Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

La cultura en la era digital

Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) tienen un impacto creciente en la cultura. Los ejemplos abundan, pero basta mencionar la manera en que las TIC han producido cambios sustanciales en la industria editorial, en la producción de música, películas y otros productos audiovisuales. Muchos consideran que ello coadyuva a oportunidades de cambio social, aunque hay razones para dudarlo. En cualquier caso, el tema es debatido dada su importancia, tanto por parte de actores gubernamentales, como no gubernamentales, incluyendo empresas y, por supuesto, en organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

De entrada, es sabido que la accesibilidad digital no es equitativa en el mundo y ello tiene que ver directamente con el nivel de desarrollo de los países. Así, las naciones menos desarrolladas son las más afectadas por la brecha digital puesto que para acceder a la red y a los servicios que en ella se ofertan, se requieren recursos materiales y humanos especializados. El analfabetismo digital hace su parte, y no sólo toca a los sectores más desfavorecidos, sino que se erige también en una barrera para la comunicación intergeneracional. Las TIC, a su vez, son desarrolladas por grandes corporaciones, y a pesar de los esfuerzos de los gobiernos por normarlas, aquellas disponen de enormes márgenes de maniobra para decidir reglas, recursos y contenidos, entre muchas otras cosas. Por si fuera poco, a privacidad de las personas es cada vez más acotada, puesto que las TIC determinan los criterios de acceso y uso de sus plataformas y servicios, condicionado ello, a que los usuarios les entreguen información confidencial.

La visión de la UNESCO

La UNESCO es uno de los actores llamados a desempeñar un papel central de cara al impacto que las TIC tienen en la cultura. Sin ir más lejos: tras los ataques terroristas contra Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001, la intolerancia y estigmatización respecto a ciertos valores y culturas parecían imponerse en el nombre de la seguridad. Cuando George W. Bush afirmaba, tras los atentados, que quien no estaba con EU estaba contra él, parecía condenar al mundo al negar la diversidad y la coexistencia, justo en momentos en que la globalización visibilizaba la riqueza cultural existente en el planeta.

La UNESCO fue el foro en el que se dio a conocer, en 2002, la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural, que en su primer artículo apunta que la diversidad cultural es patrimonio común de la humanidad y añade que “la cultura adquiere formas diversas a través del tiempo y del espacio. Esta diversidad se manifiesta en la originalidad y la pluralidad de las identidades que caracterizan los grupos y las sociedades que componen la humanidad. Fuente de intercambios, de innovación y de creatividad, la diversidad cultural es, para el género humano, tan necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos. En este sentido, constituye el patrimonio común de la humanidad y debe ser reconocida y consolidada en beneficio de las generaciones presentes y futuras”.¹ También señala que las políticas que favorecen la inclusión y la participación de todos los ciudadanos garantizan la cohesión social, la vitalidad de la sociedad civil y la paz. Definido de esta manera, el pluralismo cultural constituye la respuesta política al hecho de la diversidad cultural. Inseparable de su contexto democrático, el pluralismo cultural es propicio a los intercambios culturales y al desarrollo de las capacidades creadoras que alimentan la vida pública”.²

Más adelante, la UNESCO apunta un mensaje contra la intolerancia cuando sostiene que “la diversidad cultural amplía las posibilidades de elección que se brindan a todos; es una de las fuentes del desarrollo, entendido no solamente en términos de crecimiento económico, sino también como medio de acceso a una existencia intelectual, afectiva, moral y espiritual satisfactoria”. ³

Pocos podrían estar en desacuerdo con lo anterior. El problema está en la voluntad para transformar una declaración en un compromiso ejecutable en las políticas de los Estados. Por eso el 20 de octubre de 2005, la UNESCO logró que se aprobara la Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, reafirmando así que la diversidad cultural es una característica esencial de la humanidad, amén de “exaltar la importancia de los conocimientos tradicionales como fuente de riqueza inmaterial y material, en particular los sistemas de conocimiento de los pueblos autóctonos y su contribución positiva al desarrollo sostenible, así como la necesidad de garantizar su protección y promoción de manera adecuada”.⁴

