Cinque Terre

Melina Alzogaray Vanella

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Melina Alzogaray Vanella Lic. en Historia. Investigadora-creativa

La multitud del ala contra el viento

Voces de las mujeres en el proceso migratorio en México

Estamos en Amatlán de los Reyes, Veracruz, en el pueblo de La Patrona, donde hay un grupo de mujeres que desde hace 16 años se organizan para dar de comer a los migrantes que pasan en el tren que los lleva hacia al norte de México para cruzar la frontera hacia Estados Unidos.

El pueblo es verde y está poblado de cafetales que desde hace años vuelven millonarios a los empresarios y que mantienen vivos y pobres a los trabajadores de la tierra. La Patrona está colmada de casitas con jardín y en cada puerta hay una señora con vestido de flores barriendo, lavando la ropa, cantando a los cuatro vientos canciones románticas de Rocío Durcal que suenan a todo volumen en la grabadora. Cada dos por tres pasa un enorme camión repleto de caña que repta lentamente sobre las calles de tierra.

Estamos a la espera del tren, ya tenemos huacales de plástico cargados con bolsas que contienen frijoles, arroz y pan. Escuchamos a lo lejos un silbido. Doña Leo, la mayor de Las Patronas nos asegura que ese tren no es el nuestro. El propietario de La Bestia tiene nombre y curiosamente es dueño de todo lo que tiene precio en México: Carlos Slim.1

El tren atraviesa el municipio todas las mañanas, vuelve a pasar en las tardes y regresa en las noches. Todo el pueblo es testigo pero son 15 mujeres las que tomaron un día la decisión y fueron consecuentes desde entonces; prefirieron ayudar, vincularse con aquélla manada de personas extrañas y hambrientas. ¿Cómo se organizan para dar de comer diariamente a cientos de personas en movimiento que pasan montados en una máquina de hierro?

No es la primera vez que venimos, pero ahora vinimos a celebrar. Es tres de marzo y hay fiesta en La Patrona ya que acaban de inaugurar reformas en su cocina y varias habitaciones para recibir voluntarios. También es nuevo el inmenso rostro de La Patrona Virgen de Guadalupe que pintaron con colores en la entrada de la cocina, junto a un tren habitado de gente.

Llegamos tarde a la fiesta, anoche nos entretuvo el diablo, y en este pueblo católico las mujeres festejan de día, cuando Dios se monta en sus sienes, y diluye las sombras debajo de la misericordia de sus cuerpos.

Al parecer al mediodía llegaron todos los vecinos y organizaciones y grupos de artistas que las vienen acompañando, hubo una misa de dos largas horas, y luego todos entusiasmados comieron mixiotes hechos desde la mañana por nuestras anfitrionas.

Antígona, Mariana, el caballito y yo llegamos hacia las tres de la tarde y la multitud ya se había retirado después de comer, quizás los hombres partieron hacia las cantinas ya que en la fiesta no había más alcohol que el mezcal que traían los músicos escondido en el estuche de sus jaranas y guitarras de sones.

Trajimos un caballo blanco disfrazado de piñata que los niños destriparon a palos no se cansaron hasta que vieron sus vísceras de caramelo desparramadas por el piso de cemento.

Ahora parece que sí viene el tren, segregamos adrenalina inmediatamente, agarramos las carretillas llenas de botellas y antes de salir corriendo nos dicen que no, que aún no viene. Falsa alarma.

En la fiesta había principalmente mujeres y niños, todos y todas felices, con sus panzas redondas llenas de mixiotes. Había tres músicos y dos músicas, había instrumentos, había una escalera larga llena de flores que conducía al escenario, había migrantes, había mexicanos y extranjeros, había muchísimas sillas y carpas y mesas.

Es la primera vez que veo a Toña, Bernarda, Leo, Norma, Rosa, Julia, Fabiola, Leónidas, Lorena, Karina, Karla y Guadalupe sentarse y descansar, disfrutar del ocio, contemplar la tarde desde el reposo. Ese día despertaron a las cinco de la mañana a cocinar para cientos de personas, los invitados y los migrantes. Recuerdo que finalmente a la tardecita llenamos demasiadas bolsas con vasos y platos desechables, montañas de huesos de plástico.

