Guillermo G. Espinosa

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La guerra en las noticias

Amputación, guerra México-Estados Unidos, Cerro Gordo, 1847

La noticia, definida como un hecho súbito e imprevisto, tiene en la guerra una de sus más puras

expresiones. La lucha militar, al mismo tiempo que ha sido la mayor manifestación de violencia organizada de los seres humanos, ha sido también fuente inagotable de noticias y de historiografía. Los relatos en Occidente se remontan al tiempo en que Herodoto y Tucídides escribieron sobre los enfrentamientos de Atenas contra Persia y contra Esparta, ambos poniendo las bases de la investigación histórica y, en cierta forma, del periodismo, que es una disciplina hermana.

Es comúnmente aceptado entre los historiadores del periodismo y la prensa que la miserable tarea de informar sobre escenas de guerra y muerte fue convertida en práctica profesional por el inglés William Howard Russell, asignado por el diario londinense The Times a la cobertura del enfrentamiento ruso-británico en Crimea (1853-1856). Este diferendo, que tuvo como trasfondo el control de las telecomunicaciones intercontinentales, marcó la historia del periodismo y de la comunicación para siempre, porque fue un conflicto en el que Reino Unido tuvo la intención de imponer su voluntad en el mar Negro para tender uno de los primeros cables submarinos de la creciente telegrafía y conectarse a la India.

También se ha validado que el británico Roger Fenton fue el primer fotógrafo enviado a cubrir un conflicto. Como Russell, fue a Crimea aquel audaz aventurero hacedor de daguerrotipos, una técnica de captación de imágenes que precedió a la fotografía en la primera mitad del siglo XIX, la cual consiste en captar el reflejo de personas, objetos o panoramas sobre una placa de cobre cubierta de un baño de plata. La fijación de la imagen requería de un tiempo de exposición largo y era necesario asegurar que los protagonistas no se movieran en lo absoluto.

Conviviendo en el mismo escenario, Fenton hizo inclusive una imagen de Russell, que debe su fama de primer corresponsal de guerra en el periodismo occidental no solo a su desplazamiento al mar Negro, sino también al hecho de haber escrito sobre la Guerra Civil de los Estados Unidos (1861-1865), haciendo de la cobertura de las luchas armadas una profesión. Los despachos de Russell lograron un efecto inmediato de la información de prensa en la opinión pública inglesa, a causa de las revelaciones sobre las pésimas condiciones que había para la atención de los heridos en el teatro de operaciones.

La fotografía y los escenarios bélicos

El eurocentrismo de la investigación histórico-periodística ha dejado sorprendentemente de lado el hecho de que los primeros corresponsales de guerra en la prensa moderna fueron estadounidenses que dieron testimonio de la invasión a México en 1847 y que el primer escenario bélico fotografiado fue el territorio mexicano del norte, ese mismo año. Existe un daguerrotipo de autor desconocido que fue tomado a un grupo de militares de caballería estadounidense posando en una calle de Saltillo y otra imagen de un hombre siendo amputado de una pierna –la primera baja fotografiada– en las inmediaciones del campo de batalla de Cerro Gordo, cerca de Xalapa, Veracruz.

Fuera de los círculos especializados se ignora que la invasión a México en 1847 y la batalla de Ciudad Juárez en 1911 fueron determinantes en la historia del periodismo estadounidense y en la experiencia universal sobre la cobertura de conflictos armados (ver etcétera, #215, octubre de 2018). La ocupación del territorio mexicano coincide con el crecimiento de la prensa industrial estadounidense y con las primeras acciones concertadas de los periódicos de la costa noratlántica para fundar la agencia de noticias Associated Press. La penny press, o prensa de un centavo, estaba en auge desde la década de 1830 con las primeras rotativas a vapor y los directivos de los periódicos de Nueva York, Filadelfia y Boston estaban ansiosos por obtener información fresca desde los frentes de batalla en México. Y no solo ellos. También diarios de Chicago y Nueva Orleans se dieron a la tarea de conseguir gente que les enviara noticias desde los frentes de batalla en México, tanto en el altiplano como en el puerto de Veracruz.

General Wool y compañía, Calle Real, Saltillo, México (1847)

Al menos 11 reporteros publicaron notas sobre la movilización de las tropas, de acuerdo con una investigación de tesis doctoral hecha en 1975 por el historiador de la Universidad de Minnesota, Thomas William Reilly. La prensa de Nueva Orleans, en aquel tiempo una importante posición geopolítica marítima, logró una extensa cobertura y los reportes de periódicos como The New Orleans Picayune, que todavía existe en Luisiana, fueron reproducidos en otros diarios estadounidenses, especialmente en el estado vecino de Texas. Dos diarios de la costa noratlántica, Philadephia North American y Boston Atlas, tuvieron también “corresponsales especiales”, mientras que en Nueva York fueron dos rotativos los que disputaron la supremacía en la cobertura: Tribune y Sun.

