Cinque Terre

Mireya Maldonado

Periodista.

La imagen erótica femenina

El hombre siente que el cemento cocina sus pies. Pequeñas gotas de sudor resbalan desde su frente hasta el cuello de la camisa blanca. Está cansado, harto de esa pesada tarde en la que el vaho del infierno atrapa a conductores y caminantes. El hombre levanta la mirada y el gesto de hartazgo desaparece; ahora sus ojos crepitan y se pierden en esos senos enormes y redondos, apenas cubiertos por una delgada tela blanca que cae a la entrepierna.

Ella también lo mira fijamente, lo incita, lo provoca y él cede: la toma delicadamente entre sus manos y se la lleva bajo el brazo junto con esa promesa de tenerla a sus anchas. Un periódico vespertino más se va al mundo erótico, único, personal de un ser humano que vivirá sus fantasías a su manera.

El erotismo siempre ha estado presente a través de la historia de la sexualidad y la innegable imaginería de hombres y mujeres. Cada quien teje sus propios universos recreativos alrededor de lo que atrae su mirada. En secreto. La mujer de grandes senos llamaba a todos y todas, estaba ahí, en el exhibidor de periódicos y revistas entre otras, muchas, que también mostraban sus cuerpos en poses que destacaban contornos.

El erotismo apela a la imaginación, sin ella no existe. Una vez que detona también es sensualidad, preludio del ejercicio de la sexualidad. Y el mundo de tinta, imágenes y papel alienta a esa construcción social que exalta al instinto. ¿El mundo de lo erótico está más dirigido a los hombres? ¿Las mujeres se reprimen? ¿Esa exhibición de cuerpos, primordialmente femeninos, atenta contra las conciencias pudibundas, contra la equidad de género, algunos medios de comunicación escritos o electrónicos explotan descaradamente el morbo o es parte de esa libertad de expresión que no debe desalentar el voyeurismo? ¿La sociedad mexicana se espanta aún ante la desnudez? ¿Cuál ha sido el recorrido histórico de ese destape? Esto da pie, sin más, a una charla entre continentes. El tema da para un libro. Hoy es un sencillo acercamiento a las imágenes femeninas que se miran y alientan imaginaciones de toda índole.

Un poco de historia

Salvador Salas Zamudio, doctor en Historia del Arte por la Universidad Autónoma de Morelos, nos narra que “la tarea de promoción e imposición de la decencia, la urbanidad y las buenas costumbres se institucionalizó en México desde la época de la colonia. Los misioneros españoles registraron la fuerte represión y censura de que fueron víctimas los naturales por la práctica de ceremonias religiosas en las que, según ellos, mujeres indecentes participaban como prostitutas en actividades corrompidas”.

Ya en el régimen porfirista la cerrazón continuaba y enseñar el cuerpo era impropio de las buenas costumbres. Por eso, no es de extrañar que hubiera cruzadas civilizatorias que, por ejemplo, pantalonizaron “a los indígenas y mestizos que, hasta entonces, se habían ataviado con calzón de manta” y además promovieron entre las élites eventos sociales, apoyados por el Estado y la Iglesia, “dentro de los principios de la fineza, la urbanidad y el comportamiento virtuoso” relata el investigador del área de fotografía del Departamento de Artes Visuales de la Universidad de Guanajuato.

A finales del siglo XIX la industria gráfica, en la capital mexicana, acicateó la imaginación masculina con grabados, litografías, tarjetas postales ilustradas y fotolitografías de índole erótica. Eso sí, la doble moral estigmatizó como prostitutas o pecadoras a las que se a desnudaron frente a una cámara o posaron ante los artistas. Ellas eran el ejemplo de lo “que no debían hacer las mujeres que se consideraban decentes”. Escribe Alba González Reyes, en su libro Concupiscencia de los ojos. El desnudo femenino en México, 1897-1927.

Cabe decir, comenta Alba González, doctora en historia y estudios regionales, que las artes gráficas han dado cuenta del erotismo a lo largo de la historia, “pero me remito al siglo XIX porque en ese tiempo nace la fotografía y a la par fotografías eróticas; en ese siglo tanto el erotismo como la pornografía se instauran como parte de un tema de estudio naciente del psicoanálisis: la sexualidad”.

Agrega que “en esa época los escrúpulos de moralidad se legitiman y se oponen al estudio y tratado del cuerpo. En tanto espacio de placer, éste más bien inspiraría miedo por su relación con las tentaciones y el pecado. En la vida cotidiana el cuerpo de la mujer se ocultó con mucho cuidado. El arte modernista —simbolismo, decadentismo— tuvo influencia y toda una galería de representaciones femeninas estigmatizadas: la femme fatale, la mujer vampiro, Salomé, la mujer tarántula, la mujer escorpión y la mujer diabólica tuvieron estrecha correspondencia con el desnudo. Quienes crearon, difundieron y consumieron estas imágenes fueron varones”.

