él lo dice. No hay más argumento y tampoco se necesitan más pruebas que su propia palabra. Sus simpatizantes lo creen.

Estos dos elementos de su discurso político son muy bien aceptados por los suyos que ahora, según las encuestas, llegan a poco más del 30% de los electores. Hoy, eso lo mantiene en todas les encuestas como el candidato que está en primer lugar.

En esta elección, al núcleo central de su narrativa añadió un nuevo elemento que no es discurso y sí una acción que se vuelve un poderoso texto. Y es que a su causa incorpora a todo tipo de personajes de otros partidos.

Los que antes eran parte de la mafia del poder dejan de serlo, sin cambiar su forma de vida, sólo porque ahora reconocen su liderazgo. Él se asigna la potestad de absolver todas las culpas pasadas a esos que ahora se le acercan. Ayer esos personajes eran enemigos y ahora son parte de su grupo e incluso con privilegios especiales como candidaturas aseguradas. Sus bases no lo cuestionan aunque puedan no estar de acuerdo. Ellos, bajo cualquier circunstancia, van a votar por su líder.

Este nuevo elemento tiene dos propósitos: conseguir los votos que esos personajes traen consigo (habrá que ver si es cierto los aportan) y dar la idea de que los otros partidos se están desfondando porque están seguros que López Obrador ya ganó.

El discurso de hace 18 años, ahora más claro y conciso, lo mantiene muy presente en los medios. Su cobertura es muy superior a la de sus adversarios. Lo que este primero de julio queda por ver es si esa presencia mediática, que es indudable, se traduce en los votos que lo hagan ganar.

La narrativa de Anaya

Ricardo Anaya, el candidato del PAN-PRD-MC, acaba de cumplir 39 años. Es el más joven de las y los candidatos por la presidencia. Y también el que tuvo más dificultades para su nominación. Margarita Zavala dejó el PAN antes de que se citara la elección interna y cuando ésta llegó, los que se habían apuntado se retiraron de la contienda y apoyaron al ahora candidato.

Desde que se vio que podía ser el representante de la coalición Por México al Frente, empezó a recibir ataques de la más diversa índole. Estos van a seguir a lo largo de la campaña. Una tarea central del candidato y su equipo es ver cómo neutralizar estos golpes a cargo de la PGR, que es la oficina del Presidente para golpear a sus adversarios y defender a sus amigos.

La constitución de la coalición cambió el panorama electoral para el PRI y Morena. La contenida se hizo más compleja y competitiva. Sin la coalición, López Obrador tenía una victoria más o menos fácil y el PRI se ubicaba como un segundo lugar que podía, en la recta final, concitar el voto útil. Esos escenarios desaparecieron.

Fotografía / Cuartoscuro

El centro de la narrativa de Anaya es el cambio inteligente, moderno y responsable. Y con él busca, al mismo tiempo, dejar claro que es distinto a la otra alternativa, la de López Obrador, que es el cambio irresponsable, de ocurrencias y que busca regresar al pasado.

Esta narrativa, que a veces se desdibuja, lo mantiene como segundo lugar en todos las encuestas que lo ubican entre seis y ocho puntos por debajo de López Obrador, que va como primero, y seis y ocho puntos por arriba de Meade, quien ocupa el tercer lugar.

Un elemento secundario, pero también presente en su narrativa, es que está bien preparado, que tiene una Licenciatura en Derecho, una Maestría en Derecho Fiscal y un Doctorado en Ciencia Política y Sociales por la UNAM, y que habla inglés y francés. Su entorno cercano, también sus aliados políticos, lo califican de inteligente y sagaz.

El equipo de campaña tiene que ver si la narrativa que le ha permitido ubicarse como el segundo lugar sigue o hay otra que lo hace todavía más competitivo y lo distancia más del tercer lugar. Si el segundo y el tercer lugar se mantienen a corta distancia, uno del otro, eso no va a provocar el voto útil y favorece a quien va en primer lugar.

En los próximas días, Anaya está obligado a reducir la ventaja que ahora tiene López Obrador para, en su momento y con el apoyo del voto útil, poder superarlo. No está claro que lo pueda hacer, pero si quiere disputar la presidencia en la recta final, lo tiene que lograr. Ésa, y no otra, es su única posibilidad.

La narrativa de Meade

José Antonio Meade, el candidato del PRI-PANAL-PVEM, no milita en el partido que lo postula. Tiene más de 20 años como funcionario público de alto nivel en gobiernos del PRI y del PAN, pero no conoce los sótanos y las claves secretas que mueven a la organización política que ahora lo impulsa.

Sus dos ventajas competitivas con relación a otros candidatos del PRI: no ser militante y que se le reconozca como alguien que es y parece honrado, sólo se pueden hacer efectivas si se distancia del partido y el presidente. No es fácil y hasta ahora tampoco lo ha intentado. Para la mayoría de la gente es el candidato de la continuidad.

Fotografía / Cuartoscuro

Su narrativa se estructura a partir de cuatro los ejes: tener más experiencia que los otros en el servicio público; contar con una sólida formación académica; haber probado que sabe dialogar y establecer acuerdos con todos los actores políticos y también hacer propuestas.

Meade es el único mexicano que ha sido secretario de Estado en cuatro secretarías distintas: Energía, Hacienda, Relaciones Exteriores y Desarrollo Social. Y lo ha hecho en dos gobiernos de partidos diferentes, con los presidentes Calderón y Peña Nieto. Eso le da experiencia en el ejercicio de gobierno que no tienen sus adversarios.

Su formación académica es sólida. Al mismo tiempo, estudió la licenciatura de economía en el ITAM y derecho en la UNAM. En el primero obtuvo mención honorifica. Luego hizo su maestría y doctorado en Economía en Yale, con una especialidad en Finanzas Públicas y Economía Internacional.

En las cinco veces que ha sido secretario de Estado, se le reconoce, dio muestras de apertura. Haber trabajado con presidentes de partidos distintos le da una mirada más amplia y compleja que al común de los políticos. En estas semanas ha hecho diversas propuestas, pero se pierden en el ruido de la campaña.

El candidato del PRI, en todas las encuestas, ocupa el tercer lugar. Los ejes de su narrativa no le han posibilitado generar la simpatía de los electores. No se le niega su experiencia, formación, capacidad de diálogo y hacer propuestas, pero estos atributos no despiertan entusiasmo y tampoco convocan al voto.

Al candidato Meade le resulta un pesado lastre la marca del PRI, que la gran mayoría de los mexicanos rechaza, la mala imagen del presidente, el peor evaluado en la historia moderna del país, y que se le ve como el candidato de la continuidad y no del cambio que demanda la sociedad.

Si en los próximos días Meade y su equipo no logran construir una narrativa que diga algo que entusiasme a los electores, no se podrá salir del tercer lugar en el que está desde que inicio la contienda. Como candidato tiene graves dificultades, para construir un discurso que lo distancie del actual gobierno.

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