Algunos de los textos de corresponsales estadounidenses en México fueron escritos por personas que en tiempos de paz trabajaron como reporteros o impresores en sus ciudades de origen y que posteriormente se enrolaron en el ejército invasor como voluntarios. Otros militares publicaron correspondencia testimonial de primera mano, dibujos e inclusive análisis críticos sobre la conducción de sus jefes militares en la prensa de debate político de Estados Unidos, tipo europeo, que en ese tiempo perdió terreno frente a la prensa informativa y noticiosa. Reilly afirma sin empacho que la producción periodística generada entre 1846 y 1848, durante lo que los historiadores estadounidenses llaman The Mexican War, hizo de este conflicto el de más amplia y minuciosa cobertura a mediados del siglo XIX, nada comparable con la solitaria cobertura de Russell en Crimea.

Medio siglo después, durante la Revolución Mexicana (1910-1917), la batalla de Ciudad Juárez entre maderistas y porfiristas pasó a la historia mundial de la comunicación como uno de los primeros conflictos fotorreporteados. A la ciudad fronteriza acudieron fotorreporteros ya numerosos. Una investigación del historiador chihuahuense, Miguel Ángel Berumen, da cuenta de la presencia de cuando menos 40 fotógrafos, aunque no todos colaboradores de la prensa.

Aquella horda estableció una base de operaciones en una loma que se encuentra al norte del río Bravo, en El Paso, y desde ahí fotografiaron combates y columnas de humo producidas por bombardeos. Algunos lograron también incursionar y registrar las acciones en el frente de batalla por el lado de las filas de Francisco I. Madero, captando imágenes de soldados pecho a tierra, disparando o preparándose para ello. En 1911 ya se había superado la etapa del daguerrotipo, pero las máquinas aún captaban deficientemente a las personas en movimiento. Las cámaras fotográficas eran todavía pesadas cajas que prácticamente solo captaban imágenes estáticas de objetos o gente posando por largos ratos. Es probablemente por esa razón que las instantáneas en la línea de fuego sean escasas y los cuerpos en acción aparezcan borrosos.

La cobertura in situ

Poco antes de la Revolución Mexicana, la guerra de los Boers (1899-1902) en el sur de África, fue registrada por una primera ola de periodistas ingleses expedicionarios, siguiendo el ejemplo profesional de Russell. Phillip Knightley, un periodista australiano- ritánico, validó en su libro de 1975 The First Casualty (La primera baja), la leyenda de que Russell fue “el miserable padre de la infortunada tribu” formada por los corresponsales de guerra. Knightley, uno de los más prominentes investigadores de esta temática en el mundo occidental, dice que “la edad de oro” del periodismo bélico en Reino Unido se vivió de 1865 a 1914, coincidiendo con el gran auge de la prensa industrial, impresa en máquinas rotativas.

Habría que observar que ese fue, en efecto, el primer esfuerzo masivo de la prensa británica por obtener noticias de reporteros civiles, superando para siempre las colaboraciones de militares en el frente de batalla y sacando jugo del desarrollo del telégrafo y la ausencia de una política sistemática de censura, que más tarde tomaría fuerza en las coberturas bélicas. Vendría luego la Gran Guerra y la última vez que la prensa fue prácticamente el único medio de información desplegado en el terreno, a pesar de que ya existían el cine y la radiofonía de forma incipiente.

La periodización que propone Knightley es sólo una perspectiva que viene desde Reino Unido. Sus consideraciones deben verse con reservas, puesto que ignora lo sucedido en otras regiones. En The first casualty no menciona a México y la invasión estadounidense. Ni siquiera remite a la terrible guerra contra Paraguay de 1865 a 1870 en la que Argentina, Brasil y Uruguay horadaron el territorio paraguayo y estuvieron a punto de aniquilar a toda la población masculina, lo cual fue todo reportado en la prensa de Río de Janeiro, Buenos Aires y Montevideo.