Durante la Revolución Mexicana, con la crisis social y la guerra civil se propició el aumento de garitos y teatros con espectáculos nocturnos para ‘hombres solos’. Así, la guerra produjo un efecto benéfico para las prácticas eróticas, los bolsillos de los empresarios y el gobierno, por medio de reglamentos jurídicos que favorecían multas y dispensas a los espectáculos considerados licenciosos.

El doctor Salvador Salas continúa con el recorrido histórico a partir de la segunda década del siglo XX. “En ese tiempo, el debate sobre la distribución y producción de las fotografías de desnudo se extendió a los contenidos de revistas, discos, periódicos, películas, canciones populares, carteles y anuncios. Las artistas de la zarzuela se retrataban desnudas, con mallas o trajes de baño sobre piedras y troncos de utilería y fondos pintados a mano, imágenes que son un ejemplo de un estilo de vida desenfadado que propició dolores de cabeza a una sociedad conservadora y puritana, que encontraba en la censura un escudo contra todos los comportamientos públicos y privados considerados inconvenientes para la moral social e incluso individual.

“Las expresiones culturales fueron violentadas en el artículo 2º de la Ley de Imprenta, publicada en el Diario Oficial de la Federación, el 12 de abril de 1917, que en su artículo segundo consideraba un ataque a la moral:

II.- Toda manifestación verificada con (…) representaciones o por cualquier otro medio (…) con la cual se ultraje u ofenda públicamente al pudor, a la decencia o a las buenas costumbres o se excite a la prostitución o a la práctica de actos licenciosos o impúdicos, teniéndose como tales todos aquellos que, en el concepto público, estén calificados de contrarios al pudor;

III.- Toda distribución, venta o exposición al público, de cualquiera manera que se haga, de escritos, folletos, impresos, canciones, grabados, libros, imágenes, anuncios, tarjetas u otros papeles o figuras, pinturas, dibujos o litografiados de carácter obsceno o que representen actos lúbricos.

“En los años treinta las tarjetas postales fueron desplazadas por las publicaciones ilustradas. Durante esa década las mujeres de piel blanca encarnaban el erotismo de la feminidad según el modelo racial y sexual autoritario. Algunas revistas y periódicos se referían a las imágenes de desnudo como fotografías atrevidas y pinturas seudo- artísticas que lastimaban el pudor de las señoras, la inocencia de los niños y atentaban contra la moral pública.

“Los censores continuaron su labor durante el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas del Río quien, el 26 de enero de 1940, decretó modificar el artículo 200 del Código Penal para tipificar como delito la fabricación, reproducción o publicación de libros, escritos, imágenes u objetos obscenos así como su exposición, distribución y circulación. Se consideró también como responsable del mismo delito a quien publicara o por cualquier medio ejecutara o hiciera ejecutar a otro exhibiciones obscenas, y al que de modo escandaloso invitara a otro al comercio carnal”.

Y cómo no mencionar el prurito que ocasionaba en esa sociedad un cuerpo perfecto al que cubrieron con taparrabos. La Liga de la Decencia, recuerda el doctor Salas, fue la que “realizó una serie de actos de protesta para colocar ropa interior a la estatua de la Flechadora de las Estrellas del Norte -La Diana Cazadora-, inaugurada en 1942.”

¿Cuál era el contexto de tiempo en el cual los falsos pudores atentaban contra una obra de arte? El doctor Salas dice que “Durante las décadas de los 40 y 50, el sexismo imperante promovía la virginidad y sumisión femenina; las mujeres infieles podían ser asesinadas por el marido ofendido, quien debía limpiar su nombre como el rifle sanitario lo hacía con la fiebre aftosa. Frases como “mía o de nadie”, “sino es por amor es por la fuerza”, o “la maté porque no me obedecía”, se cumplían al pie de la letra. En los diarios había encabezados como: “muerte de adultera o recibió merecido castigo la adúltera”.

En 1951 el obispo de Sinaloa, Lino Aguirre García, ordenaba al clero local que negara la absolución y la comunión a las mujeres que llevaran vestidos “demasiado impúdicos”, es decir escotados o sin mangas. Eso, sin contar con que prohibía la comunión a aquellas que no usaran medias. También prohibió a sus fieles bailar mambo porque tenía movimientos enteramente deshonestos.

“Las películas provocaban el escándalo moral en la prensa, acusadas de alimentar la sinuosas fantasías y motivar el onanismo en los adolescentes, a través de las secuencias amorosas como la ocurrida entre Raquel Serrano (María Félix) y Antonio Ituarte (Arturo de Córdova) en la cinta La diosa arrodillada (1947) y los movimientos frenéticos y cadenciosos de las rumberas y bailarinas exóticas, que a ritmo de mambo mostraban la vida miserable en los arrabales”.

En 1954, la novela El Hombre, de Adela Palacios, no obtuvo el registro del Departamento de Derechos de Autor de la SEP porque presentaba la homosexualidad, la lujuria y la vida bohemia sin el supuesto “menor recato”, comenta Salvador Salas.

