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La guerrilla de Excélsior

 

Excélsior, 4/IIV/08

En marzo, un fantasma de periodismo amarillo recorrió los puestos de periódicos de la ciudad de México. El fantasma de la vieja usanza de incriminar a los estudiantes, como escribió Miguel Ángel Granados Chapa en Reforma, y particularmente de criticar a la UNAM por ser una especie de semillero para la guerrilla. Casi como en los 60, cuando los medios de comunicación respaldaron las prevaricaciones del gobierno de Díaz Ordaz contra los jóvenes de aquel entonces.

Viejos nuevos tiempos

El espantajo en Excélsior inició al difundirse el probable vínculo de Lucía Andrea Morett Álvarez con las FARC, luego de que la joven universitaria resultara herida de un ataque del ejército colombiano en territorio de Ecuador. El 4 de marzo, el diario asegura en la portada que simpatizantes de la guerrilla colombiana y del EPR comparten una “oficina” en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Al día siguiente las autoridades de la universidad responden, con razón según nosotros, que “una de sus grandes fortalezas radica en la pluralidad y en la concurrencia de todas las posiciones políticas e ideológicas que se manifiestan en el ejercicio legítimo de la libertad de pensamiento y expresión, con el único límite que impone el respeto a los derechos de los demás” y rechazan el “uso de estereotipos que deforman la imagen de los universitarios y de nuestra institución”.

Excélsior no publicó íntegro aquel boletín y, en cambio, continuó con su postura revestida de periodismo. El 6 de marzo afirma que en la citada facultad y en la de Ciencias Políticas y Sociales, hay jóvenes de diversas tendencias ideológicas, “mayoritariamente de izquierda radical” que cuentan con áreas “autónomas” donde lo mismo se exhiben películas que se organizan círculos de estudio o se instalan comedores populares. Pero eso no es una noticia: tales prácticas son tan viejas como la propia UNAM; particularmente desde mediados de los 60: los cine clubes, los círculos de estudio y las movilizaciones que simpatizaron con la revolución cubana y que rechazaron la intervención estadounidense en Vietnam, dieron paso a otro tipo de expresiones políticas sin que nadie documentara que los insurgentes de la isla hubieran formado cuadros mexicanos para su causa o que lo mismo hubiera sucedido en la guerra contra Vietnam. Con distintas versiones, como por ejemplo las manifestaciones contra el golpe de Estado en Chile, esas prácticas se acentuaron en la universidad luego de los movimientos estudiantiles del CEU (1986-87) y del CGH (1999-2000).

Tal activismo es natural, y para nosotros encomiable además de entrañable, si se toma en cuenta que en estas facultades se imparten licenciaturas lo mismo en Estudios Latinoamericanos; Filosofía, e Historia, que en Ciencias de la Comunicación y Periodismo; Ciencias Políticas y Administración Pública; Relaciones Internacionales, y Sociología. Ahí los estudiantes -más que los de otras facultades, más que los de otras instituciones de educación superior- suscriben manifiestos, editan revistas, organizan protestas o actos culturales, es decir, se asumen como activistas en favor o en contra de las más diversas causas, nacionales o internacionales (coincidamos o no con éstas). Si algo podemos decir es que instituciones como la UNAM han dotado al país de los actores políticos que se desenvuelven en la trama de la democracia.

La conducta de Lucía Andrea es, como adujo Granados Chapa, “de resorte exclusivo”. Por eso el periodista critica “la impropia extensión de decisiones personales a toda una institución” que en estos días alimenta, una vez más la versión del presunto cobijo que las instalaciones de la UNAM dispensan “a expresiones de radicalismo violento”. O sea, los señalamientos de Excélsior surgen del desconocimiento de la UNAM. Para esa forma de informar siempre será más fácil hacer escándalo que hacer periodismo.

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