Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

La creación de un signo nuevo

Imaginemos por un segundo que nos encontramos en los albores de la producción de un signo, de un significante desconocido y novedoso, signifique eso lo que signifique. Vivimos es un momento de la historia del signo en el que su construcción parece carecer de génesis; es decir, una época en la que el signo parece dado por sentado y no pareciera haber espacio para la conformación semántica de signos nuevos, sino apenas, tal vez, espacio para la conformación intermedial de los signos existentes. Esto lo discutiremos más tarde, claro, pero por ahora imaginemos que nos encontramos confabulando para la creación de un signo nuevo, un significante nunca antes visto: la conformación de la imagen, la grafía, la palabra, el espacio semántico de algo que antes carecía de él.

Podemos dar por sentado que la noción de que “las cosas no existen si no se les nombra” es primordialmente subjetiva, política la llamaría yo, y tiene su origen en cierta adoración por la palabra -adoración supersticiosa, no cabe duda, pero atávica de tal manera que aún hoy repercute en la cultura humana toda-. Como signo, pero también como sema, la palabra implica un acuerdo tácito (del que ya hemos hablado anteriormente) e implica una integración social, una comunidad de significado de la que, en todo caso, carecen otras representaciones semánticas más sujetas a los caprichos de la interpretación, aunque todas lo estén. La palabra implica pero contiene al mismo tiempo; define nominalmente pero representa y excluye al mismo tiempo. Materia compleja, la palabra desata en el imaginario humano una cualidad presencial, cuasi molecular hemos aprendido a pensar; y no es casualidad que, así como la biblia declara que en “el principio era el verbo” (es decir, que el universo surgió de una palabra), las causas sociales abracen la simplona idea de que la aparición de palabras en las leyes dotan de presencia corpórea o de esperanzadora obligatoriedad a las más postergadas nociones de justicia.

Tenemos fe en las palabras, pero la verdad de las cosas es que también tenemos fe en los hechos. A los hechos les otorgamos un carácter transformador, una especie de eco atemporal. Las más contundentes nociones de progreso -o de progresión, en todo caso, sin ese tufo a tierra prometida que contiene la idea del progreso- están basadas en una concatenación de hechos convertidos en referentes casuísticos de su relato: a cada hecho se le considera un hito, al siguiente consecuencia del anterior, y a todos se les unge con una noción de lección aprendida, que a la larga o hace más esperanzador el futuro o hacen más escandalosos e inexplicables los fracasos y las regresiones. Probablemente la forma más ingenua del optimismo sea la que reza que “las acciones hablan más fuerte que las palabras”. Lo cierto es que las acciones, los hechos, como tales dependen de las palabras como fuente única de su relato y como fuente única de su interpretación; solo pueden “hablar” a través de las palabras. Casi valdría decir que no hay hecho que en su relato no esté editorializado, por usar un término mediático que hoy nos es cercano a todos. Valdría también decir que no hay hecho sin relato; incluso los propios hechos, las propias acciones, son comunicables únicamente a través del propio relato o del relato de quienes los atestiguan; relato siempre subjetivo, anecdótico, simplificado o complejizado exprofeso. Hecho y palabra, acción y relato, van de la mano particularmente si a cualquiera de los dos se le quiere imponer un carácter trascendente, transformador. Es decir, si se les quiere dar un carácter político.

La verdad de las cosas (y me atrevo a desilusionar al lector que, gentilmente, había aceptado mi invitación a inventar una sema de la nada) es que a la conformación del signo sigue una progresión, si no “lógica” -porque no siempre lo es- sí conceptual. La conformación del relato requiere un precedente, un relato previo; tal vez no que lo justifique, pero sí que lo dote de contenido, de “relleno” semántico. Es esa progresión la que hace imposibles las ideas de “originalidad” o de “creatividad”; por lo menos en sus significados llanos. No hay un nuevo relato que no sea la versión de un relato antiguo, ni narrativa que no sea el eco de alguna de las grandes narrativas que, desde la invención de la palabra y del relato, nos hemos venido contando más o menos para ampararnos semánticamente ante lo mismo: la muerte y la vida, lo conocido y lo incognoscible, lo incontrolable y lo que creemos controlar. Indagar cuál fue la primera palabra que vino a la cabeza del ser humano en su caracterización evolutiva actual es tan irrelevante como indagar cuál es la primera palabra que dice el hijo de la vecina: “papá”, “mamá”, o “váyanse todos a la mierda”. Tal vez sea más tranquilizador saber que el antecedente más directo de la palabra era apenas una sílaba alargada, articulada como un canto o como un lamento, con la que los neandertales se comunicaban la perplejidad de estar vivos.

