Cinque Terre

Federico Cendejas Corzo

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Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea, académico y comunicólogo

La censura literaria y la Santa Inquisición de nuestro tiempo

Hoy en día, en medio de este mundo globalizado, en el que se genera una enorme cantidad de información y en el que el acceso al conocimiento está al alcance de un clic, es de sorprender que diversos grupos tanto los que se adscriben al bando de los conservadores (o derechistas, religiosos…) como al de los liberales (o izquierdistas, socialistas…) censuren, como en la Edad Media, expresiones artísticas y culturales. Pinturas, fotografías y esculturas han sido retiradas de museos y exposiciones por considerarles políticamente incorrectas. A un gran número de películas y series le ha pasado lo mismo en distintos lugares alrededor del mundo.

Por supuesto, la literatura no está exenta, y al formar parte del acervo artístico universal, ha sufrido, a lo largo de la historia, de la implacable censura a la que me he referido.

Es de todos bien conocido que la censura no es nueva y que, por el contrario, desde tiempos muy antiguos se tienen datos que permiten asegurar que ya existía desde el momento en que surgió la escritura hace miles de años.

Por supuesto, dicha práctica llegó a su cumbre en los tiempos medievales, con la aparición de la Santa Inquisición en el siglo XII, institución que extendió su reinado del terror hasta el siglo XVIII, en el que, gracias a las reformas borbónicas, fue abolida. Claro que la Inquisición es responsable del enorme atraso de Europa Occidental, en lo que a ciencia y tecnología se refiere, sobre todo de los siglos XII al XV, pues es justamente en este último cuando la reforma protestante deslindó a diversos países, sobre todo del norte de Europa, del poder del Vaticano y de su malévola “policía del alma”, y que permitió, entre otros acontecimientos, como el mal llamado “descubrimiento de América” o la invención de la imprenta de tipos móviles que la Edad Media terminara y diera paso al Renacimiento.

Prácticas como la quema de libros y pinturas y la sentencia de muerte en la hoguera para artistas, filósofos y científicos, propias de la institución a la que he referido parecen estar reviviendo en nuestros días para volver a oprimir y controlar aquello que nos debe ser permitido leer y ver.

De un muy corto tiempo para acá se han empezado a sacar del plan de estudios a autores clásicos de la literatura estadounidense como Harper Lee, con su novela Matar a un ruiseñor, o a Mark Twain y su aclamado relato, Las aventuras de Huckleberry Finn, ambos acusadas de utilizar un lenguaje racista. Este caso está documentado en el distrito de Duluth, Minnesota, apenas este año.1 Sin embargo no es el primero ni será el último.

También han existido voces capaces de promover la censura en contra de Romeo y Julieta o Hamlet de William Shakespeare, en el mismo Estados Unidos. El primero por “promover” el suicidio y el segundo por su extrema violencia. Parece cosa de risa, pero no lo es. Este caso incluso llegó a aparecer en un capítulo de la serie televisiva “The Fosters”, de la cadena ABC Family y cuya productora ejecutiva es Jennifer López. En México la serie está disponible en la plataforma de Netflix. El capítulo al que refiero expone la problemática y argumentos de los padres de familia de la escuela de los protagonistas que están en contra de que se represente el drama clásico de Romeo y Julieta, precisamente por el tema del suicidio y de sostener relaciones amorosas a temprana edad.

Hay que resaltar que no sólo los clásicos han sido motivo de escarnio y censura; obras contemporáneas como La casa de los espíritus de Isabel Allende o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury han sufrido de la prohibición en diversas ocasiones y por medio de distintas instituciones y grupos, sobre todo en Estados Unidos.

Habrá que decir que México tampoco ha estado exento de la censura literaria, basta con recordar el caso de la polémica del año 2001, en la que al entonces Secretario del Trabajo, Carlos Abascal le pareció “inapropiado” que su hija de secundaria fuera encomendada a leer por su maestra de español la novela corta Aura, de Carlos Fuentes. En ese momento la profesora fue despedida y el debate llegó a diversos medios de comunicación.2 Claro que, después del escándalo, las ventas del libro se dispararon al extremo de vender 20 mil copias semanales, según el propio autor, fallecido en 2012.

A la lista se puede agregar un sinnúmero de títulos y autores, con una igual cantidad de razones, en muchos casos muy debatibles y en otros tantos, completamente absurdas, con las que ni vale la pena discutir.

Por su alto contenido sexual, han sido censurados libros como Lolita de Vladimir Nabokov, Memorias de mis putas tristes de Gabriel García Márquez, Mademe Bovary de Gustave Flaubert, Anna Karenina de León Tolstoi, Trópico de cáncer de Henry Miller, y sí, créanlo o no, el mismísimo Diario de Ana Frank.3

Fotos: El partido Nazi quema libros en Berlín y 22 universidades de Alemania

Debido a motivos francamente tan inverosímiles como “que los animales hablan y eso no es natural” o que “invitan a la niñez a drogarse” (en los casos de los relatos fantásticos) se han censurado libros como, Winnie Pooh de A. A. Milne, La telaraña de Charlotte de E. B. White, Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll y Donde viven los monstruos de Maurice Sendak.4

Estoy seguro de que las listas y ejemplos anteriores no son ni una ínfima parte de la enorme cifra de libros que han sido censurados en los últimos años por instancias diversas y gracias a muchos motivos.

Por supuesto que llego a diversas conclusiones con la situación actual de la censura y lo políticamente correcto; la primera de ellas tiene que ver con que seguramente los censores no leen mucho, pues, si lo hicieran, habría muchos más títulos censurados. En este sentido, a veces, la idea que ya muchos han repetido llega a mi mente: “deberían prohibir la lectura y de ese modo la gente leería”. Para muestra un botón, el caso que recién cité de Fuentes, y muchos otros que tras la prohibición se vuelven indiscutibles éxitos de ventas.