En 1955, el grupo juvenil de derecha denominado Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), reunió un contingente de estudiantes en la Plaza Santo Domingo que frente a los balcones de Palacio Nacional, pronunciaron discursos que afirmaban: ¡La pornografía provoca disolución familiar y degeneración de los individuos!, ¡Nuestra juventud corre gravísimo peligro, defendámosla con todas las armas a nuestro alcance!, ¡La campaña contra la pornografía no debe terminar ahora, debe ser permanente! ¡Hay que perseguir la inmoralidad en las revistas, fotografías, cines, teatros en todos los frentes!

Bajo las proclamas ¡La familia mexicana exige respeto! ¡Salvemos a la niñez!, quemaron sobre la plaza del Zócalo revistas, fotografías y libros “indecentes” mientras alentaban a los muchachos de secundaria a organizar hogueras similares, como una supuesta defensa simbólica a la dignidad y creencias de los estudiantes, especialmente por respeto a sus compañeras, ante las “tentaciones” del sexo y del crimen.

De acuerdo con el relato de Salvador Salas, coautor del libro Placeres en Imagen. Fotografía y cine eróticos 1900-1950, eran precisamente las mujeres, el estereotipado “sexo débil”, quienes podían sucumbir primordialmente ante el demonio de la carne que sus erotizadas congéneres promovían, La moral cristiana condenaba así, desde ese panfletario discurso moralino a vestidas y desvestidas:

finalmente a unas se les debía “proteger” en su impoluta virginidad y al papel asexuado del buen comportamiento y a las otras quemarlas, así fuera en papel.

Esos tiempos, en los que unos cuantos decidían qué debían ver los demás. “El subjefe de la Policía Metropolitana, general Ricardo Topete, felicitó a los universitarios. La intolerancia enarbolada en la defensa de la “moral y las buenas costumbres” perjudicó no solo a los materiales impresos sino a modas y costumbres. Se desatóuna gran campaña de moralización que abarcaba los sitios de diversión,vida nocturna, la prostitución y las “imágenes obscenas”. Entonces fueron cerrados los centros nocturnos y cabarets de la colonia Guerrero, relata el doctor Salas.

Ahora, a cada paso que damos, ya es común mirar tobillos, piernas, torsos semi descubiertos, prendas que enmarcan figuras incitantes, voluptuosas, cuerpos que se ajustan a los conceptos estéticos de estos tiempos anoréxicos o francamente mórbidos. Hay, al parecer, libertades para que las mujeres flacas, gordas, sinuosas, exuberantes caminen con ropajes que en aquellos tiempos habrían provocado la condena de sociedades pudibundas. ¿Y qué decir de la industria gráfica?

Hoy abundan cuerpos desnudos y semidesnudos en portadas contraportadas de las revistas de algunos periódicos. Pero esas imágenes no están solas, comparten espacios con las notas del día. Periódicos como El Universal Gráfico o El Metro combinan erotismo-sensacionalismo: sangre de muerto o accidentado con carnes expuestas o sugeridas que apuntan al morbo más que a la sensualidad.

¿Vencimos a la doble moral?¿Hemos ganado en libertades? ¿La percepción sobre lo femenino ha vencido tabúes, prejuicios? La imagen erótica en torno a las mujeres en los contenidos de periódicos y programas de TV ¿forma parte de estereotipos o, ahora sí, es una muestra más de la libertad de expresión que debe acompañar los contenidos?

La doctora Alba González responde que dicha imagen tiene ambos elementos: estereotipo y libertad de expresión. “Las maneras como vemos el cuerpo sexuado ya con placer, ya con repulsión, no es otra cosa que un resultado de una añeja estructura política, religiosa, ideológica a lo largo de la historia occidental.

“Si bien los estereotipos no son necesariamente reales, son creíbles, de larga duración, y su reproducción extremadamente persistente. Esas representaciones vinculan costumbres y predilecciones con ciertas experiencias.

En este caso los consumidores de imágenes eróticas imaginan esas representaciones siempre bajo un mismo punto de vista, porque en los desnudos eróticos se deposita toda una simbolización, imaginarios y creencias con ciertos valores.

“De acuerdo a la cultura a la que pertenezcamos, vamos a tener una serie de creencias, símbolos y prácticas en torno al cuerpo, al sexo y al significado de ser hombre o ser mujer; además, la cultura nos va a enseñar cómo hemos de vivir el cuerpo: con placer o en sufrimiento, con amor o con odio, heterosexual, homosexual o diverso, con culpa o sin ella, oculto o evidente. Y todas esas experiencias tienen una historia”.

Así, el desnudo femenino es un estereotipo en tanto que se concibe como una imagen cliché popular, aceptado por una sociedad, que conlleva una idea u opinión que se tiene del desnudo y además del desnudo placentero.

Aunado a lo anterior, continúa Alba González, el desnudo también forma parte de un derecho de expresión y nuevamente lo interesante es la recepción. ¿Qué lectura dará cada lector o lectora al observar un cuerpo desnudo? Esas imágenes pueden ser interpretadas de distinta manera y asignárseles funciones: lúdicas, recreativas, eróticas o pornográficas. El receptor o lector va a descubrir los códigos que ofrecen señales de disimulo, de gracia o chiste, ya sea con la imagen o con una frase. Todo ello se manifiesta en el mismo proceso de comunicación.

