Cinque Terre

Ariel Ruiz Mondragón

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La frustración de los milagros

Entrevista a Ugo Pipitone

Durante su historia México ha tenido la gran promesa de alcanzar una prosperidad que permita el bienestar social y un gobierno democrático con instituciones eficaces.

La esperanza de que eso ocurra se ha encendido al inicio de cada sexenio, con la ascensión de cada Presidente de la República. Sin embargo los sueños de la esperanza han engendrado los monstruos de la frustración. Así, los problemas fundamentales permanecen casi sin cambios.

Sobre cuatro episodios emblemáticos trata el libro Un eterno comienzo. La trampa circular del desarrollo mexicano (México, Taurus, CIDE, 2017), de Ugo Pipitone, con quien conversamos para etcétera.

Pipitone es graduado en Economía y Comercio por la Universidad de Roma y tiene estudios de posgrado en el Instituto de Investigación de Economía Aplicada con especialización en Economía Internacional, en Italia. Profesor- investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas, es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, ha escrito 15 libros.

¿Por qué escribir y publicar un libro como el suyo, donde analiza cuatro cambios sexenales que, como usted dice, “exorcizan una renovada impotencia”?

En México hay un contraste entre la aparente renovación de la política y la continuación de elementos que se reproducen en el tiempo, aunque sea en forma distinta. En cada sexenio hay la impresión de que el país desarrolla la esperanza de enfrentar con eficacia sus problemas para descubrir al final de cada gobierno, que esos problemas permanecen sustancialmente intactos.

¿A cuáles problemas me refiero? El primero es la muy aguda desigualdad social. A pesar de nuestra pretendida herencia revolucionaria somos uno de los países más desiguales del mundo, más que la India con todo y castas, que China y, quizá con la única excepción de Sudáfrica, de la gran mayoría de los países africanos. Esto debería obligarnos a una reflexión, que es lo que intento hacer en el libro.

El otro elemento de continuidad que no es roto por la renovación de las esperanzas sexenales es la mala calidad de las instituciones, entendidas como administración pública. La frecuencia con que ocurren en este país episodios de corrupción, clientelismo y patrimonialismo en el terreno de las instituciones da como resultado su escasa credibilidad.

Yo diría que la mala calidad institucional y la desigualdad social son dos heridas que México renueva en forma distinta, lo que explica el título, “un eterno comienzo”.

En el libro usted pone acento en la alta segmentación social y la baja calidad institucional. ¿Cómo se han relacionado ambos aspectos?

Los dos problemas están interrelacionados, lo están desde el punto de vista de la observación estadística. Si nosotros hacemos un ejercicio de secciones cruzadas a nivel internacional, y para cada país indicamos su calidad institucional y su nivel de desigualdad, encontramos que los países más desiguales al mismo tiempo son países con baja calidad institucional. Por el contrario, los países con mayores niveles de equidad social son los países con mayor calidad institucional. En el otro extremo encontramos a países que representan una frontera en términos de equidad social: en ninguna otra parte del mundo encontramos una mejor distribución del ingreso y al mismo tiempo mejor calidad institucional. El punto es que cuando los dos fenómenos (mala calidad institucional y aguda desigualdad social) se presentan conjuntamente, se plantea el problema que usted me propone: cuál es la variable dependiente y cuál es la variable independiente, cuál es la causa y cuál es el efecto. Yo no sabría darle una respuesta.

Creo que probablemente las explicaciones son distintas en los diferentes países, y quizá incluso son distintas en el mismo país por distintos periodos históricos. El punto es: la mala calidad de las instituciones favorece la mala distribución por el hecho de que el Estado es dominado, o propende a serlo, por sectores sociales de carácter oligárquico que tienden a reproducir sus propios privilegios y a través de eso refuerzan la desigualdad.

Uno de los rasgos apreciado como virtud del régimen político ha sido la estabilidad política. Sin embargo, en el libro usted menciona que no ha sido precisamente lo mejor, sino que ha resultado hasta dañina para el crecimiento y el bienestar. ¿Cuáles son los efectos negativos que ha tenido la estabilidad y a qué se han debido?

 

La estabilidad es, ciertamente, un valor positivo, sobre todo si uno lo compara con el contexto latinoamericano, que se caracterizó en parte del siglo pasado por la inestabilidad social, golpes de Estado (como en Brasil y Chile) y en algunos casos guerras civiles (la guerrilla en Colombia). En esta perspectiva la estabilidad es un valor positivo; sin embargo, en la medida en que consolide un mismo grupo dirigente en el control del poder político se corre el riesgo (que en México ha ocurrido y con él vive) de aislar a ese grupo de la sociedad, de permitirle volver cada vez más sofisticado el sistema de control, de penetración de la sociedad, de tal manera que la sociedad no pueda ejercer una presión ni control sobre sus propias instituciones.

