Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

La digitalia y el problema de la verdad (2)

Hacia una caracterización de la Web Semántica

…una dialéctica verdaderamente

paralela, que operara

al mismo nivel que la

pobre dialéctica de los

síes y los noes.

Gastón Bachelard,

La poétique de la réverie

Hay ciertas partes del conocimiento a las que atribuimos, casi siempre desde el equívoco, la cualidad de “verdad absoluta”; probablemente por la inherente necesidad del conocimiento por establecerse como materia segura, como punto de partida y cimiento de otras, elevadas y necesarias construcciones mentales. Por supuesto, las más susceptibles de caer en ese evanescente trono son las llamadas “ciencias exactas”; sórdida adjetivación que las dota de una supremacía a todas luces retorcida, ya que “exacto” en ciencia (y no habrá matemático serio que lo subraye) no existe; la exactitud es mensurable solo de manera abstracta y nunca es verificable en los hechos.

Algo no muy lejano pasa con otras esferas conceptuales, por ejemplo con las ciencias naturales y sus taxonomías, o con las ciencias de la salud y su preocupación por lo “sano” y lo “normal”. Qué decir del humanismo y sus múltiples expresiones: ahí incluso nos hemos acostumbrado a sentirnos incómodos con el tufillo totalitario de lo “exacto” y lo “incontrovertible” y nos apresuramos a adjetivar con el más mesurado mote de “teoría” todo aquello que se dice; aunque no falte el psicoanalista o el entusiasta de los atajos que se apresure a creer que Freud, Lacan, Jung y sus secuaces “son ley” -como decíamos de las pandillas juveniles en la Iztapalapa de mis años mozos, no sin cierto temor reverencial-; y que aquél que niegue la existencia del ego, del ello, del super-yo, del subconsciente y demás chucherías debe estar pasando por “una etapa de negación”.1

En la primera parte de este apartado, expresaba mi sorpresa por la premura con la que Stephen Hawking declaraba “muerta” a la filosofía y afirmaba que la física cuántica reclamaba para sí todas las “respuestas” a las “preguntas” de la metafísica. Reducir la noción de la búsqueda del conocimiento a una concatenación de preguntas y respuestas no puede dejar de tener un sabor simplista, de pragmatismo por reductio; así como el “experto” cuya experticia consiste en repetir cifras oficiales encontrándolas fascinantes y elocuentes o así como el “culto” que cada tanto enarbola el afán ortográfico como bandera reduccionista, simplista y bobalicona, el razonamiento cientificista tiende a degradar todas las posibilidades argumentativas y de progresión dialéctica de su materia. Y esas posibilidades son, sorpresa, la característica sine qua non del conocimiento y su función cultural más redimible. Resulta desolador que mentes tan a primera vista brillantes como Stephen Hawking o Richard Dawkins (el verso sin esfuerzo valdría la pena investigarlo para la posteridad) olviden las atrocidades que el fundamentalismo discursivo ya le ha traído al pensamiento religioso y al pensamiento político y pretendan, denodadamente, instalarlo ahora en las lindes del pensamiento científico; resulta incluso mañoso que, sin preocuparse en justificarlo, decidan afirmar que la materia de la filosofía y sus muchas ramificaciones (una de las cuales, por cierto, es la ciencia) es “lo metafísico”, ubicándola de golpe en el mismo renglón semántico de la religión y otros afanes humanos igual de denostados por el oportunismo político más simplón. Valdría la pena recuperar la noción de que la filosofía tiene como una de sus principales materias de estudio, precisamente, el problema de la verdad. La verdad es un problema porque su apariencia es siempre controversial: el más contundente enunciado siempre tiene un resquicio de duda, sea por su inalienable naturaleza subjetiva (no hay afirmación que no se enuncie desde la experiencia personal, incluso la que encierre la certeza más elemental), sea por la agenda subyacente a su enunciación (no hay afirmación “pura” en su sentido: todo silogismo plantea un a posteriori; una consecuencia ya sea en forma de acción en forma de pensamiento). Dicho de otro modo, no hay “verdad” que no se equivoque por ser personal y por traer jiribilla. Esta sensación de inseguridad es aún peor cuando se trata de “verdades universales” que pretenden abarcar la experiencia de la realidad toda y ser válidas para todos los seres: es por eso que a la Física se le fue aparejando en la evolución del pensamiento humano la Metafísica, incluso ya en la antigu%u0308edad clásica. No es que una se dedique a explicar el universo factual y verificable a la luz de la verdad y la razón y la otra se dedique a elucubrar ángeles y demonios, santos y pecadores, hadas y duendes, y a erigir catedrales en consecuencia. Por el contrario, la una y la otra se dedican a delinear las fronteras del universo como espacio de la experiencia de la vida y como espacio cognoscible, oponiendo a la procacidad de la gravedad la ligereza del vuelo, argumentando el mundo entre extremos tan disímbolos en apariencia como la verdad de la muerte y la obcecación por la trascendencia, oponiendo al caos y lo accidental el afán por lo ordenado y lo predecible, explicando cada una a su modo la estupidez, el vacío, la enfermedad y la muerte pero llenando también nuestra experiencia de belleza, de inteligencia, de poesía, de vida, de esperanza y de sentido. Lo más intenso de esa relación entre la Física y la Metafísica es que en su centro tiene esa imprescindible regla matemática que anuncia que el orden de los factores no altera el producto: si a la deformación fundamentalista del pensamiento religioso (que es, después de todo, una de las formas vulgares de la metafísica -me refiero al fundamentalismo religioso, no a la religión en su conjunto) se le opone la posibilidad de entender la vida y el universo que la contiene mediante la comprobación científica de su lógica, sus medidas, su inherente belleza y su orden aparente, a la deformación fundamentalista del pensamiento científico, el cientificismo, habrá que oponerle la posibilidad de pensar la vida (y de ahí la cita que abre este texto, de un Bachelard también preocupado, ya en los años 60 del siglo XX, por cuestionar el cientificismo psicoanalítico) desde la ensoñación y la poesía y sobre todo desde una inteligencia que acepte que sin Física y sin Metafísica no hay inteligencia posible.

