Jesús Olguín

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Médico cirujano

La eutanasia: participar en la propia muerte

Frente al diagnóstico de cierta enfermedad terminal casi siempre se tiene la sensación de haber sido sentenciados y abandonados. Pero ante la frase “No hay nada por hacer”, surge la posibilidad de seguir nuestro proceso de muerte como lo que es en realidad: el cierre de un ciclo, el último aprendizaje, el que de verdad vale la pena “vivir” con la mayor conciencia posible y en la mayor intimidad.

A expensas de las decisiones de otros

Antes de la aparición masiva de los hospicios hacia mediados del siglo XIX —la palabra hospital proviene del vocablo hospicio—, la medicina contaba con muy pocos recursos para curar enfermedades. Los ensayos y el manejo masivo de pacientes, las guerras y las epidemias —la muerte— contribuyeron al desarrollo de medicamentos y tecnologías que permitieron postergar la defunción de los enfermos. Pero antes de esto, los incipientes médicos se concretaban a dar cuidados paliativos para mantener la mejor calidad de vida de sus “padecientes” y, sobre todo, a estar con ellos; situación que resultaba maravillosa pues la compañía que brindaban era en sentido horizontal, de un ser a otro, de un mortal a otro, pero sobre todo, desde la propia perspectiva del “moribundo” quien participaba activamente en su proceso de muerte, decidía y se le respetaba, “vivía” su muerte desde sus propias posibilidades y creencias y sin más, así se iba.

Con el paso del tiempo la tecnología creó expertos en salvar vidas y también, expertos en la muerte. Los hospitales se volvieron “el lugar donde confinar la muerte” y los médicos, los expertos en ella. Las decisiones ya no eran de la incumbencia del moribundo, era mejor la opinión de los expertos, lo que originó que el “moribundo” y sus allegados estuvieran a expensas de las decisiones de terceros que en el mejor de los casos, no tenían ningún vínculo emocional con el enfermo.

Así nos acostumbramos a “vivir la muerte”, bajo el cobijo de la tecnología. Los grandes hospitales donde hasta las visitas de los enfermos están restringidas por la necesidad de mantener el orden y el aislamiento de los enfermos, nos han llevado a morir entre gente extraña llena de muy buena voluntad, pero sin nada que decirnos en el momento preciso, que aunque así fuera, no son a quienes necesitamos en el trance.

Que cada quien decida

Hoy por hoy todo esto está cambiando. Se empieza a romper el antagonismo que existía entre los que saben y los que sienten. La sensibilización de los equipos de salud ha llevado a reconocer el momento donde por fuerza de la naturaleza, ya no se puede hacer nada y permitir entonces que la gente viva su proceso final en donde realmente lo debe hacer: en su propio lecho y entre sus propias gentes, sin ensañamientos terapéuticos que prolongan la agonía y no la vida.

Esto no es tarea fácil, tendríamos por principio que aprender a “vivir plenamente la vida con la conciencia de la muerte”. Integrar en el concepto que tenemos de nosotros mismos, que somos parte de un ciclo del cual sabemos con precisión cuándo empezó, pero no sabemos cuándo termina.

Habría también que hacer consciente que el despedirnos de quienes amamos duele, pero se llega a aceptar, sobre todo cuando participamos en el proceso de partida estrechamente, compartiendo y puliendo las relaciones como en una gran fiesta a la que estamos invitados a participar, hasta que pare la música.

Finalmente cabría decir que desde las propias experiencias de vida nuestros propios recursos son los adecuados. A veces ante los trances difíciles, como en estos casos, surgen los auxiliares como la tanatología, que nos ayudan a discernir como un orientador y no como un ejecutor; no olvidemos pues, que el miedo a la muerte es directamente proporcional al miedo a la vida y que, sin duda, vivir con plenitud y con conciencia de la muerte, nos hará tener una vida mejor y una muerte igual.