En este viaje queremos entrevistar a Bernarda, la hermana mayor de Las Patronas, la más callada, la más sensible quizás. Bernarda nos contó en la fiesta que ella perdió su último tren, se llamaba Pedro y fue el último novio que tuvo, a los 30 años. Pedro era el típico macho del pueblo y no quería que ella ayudara a los migrantes, no quería que ella desviara su atención en “otras cosas”, por eso la perdió, “o ellos o yo”, ella eligió… Finalmente él decide migrar a Estados Unidos y guarda la secreta esperanza de que una mujer callada y sensible lo ayude en su camino.

Nos sentamos junto a Bernarda en una tienda que funciona como la papelería de Las Patronas. Medimos la luz, una sombra se apodera del rostro de nuestra entrevistada y se niega a partir. Finalmente decidimos integrarla a la fotografía de nuestro registro audiovisual. Al terminar sabremos que hemos tomado la mejor decisión, esa sombra le pertenece a Bernarda.

Nos gustaría que nos digas tu nombre, tu edad, de dónde eres…?

Bueno, yo me llamo Bernarda Romero Vázquez, soy de aquí, soy de La Patrona, perteneciente al Municipio de Amatlán de los Reyes, Veracruz. Mi edad, 48 años.

¿Y podrías contarnos quiénes son tus padres, tus abuelos…?

¿Ustedes quieren saber mi niñez, me supongo?

Sí, un poquito.

Bueno… (Silencio que pesa en el aire) Pues, mi niñez fue muy de trabajo. Porque como yo fui la mayor de mis hermanas, casi muy poco jugaba yo porque como yo iba a la escuela pero mis hermanas estaban chicas, entonces mis hermanas me las encargaban a mí, que me las llevara yo: una había entrado a kínder, otra a primero, otra a segundo y así…

Entonces yo lo que hacía es pararme temprano, me levantaba mi mamá cinco y media, porque teníamos unas vacas entonces mi mamá me enseñó a ordeñar , me decía “hija échame la mano” y yo me ponía ordeñar; en realidad ella se ponía a ordeñar una vaca y yo otra. Y ya luego como a las siete de la mañana me iba yo a repartir leche y ya en aquélla ocasión me llenaba botellas de “a litro” y de “a medio”, y me iba a repartir a los vecinos que nos compraban la leche.

Mis papás son campesinos y mi papá lo poquito que ganaba en el campo cortando caña o limpiando caña, chisgoleándo no se ganaba mucho, entonces mi mamá quiso tener sus propios animales, las vaquitas que teníamos; entonces yo la ayudaba a ordeñar y esa leche se vendía para que sacara mi mamá para nosotros porque lo poquito que ganaba mi papá apenas alcanzaba para comer. Entonces con ese dinerito nos compraba cosas a nosotras: un pan o ropa, zapatos o algo así.

Y yo ya venía, claro que tarde y barrida, para la escuela porque me iba veinte para las ocho, entrábamos a las ocho de la mañana. A veces la verdad no bebía yo ni café, nomás me iba yo así, nomás agarraba yo una pieza de pan del tenatito que tenía mi mamá y salía yo corriendo y nos decía “ándale chamacas” y la verdad me daba un poquito de coraje porque andaba yo repartiendo la leche y no estaban listas ellas, todavía las tenía yo que peinar, y luego yo las llevo “no se atraviesen chamacas”, es que se me atravesaban en la carretera… Y ahí iba yo y las pasaba a dejar a su salón y luego les decía- porque unas salían a las doce del día, otras a las doce y media y otras hasta la una-, les decía yo “no se me vayan a ir porque si no mi mamá me va a regañar a mí”. Y así ya salían ellas más antes que yo y ya me esperaban; ya me las traía yo, llegaba yo y como mi mamá tenía que lavar ropa y todo eso.

En aquélla ocasión no había tortillería como ahora, entonces mi mamá molía una cubeta bien llena de masa y me guardaba la mitad, entonces llegaba yo y me decía “ahí te guardé hija la mitad, porque tengo que lavar harta ropa de tus hermanas, tengo que lavar porque el día está bonito y tengo que lavar pa´ que se les seque su ropa”. Yo llegaba de la escuela, me ponía yo mi morral; en aquélla ocasión mi mamá nos hacía nuestros morrales: compraba manta y nos hacía unas bolsitas y para que se nos vieran bonitas, las bordaba, eran para que ahí echáramos nuestros libros. Y ya llegaba yo, aventaba yo mi bolsa, ella ya había hecho de comer y ya me ponía yo a echar la mitad de la cubeta que había dejado para moler, y ya me ponía yo a moler y ya después comía yo y les daba de comer a mis hermanas pues ella estaba lavando. Y así casi muy poco la verdad, yo no jugué. Jugaba yo en la escuela pero ya casi en la tarde muy poco porque ya me entretenía de darles de comer a mis hermanas, de lavar los trastes, de ver ahí o luego que carrear zacate o a veces mis hermanas iban a pastear los animales.