De hecho, la única génesis posible de una sema está en un deseo previo de comprensión -deseo, necesidad, o el estímulo volitivo que el lector guste enunciar-. Es curioso que hoy una de las formas más usadas de comunicación, Internet, esté acudiendo a una síntesis de estructuras semánticas que, en su conjunto, parecían imposibles de ser sintetizadas apenas hace medio siglo, sobre todo si no se tenía una cierta cantidad de recursos e infraestructura necesarios para efectuar esa síntesis. El universo multimedial (uso la idea “multimedial” para distinguir el ámbito ontológico del concepto del ámbito más pragmático del objeto “multimedia”) de los años “álgidos” del fenómeno de la comunicación de masas en el siglo pasado exigía un despliegue de recursos tangibles, de plataformas y soportes que elevaban cualquier esfuerzo comunicacional más o menos serio a una circunstancia de élite. Por supuesto, este problema no era nada nuevo: la necesidad de control de los contenidos y de la imaginería que subyace o se obvia en ellos es parte fundamental de la construcción de poder y pueden encontrarse ejemplos de ello en prácticamente cualquier momento de la historia humana, desde las civilizaciones antiguas a los procesos coloniales o las dictaduras modernas. De hecho, lo que hoy llamamos “multimedia” es únicamente la concreción en un solo espacio de plataformas y soportes que llevan años afectando el imaginario colectivo de forma pretendidamente “separada” (imágenes, texto, sonidos, movimientos, diseño, color, ritmos, musicalidades, espacios delimitados, experiencias táctiles, etcétera) y cuya síntesis ocurría previamente solo a un nivel íntimo (es decir, en la conjunción final que de casi cualquier impulso tiende a hacer la mente y a la que llamamos “la comprensión” o “el significado”) o a un nivel colectivo y objetivado (es decir, lo que llamamos “el discurso” y la comprensión colectiva que nace de su reconocimiento).

Probablemente lo más fascinante de esta síntesis sea su recurrencia en la historia y, al mismo tiempo, la sensación de novedad que surge de ella, también recurrente. Pensaba hace un momento en la caracterización de la imagen barroca mexicana que hace Serge Gruzinski en La guerra de las Imágenes: particularmente, la tensión entre el contenido surreal de la representación del hecho milagroso en la imagen destinada a diversos niveles de evangelización y la comprensión del universo metafísico por parte de aquellos a quienes va a evangelizarse y que, al mismo tiempo, producen o reproducen la imagen (en aquel entonces, claro, un México predominantemente indígena al que, desafortunadamente para el campo de los significados, siempre tendió a generalizársele).1 Gruzinski pone un especial énfasis en la aparición de la explicación textual dentro de la imagen barroca; los textos aleccionadores y explicativos que, como notas al calce, pasaron a formar parte del objeto de arte e, incluso, de las formas escolásticas del hecho artístico en sí mismo. Esta doble sema en un solo objeto significante no deja de recordar las formas del meme de Internet y de otros diversos objetos culturales que hoy caracterizamos fervientemente como “multimedia”, ni de evocar incluso su carácter “evangelizador”; es decir, su necesidad intrínseca de consenso alrededor de una idea particularmente sintética y probablemente también, predominantemente ideológica en el sentido más hostil de la palabra.

Hostil porque tal vez nos encontremos en los albores, cuando no justo en el medio, de una era en la que el mundo de las ideas solo sea parte de un universo que lo abarca todo: el del afán de imponerse al otro. La mayor parte de las veces, incluso, de manera violenta.

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