Cinque Terre

Sergio Anzaldo Baeza

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Consultor y profesor de cultura y comunicación política de la UNAM.

La causa de lo causado. El fracaso neoliberal y las ilusiones en favor a AMLO

“…la voluntad humana nunca extrae
su fuerza de las sutilezas lógicas”.
Clausewitz

Me parece que el resultado electoral representa más la decepción en torno a los beneficios sociales del modelo neoliberal que le prometieron a las generaciones que sacaron al PRI de los Pinos en 2000, que una abrupta y endémica pejemanía nacional. En este sentido, AMLO no es la causa de lo causado. En todo caso, AMLO sería un efecto colateral al cual no se le puede atribuir exclusivamente el tsunami electoral, por lo que habría que hurgar para tratar de identificar y reconocer la causa primigenia de lo causado.

Foto: Audelino Macario

Bien mirado, el discurso de AMLO prácticamente no ha variado desde hace 18 años. Acaso en esta tercera campaña presidencial matizó el tono beligerante y se olvidó de las chachalacas que causaron tanto escozor en 2006, pero no mucho más. El discurso de AMLO se tornó socialmente empático porque en estos años la realidad le dio la razón: en este tiempo, la evolución del contexto sociopolítico viró, en buena medida, hacia donde apuntaban sus argumentos, críticas y postulados originales.

Esta desafortunada correspondencia de la realidad cotidiana de la mayoría de nuestros compatriotas con su discurso, evidentemente, no se percibe si sólo se atiende a los indicadores macroeconómicos que nos muestran un país pujante, en decidida marcha por la senda del crecimiento y estabilidad económica, acumulando estrellitas de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico). Al respecto la especialista financiera Bárbara Anderson en su artículo “Cómo estábamos a esta altura en otras elecciones” (Milenio, 27/6/18) nos recuerda que la depreciación del peso frente al dólar antes de la elección apenas fue de 4.4%, cuando en el mismo periodo de 2006 ascendió a 10.24%; la inflación promedio de este año es de 5%, mientras que en el mismo periodo del 2000 fue de 9.5% y de 3.63% en 2006; el IPC (Índice de Precios y Cotizaciones)de la Bolsa Mexicana de Valores era de 18 mil 491 puntos en 2006, que crecieron a 46 mil 908 antes de esta elección. Para seguir documentando el optimismo, no olvidemos que desde 2006, la tasa de desempleo ha bajado para situarse en 3.71% en mayo de este año, una de las más bajas que haya registrado. Si conjuntamos estas variables en una tabla dinámica de Excel con los índices de disminución de la pobreza, los avances de las reformas estructurales (educativa, energética y de telecomunicaciones), concluiríamos sin temor a equivocarnos que “lo bueno se cuenta poco, pero cuenta mucho”. Desde esta perspectiva cobran sentido y pertinencia los lemas de campaña que aluden al “cambio inteligente”, “México frente al futuro”, pero sobre todo “avanzar contigo”. Si vamos por el camino correcto, la prudencia aconseja no salirse de él para que lo bueno siga contando.

Pero como dice Campoamor:

En este mundo traidor
nada es verdad, ni mentira
todo es según el color
del cristal con que se mira

Tratemos de imaginar cuál es el ánimo con el que acudieron a las urnas las generaciones que sacaron al PRI de Los Pinos en 2000. Pongámonos en los zapatos de aquéllos que nacieron en 1976 ó después, y que en 2000 votaron Fox como un ajuste de cuentas al PRI y como una estrategia para mejorar.

Foto: Cuartoscuro

Imaginemos la vida de estas generaciones impulsoras y protagonistas de la alternancia política nacional en su dimensión dramática, es decir, en su dimensión personal que vive con anhelos y temores, y que en los últimos años han tenido éxitos y fracasos, y no sólo son representantes de una tendencia estadística. Imaginemos qué piensa una persona de 42 años que a los 24 votó por vez primera por un presidente que podía realizar un cambio significativo en su vida, empezando –claro está– por mejorar la solvencia de sus bolsillos. Imaginemos qué piensa esta persona cuando 18 años después, ya casado, separado, viudo, con hijos o sin hijos, sólo o acompañado, con familia o sin familia, se da cuenta que estaba mejor cuando estaba peor, es decir que cada día le alcanza menos con lo que gana. Supongo que esta es la intuitiva evaluación de la gestión gubernamental de las últimas tres administraciones por parte de estas generaciones si consideramos, con los datos del INEGI en la mano, que el promedio de la población pasó de recibir un ingreso per cápita mensual de 3 mil 426 pesos en 2000 a 3 mil 877 pesos en 2018, con la salvedad que en 2000 ese ingreso representaba 3 salarios mínimos al mes y ahora, sólo uno y medio.

