Cinque Terre

Sergio Octavio Contreras

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Doctor en Ciencia Política. Comunicólogo y master en sociedad de la información por la @UOCuniversitat. Profesor universitario. Consultor y conferencista en redes sociodigitales. Twitter: @Ciberpensador

La erosión del diálogo

A diferencia de otras sociedades, por ejemplo en la era de los imperios clásicos, durante el Renacimiento o en la Revolución Industrial del siglo XVIII, en la época que nos tocó vivir hay ciertos elementos que la hacen diferente, única. Uno de estos elementos es la capacidad que tienen los integrantes de los distintos grupos sociales para comunicarse. Dicha capacidad es posible por la multiplicidad de medios para enviar o recibir mensajes. Las industrias mediáticas tradicionales y las innovaciones detonadas por Internet han propiciado un mundo hiperconectado. Esta capacidad amplificada por artefactos para comunicarnos con los otros parece cumplir la profecía de Vattimo: somos la sociedad de la comunicación. Todo se comunica: la ropa, las preferencias sexuales, las ideologías, los hábitos alimenticios, la violencia contra las mujeres, las fobias personales, el narcotráfico, las prácticas deportivas, las perversiones, la moda, etcétera. Sin embargo, el uso y la penetración de las nuevas tecnologías en cada vez más variados procesos de producción humana parecen convertir a la sociedad de la comunicación en una utopía. En amplias franjas de los espacios públicos, la comunicación individualizada se ha convertido en un monólogo, en la voz propia que ensordece la voz de los otros.

En el paradigma de la sociedad de la comunicación, las colectividades han superado el centralismo de la información. Las personas pueden comunicarse libremente para dialogar sobre asuntos de interés público. Los individuos ejercen sus libertades informativas de manera racional. El Estado, a su vez, debe cumplir una serie de obligaciones, como garantizar el acceso a la información y transparentar parte de sus tareas. Existen además holgadas superficies donde la información está depositada y los consumidores pueden adquirirla, procesarla, modificarla y compartirla. En estos sitios de discusión de lo público –y también de lo privado– es donde los integrantes de la sociedad de la comunicación pueden conversar, exponer sus ideas y comentarios de forma alternativa. Esta práctica social, llamada diálogo, comprende también la exposición de ideas contrarias: la discusión sobre un tema o problema para llegar a un acuerdo. En la comunicación, la información adquiere un proceso de ida y vuelta. En los últimos años, se percibe a nivel planetario un fenómeno contrario a la comunicación. Grupos conectados a múltiples canales empujan sus temas y liquidan a quienes no coinciden con ellos. Estos nuevos ejercicios ven en lo diferente una amenaza. El diálogo ha desaparecido en vastos espacios de interacción. La comprensión del otro puede ser liquidada por la intolerancia, el fanatismo y el individualismo.

Siempre que una nueva tecnología se introduce en una sociedad, se registran dos posturas: quienes aceptan la tecnología y quienes la rechazan. Cuando Internet fue liberado para su uso social en 1993, aparecieron profetas que aseguraron que la red transformaría la forma en la cual se comunican las personas. Y así fue. Internet tuvo poca resistencia para ser aceptado. De hecho han sido poderes como el político y el económico los que han manifestado su intención de controlar esta tecnología.

Para su funcionamiento, Internet depende de la interconexión y la velocidad de los flujos de información (Held, McGrew, Goldblatt, y Perraton, 2002). Es por esto que las restricciones sobre ciertos contenidos pueden ser desaparecidas o eliminadas desde los flujos, o bien cortando la conexión. En la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, efectuada en Túnez en el año 2005, la UNESCO admitió que Internet propicia la generación de conocimiento. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) advirtió que, en la sociedad hiperconectada, las personas pueden acceder a una gran cantidad de información que les permita mejorar sus niveles de vida. En las definiciones que hacen los organismos internacionales se considera el cambio tecnológico como un principio para modificar las condiciones económicas de las poblaciones, para abrir el panorama laboral y elevar el nivel educativo en las personas. Una sociedad más y mejor comunicada tendrá a su vez mejores posibilidades para su desarrollo.

