Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

La diferencia entre fantasía y realidad

“La vida está tejida con el mismo material del que están hechos los sueños”, sostiene la célebre cita de Shakespeare. Y nadie puede rehusarle a los sueños su natural pertenencia al reino de la fantasía. De modo que la vida está tejida con el material de la fantasía. Por más que nos propongamos habitar en un “mundo real”, no podemos sustraernos del mundo de la fantasía. La propia evolución de la ciencia da cuenta de la equivalencia que existe entre el universo humano y el universo de la fantasía: la que ahora se admite como una verdad científicamente verificada, mañana compondrá una teoría rebasada. ¿Dónde ubicar entonces una clara frontera entre la realidad y la fantasía? Tan cercano resulta su parentesco que la tentación de asimilar una a la otra se antoja una salida natural de las cosas. No gratuitamente otra cita clásica y famosa, ahora de Calderón de la Barca, describe esa salida con la sencilla elocuencia de los eventos plausibles: “la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. O lo que es igual: la vida es fantasía, y la fantasía, fantasía es. Y como sabía a la perfección Lewis Carroll, en el maravilloso país de la fantasía tarde o temprano todos los significados llegan a revelarse intercambiables, y nada es cierto, salvo que las verdades de hoy son las mentiras de mañana.

En su amena búsqueda de una verdad eterna y trascendente, Borges operó el prodigio de cobijarlo todo -literalmente todo- bajo el manto polisémico de la literatura fantástica. Pero el mismo Borges se percató que ésa constituía una falsa respuesta; una respuesta enmarcada dentro de la manía autorreferencial del idealismo filosófico, que termina disolviendo la existencia humana y del universo en una suerte de endiosado juego mental. Borges incorporó todas las actividades humanas y, de hecho, al universo entero en el árbol inconmensurable de la literatura fantástica, para luego observar que esa incorporación constituía una trampa; una observación que efectuó, naturalmente, valiéndose de la propia literatura fantástica.

El autor de El Aleph no encontró una verdad eterna y trascendente, pero en el afortunado continente literario que levantó durante su búsqueda nos ofreció decenas de verdades humanas que seguramente seguirán vigentes mientras haya seres humanos en el planeta, y aun fuera de él. Quizá en algún momento pensó: si la fantasía no lo comprende todo, ¿dónde se ubica la frontera entre la realidad y la fantasía? Sospecho que encontró la respuesta en Chesterton, ese genial escritor inglés que, como el propio Borges, hacía realmente literatura en clave filosófica, no como el eslogan publicitario presume de cierto escritor mexicano contemporáneo. Para Chesterton la frontera entre la realidad y la fantasía se localiza en un punto hacia el que todos nos encaminamos: la muerte. O mejor: el asesinato. Por eso pergeñó historias policiacas. Todo resulta debatible, menos que fulano murió tal día, a tal hora, en determinado lugar y de determinada forma, auxiliado por esa o aquella mano asesina. No dudo que Borges disfrutara el agradecible humor de Chesterton, pero estimo que disfrutó más esa conclusión filosófica, que por lo demás viene de viejo: nada es cierto, salvo que un día vamos a morir. No cabe duda que ésa establece la única frontera inobjetable entre realidad y fantasía. Porque un día moriremos, tenemos la obligación de volvernos reales, así sea a fuerza de fantasía, la única fuente, como hemos visto, de nociones para vivir con que contamos. Una realidad, esta última, que lejos de justificar a quienes defienden sus creencias fantásticas como si fueran verdades probadas, demuestra que no hay creencia fantástica que pueda presentarse como una verdad probada. Puede presentarse como un acto de fe, pero la fe no se asienta en una verdad probada, sino en una verdad imposible de probar.

Por lo mismo que la muerte fija la frontera entre realidad y fantasía, resulta bienvenida en la fantasía, pero no en la realidad. De Shakespeare a Tarantino la muerte puebla las fantasías que construimos para orientar nuestras vidas, pero orquesta un hecho lamentable en el mundo real. En ánimo surrealista podemos desear salir a la calle y echar una bomba, pero conviene no perder de vista que la muerte es lo único que, a final de cuentas, diferencia la fantasía de la realidad.

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