Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

La casa de Norman Bates

“One need not be a chamber to be haunted, one need not to be a house. The brain has corridors surpassing material place.” Emily Dickinson1

Desde niña me apasionan las historias de horror; crecí admirando “La dimensión desconocida”, “Galería nocturna” y “Hitchcock presenta”. Comencé a venerar al maestro del suspenso porque se parecía a mi abuelo, así barrigón me hacía pensar que, antes de dormir, me contaría una historia de fantasmas. Contagié a mi hija el vicio por estas historias al grado de que a los cuatro años quería una fiesta temática de “Chuky”. Seguimos compartiendo la afición y disfrutamos juntas de películas como “Vértigo”, recientemente, vimos la película de Hitchcock, con Anthony Hopkins, que hace referencia a la época en que el director arriesga, incluso su propia casa, para llevar a la pantalla “Psicosis”. A ella como pintora, y a mí como amante de la narrativa, nos sorprendió la idea de que la mansión Bates estuviera basada en una obra del pintor Edward Hopper “House by the Railroad”.

La casa, nos dicen los expertos en simbología, es metáfora femenina. Un microcosmos que aloja vida. En Los arquetipos y lo inconsciente colectivo, Jung señala que en lo “maternal” la mágica autoridad de lo femenino se da la sabiduría y la altura espiritual, la fertilidad y alimento, pero también lo tenebroso, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo angustioso e inevitable. La escritora mexicana Valeria Luiselli tiene un cuento terrible llamado “Maternidad” mismo que se articula de pequeñas microficciones, baste la primera para entender este arquetipo de la madre terrible:

Hierve el caldo de pollo, el niño entra a la cocina.

-Mamá, tú y yo no somos iguales.

-¿Por qué?

-No somos iguales -repite, mientras se rasca las noblezas y se arrima a la estufa.

Lleva una semana tocándose constantemente.

Le pregunto si ocupa ir al baño, si quiere que lo lleve a orinar.

-Te voy a orinar a ti, mamá.

Le pego una bofetada y se me queda viendo, imperturbable. Jalo una silla, me lo siento en el regazo y me alzo el camisón para darle de comer.

Pero la casa lúgubre, mansión gótica, es un tópico inconfundible de la literatura del horror, basta recordar el Castillo de Otranto o la casa de los Usher, la más latinoamericana casa tomada, la televisiva casa de “Los Adams” o la cinematográfica “Amityville”. Casa ataúd de madre muerta. Los seres viven presos del útero fantasmal y, por una ventana, un resquicio o un simple agujero espían, se asoman, mirada que trasgreden para otear la vida de los otros. La casa gótica es una madre posesiva y cruel, como la madre de Norman Bates, el matricida, que no se puede despojar de la sombra materna, lo posee. El hotel y la casa Bates son el infierno.

Pero la casa de Norman Bates existe más allá de una novela, fuera de un cuadro o de la pantalla de cine.

La casa fue construida en 1885, cerca de la cima de una colina a la orilla oeste del río Hudson. Mucho tiempo fue una casa abandonada, los niños del barrio le apodaron embrujada. Durante la Primera Guerra Mundial fue refugio de vagabundos que dormían en los montones de heno en la cocina. En 1919 fue comprada por Thomas Gagan, entonces fiscal de distrito del condado de Rockland. Un atardecer su hija mayor, Amo, de trece años, espió intrigada desde la ventana de su alcoba a un hombre pintando sentado al otro lado de la carretera, era Edward Hopper. Por su parte, el artista la espiaba a ella y se adueñaba de su casa, la convertiría en un fantasma inmortal que viviría eternamente en el pequeño lienzo que, en ese momento, estaba montado en su caballete portátil y luego sería la primer habitante del Museo de Arte Moderno venerada como una obra dominante del arte del siglo XX americano.