El periodismo en el siglo XX logró en todo caso apostar a sus elementos de manera regular. La prensa estaba lista para atestiguar el fenómeno de la guerra total, entrando en conflicto con la propaganda, una práctica político-militar que venía de muchos siglos atrás. Pensemos, por ejemplo, en Pedro, el Ermitaño, alentando a los fieles católicos de Europa central a enrolarse en la Cruzada del siglo XI y hablando en las villas medievales de la causa cristiana por la reconquista de Jerusalén. En las guerras napoleónicas de la primera década del ochocientos fue sorprendente el aprovechamiento de la imprenta para persuadir a los alemanes de rebelarse contra las monarquías. La guerra sicológica aplicada un siglo después a través de la propaganda militar fue tan intensa que Harold Laswell, uno de los grandes politólogos estadounidenses del siglo XX, no dudó en hacer un estudio científico del fenómeno y publicar sus resultados en 1927 en el libro Propaganda Technique in the Great War. La sistematización analítica fue con probabilidad una de las causas de que la Segunda Guerra Mundial haya sido librada con todo rigor en las mentes y los corazones de la gente. Armand Mattelart, uno de los más persistentes estudiosos de la sociología de la comunicación, considera tan importantes esas acciones propagandísticas y su alcance mundial, que vio en todo aquello el momento en que la propaganda obtuvo su “carta de madurez”.

Los medios mexicanos en las guerras

El corresponsal de guerra es una manifestación de la profesión periodística organizada empresarialmente, que se consolidó durante la Segunda Guerra Mundial con la irrupción de decenas de periodistas enviados por periódicos, radiodifusoras y, por primera vez, de compañías cinematográficas documentalistas, responsables de hacer revistas semanales. La fotografía captó los campos de batalla en acción y el cine impresionó con sus imágenes en movimiento, de la manera en que no se había podido registrar en la Gran Guerra.

Este conflicto internacional recibió la atención directa de un reportero mexicano, por primera vez en la historia del periodismo nacional. A pesar de que México fue el primer teatro de guerra descrito por corresponsales de guerra en 1847 y no obstante la profusa difusión fotográfica de la batalla de Ciudad Juárez en 1911, la prensa mexicana no tenía experiencia en ese campo, salvo por los textos que Heriberto Frías publicó en El Demócrata, en 1892, sobre la batalla por Tomochic en Chihuahua (ver etcétera #211, junio de 2018). Pese a que no reportó directamente desde los escenarios de la Primera Guerra Mundial, el queretano José D. Frías escribió para El Universal notas desde lugares como París, en los que describió el estado de guerra existente, mas nada sobre el frente de batalla.

En la Segunda Guerra Mundial, más periodistas mexicanos reportaron sobre el conflicto y uno de ellos, Luis Lara Pardo, corresponsal de Excélsior, fue prisionero de guerra de Alemania de 1942 a 1944, acusado de actividades propagandísticas. Raúl Noriega de El Nacional, Octavio Novaro de La Prensa y Carlos Denegri de Excélsior fueron invitados del Consejo Británico para informar sobre los acontecimientos desde Europa occidental, según un artículo del historiador mexicano Arno Burkholder de la Rosa, publicado en 2011.

En el preludio de la Segunda Guerra Mundial, días después de la invasión a Polonia, otro mexicano, José Pagés Llergo, entonces reportero de la revista Hoy, buscó audazmente entrevistar a Adolfo Hitler en la Varsovia ocupada, en septiembre de 1939. El gobernante alemán lo recibió y escuchó las preguntas de Pagés Llergo sobre la posición crítica de Estados Unidos ante la invasión a Polonia y la declaración de neutralidad de España, ya gobernada por el general Francisco Franco, pero el führer, arrogante, se negó a responder, pese a las simpatías de la revista Hoy por los nazis.

La televisión se hizo presente en la guerra de Vietnam. Durante la invasión estadounidense, las grandes corporaciones americanas difundieron los acontecimientos cotidianos en la península indochina en sus noticieros nocturnos. Historiadores y analistas políticos afirman que la difusión de noticias frescas, vía satélite, despertó una agitada reacción de la opinión pública y precipitó el repliegue de las tropas estadounidenses y su derrota final con la caída de Saigón, en abril de 1975. La televisión privada mexicana entró en la cobertura de la guerra en Vietnam con un enviado especial, Joaquín López- Dóriga.

En 1979, el servicio estatal de noticias del Instituto Mexicano de la Televisión, Imevisión, entonces bajo la dirección de López-Dóriga, envió temporalmente al reportero Edgar Hernández a cubrir la ofensiva final sandinista a Nicaragua. La prensa mexicana envió a varios reporteros a escribir y fotografiar la revolución sandinista. Periodistas de Excélsior, Unomásuno y Proceso se sumaron a Imevisión y Televisa en la cobertura.