Si traducimos estos indicadores a la banalidad de lo cotidiano, encontramos que cuando esta generación se inclinó por Fox, el salario mínimo era de $37.90 pesos diarios y alcanzaba para comprar casi 10 kilos de tortillas ó 6 de huevo, 18 años después el salario mínimo es de $88.36, pero sólo alcanza para comprar poco más de 6 kilos de tortilla y no da para 4 de huevo. Si nos referimos a la gasolina, que impacta en el transporte público y privado, el cambio es más dramático: en 2000, con un salario mínimo, se podían comprar más de 7 litros, ahora no alcanzan ni para 5 de magna. Así la generación del cambio ha ido sintiendo y resintiendo en sus bolsillos que algo no marcha bien. Podrían decir como Hamlet, algo huele a podrido en Dinamarca.

Imaginemos qué piensan quienes nacieron entre 1994 y 2000. Hoy tienen entre 24 y 18 años y acaban de elegir por vez primera un presidente. Esta generación, además de crecer en el contexto económico descrito, fue la que resintió el incremento de $3.00 a $5.00 del boleto del metro en CDMX, pero sobre todo, en los últimos 12 años (prácticamente en toda su vida adulta), han estado expuestos y, en muchos casos han sido víctimas, de la más sangrienta, cruenta y desaforada violencia civil que no tiene precedente ni parangón con ningún otro país.

Por si faltara algo a este explosivo coctel, la dura crítica de la que se valió Fox para hacerse con la presidencia en 2000, no se ha dejado de esgrimir como estrategia de lucha política, amén que las extravagancias, escándalos, acciones, estrategias de comunicación y campañas de lodo, comisiones y omisiones de los propios partidos y políticos han ahogado a la política en el total y absoluto desprestigio público. El arroz se fue cociendo lenta e inexorablemente.

Los incansables recorridos de AMLO le permitieron identificar y encauzar a su favor la insalvable distancia vital entre el optimismo derivado de los indicadores macroeconómicos del Excel y lo que Felipe Chao sintetizó como “Hartazgo, frustración y cólera social” del pueblo, o sea de la mayoría de la población. Su estrategia proselitista, que explicó la noche de su triunfo, fue clara y precisa: platicar con la gente para concientizarla de esta situación, señalar a los culpables y posicionarse como la única opción para revertir el estado de cosas.

Foto: Audelino Macario

En materia de comunicación política, su estrategia tuvo dos etapas claras y definidas: antes de que iniciara el proceso electoral, posicionar a los malos con su zoología fantástica, puercos, marranos y cerdos; y ya durante el periodo de precampaña y campaña presentarse como la única esperanza de que las cosas cambien de fondo y forma (de ahí la relevancia estratégica de no vivir en Los Pinos y de vender el avión presidencial) por la vía institucional. Animó a la gente a dar un salto al futuro para hacer un “cambio verdadero”, los invitó a hacer historia juntos. Aceptaron la invitación y se movieron el primero de julio.

Meade y Anaya intuyeron algo de esta inconformidad social, pero nunca ponderaron adecuadamente su magnitud. Meade intentó dar una respuesta con su tarjeta Avanzar Contigo que, por cierto, nunca quedo claro cómo funcionaría y Anaya con su ingreso básico universal, que muy tarde encarnó en una tarjeta proselitista. Ocupados en destruirse mutuamente, ambos cayeron en las trampas mediáticas de AMLO, como el aeropuerto, y nunca pudieron construir un posicionamiento atractivo para la clientela de AMLO, es decir, para el promedio de la población.

Por cierto, México no es el único país que ha padecido tsunamis electorales provocados por los altos costos sociales que se derivan de la receta neoliberal. De hecho, existen indicios de una generalizada revalorización del papel del Estado en la vida interna de muchos países, frente a la pretendida omnisciencia del mercado para regular la vida de las naciones y el planeta. Todo parece indicar que asistimos a un nuevo hito histórico que nadie sabe cuándo ni cómo va a concluir, pero que ya empezó.

AMLO no es la única causa de lo causado. Sin duda su sensibilidad política le permitió comprobar que el prestigio y éxito de un político reside, como bien apunta Hana Arendt en La promesa de la política, en su capacidad de ponerse en los zapatos de los gobernados. Si a alguien hay que agradecer la llegada de la cuarta transformación de la República es principalmente a los costos sociales del modelo neoliberal. Pareciera que el liberalismo social aún no está muerto.

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