La verdad muy poco jugué, jugaba yo en la escuela a la hora de recreo pero aquí en la casa muy poco. Y así, y ya fui creciendo así. (Silencio) Ellas… pues, la única que estudió fue Norma porque mi papá quiso que estudiara pero ya de ahí en fuera, las demás no: Rosa terminó su sexto año; la otra, una que se llama Clementina terminó en tercero; la otra también se quedó en tercero; otra en segundo; otra en cuarto y así… y yo que terminé en sexto año. Yo si quería estudiar pero la verdad es que mi papá no podía, con lo poquito que ganaba apenas alcanzaba para comer. (Se le llenan los ojos de lágrimas).

¿Y tu juventud?

Después ellas se casaron -mis hermanas-. Y estoy en la casa con mis papás, entré en la iglesia, daba yo catecismo en la iglesia; luego estuve en el coro pero la verdad… (Silencio) pues eso a mí ya no me satisfacía: pues iba yo allá a dar catecismo y todo pero nomás ahí se quedaba; y el coro igual, se cantaba en la hora de la misa y después yo ya me venía y fue ese día cuando… pues no sé… yo creo que… en algo tenía yo que servir porque eso de ir a misa y participar en el coro como que a mí no me… ¿cómo decirlo?… a mí no me… yo sentía que no hacía lo que Dios quería. Pues no sé qué pasó aquél día cuando… después me salí de plano del coro y del catecismo; iba yo igual cada ocho días a misa pero también me salí… hasta ese día que salí yo a comprar con mi otra hermana y venía el tren y nos dicen “Madre tenemos hambre, danos esa leche y ese pan”, el pan y la leche que traíamos recién comprados y dejamos pasar ese vagón, después dejamos pasar el otro, hasta el tercero le dimos las cosas, y se los dimos y ya nos volvimos. Y todavía me dice mi mamá “¿Oye y el pan que te encargué y la leche?” “Pues yo se las di, es que me pidieron, me dijeron que tenían hambre. Pues mal que bien nosotras ahí tenemos café y ahí hay masa, pues haber qué hacemos para comer”, ¡Y ya!

El día domingo llegan ellas, mis hermanas, y ya platicamos eso y ya una puso el arroz, otra los frijoles y así. Y ya fue cuando salimos el primer día… un día lunes, y ya fue cuando comenzamos a dar y a dar y así… estuvimos como unos seis años solas, ¿apoyo de aquí del pueblo? pues casi no, al contrario, nos metían ideas: que nos iban a meter a la cárcel, que nos iban a acusar de polleras, muchas cosas (Silencio). Y así estuvimos y lo único que pedíamos nosotras era ayuda porque también el sacerdote que teníamos, no teníamos apoyo de él. Y así hasta que llegaron estos jóvenes del TEC de Monterrey, que fue Lisette y sus compañeras, Javier García… y no sé cómo se enteraron ellos del trabajo que estábamos haciendo y nos dijeron si les dábamos la posibilidad de grabar el trabajo que estábamos haciendo; y nosotras les dijimos que sí y ya grabaron cómo se les guisa la comida, cómo se les da la comida en las vías del tren. Y cuando se fueron aquélla vez nosotras pues la verdad era un delito ayudar a los hermanos migrantes, todavía no se hablaba mucho de los derechos y la verdad es que sí nos preocupaba que nos pudieran acusar de polleras y todo eso.

Y así estuvimos pero este joven grabó, se fue y regresó después de más de dos años -nosotras pensábamos que a lo mejor quería nuestras fotos para algo malo o no sé- y ya nos dijeron que nos traían una sorpresa, nos dijeron “Les hicimos un documental que se llama DE NADIE y queremos que aquí en su comunidad se exponga ese documental”; eso fue hace ocho años. Ya después buscaron una persona que les prestara una camionetita, mi hermana Norma corrió a buscar una camionetita con ellos, se las prestaron; anduvieron voceando a todas las comunidades alrededor como lo que es: La Chapa, Los Ángeles, La Toma, Trapiche, Lotate, Pénjamo, San Miguelito y todo eso. Fue en agosto como a las cinco de la tarde, acudieron como unas setenta personas con unas poquitas de aquí de nuestra comunidad, y ya se expuso la película, y ya fuimos; pero la gente de aquí como que no hizo caso, no sé… Y ya fue cuando se expuso todo, y ya ellos “los jóvenes”, Javier y todo ellos dieron a conocer el trabajo que nosotras estamos haciendo y ya fue como comenzaron a llegar personas y a donar arroz, frijol, aceite, todo eso… Y ya comenzaron a llegar universidades y traían arroz y ropa y todo eso.