A lo largo de los años ochenta, Notimex y el diario Excélsior mantuvieron corresponsales mexicanos permanentes en El Salvador, Nicaragua y Guatemala, además de colaboradores centroamericanos en Honduras y Costa Rica. Varios mexicanos reportaron de manera ocasional estos conflictos de la Guerra Fría a las puertas de la frontera sur mexicana, incluidos dos periodistas de Excélsior, el fotógrafo Antonio Reyes Zurita y el reportero Raymundo Rivapalacio, quien también escribió desde Buenos Aires sobre la Guerra de las Malvinas (aunque esta nada tuvo que ver con el choque estadounidense- soviético).

Otros mexicanos, entre ellos los hermanos Carrillo, trabajaron durante toda la década de los ochenta como camarógrafos de las televisoras estadounidenses en Centroamérica, captando algunos de los hechos más sangrientos ocurridos en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. De entre todos los mexicanos destacó Epigmenio Ibarra, quien durante toda una década trabajó como documentalista de su productora televisiva Argos, corresponsal de Imevisión y camarógrafo de la cadena Univisión.

La tecnología cambiante

En 1990, el mundo pudo observar tristemente el primer bombardeo televisado en vivo, cuando decenas de proyectiles Patriot bañaron Bagdad de noche. Millones de personas pudimos ver el escenario de guerra en la pantalla chica, imaginando el horror de las familias bagdadíes desde nuestros hogares, estableciendo un hito en la historia de la comunicación de masas. El 11 de septiembre de 2001, la humanidad volvió a ver en vivo un acto de guerra, cuando las Torres Gemelas de Nueva York fueron blanco de un ataque no convencional con aviones civiles tripulados por militantes de la red musulmana Al Qaeda, nuevamente conteniendo el aliento desde casa, cuando las naves se estallaban en los rascacielos. Tres años después tuvimos la oportunidad de ver por televisión un nuevo bombardeo sobre Bagdad, vía satélite, malamente acostumbrándonos a mirar la guerra en vivo.

Luego los teléfonos satelitales se sumaron a los instrumentos de cobertura instantánea de los medios electrónicos en la segunda invasión a Irak, llamada en Estados Unidos The Iraq War para diferenciarla de la primera, conocida como The Gulf War. En los días de la primera invasión a Irak se había hablado mucho de los embedded reporters o reporteros encaramados, que viajaban junto con las tropas terrestres estadounidenses de ocupación, poniendo en duda su objetividad sobre una vieja práctica de los corresponsales. Aunque se vio como una novedad, en realidad esta tribu siempre ha dependido de las fuerzas armadas para llegar hasta la línea de fuego y de hecho, los reportes de guerra in situ fueron escritos, durante el paso de siglos, por soldados como Tucídides, que reportó sobre la lucha entre Esparta y Atenas, cinco siglos antes de nuestra era.

Es de llamar la atención que la respuesta de las organizaciones musulmanas armadas a la invasión de Irak y Afganistán se ha venido registrando en las calles de Londres, París, Madrid y Bruselas, sin necesidad de que haya in loco un camarógrafo profesional o un periodista para registrar y contar el instante en que se encienden los explosivos. La presencia de cámaras de seguridad en una estación de trenes suburbanos de Madrid permitió observar el momento del estallido de bombas el 11 de marzo de 2003. Más recientemente, el 13 de noviembre de 2015, se pudieron ver los momentos en que los clientes de un centro nocturno de París salen heridos a las calles de la ciudad, mientras se escuchan explosiones de armas de fuego y gritos de gente desesperada. El 22 de marzo de 2016, las cámaras de seguridad en un aeropuerto de Bélgica captaron el momento en que explota una bomba frente al mostrador de una aerolínea. Los actos de guerra, como se afirmó desde el principio, han sido fuente natural de noticias, que se han cubierto con el auxilio de una tecnología cambiante, cada vez más próxima a los escenarios de conflicto.

Los pintores de batallas

Antes de que aparecieran fotorreporteros en los teatros de operaciones, los pintores se ocuparon de llevar al lienzo las formaciones militares, las poses de los mariscales de campo, los combatientes, las batallas y los muertos. Es memorable, entre ellas, la pintura del alemán Carl Nebel en la que se ven las tropas estadounidenses en el Zócalo de la capital mexicana en 1847. Poco tiempo después, Frederic Remington acompañó al ejército americano en el proceso de expansión al oeste, pintando la lucha con las etnias indias de Nuevo México y Arizona. Hay que destacar en esta lista a los franceses Eugene Delacroix, Jean-Louis Meissonier y Jacques-Louis David, que en el siglo XIX plasmaron las glorias napoleónicas.

