Cinque Terre

Pedro Manterola

Escritor.

La grandeza en toda su sencillez

Llegué a refugiarme después de un día en el que el amor y la amistad parecían eternos y perfectos. Subí las escaleras con rumbo a La Azotea pensando que la eternidad y la perfección son cosas inconclusas. “Será el whisky…”, me dije. Atravesé el patio en busca de una de las dos puertas que dan acceso a mi casa. A medio camino, el reflejo lunar llamó mi atención. Era una luminaria digamos que esplendente. Volteé a ver el cielo, y la Luna era la inivitada principal de una noche tapizada de luminiscencias. Saqué del bolsillo del pantalón la cámara fotográfica adosada al celular. Levanté la vista y me dispuse a capturar un instante borroso de tamaña refulgencia. A punto de tomar la maravilla, escuché una voz. “¿Qué haces?”, me dijo. “¿Quién me habla?”, respondí con otra pregunta, en una muestra de mi precaria urbanidad. “La Luna. ¿No me ves?”. “Sí. Y quiero tenerte conmigo, por eso voy a tomar una fotografía. Es la única manera…”, decía yo, inconsciente de con quién estaba hablando. “Eres única”, afirmé. “No es verdad. Tú me ves brillar más que cualquiera de todas las estrellas con las que aliño la noche, pero eso se debe más a mi cercanía con tu planeta que a la intensidad de mi reflejo, que no es más que un resabio del Sol. No soy más brillante. Estoy más próxima…” Supe entonces por qué es una diosa. La miré, atrapé su imagen y bajé la cabeza en señal de reverencia. La grandeza en toda su sencillez.

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