¿Cuál sería la diferencia entre esas imágenes eróticas femeninas de finales del siglo XIX con las de hoy? En el siglo decimonónico las imágenes eróticas fueron una sorpresa. Actualmente saturan todos los ámbitos. Como dice Alba González “son políticas de mercado que se ejercen directamente sobre la piel, la carne y los huesos. Cabe entonces pensar en el erotismo y la pornografía como un reto de comunicación, de cultura visual y de políticas públicas”.

Por su parte Ana María Ledezma, licenciada en Historia y Magister en Estudios Latinoamericanos, por la Universidad de Chile, cree que esas abundantes imágenes no son libertad de expresión ni estereotipo femenino. “Para mi es la utilización del cuerpo sexuado femenino como un posible captador de clientes-lectores-audiencia”.

Nada de lo que se mira en los medios con respecto a la mujer erotizada es “para el beneficio de la imagen femenina, de la libertad corporal, sexual, de expresión, sino para reposicionar el papel secundario de la mujer. Ella no es más que quien “acompaña”, es una sonrisa, un cuerpo, no un individuo. Es como las esposas de los grandes hombres decimonónicos: un adorno, una demostración de su poder y dinero. Es su utilización en tanto objeto”.

¿Qué ideal femenino se transmite en estas tecnologías sociales de manipulación de los deseos? Y aquí Ana María Ledezma cita a Foucault: una mujer “florero” que embellece el entorno, pero que es prescindible y caduca fácilmente.

“Como mujer veo en ellas ideales corporales imposibles de alcanzar, ideales que me roban subrepticiamente mi propio potencial erótico. Es la forma de coaptar la seducción, a través de lógicas masculinas, el empoderamiento femenino y nuestro potencial erótico que va más allá de un cuerpo perfecto”.

Y desde España, Nuria Fernández, politóloga e investigadora en la Facultad de Periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona, opina que “la imagen erótica femenina en los contenidos de periódicos y programas de televisión forma parte de los estereotipos y, en algunos casos, la misoginia. Bajo la libertad de expresión no se puede esconder una banalización de la mujer a través de imágenes que la presentan como mero objeto sexual. De hecho, fomentar una imagen equilibrada y no estereotipada de la mujer en los medios fue uno de los objetivos que se acordaron en la Declaración de Beijing (1995), y es recogida en la legislación española (Ley Orgánica 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres)”.

Pero Salvador Salas opina que la presencia de la imagen erótica femenina en los medios de comunicación es parte de la libertad de expresión, que no debe separarse de los contenidos y una decisión de las mujeres, a quienes nunca ha de exigirse que se presenten con un tipo de atuendo o tener determinadas características físicas. Lo importante es que el espectador también decida ver ese contenido. Es decir todos tenemos derecho de mostrar nuestro cuerpo, pero también todos tenemos derecho a decidir lo que vemos.

El placer del poder sobre la imagen

Insistimos, ¿las imágenes que ofrecen ciertos medios impresos o electrónicos, como, por qué no decirlo, El Universal Gráfico, el periódico El Metro o la famosa “Reata” del matutino de Brozo, que no profería palabra hasta que fue necesario darle voz porque el programa televisivo también se transmite en radio, refuerzan el machismo y la misoginia, que ubican a la bella como tarada que debe enmudecer para solo mostrarse?

Alba Gonzalez explica entonces que hay diferencias entre el poder visual y el placer visual. “En el mundo posmoderno, uno de los rasgos distintivos es el dominio de las imágenes. Observarlas es una experiencia colectiva con la intrínseca multiplicidad de posibles puntos de vista para interpretarlas. Se trata de la polisemia. Y aquí, inevitablemente, debo mencionar a Pierre Bourdieu y a Nicholas Mirzoeff. El primero afirma que es la educación, y el acceso a sus diversas modalidades, la que convierte y modifica un capital cultural que refuerza y fomenta las posibilidades de nuevos significados, para una cultura de equidad y de compromiso individual y social.

“El segundo autor considera que, la educación y el acceso a sus diversas modalidades, modifican nuestra cultura visual. Así, es posible que los modos de representación cambien con el tiempo y sean desafiados por otras formas. En este caso, las imágenes de desnudo erótico, tal como se interpretan hoy en día, pueden ser resignificadas de distinta manera desde un ejercicio político responsable, con una educación comprometida detrás suyo. Y como vemos, las políticas en torno a la educación sexual en México llevan más de cien años de atraso”.

Ana Ledezma a su vez, cree que la belleza como sinónimo de estupidez es una de las más efectivas estrategias patriarcales que también patrocinan y generan las mujeres para convertir a sus propias congéneres en “sus” sujetos, en el sentido de sujetar, pero ya no a través de imposiciones taxativas, sino seductoras: la belleza, el éxito y la fama. “El trabajo que implica cultivar un cuerpo perfecto puede tomar el tiempo que se podría ocupar en cultivar la mente.

Sin duda hemos sido testigos de mujeres que han hecho de esta estrategia una realidad, lamentablemente no son sólo imágenes, sino seres de carne y hueso, respuestas de “coanimadoras” de programas de tv, de las modelos que promocionan algún producto o de las “mises” que nos cuestionan nuestras propias reivindicaciones al respecto”.