En ese conjunto de artistas se inserta el zacatecano Francisco Goitia, que pintó desgarradores episodios de la Guerra Cristera, como aquella pieza titulada “Los ahorcados”. La gran diferencia con los fotorreporteros es que los pintores hicieron generalmente sus recreaciones años o décadas después del acontecimiento. Esto se aprecia claramente en el caso de Francisco Goya, cuya obra dedicada al levantamiento popular español del 3 de mayo de 1808 frente a las tropas de Napoleón, fue firmada hasta 1814. Y confirmando este punto, la pintura de Nebel titulada “Entrada del general Scott a la ciudad de México” fue concluida en 1850, tres años después de la invasión. No es posible omitir en esta breve lista el Guernica, que pintó Pablo Picasso en 1936, un año después del bombardeo sobre esta localidad vasca.

A lo largo de la historia, la figura de periodista también se ha cubierto de colores falsos, sirviendo de camuflaje para los servicios de espionaje y de propaganda. En 1847, por ejemplo, el general Winfield Scott se valió del espionaje de una mujer a quien se le conocía como alias “Mrs. Storms”, que llegó a la ciudad de México en condición de periodista y acabó facilitando a los militares estadounidenses la ruta de invasión, desde Veracruz.

Las imágenes publicadas por la prensa han alentado también el estallido de una guerra o lo han magnificado. En 1964, con la filtración a The New York Times de la foto del ataque a una embarcación militar estadounidense en la bahía vietnamita de Tonkin, que nunca se perpetró, se abrió el camino a la masificación de la invasión estadounidense en Vietnam. Más ilustra este fenómeno la historia del periodismo amarillista de Nueva York y su relación con la guerra entre Estados Unidos y España de 1898, que los periódicos New York World y New York Journal animaron con reportes exagerados. De ese tiempo proviene la anécdota de una comunicación telegráfica entre William Randolph Hearst, el director del Journal, cuando le pidió a Remington que enviara dibujos del conflicto en La Habana. El artista se había encontrado con un país empobrecido, pero todavía en paz, por lo que escribió un telegrama a Hearst explicándole que en la isla había tranquilidad, a lo que el director del Journal respondió: “Haga las viñetas, yo hago la guerra”. Poco tiempo después estalló el barco americano Maine, desatando el conflicto entre españoles y americanos que acabaría con el imperio español de cuatro siglos en América.

Los peligros y los riesgos

El corresponsal de guerra es una figura del periodismo moderno que se especializa en reportar noticias sobre conflictos. La condición del corresponsal de guerra está rodeada de un glamour, que parece involuntario, porque tiene el encanto de un aventurero, de un personaje indomable, un valiente y, algunas veces, un héroe. Se asocia las más de las veces a los reporteros de televisión, a los fotógrafos y a los camarógrafos, aunque ellos generalmente se involucran en los conflictos de manera efímera, en calidad de enviados especiales.

El corresponsal de guerra no escribe sólo sobre el acontecimiento de un momento, un día o un par de semanas. Cubrir la guerra es mucho más que eso. Abarca las tensiones, los estallidos sociales, los tiempos de remanso y la negociación de la paz. Pero sobre todo hay que describir el estado de guerra, que es toda aquella nota de la vida diaria que refleja a la sociedad o las naciones en conflicto. Incluye a los refugiados, la economía, la diplomacia, la propaganda, la composición y el ánimo del ejército en su retaguardia y aquellas situaciones que preceden, anuncian o siguen después de los tiempos de batalla. En pocas palabras: la totalidad del conflicto, como diría el teórico Karl von Clausewitz.

Goitia: Los ahorcados

Es natural que una escalada de violencia atraiga fugazmente la atención de decenas de periodistas, como lo pude personalmente constatar en mi condición de corresponsal de Excélsior en El Salvador, en noviembre de 1989, durante la ofensiva del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional sobre la capital salvadoreña. Periodistas que jamás habían visto la movilización de un ejército más allá de un desfile llegaron a un terreno que desconocían, ignorando una de las máximas del filósofo de la guerra chino Sun Tzu, que exige el conocimiento del teatro de guerra. Algunos, como sucedió a un reportero del Instituto Mexicano de la Radio, resultaron heridos en fuegos cruzados. Había tantos visitantes efímeros, que los militares aprovecharon propagandísticamente la ocasión para transportar en helicópteros a grupos de reporteros a las zonas montañosas de persecución de guerrilleros, cuando la refriega y la coyuntura noticiosa estaba en las calles de la capital y no había necesidad de ir tan lejos. La línea de fuego había sido trasladada al escenario urbano. Había enfrentamientos en barrios populares y en las zonas residenciales del poniente, con gente desesperada haciendo compras de pánico o corriendo por las calles antes del toque de queda.

