Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

La guerra del coltán

Se habla mucho de las guerras por los recursos y cómo proliferarán cada vez con más intensidad en el siglo XXI debido, entre otros factores, a la demanda creciente de la comunidad internacional, a la pésima distribución y apropiación de los mismos, y a su sobreexplotación y predecible escasez. El petróleo, el agua, el uranio y las especies marinas son sólo algunos de los recursos que el mundo requiere para satisfacer sus necesidades, por eso se vislumbran confrontaciones entre quienes los demandan y quienes los poseen. Por lo pronto, la guerra del coltán arroja algunas pistas sobre lo que el sociólogo Raúl Sohr denomina “las guerras que nos esperan”. El coltán es el nombre con el que diversos países africanos designan al mineral compuesto de niobio y tantalio. La palabra en sí es un acrónimo de los mi-nerales denominados columbita y tantalita. Descubierto en Australia, el coltán puede ser explotado en cantidades comerciales en ese país además de Brasil, Canadá y China. Australia es, de hecho, el primer productor mundial de coltán. Sin embargo, el 80% de las reservas mundiales del coltán se encuentran en la República Democrática del Congo (RDC), especialmente en la parte oriental, en la provincia de Kivu, justo en la frontera con Ruanda. Como es sabido, se trata de una zona conflictiva, particularmente después del genocidio ruandés de 1994. El coltán es muy importante en el desarrollo de las nuevas tecnologías incluyendo la telefonía móvil, la fabricación de computadoras, los videojuegos, las armas inteligentes, la medicina en los implantes , la industria aeroespacial, la levitación magnética, etcétera. Tiene propiedades como la superconductividad, el carácter ultrarrefractario característica de los minerales capaces de soportar temperaturas muy elevadas , capacidades condensadoras almacenando carga eléctrica temporalmente y liberándola cuando se le necesita , alta resistencia a la corrosión y a la alteración en general, que incluso lo convierten en material privilegiado para su uso en el espacio ultraterrestre, por ejemplo en la Estación Espacial Internacional y, por qué no, en futuras plataformas y bases espaciales El oriente de la RDC está ocupado por milicianos ruandeses y un informe presentado en el Consejo de Seguridad de la ONU en 2001 señala que el ejército ruandés obtiene cada 18 meses una cantidad aproximada de 250 millones de dólares por concepto de tráfico de coltán, aun cuando en Ruanda no hay yacimientos de este mineral. La ONU explica también que los ejércitos de Burundi y Uganda, países vecinos a la región, participan en el tráfico de esta materia prima. Esto significa, en pocas palabras, que pese a que el coltán se ubica en territorio congoleño, el país no se beneficia de su existencia. La situación es muy similar a la de los países africanos que poseen diamantes, donde la solución de los conflictos que enfrentan (como en Sierra Leona o Angola) se ha visto retardada debido a los numerosos intereses en juego (de ahí la denominación de conflict diamonds o “diamantes derivados de conflictos”). En la RDC, los mineros que trabajan de manera artesanal en la obtención de coltán, reciben, para los estándares congoleños, mejores remuneraciones que los mineros que trabajan en la obtención de otros productos. Así, por ejemplo, un minero gana en ese país, en promedio, diez dólares mensuales, mientras que los mineros que extraen el coltán reciben entre diez y 50 dólares semanales. El precio del kilo de coltán ha oscilado entre los 65 y los 600 dólares, en función de la demanda creciente. En la actualidad se cotiza en alrededor de 100 dólares. El coltán se extrae a mano, por grupos de trabajadores que excavan en las cuencas rascando las superficies lodosas. A continuación drenan el agua de los “cráteres” que formaron con la excavación, lo que lleva a que el coltán se asiente en el fondo del cráter y es cuando los mineros lo pueden extraer. Mediante esta operación, los mineros logran obtener un kilo de coltán diariamente. Uno de los problemas para los trabajadores que extraen coltán radica en que a menudo, elementos como el uranio, el radio y el torio acompañan a la columbita y al tantalio, lo que expone a los mineros a dosis de radiación que pueden provocar numerosos problemas a su salud. Además de que la guerra civil en la zona tiene en el coltán a una de sus principales fuentes de financiamiento, hay también otras víctimas del tráfico de ese mineral. La principal zona de la que se extrae el coltán es el parque nacional Kahuzi Biega, que alberga al célebre gorila de la montaña. La población de gorilas se ha reducido a la mitad, de 258 a 130, básicamente por dos razones: la actividad minera desplaza a las personas que viven en la zona, quienes naturalmente requieren una forma de subsistencia, por lo que recurren a la matanza de gorilas y a la venta de su carne. La otra razón es que los gorilas se ven privados de alimento, puesto que los mineros devastan las zonas boscosas. Dian Fossey, la célebre zoóloga estadounidense que entre 1966 y 1985 estudió y protegió a ocho grupos de gorilas de la montaña en Ruanda, volvería a morir aunque, como recordarán los lectores, Fossey fue brutalmente asesinada en su cabaña si presenciara el exterminio de que son víctimas hoy en día los gorilas de la región.