Sin embargo, agrega, ¿la falta de belleza es sinonimia de inteligencia? No, entonces si la asociación no sirve inversamente, ¿qué es lo que ello dice? Que el poder femenino de cautivar es al que se teme. “Sobre el reforzamiento del machismo o la misoginia a través de dichas imágenes eróticas solamente diré que implican el menosprecio de su palabra- reforzando el discurso de la domesticidad y la asociación a sus funciones reproductivas, no productivas de conocimientos, dinero, opinión. Por tanto, sí lo refuerzan al cotidianizarlo en imágenes femeninas estereotipadas”. La politóloga española Nuria Fernández coincide cuando dice que “eso es mostrar a la mujer como un simple objeto para ser mirado por su belleza. No se muestra o se valora a la mujer como generadora de ideas. ¿Acaso no hay personajes femeninos más significativos que una mujer desnuda para que pueda salir en los medios?

“Un ejemplo interesante lo encontramos en la representación de las mujeres políticas en los medios de comunicación. Actualmente la definición de la política como un espacio masculino comienza a debilitarse con el progresivo aumento de la presencia de las mujeres en la vida política. Argentina, Brasil, Liberia, Finlandia, Islandia o Alemania son países donde actualmente el máximo cargo ejecutivo es ocupado por una mujer, pero el género de éstas continúa siendo relevante en la cobertura que los medios realizan de su gestión.

“Los medios dedican más espacio en describir su apariencia física y representarlas dentro de situaciones personales, algo que no pasa cuando las noticias versan sobre un político hombre. Por ejemplo, fueron constantes las referencias en los medios al físico de Ségolène Royal, candidata por el partido socialista francés a la presidencia; a Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia estadounidense por el Partido Republicano en 2008 o la ministra de Sanidad española, Leire Pajín (un periódico conservador publicó una foto de la ministra en bañador, criticando ciertos kilos de más).

“También están los numerosos artículos publicados en la prensa sobre el escotado vestido lucido por la cancillera alemana Angela Merkel en la gala de apertura de la Ópera de Oslo, la forma de vestir de la ministra de defensa española, Carme Chacón, o la importancia que dieron los medios a la boina que lucía la presidenta argentina, Cristina Fernández, cuando asistía a una manifestación”. En cambio Salvador Salas cree que es necesario leer y mirar las imágenes desde un punto de vista crítico, pero nunca esconder o tratar de censurar una imagen “si bien es cierto que las publicaciones referidas están mediadas por criterios masculinos heterosexuales, existen otras investigaciones, como la del doctor. Antonio Salazar, que permiten ver el cuerpo humano desde otra perspectiva. Las imágenes de las publicaciones mencionadas, permiten generar análisis y puntos de vista críticos sobre la presencia de la mujer en los medios de comunicación, por ejemplo, la famosa secretaria de Brozo o Gina Montes en el programa “La carabina de Ambrosio 1978-1987”.

Cuerpos vestidos o desvestidos

Vemos así diferentes opiniones en el mundo occidental donde, aparentemente, la mirada sobre el cuerpo y sus infinitas posibilidades ha traspasado algunas barreras impuestas por una sociedad que sigue naufragando en la doble moral. Los semidesnudos son parte de una cotidianeidad pero los juicios de valor subsisten. Cabe entonces preguntar si el desnudarse para un periódico, revista o mostrar con poca ropa la anatomía en un programa de TV debe ser visto como una elección de quienes se destapan en un contexto de libertades, en contraste con la burka impuesta por el islamismo, o simplemente es un acto que refuerza la mirada de lo femenino como mero objeto sexual.

No olvidemos, responde Alba González, “que la lógica contemporánea de las políticas públicas en todos los ámbitos, incluyendo los medios masivos de comunicación, las elecciones y libertades se deciden en el marco de un contexto de mercado. Así que la libertad de una modelo por mostrar o no su cuerpo desnudo van en referencia a la cantidad significativa de dinero para posar y que su imagen sea publicada, sobre todo si esto reditúa una ganancia extra en publicitar su imagen como artista. “Ciertamente esta condición refuerza la mirada masculina respecto a lo femenino como un objeto sexual y esa mirada común del erotismo, nos viene de un sistema de pensamiento en el que tanto hombres como mujeres participamos.

“No obstante, también existe una postura diferente, estética y política de mujeres que se muestran desnudas frente a las cámaras, en un acto de protesta”. Alba cita varios casos, por ejemplo el de “las cuatro mujeres Ucranianas, pertenecientes al movimiento feminista Femen, quienes se desnudaron en la Plaza de San Pedro en el Vaticano para expresar los derechos de los homosexuales; o bien, aquellas que se desnudaron frente a la Catedral de Cristo Salvador en Moscú, en protesta contra el primer ministro Vladimir Putin, al denunciarlo por falsificación en las elecciones parlamentarias por parte de Rusia Unida, el Partido de Putin.