Los periodistas deben saber identificar las causas de la guerra y, especialmente, sus peligros y riesgos para poder cumplir con su misión informativa. El reportero en el terreno debe entender que una cosa es estar en peligro y otra es estar en riesgo. El peligro, como afirma Clausewitz, es uno de los “elementos en la atmósfera de la guerra”, como son el esfuerzo físico, la fricción, la información, la incertidumbre y el azar. El peligro es un fenómeno de violencia fuera del control del periodista, en tanto que el riesgo está bajo nuestro dominio. El periodista, sobre todo el fotógrafo y el camarógrafo, se halla en peligro cuando trata de captar la imagen de un enfrentamiento. Pero queda en riesgo –y este es particularmente el caso del redactor o cronista– cuando sus textos disgustan a alguien, porque los hechos resultan incómodos a algunos o porque no se ajustan a lo que para otros es la verdad.

La información, la propaganda y la verdad

La verdad es siempre parcial, relativa y esquiva. Y esto es así cuando se le mira con optimismo, porque a lo más que puede aspirar un periodista es al acceso a la información. Quizá encuentre la verdad, pero por razones prácticas es mejor ver llanamente esos datos obtenidos como información, la cual, procesada sistemáticamente, se convierte en conocimiento, siempre en duda y a prueba.

Desde el primer tercio del siglo XIX, al hablar de la naturaleza de la conflagración, Clausewitz definió el concepto de información y su valor en un conflicto como “el conocimiento que poseemos sobre el enemigo y su territorio”, que es “el fundamento de todos nuestros planes y acciones”. También se refiere a su naturaleza, mirándola con profundo escepticismo, cuando afirma que “una parte de la información obtenida en la guerra es contradictoria, otra parte todavía más grande es falsa, y la parte mayor es, con mucho, un tanto dudosa”. Peor aún, el teórico de la guerra exhibió su escasa fe en las audiencias, sosteniendo que la gente tiende a creer más las informaciones negativas y que “la timidez de los hombres da fuerza nueva a las mentiras y las falsedades”, porque “como regla general, todo el mundo se siente más inclinado a creer lo malo que lo bueno”.

Pero si Clausewitz es escéptico, hay quienes en medio de los conflictos optan mejor por el cinismo, como lo expuso el senador estadounidense por California, Hiram Johnson, quien a propósito de la entrada de Estados Unidos a la Gran Guerra, sentenció: “En la guerra, la primera baja es la verdad”.

Engin_Akyurt @ pixabay.com

Con esos antecedentes, es normal que el reportero, redactor o cronista de una guerra se cuide de no ser atrapado por la propaganda de las partes en conflicto, evitando asimilar versiones parciales como hechos totales. El reportero siempre se expone a que su información sea cuestionada por su orientación, por su intención implícita o por las fuentes a las que acude, recibiendo argumentos en el sentido de que el periodista no habla con la verdad. A quien suscribe este artículo le sucedió el mismo día que llegó a El Salvador, por primera vez en enero de 1985, sin explicación alguna de primera mano. Decenas de personas que asistían a un mitin político del partido de derecha, Alianza Republicana Nacionalista, de pronto acosaron a los reporteros que estábamos ahí, gritándonos: “¡Digan la verdad…! ¡Digan la verdad…!”. Esa gente, desde luego, disentía y pensaba que su verdad debía de prevalecer y que ellos no estaban siendo considerados en la cobertura del conflicto salvadoreño.

Por seguridad, el corresponsal de guerra debe saber cuáles son sus riesgos y sus peligros, adoptando un protocolo de seguridad, que garantice la continuidad de su misión, el acceso a la libre información, su libertad de expresión y el derecho del público a enterarse de los acontecimientos. El periodista debe comprender la lógica de la guerra e informar de esa lógica a sus audiencias para desenmascarar las redes de la propaganda. El protocolo no solo debe considerar el acoso físico, sino también las prácticas éticas y las regularidades técnicas del periodismo.

En principio, la guerra se cubre por tiempos. Hay guerras largamente anunciadas, como las invasiones a Irak en 1991 y 2003 o la ocupación de Afganistán en 2001. Hay otras guerras que, además de haber sido previstas con anticipación, como la ofensiva occidental aérea de 2011 sobre la Libia de Muamar Kadafi, revelan la ansiedad que genera el ánimo de venganza. Esa impaciencia por someter la voluntad del enemigo quedó de manifiesto cuando Francia bombardeó Trípoli, tan solo unos minutos después de la aprobación en la Organización de las Naciones Unidas de una ofensiva internacional aérea contra Kadafi, en septiembre de 2011.