Bajo esta visión, los Estados crearon políticas públicas, diseñaron programas, financiaron investigaciones y publicaron leyes para mejorar el acceso a la nueva tecnología. En las últimas dos décadas, Internet ha permitido vincular a los individuos en relaciones a distancia por encima de las fronteras territoriales. Las personas pueden estar aquí y allá al mismo tiempo: salir de lo local para formar parte de lo global (Garton, Haythornthwaite y Wellman, 1997). Como señalé al principio del ensayo, el nuevo modo de comunicación de la sociedad contemporánea se caracteriza por generar interacciones que son mediadas por la tecnología (Appadurai, 2001), El carácter global que imprime Internet a lo social es sin duda una de las características que identifican a nuestro tiempo y lo hacen diferente de otras épocas. Diversos autores coinciden en que las nuevas tecnologías fortalecen el fenómeno de la globalización, pues facilitan las relaciones entre diversos actores como las empresas y los gobiernos, mejoran las políticas de los países a través de normas internacionales y presionan a los gobiernos de todo el mundo para promover el desarrollo de tecnología para consumo interno.

De acuerdo a Volti (2014), siempre que una nueva técnica se introduce a una colectividad humana en sus primeros años se registran impactos positivos sobre lo social. ¿Qué impactos generó Internet en la sociedad durante los primeros años de difusión? Las transformaciones que el diseño tecnológico y la práctica de los usuarios generaron han sido muy profundas. El trabajo no es el mismo con Internet que sin Internet. Disponemos de un número extraordinario de fuentes de información. Gracias a la red, la escuela tradicional ha tenido que cambiar sus formas pedagógicas. Los estudiantes pueden cursar materias en línea y los maestros no tienen que preocuparse por el tráfico para llegar al trabajo porque pueden evaluar desde sus computadoras. Los patrones de consumo de medios tradicionales también cambiaron. Distintos grupos sociales convergen bajo intereses comunes. El mundo después de Internet es otro, es diferente. Pero toda tecnología también trae consigo cambios a largo plazo. Estos cambios secundarios, según Volti, son por lo general negativos: la tecnología no sólo facilita nuestra vida, también puede generar problemas. Es en este punto donde comienza a naufragar el argumento de que un mundo más conectado también es un mundo más comunicado.

Transitamos de una sociedad pesada a una sociedad ligera en palabras de Lipovetsky (2017). Las sociedades que se desarrollaron después de la segunda mitad del siglo XX se caracterizaron por el dominio de un sistema vertical de información. Las decisiones en las esferas de poder fueron verticales, como lo fue también la circulación de información. Los espacios públicos donde fluían los datos estaban hasta cierto punto controlados por guardabarreras. Por ejemplo, el poder político decidía cuál información se podría difundir y cuál no. En los medios de comunicación tradicionales prevaleció el modo de comunicación vertical. Los dueños de los medios, los directores y editores operaban como un filtro de las noticias que se difundían al público. Incluso hoy en día, esta vieja práctica continúa imperando en algunos medios que actúan a partir de intereses alejados de la sociedad informada. Con la llegada de Internet, los centros de poder se aligeraron. Surgió un nuevo modo de comunicación capitalista: la horizontalidad. Las nuevas tecnologías de la comunicación permitieron a la sociedad hiperconectada construir sus propios discursos, seleccionar la información que les interesa y rechazar aquella que no encaja en sus marcos de gustos y preferencias. Los nuevos consumidores pueden transformar la información original para transmitirla a otros. El modelo horizontal obedece a los intereses de la individualidad. Ahora podemos comunicarnos con otras personas y máquinas con menos filtros de por medio. Los teléfonos cada vez más pequeños, los televisores cada vez más delgados y los productos culturales perecederos corresponden al paradigma de la ligereza de la comunicación horizontal.

Esta nueva forma de comunicación reanimó las utopías que no lograron cumplir los medios de comunicación en el último siglo. Desde la ciencia política existe una discusión sobre el papel que juega la información dentro de una sociedad. Chomsky asegura que una sociedad democrática es aquélla donde los medios gozan de libertad y las personas pueden conocer el quehacer de las instituciones, debatir sobre los asuntos públicos y participar políticamente en espacios abiertos de comunicación. En otras palabas: para que una sociedad sea democrática deben existir sitios adecuados para que la gente se informe y manifieste su opinión sobre los asuntos públicos. Esta nueva forma de comunicación política es lo que algunos han definido como gobierno o democracia de opinión: las personas informadas son capaces de modificar las políticas públicas del gobierno. En la teoría de Habermas (1989), el espacio público–político es un sistema de avisos con sensores no especializados, pero que despliegan su capacidad perceptiva a lo largo y ancho de toda la sociedad. Para el filósofo, el espacio público será entonces un escenario de racionalización y de emancipación, una mediación entre la sociedad y el Estado. Las opiniones de las colectividades son una especie de caja de resonancia de los problemas que han de ser resueltos por el sistema político porque no pueden ser resueltos en otra parte.