Eso ha desarrollado en el sistema político una forma de autoritarismo populista o de populismo autoritario. Octavio Paz lo decía de una manera muy clara cuando insistía sobre la simulación como rasgo dominante del sistema político mexicano, una especie de sistema cortesano revolucionario que reviste de cinismo el reconocimiento explícito de los problemas: la pobreza extendida —que abarca en la actualidad a la mitad de la población—, la criminalidad organizada y la descomposición de la capacidad del Estado para hacer frente a esos problemas. Es la consolidación de un grupo político hegemónico que se ha encerrado en una especie de impunidad, resultado de su capacidad cada vez más sofisticada de manipulación de la sociedad.

También es cierto que hay una excepción a la regla del mismo partido en el gobierno: en los primeros 12 años del siglo dos presidentes provenían de otro partido y, sin embargo, fueron incapaces de desmantelar el sistema político priista. Este es dominado por dos elementos que han continuado, incluso con el PAN en el gobierno: un presidencialismo aislado de la capacidad de control de los otros poderes del Estado, y una organización social de bases corporativas que no se entiende si son una forma para expresar necesidades de la sociedad o para controlarla e impedir la expresión de sus intereses reales.

En su libro usted destaca el presidencialismo, y también a los presidentes, como un importante factor para que las cosas sigan igual. En ese sentido, ¿cómo se han combinado la institución presidencial y el carácter personal de estos presidentes para dar el resultado de una continuidad que no permite crecer al país?

Es un fenómeno que debería ser objeto de estudio. Hay que reconocerlo: el sistema político se ha basado en el presidencialismo, sobre una visión y una centralidad presidencial anómala. Al presidente en este país se le reconocen rasgos carismáticos y proféticos que no le hacen bien ni a la pluralidad, la democracia ni tampoco a la capacidad de un país de mirarse en el espejo y de reconocerse en sus virtudes y, sobre todo, en sus problemas irresueltos. En ese sentido el presidencialismo ha sido y continúa siendo un espejo deformado, en el cual el país se refleja y no puede reconocerse a sí mismo de manera medianamente decente.

El otro problema del presidencialismo es que ha renovado sexenalmente una promesa que finalmente ha quedado incumplida. En el libro reflexiono sobre cuatro ciclos presidenciales que prometían milagros, cambios radicales el país, y que finalmente quedaron en frustraciones colectivas.

En primer lugar, Miguel Alemán, quien a mediados de los 40 con la industrialización, parecía haber descubierto la clave de la modernización de largo plazo para que la sociedad alcanzara niveles de bienestar parangonables con EU. Después de 40 años Carlos Salinas de Gortari reconoció que el proyecto no tuvo los resultados deseados, y prometió con la apertura comercial y con las privatizaciones un nuevo milagro, que, otra vez, no se cumplió.

El tercer intento, en el 2000, siempre en nombre de un presidencialismo de valor casi mesiánico, fue el de Vicente Fox quien, sin embargo, no tuvo la capacidad de hacer grandes cambios. En medio de agudísimas dificultades y si a eso añadimos sus propias debilidades, otra vez falló el sueño de encontrar las raíces, los mecanismos, los resortes para construir una economía más dinámica y una sociedad más justa.

Finalmente, desde 2012 Enrique Peña Nieto propuso reformas que debían modernizar al país, y sin embargo otra vez no se reconoció la centralidad del problema de la criminalidad organizada, de la descomposición, de la escasa coherencia interna, de la poca confiabilidad de las instituciones públicas mexicanas, y al final de su sexenio entramos en una nueva fase de frustración.

El presidencialismo es la eterna encarnación de un comienzo frustrado en el camino. Parece que cada cierto ciclo de años este país renueva sus esperanzas sin la capacidad de llevarlas a un cumplimiento medianamente decente. Mientras tanto el Estado funciona mal, o experimenta fenómenos de clara descomposición, como sigue siendo dramáticamente evidente en algunas partes del país y continuamos con altísimos niveles de desigualdad social.

Usted comenta que Miguel Alemán marcó el cambio del reformismo revolucionario a la revolución institucionalizada, con la industrialización y con el control corporativo de la sociedad. ¿Cuál fue la herencia del gobierno alemanista? ¿Qué es lo que pervive de él?