“También la activista egipcia Alia Magda Almahdy, de 20 años, publicó una fotografía donde aparece desnuda, en protesta contra los límites de la libertad de expresión en su país. Mostrarse sin ropa es una forma no violenta y sí legítima de manifestarse a favor de los derechos de las mujeres. Y finalmente mencionó a Amina, la joven tunecina que mostró sus pechos e hizo circular su imagen en los medios de redes sociales para manifestarse por la reivindicación de las libertades de las musulmanas”.

Por ello, “no debemos generalizar al pensar que en todos los países musulmanes se usa la burka, como tampoco pensar que las mujeres que la usan carecen de posibilidades de participación ciudadana. La primavera del 2012 es una muestra que en el Medio Oriente las mujeres están tomando voz y decisión frente a un mundo político patriarcal”.

Asimismo, Alba menciona que lo erótico no necesariamente refiere al desnudo como ausencia de prendas sobre el cuerpo. “La fetichización da cuenta de la fascinación por la imagen de la mujer semi-desnuda o desnuda. La imaginación cobra poder como motor en este juego de consumo erótico. El cuerpo cubierto se convierte en un objeto que ofrece la promesa de una satisfacción erótica. El vestido como fetiche se convierte en un elemento accesorio que otorga una fuerte impresión visual al poder del deseo. Esto me recuerda una imagen fotográfica de una mujer en burka caminando por la calle y dos varones en una motocicleta que van en sentido contrario, ambos vuelven su mirada hacia las caderas en movimiento bajo la túnica y el tobillo que ella deja ver a su paso.

“Así, la ropa funge a modo de doble signo simultáneo: por una parte es la defensa que protege al cuerpo de la curiosa observación, pero al mismo tiempo incita al espectador hacia un mayor interés de ver lo descubierto, frente a lo que aún se cubre. El cuerpo vislumbrándose apenas, y la vista anhelante que se detiene en las partes descubiertas, pero igual en aquéllas que todavía se hacen abrigar por la ropa interior.

“Los encajes, las medias y las ligas, escudos para retardar el anhelo, fetiches también funcionan como partícipes de la lentitud para desvestir el cuerpo hasta la última prenda. Es un signo definitivo de la contención de lo que se desea y confiere a la mujer el atributo que la torna aceptable como objeto sexual. En ese juego de lo que se desea ver y al mismo tiempo se rechaza, el fetichista alcanza la gratificación sexual deseada”.

Pero ¿en verdad podemos compararnos con lo que ocurre en países islámicos? ¿Es siquiera inteligente hacerlo cuando se escuchan por todos lados vociferantes que se suben al púlpito y pontifican en torno a nuestros cuerpos, sus necesidades y placeres?

Ana Ledezma asesta una pregunta que hace estremecer alegres paradigmas, mundos que aún se antojan lejanos: “¿crees que las mujeres poseemos la libertad de mostrarnos desnudas sin que existan consecuencias asociadas a ello? Basta ponerse una minifalda y caminar por las calles para sentir los límites de esa libertad. Sumémosle a ello la ‘obligatoriedad’ de belleza y feminidad que en este contexto de ‘libertades occidentales’ la mujer debe poseer.

“Sobre la burka y el islamismo, somos tan ignorantes que no lo pondría como un parangón. Es otra cultura, otra realidad, otro universo simbólico que la construye. No creo sea posible contrastar, sería simplificar en demasía y terminar malinterpretando. Me podría arriesgar a decir que si bien los códigos generados para cooptar el cuerpo sexuado de las mujeres difieren entre oriente y occidente (cubrir v/s desnudar y diseccionar), la finalidad de control es similar.

“La burka, desde una mirada occidental, se asocia a la importancia que posee el cabello como espacio erógeno. Sin embargo, y de acuerdo a la contrapartida de este proceso de emergencia del deseo, debe “disciplinarse”, debe recogerse, peinarse, cubrirse. Este velo posee una significación más profunda, es una forma de mantener el rol femenino: es el instrumento y el símbolo de la invisibilidad y del silencio impuestos a las mujeres en virtud del peligro que se cree ellas representan. El velo expresa, pues, el miedo que los hombres tienen de las mujeres y su voluntad de apropiarse de sus cuerpos”.

En cuanto a lo femenino como mero “objeto sexual”, continúa Ana María Ledezma, “creo que olvidamos la “tradición” que hay detrás de ello, “baste recordar que hemos sido un preciado bien de cambio, consolidación de alianzas políticas o económicas, productoras de esclavos o inquilinos, un vientre, ni siquiera un cuerpo.

“Las formas de mostrar el cuerpo, de presentarlo y (des) vestirlo, se relacionan con un proceso que en Europa se iniciaba a fines del siglo XIX y que arribará a Latinoamérica las primeras décadas del XX. “Esta nueva emergencia del deseo a la escena social, hace que la fuente y objeto del mismo, la mujer, retome su potencial ‘peligro: su sensualidad, sus artilugios y artificios se conjugan con la naciente nueva mujer, de allí que el temor de los tutores (padres, hermanos y esposos) aumente. Un leve atisbo de independencia son algunas de las características que sumadas a las prácticas deportivas, la playa -por ende el descubrir corporal-, la moda que destaca nuevos lugares, acentuando el arqueado lumbar, reflejan la transformación de la mirada masculina”.

