Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

La máquina y el ser

Hacia una caracterización de la web semántica

Si bien nuestro temor más fundado ante la historia no fuera necesariamente su parálisis en la ausencia de memoria como anunciaba Adorno sino nuestro regreso a la animalidad como anunciaba Lukács, lo cierto es que no hubo ontología ni tira cómica que en el siglo XX no se viera confrontada con la idea de la ausencia de sentido.1 Nos imaginábamos que la más atroz consecuencia de un proceso de regresión y de locura sería volver a ser animales, comportarnos como cerdos o como simios o como pulgas, perder para siempre la magia de la palabra, delimitadora no únicamente de aquello que nombra sino portadora intangible de la verdad de la razón (o de la verdad y la razón, si a usted le gusta darle vueltas al asunto). La pérdida del sentido como la vuelta a una animalidad que nunca atestiguamos en nosotros, pero a cuyo impávido festín acudimos en un siglo XX donde no hubo pensamiento atroz que no se abriera camino en sangre.

Hubo sin embargo otro paradigma necesario: el de quienes acusaban -y aún hoy lo hacen- una tendencia creciente a lo maquinal en la forma de vida, quehaceres, vocaciones y aspiraciones de la humanidad toda. Al parecer, no únicamente no se cumple la amenaza de la animalidad regresiva -la vuelta al palo y la piedra- sino que la maquinalidad progresiva se impone como forma de vida y amenaza constantemente con borrar de la faz de nuestras psiques todo rastro de ingenio, astucia, talento, inteligencia, creatividad y todas las otras bonitas cualidades de las que todos los seres humanos nos asumimos poseedores. Desde la ya antiquísima Metrópolis de Fritz Lang hasta los más abigarrados universos cyber-punk de William Gibson se advertía que ambos paradigmas ocurrían con gran facilidad en el escenario de la modernidad y que, previsiblemente, convivir en como parte de la misma, horrible, desoladora cosa en un futuro no muy lejano.

Al no ser suficiente la maquinalidad de nuestras sociedades, pendientes como suelen estar de priorizar las necesidades del auto a las de la persona, o las de la propiedad a las del conocimiento, venimos a enterarnos de que el futuro nos deparaba, casi de cierto, la inmovilidad frente a la pantalla y frente al código contenido entre sus lindes. Un filtro y, al mismo tiempo, un receptáculo al que atenernos para la memoria o para el olvido, para la preservación del placer o para su alardeo, para la reducción al absurdo de la acción social en un encadenamiento autómata de estados de Facebook, para el aplauso de las agendas impuestas por el poder porque ahora somos nosotros quienes las repiten; en fin, para otorgarnos la posibilidad de sumergirnos en una repetición ad-infinitum de nuestros propios, inalienables y sin embargo inevitables lugares comunes. No por nada los llamamos así.

No deja de ser plausible, sin embargo, que esta experiencia maquinal regrese a la vez una respuesta sorpresiva en el campo semántico; en ese sentido, la experiencia maquinal del 2013 no es necesariamente la misma que la experiencia maquinal del periodo comprendido entre los años 60 y 90 del siglo pasado (por supuesto, establecer un parangón con la experiencia maquinal que se pudo tener, por ejemplo, con las primeras máquinas de vapor en la caída del siglo XVIII sería improbable; y sin embargo, si se observan los patrones de obsolescencia planificada que dominan los planes de negocios de la inmensa mayoría de desarrolladores de bienes del mundillo digital, se entenderá que la relación no está tan lejana como parece). Sin embargo, no deja de ser obvio que la relación máquina-hombre (o si usted le apuesta todavía por el antropocentrismo, la relación hombre-máquina) genera diversos estadios de dependencia y co-dependencia parecidos incluso, por lo menos en lo que se refiere a sus lecturas semánticas posibles, a la relación sostenida por los seres humanos con los recursos naturales o con cualquier otro factor externo relacionado con su propia supervivencia y/o comodidad. Y de la dependencia y la co-dependencia al dominio y la confrontación no hay más que un paso.

Por lo menos a un nivel epistemológico, la resistencia frente a la máquina no implicaba en los inicios de la era industrial más que dos esfuerzos humanos: la comprensión de su uso, su funcionamiento y su reparación; así como el aprovechamiento sistemático de los beneficios resultantes de esa comprensión. Como resulta obvio, esa relación maquinal no únicamente colocó al ser humano frente a un dilema funcional sino frente a una nueva relación conductual que, como ya sabemos, derivó en la modernidad y todas sus eventualidades ideológicas, históricas, geopolíticas, etc.; se inventó el TEG, para que nos entendamos. Por supuesto la cúspide de esa modernidad, la sociedad de consumo, detonó graves y aún incalculables consecuencias que, entre otras monerías dignas del mejor psicoanálisis, crearon una nueva tensión maquinal en el pensamiento humano: los seres humanos nos entendimos dominados por la máquina y sus dueños, tanto como antes nos supimos dominados por las armas y sus dueños. Más allá de razonamientos ideológicos, esa conciencia colocaba a la máquina en el medio de una relación de poder; y las relaciones de poder siguen siendo, aún hoy -en su pretendida omnisciencia, en su decantación en anhelo, en su misteriosa y aún así palpable y obvia conformación- uno de los paradigmas más impenetrables de nuestra historia presente y, dice la mentalidad estatista, de nuestra historia toda.