Cuando Alemán, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, llegó al gobierno, se había agotado el momento de mayor dinamismo reformador de la Revolución y lo había hecho al interior de contradicciones que el propio Lázaro Cárdenas no había sabido resolver.

¿A qué me refiero? A que el ejido colectivo era una gran idea, pero para su implementación requería de una administración pública eficaz. El sistema de crédito ejidal era una pieza esencial para que funcionara, pero fue una cueva de corrupción inagotable. La nacionalización del ferrocarril y la creación de Pemex dieron origen a empresas dentro de las cuales la corrupción y el liderismo sindical habían bloqueado el potencial que estas medidas audaces de Cárdenas podían implicar.

El resultado del sexenio de Alemán fue una importante aceleración de la industrialización, pero fue una industrialización protegida que no podía ser exitosa en el largo plazo por una razón muy sencilla: si el factor dinámico para la industria del país era un mercado interno protegido, se requería de un mercado en el cual mayores grupos de población llegaran progresivamente a niveles de consumo más altos. Sin embargo, durante su sexenio una parte muy importante de la población (el campesinado) estaba condenada a una subsistencia precaria. No podía ser exitoso un sistema de industrialización protegida cuando más de la mitad del mercado no podía acceder al consumo moderno. Ese sistema de industrialización protegida lo conservamos hasta tiempos de Salinas; en él evidentemente se crearon elementos de freno de la economía pero al mismo tiempo de control corporativo.

A esto hay que añadir lo que ocurrió hacia el final del periodo de Alemán: el nivel de corrupción pública. Se trató verdaderamente de un saqueo impune de recursos públicos que dejó un mensaje político devastador justamente por su impunidad: ser corrupto no significa ser perseguido. Tuvimos una familia presidencial que se enriqueció de manera escandalosa y no hubo ninguna consecuencia. A partir de allí la corrupción se convirtió en una especie de pecado original, que el sistema priista ha llevado hasta la actualidad en términos de escasa credibilidad y de muy baja coherencia interna la administración pública.

El siguiente intento modernizador es el de Carlos Salinas en el cual se dio una mezcla entre la tecnocracia y la demagogia, entre el liberalismo económico y la vieja nomenclatura política. ¿Cómo pudieron convivir estos aspectos que nos pudieran parecer contradictorios?, ¿cuáles fueron los resultados de esta modernización?

 

Salinas tenía dos elementos a su favor, uno personal y otro social. El primero era su carisma, su inteligencia, y además su diabólica habilidad política. Estamos hablando de un animal político en el sentido griego clásico y con un pedigrí académico que, además, le daba un prestigio desacostumbrado en el mundo priista. En el otro lado Salinas tenía a su favor el cansancio después de años en que había resultado evidente el agotamiento de un modelo de desarrollo, y el cansancio frente a la crisis de los 80, de la deuda externa, la austeridad, las privatizaciones, etcétera.

La sociedad vio en Salinas una doble capacidad y lo hizo beneficiario de una apuesta: por un lado, que con él el país pudiera encontrar un nuevo mecanismo de desarrollo económico, y, por otro, una renovación del sistema político. No ocurrió ninguna de las dos cosas en el largo plazo: ese es el triste balance de este sexenio.

Aparte de algunos éxitos que se revelaron transitorios, como el control de la inflación, con Salinas, sin embargo, el sistema fue capaz de renovar, cuando menos, si no su estructura política sí su forma, los mecanismos y la ingeniería del control social. En esto no hubo cambio ni sustantivo ni marginal, aunque sí fue capaz de renovar su estrategia económica.

La reforma completa fue lo que hoy tenemos como objeto de discusión: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Ahora quiero anotar que en los últimos 20 años, durante esta fase de experimentación de la nueva estrategia abierta al comercio internacional, México ha sido el país de menor crecimiento del producto interno bruto per cápita de América Latina, con la excepción de Venezuela. Así que incluso el TLCAN, que en general era una opción obligada, no dio los resultados esperados. Dicho en pocas palabras: al final de un largo ciclo histórico nos encontramos con una economía que no cumple los requerimientos que podrían esperarse en términos de bienestar, de creación de empleos, fortalecimiento de la economía regional y local, ni tampoco tenemos una política de mayor transparencia, de mayor equilibrio entre los poderes, etcétera.