Ante esta problemática por la guerra del coltán en la RDC, consorcios como la empresa estadounidense Kemet, que es uno de los mayores fabricantes de condensadores de energía a nivel mundial, anunciaron que no emplean coltán procedente de la RDC y que, en cambio, adquieren el mineral de Australia, donde no está vinculado a guerrillas ni al tráfico de armas. Y es que esa región oriental de la RDC prácticamente se ha convertido en una zona militar, donde diversas empresas aéreas privadas trafican armas y se llevan el coltán. La mayor parte del coltán extraído es posteriormente refinado por un pequeño número de corporaciones de Alemania, Estados Unidos, Kazajstán y países asiáticos. La filial de la farmacéutica alemana Bayer, Starck, produce el 50% del tantalio en polvo a nivel mundial. En el tráfico y el procesamiento de coltán están involucradas decenas de empresas de Bélgica, Alemania, Países Bajos, Suiza y Estados Unidos.

El periodista austriaco Klaus Werber, en su ya célebre Libro negro de las marcas, ha documentado los vínculos que existen entre las empresas productoras de aparatos electrónicos e informáticos y el tráfico de coltán. Entre las corporaciones identificadas como traficantes y/o demandantes de este mineral figuran la ya citada Kemet Electronics Corporation más Matsushita Electronic Corporation, NEC Tokin, Nichicon Corporation, Ningxia, Nippon ChemiCon, North American Capacitor, Panasonic Industrial, Partsnic Ltd., Sanyo Electronics Components, Shenzen Capacitors Industrial, Vishay Intertechnology, etcétera.

Como se ve, la problemática es muy compleja. Por lo tanto, para vislumbrar una posible solución será necesario apoyarse en las medidas y acciones desarrolladas por lo comunidad internacional ante situaciones similares. Al respecto, el caso del tráfico de diamantes en Angola y cómo se le ha combatido, podría tomarse en cuenta, particularmente en tres vertientes:

Incorporación de los mineros “ilícitos” en el sistema económico, mejorando sus condiciones sociales y controlando sus actividades;

Administración y otorgamiento de licencias a los intermediarios, quienes constituyen el eslabón más vulnerable en la cadena de abastecimientos;

Generación de capacidades para investigar y arrestar a los traficantes ilícitos, situación vinculada a la estabilidad, la voluntad política, la transparencia y el reconocimiento de los beneficios que trae aparejado el comercio legal, sobre todo si se le contrasta con las sanciones.

Lo anterior tendría que complementarse con la llamada responsabilidad corporativa dado que la colaboración de las empresas es indispensable para aislar los conflictos en la zona, mejorar las condiciones de los trabajadores y contribuir al bienestar de la sociedad congoleña. Podría pensarse que las corporaciones son inmunes a esta agenda. Sin embargo, como se ha visto tanto en los casos de los diamantes, de la ropa deportiva y también en el de las minas terrestres anti-personales por citar sólo algunos, el boicot de las sociedades particularmente en los países más desarrollados puede tener costos inaceptables para las empresas. Hoy, como estrategia de mercadotecnia, la imagen de una empresa “socialmente responsable” le garantiza el beneplácito de los consumidores y el incremento de sus ventas. Por lo tanto, la campaña que desde principios del siglo XXI se ampara en la consigna “Que no haya sangre en mi celular” (No blood on my cellphone), puede hacerle algo más que cosquillas a los gigantes de las telecomunicaciones y otros consorcios respecto a la explotación de coltán.

Así, será necesario que todas las empresas que utilizan tantalio reconozcan la relación simbiótica existente entre la explotación de coltán y el conflicto armado en la RDC; que todas las corporaciones que emplean tantalio acepten que tienen vinculación, aunque sea de manera remota, con la crisis congoleña; que la guerra del coltán brinda la oportunidad para que las empresas mejoren su imagen a través de la responsabilidad corporativa, y, finalmente, que los consorcios apoyen el proceso de paz y la reconstrucción nacional en la RDC.


Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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