Nosotras comenzamos con el migrante pero ahorita vienen universidades que nos dicen “Oye, queremos que nos den una charla, vayan a platicar con los jóvenes”, y ya estamos en otra cosa, como quien dice más para adentro, ya nosotras vamos ahorita a dar la charla también para que los jóvenes se interesen en el trabajo que estamos haciendo y ojalá que los jóvenes al ver todo eso que se está dando a conocer pues… que valoren a sus padres, porque muchas veces sus papás hacen esfuerzos para que ellos estudien. Porque hay muchos jóvenes como esos que van colgados en el tren, centroamericanos que van, pues sus papás no tiene medios para mandarlos a estudiar y el que tiene a sus papás y a su mamá y tiene medios para estudiar que lo sepan valorar. que no se tiren a cosas como el alcoholismo y drogas porque no los va a llevar a nada bueno.

¿Y tú Bernarda tienes algún pariente o conocido que haya migrado?

Sí un tuve un sobrino y un cuñado pero ya regresaron, ya regresaron.

¿Qué es para ti ser migrante?

Ser migrante… (Silencio profundo y prolongado) Ser migrante es la persona que tiene que irse de su casa por necesidad, porque no hay un trabajo -que él a lo mejor lo sabe hacer- y no lo encuentra aquí en nuestro país y tiene que migrar; y con eso lleva muchos riesgos, quizás hasta la muerte.

¿Y qué es para ti el tren?

El tren… para los centroamericanos el tren es su vida, y es su vía para viajar pero también van arriesgando toda su vida, pues también mueren, van arriesgándolo todo.

¿Qué es para ti la frontera?

La frontera es un paso más adelante que cuesta, es difícil pero te tropiezas, te caes pero con la misma te levantas, con la ayuda de Dios a lo mejor puedes pasar.

¿Cómo ha afectado la migración a tu vida ?

Yo veo que antes era poca y ahora es demasiado mucho. Pienso que es por falta de trabajo, pagan muy bajos salarios, no alcanza y por eso es la necesidad que tienen de salir. Quizás también es por nuestros Presidentes que no abren fuentes de empleo; si las abrieran quizás nadie migraría, ni de nuestro país ni de otros países.

¿Y en este sentido en qué afecto la migración a tu vida en particular, pues?

Yo estoy consciente que estoy haciendo un trabajo que ellos necesitan, y pues… mientras Dios me preste vida seguiré ayudando. Este trabajo que estamos realizando nos permite conocer a gente de otros lados. ¿Yo cuándo en mi vida iba a tratar con jóvenes de una universidad más tratada que yo?, yo nada más terminé el sexto año y yo… ¿Cuándo me podría haber parado en frente de una universidad a poder hablar?, la primera vez fue hace 7 años en el TEC de Monterrey, yo la verdad nunca me imaginé conocer muchachos, estudiantes de carreras, esa fue mi primera vez.

Yo nunca había tratado jóvenes y ese día no pude hablar, la que habló fue Norma porque yo sentía que no tenía qué decirles. Yo me decía para mis adentros: “Ellos están más preparados que yo, yo sólo tengo mi sexto año, ellos a lo mejor conocen más que yo” pero… Pues en mi forma de pensar yo creo que sí me cambió mucho, que ha cambiado mi vida.

¿Hay alguna anécdota que quisieras recordar en especial de tu experiencia realizando esta labor?