El siguiente proyecto de modernización fue la llegada de Vicente Fox a la Presidencia. Usted hace una anotación muy fuerte: dice que fue una pieza esencial en el tránsito desde la voluntad de cambio a la nostalgia de aquel régimen que le habían dejado atrás. ¿Cómo se dio este desencanto con la democracia?, ¿qué fue lo que pasó con Fox?, ¿por qué falló al cubrir la expectativas?

Ese es un tema sobre el que todavía nos hace falta mucho estudio y perspectiva histórica. Pero no puedo dejar de reconocer dos aspectos: uno es la excesiva confianza del presidente Fox en los automatismos virtuosos asociados al cambio del partido del gobierno. Parecía pensar que era suficiente quitar al PRI del camino para que el futuro de México se abriera en forma luminosa. Evidentemente las cosas eran mucho más complejas, y Fox fue un extraordinario candidato a la Presidencia para convertirse en un muy mediocre presidente.

¿Por qué mediocre? Porque se trató de una presidencia muy mediática que anunciaba programas muy ambiciosos pero después no tenía la capacidad para darles continuidad. El fracaso de esa transición anunciada no se resuelve solamente en la personalidad del presidente: también hubo una sacra alianza entre PRI y PRD. El primero consideraba que el gobierno del país era un derecho casi de nacimiento, y que la llegada de otro partido al gobierno era prácticamente una traición a la historia revolucionaria. Entonces, para el PRI había que hacer cualquier cosa que fuera posible para subsanar esa afrenta intolerable. Por su parte el PRD consideraba que una transición que no ocurriera por la izquierda no sería una verdadera transición.

 

Esas dos fuerzas políticas se coaligaron en el Congreso para hacerle la vida imposible a la reforma fiscal.

Usted dice que la transición democrática no había representado un valor añadido en el desempeño económico. Para usted, a grandes rasgos, ¿cuál ha sido la evaluación económica de la transición democrática?

No me da la impresión de que haya habido cambios fundamentales. Hubo algún crecimiento económico pero también es cierto que el sexenio coincidió con momentos difíciles de la economía internacional. El TLCAN no cumplió las promesas ni hubo iniciativas importantes en el terreno de la recuperación de la economía local y regional, lo que hubiera implicado una acción pública mucho más consistente en dos terrenos estratégicos que, desde mi punto de vista, fallaron: uno, en el terreno de la agricultura y de la pequeña y medianas empresas ligadas al desarrollo rural y local; otro es la reforma fiscal propuesta por Fox, que por lo menos era un intento para dotar al Estado de una mayor capacidad de gasto público.

Los dos intentos de reforma fiscal que propuso Fox fueron boicoteados por el PRI y el PRD y sin un apoyo entusiasta de su propio partido. El resultado es que no hubo resultados, que a final de cuentas México no encontró ni en el terreno de la política (salvo en el cambio del partido en el gobierno) ni en el terreno de una nueva perspectiva económica de alto crecimiento, de mayor capacidad de distribución. No hubo en realidad cambios sustantivos. El milagro anunciado, en el cual muchos creyeron no se materializó.

Sobre el regreso del PRI al poder, usted dice que podría parecer como una necesidad de refugio paternalista, una predisposición, una especie de “autoritarismo democrático”. ¿La vuelta del PRI ha sido un retroceso en términos democráticos?

No podría darle una respuesta contundente. Ciertamente lo mínimo que podemos decir es que no fue un acto de audacia política del pueblo mexicano. En el 2000 hubo, con el voto a favor de Fox, una apuesta sobre el futuro; en el 2012 ciertamente no tuvimos una audacia política.

Entendámonos: Peña Nieto llegó a la presidencia con 38% de los votos; o sea, por mayoría relativa que es una minoría social que fue suficiente para llevar al PRI al gobierno. Digamos que hay una especie de búsqueda de una seguridad en un contexto de gran turbulencia. El país no estaba creciendo como se había esperado, y además estaba envuelto en un problema de criminalidad devastador con episodios sistemáticos de una crueldad solamente comparable en la historia contemporánea de México a lo que sucedió durante la Revolución.

Frente a una criminalidad sin control por parte de las instituciones, México buscó su propia seguridad en el retorno del PRI, como si este fuera una garantía del restablecimiento de la ley. En estos años se ha demostrado que ese era un sueño: los problemas que Fox heredó y dejó a las sucesivas administraciones siguen irresueltos: la desigualdad y la debilidad institucional.

Sobre ellos usted hace otro apunte interesante: el sistema político mexicano garantizó por un largo trecho la estabilidad institucional pero no su calidad. ¿Por qué estuvieron divorciados estos dos aspectos, por qué la estabilidad no fue utilizada para la construcción de instituciones?