Solo habría que resaltar una peculiaridad: cuándo, en el momento de la partida, el dolor físico o el coma son los exaltadores del trance. Como resultado de esto, las emociones se exacerban tanto en el padeciente como en sus allegados. Ver sufrir a alguien que amamos es el detonador de muchos de los casos en que se aplica la eutanasia, que simplemente se concreta a las acciones que en determinado momento se aplican para acelerar o concretar el proceso, podríamos decir, asistir un suicidio. Los códigos de bioética y deodontología llegan a ser tan rígidos como laxos, dependiendo del lugar donde se realice el cuestionamiento, lo que nos demuestra lo distantes que estamos de llegar a un consenso generalizado sobre cuándo las principales directrices se sustentan en las leyes y las religiones, sin poder desligar una de la otra y subrayar las peculiaridades de cada región geográfica.

En pocos países del mundo la eutanasia es legal. En Bélgica, por ejemplo, que es el segundo país en aplicarla después de Holanda, se legalizó en 2002, y generó un sinfín de polémicas entre sus defensores y sus detractores. Este debate oscila entre el derecho para elegir aquello que deseemos o no vivir y la idea de usurpar un papel de dios al asistir a otro en quitarse la vida, que en muchas de las religiones, solo le corresponde al creador de todas las cosas independientemente de quien sea. En ese país, Bélgica, han existido grandes conflictos por lo complicado que resulta un equilibrado control.

Han transcurrido siglos inundados en debates sobre la aplicación de sustancias o acciones para terminar con la vida de los moribundos que, al decir de ellos mismos o de los otros, sufren. Hipócrates en su juramento se refiere a la aplicación de abortivos o venenos para terminar con la vida, aunque deja claro que no los aplicará, pues la finalidad de la ciencia médica es preservar la vida a toda costa y el juramento hipocrático —que se lee en casi todas las culturas al menos occidentales— data de 350 años a.c.

La discusión acerca de la eutanasia está llena de absurdos y de contradicciones; es probable que lo acertado fuera que cada quien decidiera sobre la manera de vivir su final sin mayores complicaciones, de poder vivir el trance sin tanta culpabilidad y estigmas, si se decide terminar de tal modo, que, finalmente, muchos de los casos de suicidios y finales dantescos, llenos de dolor y culpa para todos los involucrados, se podrían haber evitado, es decir, debería ser legal para el que la quisiera y el que se prestara a asistirla.

En México la eutanasia es ilegal, la gente que sea sorprendida aplicándola comete un delito equiparable al homicidio. Sin embargo, recientemente tenemos otro elemento de vital importancia y es “La voluntad anticipada”, donde con una carta y con testigos, certificada por notario o no, podemos ser claros y precisos “anticipando nuestra voluntad” a un momento en que la enfermedad o la pérdida de la conciencia nos impidiera claramente decir que sí y que no queremos para nuestro final: “Hoy que estoy sano y sin la influencia de ninguna circunstancia terminal, es mi voluntad que si llega a suceder X o Y situación, me niego a ser sometido a la intervención de métodos de cualquier tipo para mantener mi cuerpo con vida cuando ya no es posible qué por él mismo la sostenga, no quiero intervencionismo ni medidas heroicas que prolonguen mi agonía, etcétera”.

Es fácil, incluso se pueden obtener los formatos en la página del Gobierno del Distrito Federal y, sin ser de ninguna manera algo similar a la eutanasia, sí evita muchas de las circunstancias que llevan a tomar la decisión de asistir a otro en su suicidio.

¿Que necesitaría pasarnos para tomar una determinación tal? ¿Vivir parapléjico a expensas del cuidado de los otros hasta para las más íntimas necesidades? ¿Padecer dolor físico incontrolable? Es tan difícil juzgar el hecho sin estar en el lugar del otro que muchos de los argumentos se antojan puristas y limitados, defendidos algunas veces desde la perspectiva de las religiones con pocos sustentos realistas. ¿Qué estaría viviendo el que se suicida y se propina tal suerte y sin embargo, se estigmatiza como un acto de cobardía? ¿No podría ser igual un acto de valor?

La discusión ha existido durante siglos y creo que seguirá existiendo, no se puede juzgar a la ligera. Seguramente hay casos que lo ameriten y otros que no, sin embargo, en algunas partes del mundo parece más fácil sentenciar a muerte a un infractor que permitir la eutanasia a quien desde su perspectiva lo amerita. ¿Será congruente? En ambos casos hablamos de muerte.

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