Joyeria de plata mexicana para cautivar
Cinque Terre

Vania Maldonado

Escritora

La farsa de Larry Mont

Larry Mont era el apodo de Eleuterio Montealbán, un hombre repulsivo. Alto, de piel blanca, nariz an-cha, labios gruesos y resecos, mirada lasciva. Vestía, eso sí, trajes y camisas impecables. Le gustaba ir de cantina en cantina y dar lecciones de vida. Se acercaba a las mujeres con poses de don Juan y la mayoría lo rehuía como a un condón usado.

Larry posaba como intelectual aunque no leyera, aprendía frases célebres para atrapar uno que otro borracho o prostituta sin cliente que lo miraba como a dios cuando decía: “Toda convicción es una cárcel, por eso amigos míos yo no tengo ninguna”.

Otras ocasiones se paraba en medio de la concurrencia, tambaleante, con los ojos enrojecidos y soltaba con desprecio: “Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos”.

-Oiga Don Larry, “usté” sí que sabe mucho -le dijo un día la puta más linda del tugurio-, ¿por qué no se escribe un libro y hasta se hace famoso?

Eleuterio la miró como al espíritu santo el día de la anunciación y le dijo:

-Niña, ya preparo una gran obra y te la dedicaré a ti.

-¿Y sobre qué es- Don Larry?

-Sobre cómo “el hombre, en su orgullo, creó a dios a su imagen y semejanza”.

-¿Crees que aquí todos somos pendejos? Ya me cansé de oírte recitar a Nietzsche -le gritó un beodo enorme y grasoso desde la barra-. Mejor sácate a la chingada porque aquí ya nos tienes hasta la madre.

Y Larry, que conocía bien el camino, fue para allá. Al día siguiente buscó un nuevo reino donde perorar. Vagó por calles extrañas más de una hora, hasta que halló la “Mano del Mito”. Ciertamente era un nombre extraño y la fachada carcomida le pareció interesante. En la entrada la figura de un payaso daba la bienvenida.

Abrió la puerta con esa seguridad tan suya, el lugar estaba lleno. Cuando entró se hizo un silencio y él infló el pecho. Caminó entre las mesas observando a todos. Los hombres tenían facha de dandy y las mujeres estaban grotescamente maquilladas. Se dirigió a la barra y pidió un martini de manzana; era una broma que hacia cada que entraba a cantinas de rompe y rasga.

Pero algo extraño pasó, la concurrencia rió. Los observó admirado y al volverse hacia la barra vio su martini servido y al cantinero que con una sonrisa remató: cortesía de la casa, caballero. Asintió con la cabeza para agradecer y bebió media docena más de esos martinis mientras contemplaba cómo los hombres con sus elegancias antiguas manoseaban las entrepiernas de las mujeres como si estuvieran solos en habitaciones de hoteles baratos.

Pero él era Larry Mont, así que para ser el centro de atención se puso de pie y dijo: “¡Amigos míos, brindo por ustedes pero sobre todo por Dionisio, la fuente de mi inspiración, junto a estas bellas mujeres, dignas descendientes de las ménades!”

Creyó que nadie entendería otra de sus frases aprendidas. Pero los hombres gritaron como un coro ensayado: ¡Por Dioniso, dios del vino y el desenfreno! ¡Que bailen como en los tiempos antiguos las ménades, que beban la sangre de las bestias! Y las invocadas comenzaron a moverse frenéticamente. Sus espesos maquillajes escurrían de sus rostros y descubrían arrugas de siglos.

Larry, sintiéndose en el paraíso, oyó una voz cuyo tono le generó un cosquilleo placentero en el vientre.

-Te felicito, Larry Mont

Frente a él, un rostro simétrico que parecía adorno del altar de una iglesia era iluminado por el fuego con el que prendía un largo cigarrillo. Pero sus ojos parecían dos abismos sin vida.

-Eres un hombre afortunado -agregó.

-Eso no lo puedo negar. ¿Me conoces?

-Por supuesto, Larry Mont. Eres un famoso escritor ¿no?

Escuchar su nombre pronunciado por esa voz le provocó, ahora sí, un espasmo placentero.

¿Y tú, quién eres?

-Ertael -musitó suavemente el ángel con mirada de muerto.

-¡Apa nombrecito!

-Tiene una larga historia, amigo mío, pero no estoy aquípara hablar de mi nombre. Seré breve, siempre he querido ganarme la simpatía de la gente y ya encontré la forma. Te elegí para que escribas una historia que redima a la lujuria, a mi lujuria. ¿No es hora acaso de que el mundo se inunde de actos carnales sin pecado?

Larry abrió la boca, un hilillo de saliva brillante brotó de la comisura de sus labios. Preguntó: ¿Por qué yo?

-¿No querías acaso escribir sobre los hombres y dios? Te estoy dando el camino pero además te pagaré bien.

El mitómano iba a negarse pero cuando vio los ojos de Ertael supo que era imposible. Tuvo miedo por esas navajas que ahora salían de ellos, tuvo miedo porque nunca había escrito nada. Lo suyo eran los plagios, las frases robadas.

Ertael le entregó varios fajos de billetes y dijo: éste es tu pago, ahora vete y hazlo bien. No quiero trucos.

Larry no tenía ni la más remota idea de cómo llevaría a cabo su tarea. Pasó mucho tiempo y no se le había ocurrido ni la primera frase del libro. Pero su eterna desvergu%u0308enza le hizo recobrar la calma. Su mecenas no aparecía, quizás lo había olvidado. Un día por la mañana amaneció con una resaca de varios días de tequila y mujeres pagadas de las que solo recordaba sus sexos húmedos.

A Larry le tembló el cuerpo. Sin decir nada los dos se sentaron frente a frente. Ertael lo miró fijamente mientras se escuchaba como música de fondo Simpathy for the Devil: “Por favor permíteme presentarme, soy un hombre de riqueza y de buen gusto, ando rondando desde hace muchos años, he robado el alma y la fe de muchos hombres, estuve ahí cuando Jesucristo tuvo sus momentos de duda y dolor, me aseguré de que Pilatos lavará sus manos y sellara su destino, encantado de conocerte, espero que sepas mi nombre”.

Larry recordó que tenía un manojo de hojas con párrafos robados de la biblia, de autores como Freud, Erik Erikson, Ivan Pavlov, Carl Rogers, William James. Se sintió salvado, de algo le habían servido sus plagios. Con seguridad entregó el revuelto manuscrito a su acreedor.

Ertael miró las hojas sucias y se puso lentamente de pie; en sus ojos había llamas. Paradójicamente dijo con dulzura: “Encantado de conocerte, espero que sepas mi nombre, pero lo que te confunde es la naturaleza de mi juego”.

A la mañana siguiente, el cuerpo de Eleuterio Montealbán se encontró al lado de una carretera. Su cuerpo bofo estaba desnudo, con los brazos extendidos en forma de cruz y los pies juntos. Sin faltas de ortografía tenía una grabado en su piel: “Oratio publicata, res libera est”: Lo publicado pertenece a todos. Quintus Aurelius Symmachus.

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