Quizá porque las instituciones encontraron una forma fácil de obtener la estabilidad social, que fue la fórmula del nacionalismo revolucionario, esa combinación retórica pero efectiva de presidencialismo y corporativismo. Durante décadas las instituciones no enfrentaron un reto por parte de la sociedad que las obligara a mejorarse. Entonces la propia estabilidad terminó por ser un factor de estancamiento y autosatisfacción de las instituciones, que no se sintieron obligadas a ser más transparentes, a dar resultados mejores en términos económicos porque habían encontrado la fórmula para conservar la estabilidad social sin renovarse.

Pero esa estabilidad favoreció, por ejemplo, la corrupción y el liderismo sindical.

Todo esto ha contribuido a conservar un sistema que hoy presenta toda su fragilidad frente a retos como los que he mencionado. El más dramático y cruel es el de la criminalidad: somos un país que vive en el miedo, por el que ya no deja a sus hijos salir a la calle a jugar futbol. México está engarrotado en el temor a sí mismo, en el asesinato, en el secuestro, en los robos, los asaltos, y por un sistema político que no es capaz de reconocer la gravedad de la situación.

Allí hay un problema que quisiera que usted desarrollara: ¿a qué se debe esta debilidad de las presiones sociales, organizadas e independientes?

Un problema que veo es que el sistema de un partido en el gobierno a los largo de muchas décadas implicó su capacidad, de sus varias organizaciones campesinas, obreras, de clases medias, etcétera, de penetrar la sociedad civil, la que solo marginal, ocasional y localmente tenía la capacidad para manifestar su malestar, sus necesidades. Incluso, en muchas ocasiones ese malestar se canalizaba mediante los propios mecanismos reproductores del sistema político.

Si razonamos en términos de la Ilustración, la sociedad civil es la sociedad libre de curas, militares y políticos. En el caso mexicano, dejando de lado a los militares y los curas, tenemos una sociedad civil penetrada, contaminada por la política. Entonces en realidad no lo es, o no puede serlo de manera plena, y en ese sentido no solamente no ejerce una fuerte presión sobre el sistema político para forzarlo a su propia renovación, sino que no puede ni reconocerse a sí misma como tal.

Concluyo con una pregunta: ¿cómo emprender la reconstrucción institucional? Al final del libro usted cita ejemplos históricos, incluso de países asiáticos y europeos. ¿Y qué fuerzas políticas, sociales e incluso culturales encuentra que puedan impulsarla?

Honestamente no tengo una respuesta. Pero lo peor no es que yo no tenga una respuesta sino que no la veo madurar. La historia tiene eso de fascinante: es muy a menudo el nacimiento imprevisto de lo nuevo, que a veces no se anuncia: ocurre.

Déjeme decirlo de manera muy sencilla: del PRI no espero novedades, porque ha sido una eterna novedad desde hace casi un siglo y ha eternizado la desigualdad y la corrupción del sistema político. Del PAN, de la derecha tampoco espero novedades porque ha demostrado, timidez, incapacidad de reformas. Hemos visto, a la hora del gobierno, una derecha timorata, temerosa sin capacidad de proponer al país grandes objetivos e instrumentarlos.

De parte del PRD veo una especie de PRI de izquierda, una visión presidencial y corporativa del nacionalismo revolucionario revisitado, como si los problemas de este país pudieran enfrentarse con la lógica y la cultura política de los años 30, con esa mezcla de presidencialismo y corporativismo.

Por parte de Morena lo que veo es la aparición en México de una cultura de populismo latinoamericano: el jefe carismático que anuncia una nueva profecía, como si la honestidad y la buena voluntad del presidente fuera la clave resolutiva de los problemas de México.

Eso verdaderamente me parece, para decir lo mínimo, primitivo. Me parece una forma políticamente muy arcaica y que entrega a la moralidad de una persona la capacidad para resolver problemas que se han acumulado por lo menos durante todo el siglo XX.

Estos requieren una lucidez que no tienen la izquierda ni la derecha ni el PRI (que, como decía sabiamente Luis Echeverría, no es de izquierda ni de derecha sino todo lo contrario, lo cual es absolutamente cierto: es un partido de poder y punto). No veo de ninguno de estos sectores ni la capacidad analítica ni la voluntad democrática para crear grandes convergencias sociales proyectadas al México que los mexicanos merecen, que es uno con instituciones medianamente confiables y no tan escandalosamente desigual como el que hemos heredado.

 

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