Una vez inmersos en la espiral de la violencia, el conflicto pierde perspectiva de salida y se hunde en el fango de su propia dinámica de destrucción y muerte. Después del primer emplazamiento, lo único que queda a los periodistas en el terreno o en las redacciones de sus medios es observar y relatar las hostilidades en un círculo casi infinito de ofensivas, repliegues y demostración de fuerzas.

Hay guerras que ocurren sorpresivamente, como la intervención que el 10 de enero de 2014 inició Francia en Mali, una de sus excolonias en África noroccidental. No obstante la sorpresa, los conflictos no surgen de la nada: hay antecedentes remotos o inmediatos –o ambos– que explican las razones políticas o económicas que las motivan.

En Mali, por ejemplo, hubo evidentemente un plan de recomposición del dominio francés sobre sus antiguas colonias, en un aparente afán por poner bajo control los recursos naturales del subsuelo, incluido el uranio.

La narración periodística

La noticia de guerra no puede ser ajena a los principios y al lenguaje de la guerra misma, considerando todos los medios al alcance de las partes en conflicto. Esto, en términos prácticos incluye la consideración de la propaganda y la información de los medios de cada lugar en conflicto, por lo que si, por ejemplo, EU es uno de los actores, hay que tomar con pinzas lo que reporta la televisora CNN o notar lo que deja de informar, sus silencios. Y eso, por no hablar de sus medios oficiales de propaganda en el mundo, como han sido la Voz de las Américas o Radio Free Europe.

La narración periodística es una constante acumulación de datos y hechos sucesivos, que van construyendo el presente, como dice el teórico de la comunicación, Lorenzo Gomís. Así se revela la intención de los que empuñaron las armas o se plantean nuevas dudas y temas a indagar en una cobertura.

En noviembre de 1989, siendo corresponsal de Excélsior en El Salvador y cubriendo la ofensiva guerrillera sobre la capital, un ataque con morteros al cuartel de la Primera Brigada, un viernes al amanecer, pareció en primera instancia un ataque más en un conflicto que se había prolongado por casi una década. Pero horas más tarde, los sabotajes a la red de electricidad con explosivos y el tableteo de fusiles en puntos periféricos de San Salvador daban una clara señal de que el Frente Farabundo Martí se había volcado al territorio urbano y de que aquello no era un desplazamiento guerrillero clásico de hit and run. El sábado, otro ataque con artillería artesanal guerrillera –un improvisado mortero móvil montado sobre una camioneta– enviaba un aviso más preciso de lo que estaba sucediendo ese fin de semana en San Salvador: el estado mayor de las fuerzas armadas había sido blanco guerrillero, en su propia retaguardia, en una zona de alta seguridad y vigilancia militar, a plena luz del día. No había duda de que la ciudad había entrado en una espiral de violencia que duraría tres semanas continuas.

La incertidumbre, como en toda guerra, se hizo total en 48 horas: barricadas en barrios periféricos, sabotaje al tendido eléctrico y tanques desplegados por toda la ciudad, tratando de mantener a raya a los guerrilleros, que esta vez habían llevado la línea de fuego hasta lo más profundo de la zona urbana. Nadie apostaba a saber cuándo y dónde vendría el siguiente golpe.

Para el domingo, la noticia era la desesperada respuesta de las fuerzas armadas gubernamentales con un toque de queda impuesto desde las cuatro de la tarde. Y para el lunes, los periodistas no podían informar más con adjetivos como “sorpresa” o “inesperado”. Tampoco era ya noticia decir que el Frente Farabundo Martí había ocupado partes de la capital o que el ejército había sido acorralado. Como en las guerras de guerrillas nunca hay un solo frente -por eso se define como un conflicto irregular-, lo único que nos quedaba a los reporteros era identificar una de las líneas de fuego, cruzarla y llegar hasta los comandantes guerrilleros para recoger de primera mano su versión de los hechos y tratar de anticipar la lógica de sus operaciones aquel mes de noviembre de 1989 que, tras la refriega, forzaron a la negociación de la paz y los acuerdos de 1992 de Chapultepec.

En la cobertura y narración de la guerra se enumeran los muertos, las armas involucradas, la capacidad de fuego de los contendientes, el tamaño de los contingentes en lucha, los escenarios de combate, los cursos del conflicto y su posible devenir. Se habla de los combatientes y de los comandantes, de la población civil y de los actores políticos que giran en torno al conflicto armado y dejan su suerte en manos de los militares. Se enmarca la acción armada en un manto de antecedentes e idearios, porque no hay que olvidar que, Clausewitz dixit, toda guerra tiene un fin político y es la continuación de la política por otros medios. Las partes en contienda construyen discursos de justificación de su causa y desacreditación del enemigo. Los bandos tienen medios propagandísticos y tratan además de utilizar a los medios de divulgación de noticias -y a la información misma- como parte de sus instrumentos de combate, no letales, fortaleciendo su guerra sicológica e ideológica. Los periodistas están obligados a caminar sobre esa delgada línea.