Esta situación me lleva a pensar que son las instituciones que se ofenden y escandalizan con un libro las de los malos pensamientos, y que, al igual que ocurre con la Santa Inquisición, son sus mentes retorcidas y perversas las que tergiversan los mensajes y en muchas ocasiones “sobreinterpretan”5 los sentidos que las obras literarias quieren comunicar.

Por ello, pienso que toda esta desbandada de corrección política se empieza a parecer a la institución medieval que he mencionado pues, a diferencia de los regímenes tiranos y dictatoriales modernos (ejemplos como el franquismo, el nazismo, el comunismo, entre algunos otros, que son movimientos bien conocidos por sus políticas censoras), la Santa Inquisición, más allá de querer una adhesión ideológica, tenía por objetivo la salvación de las almas de los infieles por medio del sufrimiento físico, que expiaba sus pecados; es decir: la Inquisición tenía intenciones puramente morales y aunque la política y la ideología tenían que ver en muchos casos, no eran el objetivo principal.

Lo mismo pasa ahora, y la hoguera del ojo público en redes sociales y demás foros que Internet ha traído y sigue trayendo a nuestra vida, se ha convertido, por un lado, en uno de los más despiadados inquisidores y, por otro, en un espacio donde se confunde libertad con libertinaje, donde abundan críticas e insultos sin fundamento, información falsa y, claro está, miles de perseguidores moralistas de lo que debe ser correcto y no.

Yo quisiera recordarle a todos aquellos que vean en un libro clásico o contemporáneo una amenaza a la moral y a las buenas costumbres (o un incitador y pervertidor de la juventud), que las obras de arte son un reflejo de la sociedad que las ha producido y una huella imborrable de la condición humana. Censurar a clásicos como Romeo y Julieta es quitarle una parte fundamental de su historia al hombre, pues si bien es un texto de ficción, refleja la manera en que el ser humano se comportaba en el siglo XVI. Censurar libros contemporáneos como Memorias de mis putas tristes me recuerda al refrán que dice: “querer tapar al sol con un dedo” y cegarnos ante realidades crudas y difíciles que no desparecerán si no las volteamos a ver, por el contrario, se deben exponer las carencias sociales para poder combatirlas, además de que la experiencia estética presente en la contemplación o lectura de la decadencia siempre será importante para formar el criterio y atravesar procesos de madurez.

El arte en general y la literatura en particular se configuran en un testimonio fidedigno de la realidad humana que refleja y denuncia aquello a lo que todos los seres humanos nos enfrentamos en el día a día. Asesinato, muerte, discriminación y sufrimiento no pueden ser desterrados del arte, por el contrario, las situaciones críticas son aquellas que más fuertemente generan expresiones culturales, precisamente porque al enfrentarse a ellas el ser humano no entiende nada. El arte puede ser la vía de escape y también la vía al conocimiento de aquello que nos duele.

No podemos ir ciegos por el mundo, ignorándolo todo e insultando al otro sólo por pensar diferente. Tampoco podemos satanizar piezas artísticas que nos retan o lastiman. Que en secundarias y preparatorias se lean textos clásicos y contemporáneos se constituye como una herramienta didáctica que permitirá a los alumnos reflexionar y tener un pensamiento crítico. No podemos pensar que desterrar ciertos títulos sea la manera de desaparecer el mal y la violencia a la que se enfrentan todos los días los adolescentes, pero sí puede ser una manera de que la vean, la conozcan y reflexionen sobre ésta, y sobre todo de que construyan su propia identidad, con criterios desarrollados, trabajados y, en el mejor de los casos, que puedan tener razones y argumentos que respalden puntos de vista responsables.

Además, he de recordarle a todos aquellos paladines de lo políticamente correcto: la mejor publicidad que le pueden hacer a un libro es, precisamente, prohibirlo. Se los dejo de tarea.


Referencias:

1 Véase: “Prohíben clásicos de Mark Twain y Harper Lee en escuelas de EEUU por racistas” en Infobae del 13 de febero de 2018, disponible en: https://www.infobae.com/america/cultura-america/2018/02/13/prohiben-clasicos- de-Mark-Twain-y-harper-lee-en-escuelasde- eeuu-por-racistas/ marzo de 2018.
2 Véase: la versión digital de Excélsior del 15 de junio de 2012, disponible en: http://www. excelsior.com.mx/2012/05/15/nacional/834376. Consultado en marzo de 2018.
3 Véase: Cueva, Christian (2014) “7 libros que fueron censurados por su contenido sexual”, disponible en: http://planetadelibrosmexico.com/7-libros-que-fueron-censurados-por-su-contenido-sexual/. Consultado en marzo de 2018.
4 Véase: Cueva, Christian (2014) “6 libros infantiles que fueron prohibidos por la censura”, disponible en: http://planetadelibrosmexico.com/6-libros-infantiles-que-fueron-prohibidos-porla-censura/. Consultado en marzo de 2018.
5 Umberto Eco, en su libro Interpretación y sobreinterpretación (1990) define el concepto de sobreinterpretación como el rebase de los límites interpretativos de un texto. En este sentido, el filósofo afirma que el texto marca diversos parámetros de análisis dados por elementos explícitos o claramente implícitos en la obra. La sobreinterpretación se da en el momento en el que empiezan a vislumbrarse situaciones de las que el texto carece y se comienza a llegar a conclusiones a las que, haciendo un acercamiento objetivo, jamás podría haberse llegado, pues la construcción artística misma no lo sugiere o permite.

Eco, Umberto. (1990) Interpretación y sobreinterpretación. Cambridge: Cambridge University Press.

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