Estos son solo unos pocos antecedentes sobre el predominio actual de los cuerpos femeninos erotizados y “descubiertos”, aludiendo al descubrir de encontrar algo oculto, así como al desvestirse, pero creo nos ayudan a tener una perspectiva menos etérea. Quién mejor que Vigarello para continuar: “a partir de la década de 1890, la carne se vuelve espectáculo.”

En este contexto, Nuria Fernández, experta en cuestiones de género, especialmente en cómo los medios representan a las mujeres, señala que actualmente “los medios de comunicación proveen de un espacio público real, además de influir en las percepciones de la sociedad sobre el papel de las mujeres (y de los hombres). Si en ellos se diferencia la representación de hombres y mujeres, ellos ocupando cargos de poder y ellas como objetos sexuales. Estas diferencias afectarán las visiones y evaluaciones que se forma la ciudadanía sobre hombres y mujeres y perpetuará los estereotipos de género y el sexismo que imperan en nuestra sociedad”.

Salvador Salas señala a su vez que “En la desnudez existe la intención de la mirada del espectador, nunca un cuerpo desnudo va estar alejado de la visión erotizada, aunque no sea la intención de quien se desnuda; por lo tanto es también una decisión personal el ver o no esas imágenes. Pienso que la frase ‘mero objeto sexual’ es demasiado limitante y hasta cierto punto tendenciosa porque al mirar el cuerpo erotizado se cumplen una serie de fantasías que surgen del espectador(a), es una forma de materializar una ilusión, tanto de quien la presenta como el que la mira”.

El desnudo y la palabra

Pero ya que hablamos de medios de comunicación impresos y electrónicos ¿Acaso lo erótico no debería acompañarse con una presencia más equilibrada de la palabra femenina, es decir, que hubiera un mayor número de mujeres reporteras, columnistas, opinólogas?

Lo erótico debería estar presente y de manera consciente, responsable y empoderada en todas las mujeres tanto en nuestra palabra, en nuestro cuerpo como en nuestro pensar, señala la doctora González Reyes y agrega que “me parece que en esa práctica podremos tener una mayor presencia en el mundillo de la opinión ya sea como reporteras, columnistas, opinólogas y también como mujeres políticas.

El doctor Salas coincide “Claro, aunque no sólo por la presencia heterosexual, también es urgente la expresión y la visión homosexual, la palabra, la forma de ver, de presentar la desnudez y la propia sexualidad no debe estar limitada a una cuestión de género o tratar de esconder temas por tabú”

Nuria Fernández también dice que “como en otros ámbitos, se hace necesaria la entrada de mujeres, no sólo como reporteras, columnistas, opinólogas, sino también en los puestos de decisión de los medios de comunicación, donde se decide qué publicar y qué no publicar. Son muchos los estudios que se han realizado sobre si una mayor presencia de mujeres en las redacciones influye en el contenido de la cobertura. En muchos casos, el hecho que haya habido un aumento de mujeres en las redacciones no ha significado una disminución en los estereotipos.

“El problema está en las rutinas creadas que se encuentran en todas las redacciones y que resulta muy difícil combatir, entonces las mujeres periodistas acaban utilizando el mismo estilo que sus colegas varones. Quizás ellas puedan hacer más una diferencia no en cómo cubren una noticia o una persona sino en qué eligen cubrir, temas que pueden haberse encontrado infravalorados en los medios, por ejemplo: violencia doméstica, aborto, la presencia de mujeres en política.”

Desnudos femeninos y masculinos

Y esta pregunta no se quedó en el tintero, porque las mujeres también miramos, vaya que miramos. ¿No debería haber un mayor equilibrio, si nos ubicamos en un clima de libertades, a través de imágenes masculinas eróticas, que balanceen el contenido de medios que usualmente parecen pensar que sus lectores solo son hombres heterosexuales?

“No se trata de un aspecto cuantitativo en la presentación de imágenes eróticas femeninas vs imágenes eróticas masculinas para encontrar un clima de libertad o de balance. Tampoco considero que esas imágenes sean consumidas visualmente únicamente por hombres heterosexuales. De hecho, los espacios publicitarios, impresos, virtuales o de cine donde aparecen desnudos femeninos y masculinos son consumidos por mujeres heterosexuales, por hombres homosexuales, por mujeres lésbicas, por transgéneros, transexuales e intersexuales y eso no significa que se fomente un ambiente de libertad”, explica Alba González.

Un sacerdote pedófilo puede ver imágenes eróticas, disfrutarlas y sancionarlas al mismo tiempo; una señora madre de familia puede excitarse y avergonzarse con escenas eróticas; lo mismo puede ocurrir con un varón homosexual que mira a escondidas imágenes eróticas de hombres hermosos. “Vuelvo a la idea de que ver es interpretar y se trata de comprender que el sentido de cómo se observan esas imágenes nos viene de nuestra historia y por desgracia concierne a una forma de poder visual patriarcal, que tanto hombres como mujeres traemos dentro de nuestro pensamiento”.