En los años posteriores, “Casa junto al ferrocarril” se ha convertido en un ícono de la alienación que se deriva del “American Dream”. La imagen de la soledad se apodera del inmueble que experimenta, al pasar por el pincel del artista, varias amputaciones, por lo pronto, todo el lado derecho del edificio que deja a la torre central absolutamente sola, eliminó los cuartos traseros, los edificios circundantes, los árboles de la fachada. La casa se encuentra solitaria, pero sin un signo de abandono.

En 1960 Alfred Hitchcock eligió la casa de Hopper como modelo para la vivienda de Norman Bates y su madre en “Psicosis”. Ambos maestros, el pintor y el cineasta son, ante todo, narradores y voyeristas que se asoman a la psicología tortuosa de seres solitarios atrapados en un mundo que no han elegido, mirando desde una arquitectura asfixiante y enloquecedora. La casa en “Psicosis” no es solo un escenario para que la historia se despliegue, sino un personaje más que devora al protagonista.

En el siguiente link se puede ver la trayectoria que ha tenido el famoso inmueble que ha servido de escenario para múltiples historias de ficción: http://web.archive.org/web/20080123203322/http://www.geocities.com/nfb_418/timeline.html

El antecedente más importante de la casa/madre posesiva es La caída de la casa de Usher (1839) de Edgar Allan Poe, este cuento es una gran influencia de otros tantos cuentos de corte gótico como “El tapiz amarillo” (1892), de Charlotte Perkins Gilmans, donde una mujer recluida en una habitación con un papel tapiz amarillo que tiene dibujos de plantas parece estar vivo y poco a poco poseer a la protagonista; o la mansión de Otra vuelta de tuerca (1898) de Henry James, en la que una institutriz y los niños que cuida, son presas de la reclusión, los fantasmas y la locura que la casa induce. En cine este tópico se ve con claridad en “Los Otros” (2001) del español Alejandro Amenábar o en el hotel de la película “El resplandor” (1977) de Stanley Kubrick; “El bebé de Rosemary” de Ira Levins (1967) y desde luego en la novela de Robert Blochs “Psicosis” (1959) que servirá de base para la película de Hitchcock.

El principal atractivo de “Psicosis” es que combina dos edificios, tanto el gótico antiguo de la casa, como el nuevo gótico americano del hotel. Hay siempre algo pecaminoso en los moteles, por esa ruta la película también podría ser vista a la luz de lo que podríamos llamar la metafísica de los hoteles y los alojamientos esporádicos. La casa en la colina, podría ser un hotel viejo, y la película incluso inicia en una habitación de este tipo de edificio. Un ejemplo más reciente de este hotel-metafísica es, por supuesto, “El resplandor”. Lo siniestro ronda en estos lugares de paso, recámaras y corredores impersonales que son hogar de todos y de nadie, tal vez la palabra alemana unheimlich lo describa mejor, término que analizara con detalle Sigmund Freud y que significa algo que es familiar, pero al mismo tiempo extraño y aterrador. Una habitación de hotel es al mismo tiempo algo público y privado.

La casa en estas historias de horror tiene vida y conspira para sofocar a sus habitantes porque está conectada a la mente de sus protagonistas, refleja sus decadencias como las paredes que se desmoronan en la casa de los Usher, o la enredadera de papel que poco a poco se mimetiza con la mujer reprimida del “Tapiz amarillo” ¿Los fantasmas que rondan el hotel del “El Resplandor” son monstruos que surgen de la frustración de un escritor o de la imaginación de un niño? Pero sobre todo, la casa de Norman es dominante, el último vestigio de la madre que asesinó pero que vive en él mismo, se viste de la señora Bates para seguir matando a toda mujer que le recuerde la temible y fascinante condición femenina, su madre lo habita como la casa, se las calza para entrar de nuevo en el útero, un ataúd lúgubre y siniestro que lo regresa al origen.

Nota

1 Uno no tiene que ser una mansión para estar embrujado, no se necesita ser una casa. El cerebro tiene pasillos que superan cualquier lugar material. (La traducción es mía

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