Negar la preeminencia de la ciencia como “verdad” no significa negarla como disciplina ni como devenir del pensamiento o del conocimiento; útil, fantásticamente útil, pertinente en más de un sentido y piedra fundacional de la cultura humana. Es y seguirá siendo, tanto como la ha sido la religión, tanto como lo ha sido el arte, tanto como lo es la medicina tradicional o la mecánica empírica y tanto como lo han sido los juguetes que tuvimos cuando niños, entre infinidad de otras cosas. En todo caso, negar la “verdad” de la ciencia es traer a colación los más altos de sus principios fundacionales: la duda, el desafío, la pulsión de saber y la necesidad de traer luz a las muchas oscuridades que aún hoy, posmodernos e hiper-tecnológicos, padecemos. Y hoy, sobre todo, la necesidad de traer luz al oscurantismo cientificista que en la actualidad nos hace parecer más tontos, más vulnerables y mucho menos sofisticados de lo que somos como humanidad.

Nota:

1 Parafraseo aquí a Joseph Heath (Profesor de filosofía de la Universidad de Toronto) y a Andrew Potter (del Centre de recherche en éthique de l’Université de Montréal). No se piense que la crítica al psicoanálisis es berrinche mío o de ellos, ni nada particularmente nuevo en el mapa de la semiótica del siglo XXI. Por el contrario, la caracterización del psicoanálisis como “ciencia” y la crítica de esa caracterización es con mucha probabilidad uno de los hitos del análisis semiótico y cultural más relevantes de nuestro tiempo, en especial por la proliferación, principalmente en los países occidentales, de profesionales del psicoanálisis que ofrecen sus servicios desde una perspectiva acrítica hasta lo imposible, pseudocientífica (o si se prefiere, cientificista), deliberadamente correcta en lo político en boga (dado el simpático acogimiento del psicoanálisis por parte de la más rancia izquierda bien pensante como piedra de toque de más de la mitad de su discurso) y casi fraudulenta. Cita en The Rebel Sell, Why The Culture Can’t Be Jammed, Harper Perennial, 2005.

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