Pues la experiencia que pasé yo, ese joven que venía en el tren, que venía picado y los bajaron unos muchachos, sus compañeros del tren. Norma, ella fue a la que le pidieron que les ayudara. Y en aquélla ocasión todos nos cerraron las puertas y no sabíamos qué hacer: a las tres de la mañana andábamos por Córdoba, Amatlán buscando médico para ese muchacho; nadie quiso venir de los doctores a verlo: que no querían problemas con la justicia ni con nadie, que nos lo lleváramos a la Cruz Roja y le dijimos a los muchachos, sus compañeros -que eran como 10 que venían en el tren-. Y ellos nos dijeron “Por el amor de Dios madre ayúdenos por que nos va a llevar migraciones, pensemos a ver qué hacemos”. Y nos quedó pedirle mucho a Dios, también bajamos acá a la clínica, tampoco nadie quiso y lo único que… se fue mi hermana a Córdoba a la una de la mañana comprando medicina para los muchachos. Como Norma sabe tantito de medicina compró mertiolate, algodón, alcohol y eso y ya lo trajo y ya lo curamos. El tenía una calentura, de hecho volteaba sus ojos ya. ¿Qué hacemos? Lo único, Norma les dijo a ellos: “Si el muchacho se llega a morir, pues lo siento mucho con el dolor de mi corazón pero vamos a tener que ponerlo allí en las vías y que digan que se cayó o algo así”, “Madrecita lo que usted diga”. Y gracias a Dios ya le dimos las pastillas al muchacho, como pudimos se las dimos con agua en la noche; ese día no dormimos, nos amanecimos pensando que este muchachito se fuera a morir. Y lo único que hacíamos era pedirle mucho a Dios; yo lo que hice fue encender una veladora y pedirle mucho a Dios para que se le quitara todo lo que tenía, él ya tenía una calentura muy fuerte, él ya temblaba y se le volteaban sus ojos. Nosotras vimos que ya de por sí el muchacho se iba a morir. Y lo único que decíamos era “Dios mío ayúdanos, ayúdanos, que no nos vayamos a meter en un lío. Esa fue la experiencia más dura porque ese día no dormimos nadie, lo tuvimos velando. Y gracias a Dios a las seis de la mañana ya estaba volviendo el muchacho y dijo “¿Dónde estoy?”, y le contestan sus compañeros “Estamos aquí con unas señoras muy buenas”. Entonces él paró sus ojos y se nos quedó mirando y nosotras decíamos ¡Bendito sea Dios! y ya lo seguimos curando, dándole medicinas, estuvo con nosotras como veinte días.

¿Por qué crees que todas ustedes son mujeres?

Yo creo que porque nosotras somos de mucho sentimiento, las mujeres, como María que fue de un gran corazón, su madre de Jesús. Yo pienso así. Porque el hombre pues sí, pero tiene el corazón un poquito más duro.

***

La tarde cae con el sol, y cae también una lluvia importante sobre el pueblo de La Patrona, lluvia como regalo de Dios. Y entonces comenzamos oír claramente al tren galopar hacia nosotras. Comienzan los gritos y cada quien agarra huacales, y bolsas y carretillas y salimos todas, muchas mujeres, corriendo sobre el lodo hacia las vías: nos distanciamos al menos 20 metros la una de la otra para no hacernos daño en caso de accidente. La lluvia cae espesa, la luz de la Bestia se aproxima. Anudamos varias bolsas entre sí y a medida que se acerca, un niño se para por un momento en las vías y le hace señas al chofer para detener la velocidad del tren.Disminuye la marcha, el niño se aparta y La bestia comienza a enterrarse en nuestro mundo interior: avanza, nos ciega, aturde con su gemido de dragón.

Vemos pasar un vagón y otro, y tenemos preparadas las bolsas y las botellas, siguen pasando vagones pero no trae hambrientos ni migrantes. Constantemente el suelo tiembla: pasa el tren. No siempre llega empachado de personas, a veces sólo trae químicos o cereales.

Se va, pues. Se aleja en la oscuridad. Y allí nos quedamos bajo la lluvia con nuestros guacales y carretillas que no son nuestros, son de ellos. Nos quedamos colmadas de ganas, llenas de alimentos que nos sobran y deberemos reciclar para dárselos mañana.Caminan ellas, Las Patronas, bajo el agua. No corren. Sólo los tontos corren cuando la lluvia les besa los pies Página de Facebook: Multitud del ala contra el viento. [email protected]

Nota

1 El 29 de junio de 1998 a través de licitación pública, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) otorgó a Ferrocarril del Sureste, S.A. de C.V. el título de concesión por 50 años para operar, explotar y prestar el servicio de transporte ferroviario en la vía Troncal del Sureste de México. Dando inicio a las operaciones el 18 de diciembre de ese mismo año. Hacia finales de 1999, el Ing. Carlos Slim adquiere los derechos de dicha concesión dando lugar a la creación de Ferrosur, S.A. de C.V. (FSRR) la cual se fusiona con Ferrocarril del Sureste, S.A. de C.V. En noviembre de 2005 Grupo México obtiene el 75% de la participación accionaria de FERROSUR.

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