La ponderación periodística

El lenguaje es instrumento de la guerra, al mismo tiempo que un instrumento de la política, en la infinita relación biunívoca entre el recurso de la palabra y de la violencia, reportado en la historia de la humanidad. Howard Frederick, un investigador estadounidense de la comunicación mundial y las relaciones internacionales en la década de 1990, escribió que la guerra acude al lenguaje con fines ofensivos, denostando, desprestigiando y destruyendo la moral del enemigo. Un analista del periodismo especializado en la cobertura de conflictos, el estadounidense Phillip Seib, dice que los medios se han sumado al aparato de guerra, acríticamente, mostrando en ocasiones a los generales como héroes y olvidando los dramas de la población civil. Cierto es, además, que la guerra no se puede cubrir sólo con partes o boletines de guerra. Hay que estar ahí, porque como me dijo un periodista de habla inglesa en El Salvador en 1989, recurriendo a una vieja tradición literaria: ¿Quién estará en el bosque para escuchar cuando caiga el árbol talado?

Al estudiar la propaganda de la Gran Guerra, Laswell observó que en la guerra siempre existe un culpable, alguien a quien satanizar. Y eso es, por la razón que sea, lo que los medios pueden buscar equívocos, en primer lugar. El periodista bien parado en el terreno y en las salas de redacción debe saber que no existe tal cosa llamada “guerra entre buenos y malos”, a pesar de que algunas veces, algunos pretenden informar bajo ese esquema maniqueo, el de la verdad única e indivisible, nombrando a unos “terroristas” y a otros “defensores de la libertad”. En realidad, como hizo ver Maquiavelo en el siglo XV, las guerras responden a causas más básicas: son luchas entre los que aspiran al poder y los que lo detentan y lo defienden, a sangre y fuego. Aunque también hay aquellas que se organizan para ampliar dominios territoriales, cualquiera que sea la naturaleza de los recursos ambicionados.

Al final, fieles a los tiempos y a los ritmos de la contienda, las guerras tienen un desenlace y es obligado hacer un balance periodístico respecto a las pérdidas humanas, las bajas militares, la destrucción material y cultural y, finalmente, los acuerdos de pacificación, si los hay. Así sucedió en El Salvador en 1992 y en Guatemala en 1996. Cuando las batallas terminan, se pondera además la suerte de los líderes, de los victoriosos y de los derrotados. Así, Muamar Kadafi, pasó en octubre de 2011 a ser el símbolo de aquellos que lo pierden todo, hasta la vida. Y la suerte de Libia nos reveló que un ciclo de incertidumbre puede seguir a otro, como también sucedió en Irak, donde la invasión y ocupación estadounidense de 2003 a 2009, fue reemplazada por un conflicto de facciones religiosas y étnicas, en un país trazado arbitrariamente con el compás de los británicos y los franceses, tras el derrumbe de siglos del Imperio Turco-otomano, en el comienzo del novecientos.

La guerra en las noticias se cubre por tiempos y los periodistas y los lectores de prensa nunca deben olvidar que hasta los anuncios formales de diálogo y negociación desempeñan una función política y militar, porque en ocasiones es cínicamente una fórmula para ganar tiempo y tratar de sorprender al enemigo o, sencillamente, porque como escribió Sun Tzu, “toda guerra es un engaño”. Cuando los militares estadounidenses advirtieron a mediados de la década de 1960 que ya era posible ver “la luz al final del túnel”, hubo que esperar otra década para que Washington admitiera su derrota en Saigón, no sin antes ver cómo aplicó sin piedad su estrategia de tierra arrasada con napalm y el desembarco masivo de sus tropas. La convocatoria de diálogo, como se ha visto en tantas guerras, en El Salvador, en Colombia y en este siglo XXI en Siria, suele ser más bien una señal de nuevas mediciones de fuerza y operaciones ofensivas, que de una auténtica búsqueda y proximidad de la paz. Triste, como todo conflicto, es también la redacción de las noticias y las historias de la guerra. No hay alternativa. Ha sido así desde los tiempos de Tucídides y Herodoto: alguien tiene que hacerlo, el periodista debe estar ahí para escuchar cuando el árbol cae.


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