La convención incluye conceptos como contenido cultural, expresiones culturales, industrias culturales, políticas y medidas culturales, protección e interculturalidad. También, la convención dispuso la creación del Fondo Internacional para la Diversidad Cultural. Quedaba pendiente, sin embargo, el desafío de la era digital, tema que, si bien cabía en las conferencias de las partes⁵ de la citada convención, merecía lineamientos específicos, los cuales finalmente fueron establecidos el año pasado. La 6ª Conferencia de las Partes de la Convención de 2005 se llevó a cabo del 12 al 14 de junio de 2017, y en ella se aprobaron 145 lineamientos para su aplicación en la era digital. Se puso énfasis en el apoyo a nuevas formas de creatividad, al igual que a la distribución de obras artísticas y el acceso a diversas expresiones culturales. Se propuso la integración de la cultura a los planes y estrategias digitales de los países y el monitoreo de la evolución del mundo digital de manera conjunta con la sociedad civil.⁶

Delincuencia organizada

Hay retos que enfrentan los instrumentos auspiciados por la UNESCO. Además de la desigualdad en el mundo que determina que la cultura sea tratada de forma diferenciada y hasta marginal en las políticas nacionales, hay numerosos ilícitos al respecto. Baste mencionar que, según expertos, entre el 35 y el 50% de las obras de arte que circulan en el planeta tienen algún “problema” de autenticidad. El tráfico ilícito de bienes culturales, incluyendo los arqueológicos, paleontológicos y artísticos, ocupa el cuarto lugar a nivel global, entre las actividades más lucrativas de la delincuencia organizada, sólo superado por el tráfico, de estupefacientes, el de armas y el de personas. La UNESCO lo valora entre los tres mil 400 y los seis mil 500 millones de dólares por año.⁷

La cultura en la era digital

En el decenio 2004-2013, el comercio de bienes culturales creció de manera exponencial pese a la recesión económica, siendo en 2013 de 212 mil 800 millones de dólares, casi el doble del monto registrado en 2004. ¿Qué tipo de bienes culturales fueron más comerciados? La UNESCO explica que el arte y las artesanías han atraído con más fuerza el interés de los consumidores. La compra de joyería de oro se disparó al igual que la de esculturas, estatuas y pinturas. ¿Qué bienes culturales van en picada? La música, las películas, los diarios, revistas y libros están entre los productos que, al ser ofertados de manera digital, han perdido terreno en su versión “física”. Aun así, la venta de libros impresos creció 20% en dicho decenio.⁸

La cultura tiene un valor comercial crecientemente importante. Con todo, más allá del lucro la cultura importa por otras razones, si bien es innegable que la globalización la coloca sobre todo en un plano comercial, relevante porque se puede monetarizar. Más allá de ello, las cifras de la UNESCO sobre el dinero que reporta a la economía mundial el comercio en bienes culturales han sido impugnadas, dado que miden productos terminados, no así las cadenas de valor que intervienen en la creación de los productos culturales.

Fotografías / MLT

Una metodología refinada

Los bienes culturales, a grandes rasgos, son distintos de otros productos en el sentido en que, si bien satisfacen necesidades humanas, lo hacen en términos inmateriales. Hay que recordar que los “bienes culturales” no se producen por generación espontánea. Hay diversos actores que intervienen en su creación, lo que en el ámbito de la ciencia económica se denomina “cadena de valor”. Así, en la cadena de valor intervienen actores que no son los creadores del bien cultural, pero que producen los insumos requeridos para dicho bien. Por ejemplo se puede mencionar que un libro es escrito por un autor o autores, pero para su publicación se requieren numerosos insumos como papel, programas de formación de la obra y tintas, entre otros. Ahora bien, si el libro es digital, también se requieren numerosos insumos tecnológicos para que, al final, el texto esté disponible en línea. La UNESCO reconoce a los insumos involucrados en la generación de productos culturales, como “industrias auxiliares de bienes y servicios culturales”, indispensables para producir el producto final.