Hoy, por supuesto, el paradigma maquinal no implica únicamente resistencia y comprensión; resulta a veces gracioso -pero la mayor parte del tiempo más bien sorprendente- que casi todo el mundo tenga, a estas alturas, un conflicto con la máquina. 2013 nos encuentra no únicamente utilizando máquinas para prácticamente cualquier aspecto de nuestros quehaceres cotidianos (por supuesto, en diversas medidas y con los contrastes sociales que la realidad inevitablemente impone) sino, particularmente, utilizando máquinas para realizar un porcentaje sorprendentemente alto de todas nuestras actividades semánticas: comunicarnos, abstraernos, atestiguarnos, comprendernos, enamorarnos, expresarnos, hacer el ridículo, desnudarnos, exhibirnos y el inabarcable etcétera que se adivina en consecuencia. Cuente usted la cantidad de personas detenidas en la calle, abstraídas en mirar pantallas; antes podía ser motivo de sorpresa, ahora tomarlo en cuenta se antoja responsabilidad ineludible de todo viandante que aspire a sobrevivir. Cuente usted la cantidad de fotografías de eventos deportivos, conciertos de rock o de música clásica, mítines políticos, mimos en la calle y payasitos en fiestas familiares en las que puede verse a una buena parte de la audiencia usando el teléfono celular o el gadget de su preferencia para atestiguar el hecho; antes podía ser motivo de sorpresa, hoy es ese nuestro retrato y esa nuestra experiencia, porque esos somos nosotros, sea que estemos frente a un accidente o dentro de la Capilla Sixtina -que es, después de todo, otro notable accidente.

Probablemente la mutabilidad de nuestra experiencia maquinal nos está llevando lejos del juego de los espejos que parecía la muy primera consecuencia de la exposición digital de nuestra vida; incluso, discusiones como las de la privacidad o la usabilidad de nuestra información sean no irrelevantes pero sí apenas un estadio muy primordial de un entendimiento más profundo de nuestra maquinalidad pero, también, de nuestro ser como delimitación en sí mismo. ¿Qué tanto estamos dispuestos a portar de nosotros en la máquina? ¿Qué tanto es digital pero privado, qué tanto digital pero público? ¿Existe lo digital privado, o es lo digital solo una forma de lo público? Y una pregunta que, en todo caso, es puramente especulativa: ¿Está más condenado a la destrucción lo digitalizado que lo que no lo está? ¿Qué apocalipsis del conocimiento nos estamos imaginando: el que dice que el tiempo le gana a la materia y que solo lo digital es eterno; o el que pronostica un apagón digital subrepticio, que reduce cada disco duro a chatarra y cada bit de información al absurdo?

En todo caso, ahora -en esa extraña forma del presente a la que seguimos llamando el futuro, como si estuviera ocupada en no ocurrir aún-, es legítimo por lo menos preguntarnos por la carga o ausencia de sentido que atestiguamos de nosotros mismos a través de esa máquina que ya aprendió a mirarnos fijo. Tal vez sea esa contemplación de nosotros, esa esencial presencia maquinal que constituye hoy parte tan significativa de nuestro relato, ese reconocernos -o no- en todo lo que “compartimos” en redes sociales, ese pretendernos o publicarnos o publicitarnos o dejarnos ver, en fin, ese ser digital que nos contiene, una medida certera de nuestra maquinalidad, de nuestra animalidad, de nuestra razón y de nuestra sema, de nuestra regresión y nuestra locura. Y entonces, podremos sonreírles tanto a Adorno como a Lukács, y agradecerles el embrollo.

Y una última pregunta: que nuestro ser digital nos devuelva una imagen para nosotros irreconocible, ¿debería ser sujeto de reclamo en la garantía?

Notas

1 De entre las muchas peleas de cantina que protagonizaron Theodor W. Adorno y György Lukács, una de las más relevantes en mi opinión se desarrolla en el compendio “Notas sobre Literatura” de Adorno y, particularmente, en el bellísimo texto “Intento de entender Fin de Partida”. Adorno coloca a Samuel Beckett en un contexto semántico particularmente relevante para entender el proceso que lleva de la ausencia de sentido a una existencia para la muerte y la extinción. Estos dos paradigmas, al menos en lo que se refiere al Existencialismo y a la escuela de Frankfurt, definen una buena parte de la constitución del ser en la filosofía del siglo XX.

2 Cita en Theodor W. Adorno, Intento por entender Fin de Partida en “Notas sobre Literatura”, ediciones varias.

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