Quien osa manifestarse abiertamente contra esa forma de pensamiento es sancionada o sancionado, continúa Alba González. “El mejor ejemplo es el de Crytal Tovar, mujer joven, con formas turgentes y además ¡con minifalda en un espacio de preferencia varonil y de poder! Ella es transgresora, según las formas oficialistas de pensar, pero en el camino de ser una mujer políticamente activa. Lo mismo pasa con las indígenas que visten sus ropas regionales y no tienen el estereotipo de mujeres “bellas”, pero que se encuentran en los escaños del poder.

De una y otra manera, dice la doctora González, se les obliga con el discurso hablado o gráfico a someterse al estilo rígido, austero, serio, abstinente de las “formas” que dicta el poder político. En todo caso, es el sentido de ese poder el centro de nuestra atención. Es ahí dónde las mujeres heterosexuales, lesbianas, transgéneros etcétera, debemos incursionar y hacer valer nuestro derecho a la equidad, diversidad e igualdad social, incluyendo la sexualidad y el placer”.

Pero Ana Ledezma revira “¿al incluir imágenes de cuerpos masculinos erotizados en la prensa y demás medios de comunicación cambiamos la lógica del modelo? No, pedirlo entonces no sería más que reafirmarlo. Acepto que podría ser interpretado como una primera conquista, pero serían también hombres a los que no se les permitiría opinar, no escucharíamos sus voces y solo veríamos sus musculados cuerpos en tanga y la mofa que habría recaería nuevamente en las mujeres.

“¿Quién conduciría un programa así? ¿Qué temas trataría? ¿Quiénes serían su audiencia? Creo que terminaríamos reforzando la imagen patriarcal sobre la fémina sexualmente apetente. No quiero parecer una amargada y frígida que no quiere ver hombres semi desnudos habitando las portadas de las revistas y periódicos, no me opongo a la recreación visual, pero todo cambio implica sacrificios y un cambio de paradigma”.

Pero Salvador Salas concede en ese posible balance de una mayor cantidad de imágenes masculinas eróticas en medios de comunicación impresos: “y en todos los casos que sea el espectador el que decida verlos o no, nunca ocultar o prohibir imágenes, ya basta de tratar de controlar lo que el pueblo mira o tratar de orientar la forma de mirar, las falsas moralinas sociales y dogmáticas alimentan la intolerancia y la discriminación no solo sexual, también racial.

“Sin embargo, el balance no sólo se debe dar por una cuestión de género, también de características físicas, raciales y culturales, que permitan, al espectador, valorar otros aspectos. Las imágenes de mujeres o de hombres -supuestamente bonitos (as), que no corresponden a las características raciales del mexicano promedio, provocan aspiraciones e inconformidad física, alimentan la discriminación para entrar a algún lugar o al tratar de pertenecer a un grupo”.

Eros para todos

Nuria Fernández retoma entonces un tema neurálgico de nuestros tiempos ¿las imágenes eróticas femeninas demeritan el papel decisivo de la mujer en el siglo XXI? “El problema no está en el erotismo, la cuestión es la banalización de la mujer. Gaye Tuchman ya hablaba en los 70 de la ‘aniquilación simbólica’, para mostrar la omisión y trivialización de las mujeres en los medios de comunicación. No se habla de los logros de muchas de ellas, por ejemplo las científicas, que han visto su trabajo omitido por los medios a lo largo de la historia, y se muestran solo aquellas que se ajusten a un canon de belleza establecido.

“Desde un punto de vista más filosófico, John Berger en su libro Modos de ver analiza el papel de la mujer como objeto en la pintura y dice que mientras el hombre mira, la mujer se mira, mientras el hombre es admirado, la mujer es mirada. Ella ha de ir acompañada, casi constantemente, por la imagen que tiene de sí misma.

“El propio sentido de ser de la mujer viene determinado por el sentido de ser apreciada por el hombre. Así, Berger analiza varias pinturas de desnudos para mostrar cómo es un objeto que aparece en la pintura, mientras que los hombres mostrados en estas obras actúan, no son mostrados únicamente para ser contemplados. Es muy interesante su comparativa entre ‘La Grande Odalisque’ de Ingress (principios del siglo XIX) con una fotografía de una chica en una revista. Ambas miran hacia el observador, el hombre que se imaginan. Dos siglos entre ambas representaciones y la mujer sigue mostrándose de la misma forma”.

Al final de esta conversación prevalece que una de las mayores libertades es la mirada de todos y todas. El erotismo no depende entonces de los ropajes sino de lo que inspira cada ser vivo en el sano ejercicio de la sexualidad, que comienza con la imaginación. La historia debería dar un vuelco hacia hombres y mujeres que contemplan sus propios cuerpos y los de los demás sin remilgos, aunque no se ajusten a cánones establecidos.

Y sí, definitivamente lo que desazona es esa industrialización de uno de nuestros instintos primarios que hoy, varios medios, no tienen empacho en amalgamar con la sangre de cada día. Tristemente Eros y Thánatos venden mejor juntos.

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