¿Por qué es importante este tema? Los “intermediarios” –para ponerles un nombre– que hacen posible que un producto cultural, el que sea, llegue a manos del consumidor final, no tienen un valor simbólico, sino económico. En otras palabras: si la República Popular China, México o Estados Unidos son incluidos en las estadísticas como productores y exportadores de bienes culturales, falta dilucidar la diferencia entre quienes producen los “insumos” y quienes generan el producto cultural. Es decir: si los países generan bienes culturales, ello no significa que igualmente estén desarrollando capacidades para producir bienes y servicios culturales per se. Y aquí es donde subyace el problema metodológico en torno a quién produce qué. Las estadísticas de la UNESCO no miden la procedencia de la computadora, la televisión o el teléfono móvil a través de los que el usuario accede a un libro, una producción discográfica o una serie de TV. Así, hay un divorcio entre los productores de las tecnologías y los que generan los contenidos. La UNESCO sólo documenta los contenidos en sus estadísticas, lo cual podría llevar a conclusiones inexactas respecto a las tendencias en el comercio global de bienes culturales.

No hay que perder de vista que las metodologías “que emplea la UNESCO en el informe sobre comercio exterior de bienes y servicios culturales proporcionan elementos para tener cautela al interpretar los datos. Por ejemplo: 1) se afirma que los datos estadísticos de comercio exterior priorizan las categorías físicas de los bienes y no la procedencia industrial, imposibilitando delimitar con precisión los datos de los bienes culturales de los que no lo son; 2) no existe certeza del país de origen del bien tratado; 3) quizá la mayor parte del comercio de bienes y servicios culturales se realice entre grandes corporaciones y quede fuera de las mediciones de la UNESCO; 4) el valor de las exportaciones puede estar devaluado; y 5) es imposible detectar el comercio internacional en soportes electrónicos (Buquet, octubre-diciembre 2008).⁹

Reflexión final

Los esfuerzos por documentar la importancia de la cultura en la era digital son encomiables, pero existen numerosos factores a considerar en mediciones futuras, un poco a la usanza de lo que se conoce como “ingeniería inversa”, esto es, dilucidando los componentes que integran un bien, al igual que sus orígenes, independientemente del país que exporta el producto final.

Más importante es analizar los márgenes de maniobra de los creadores, en diversas partes del orbe, muchos de quienes no pueden acceder a las plataformas de distribución de productos culturales crecientemente dominadas por las grandes corporaciones. Un ejemplo es la producción de los episodios de “Los Simpson”. Si bien guiones, contenidos, voces y el layout son hechos en EU, la animación y coloreado de los personajes y sus escenografías son hechos en Corea del Sur. Con todo, en el mundo “Los Simpson” es considerado como un producto de Hollywood y tampoco se reconoce la contribución del país asiático –básicamente por consideraciones salariales/presupuestales.

Lo anterior sugiere que las condiciones de producción y apropiación de los productos culturales reflejan las profundas desigualdades en el mundo. Quedan pendientes aspectos tan centrales como la producción de las capacidades requeridas para que todos los actores, especialmente los creadores –incluyendo a los de comunidades tradicionalmente marginadas– puedan participar en condiciones menos desfavorables en el mundo. No hacerlo, podría significar una involución al crecer la exclusión y la desigualdad de parte de quienes controlan el comercio de los bienes culturales frente a los genuinos creadores de los mismos.


Notas:

1 UNESCO (2002), Declaración universal sobre la diversidad cultural, París, Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, p. 4.
2 Ibid.
3 Ibid.
4 UNESCO (20 de octubre de 2005), Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales, París, UNESCO, en http://www.unes co.org/new/es/culture/themes/ cultural- iversity/culturalexpressions/ the-convention/ convention-text/
5 Se llevan a cabo cada dos años.
6 UNESCO (14 de junio de 2017), Perspectivas culturales: desafíos de la era digital y una sociedad civil más fuerte, París, UNESCO, en https:// es.unesco.org/creativity/news/ perspectivas-culturales-desafios- de-era-digital
7 Clarín (19/03/17), “Tráfico de bienes culturales: las claves del cuarto comercio ilegal del mundo”, en https://www.clarin.com/suple mentos/zona/trafico-bienes- culturales- claves-cuarto-comercioilegal- mundo_0_SJmYyaKix.html
8 UNESCO (10 de noviembre de 2016), Los bienes culturales, un vector económico en la era digital, París, UNESCO; https://es.unesco. org/news/bienes- culturalesvector- economico-era-digital
9 Ibid.

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