Fotografía / MLT

Siguiendo la línea de Habermas corresponde al poder político hacer visibles sus actividades y será entonces la publicidad de la razón la que legitime las normas del sistema político. La sociedad podrá llegar a un consenso a partir de la información y la discusión racional sobre los temas. La opinión pública surgirá de los ciudadanos y será el resultado del diálogo racional, plural y sin manipulación. Si la opinión se origina en las emociones, entonces la opinión será irracional. La propuesta del pensador adquiere un carácter dialógico: la comunicación tiene por función llegar a un acuerdo colectivo, acción contraria a lo que ocurre en los sistemas monodialógicos. La comunicación racional en el espacio público no debe estar dominada por el poder sino por la ética comunicativa. Habermas considera que actualmente la opinión pública del ciudadano es manipulada y la comunicación pública se ha transformado en actitudes estereotipadas. Para el autor, una democracia deliberativa a través de la acción comunicativa deberá tener como base la razón, la publicidad o transparencia, el consenso y como resultado, la legitimidad. En las sociedades hiperconectadas, la comunicación se convierte en una palanca para mejorar los niveles democráticos.

¿Pero qué ha pasado en los últimos años en la sociedad de la comunicación? ¿La amplificación de la nueva tecnología ha propiciado una sociedad dialógica y racional? ¿Ingresamos a una era donde los problemas sociales son resueltos mediante el consenso público? Los efectos secundarios de la nueva tecnología están demostrando que la hiperconectividad no significa que existan mejores niveles de diálogo en los espacios públicos. La conversación entre dos o más personas para exponer sus ideas tiende a la homologación de las mismas posturas y a la evasión de visiones diferentes para evitar la confrontación. El diario El País publicó a principios de 2016 una entrevista con Zygmunt Bauman en la cual el pensador arroja luz sobre este tema:

[…] la diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionadas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo, y te encuentras con gente con la que tienes que tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades, involucrarte en un diálogo.

En las nuevas redes de comunicación, las personas buscan espacios que les proporcionen estabilidad en sus convicciones. Los aficionados a un determinado deporte o los seguidores de un político se inclinarán por compartir sus ideas con quienes piensen parecido a ellos. Existe una tendencia a evitar diferir con los demás y si alguien difiere de mí, puedo manifestar mi desacuerdo en público y, en un extremo, eliminarlo o bloquearlo de mi lista de “amigos”. Este problema de comunicación se vuelve más visible en procesos de confrontación social. De acuerdo a la Misión de Observación Electoral de Colombia, durante los primeros tres meses de 2018, las redes sociales Facebook, Twitter, Instagram y YouTube fueron utilizadas por los usuarios para agredir a contrarios. En el último año, diversos movimientos (desde la lucha por legalizar el aborto o la mariguana, hasta la adopción de menores por parte de parejas del mismo sexo) han sido un caldo de cultivo para exterminar el diálogo. En México, tras la contienda presidencial, legiones de simpatizantes del candidato ganador Andrés Manuel López Obrador aniquilan a través de la denostación a quienes cuestionan las decisiones del próximo gobierno. El precio de la gasolina, los partidos del Mundial, las declaraciones de políticos, las revelaciones de la vida privada de famosos o las noticias falsas son ingredientes de una masa amorfa y subjetiva que sostienen el monólogo como imperativo. El ser individualista es lo contrario al ser colectivo, y por tal motivo el individualista sólo escucha su propia voz. La erosión del diálogo social mediante las nuevas tecnologías de la comunicación es un fenómeno que cada vez nos aleja más de los espacios de comunicación racional y nos precipita a una espiral de intolerancia y odio por lo diferente.

Referencias

Appadurai, A. (2001). La modernidad desbordada: dimensiones culturales de la globalización. Argentina: Fondo de Cultura Económica.
Garton, L., Haythornthwaite, C. y Wellman, B. (1997). Studying Online Social Networks. Consultado en: http://doi: 10.1111/j.1083-6101.1997.tb00062.x
Habermas, J. (1989). Teoría de la acción comunicativa: complementos y estudios previos. Madrid: Cátedra.
Lipovetsky, G. (2016). De la ligereza. España: Anagrama.

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