Cinque Terre

Arouet

“La camioneta”

Ustedes han visto las cajas grandes de jabón para lavar ropa, yo recuerdo como entre sueños que siendo muy niño la pasaba sentado dentro de una de ellas, era de detergente Roma y ahí leía algunos de los libros que mi mamá vendía en la calle de Luis Pasteur frente al Sanborns que está en la esquina de la avenida Cuauhtémoc, en la Ciudad de México.

Yo tendría unos cinco años y nada entendía de las Cinco tesis filosóficas del presidente Mao, las tiras de Mafalda o Nacida inocente y Sara T, pero me entretuve horas descifrando ironías, fantasías y realidades que no eran mías; la mía era pasar la mañana en el kinder Jaime Nuñó de la colonia Guerrero y comer en el puesto de libros con mi mamá, hacer la tarea, vender periódico o billetes de lotería con Olga, una morena adolescente con cuerpazo de ensueño y leer, o más bien ojear también a Juan Salvador Gaviota o El vendedor más grande del mundo, también chutaba el balón en un pequeño prado que estaba a un costado de nuestro puesto.

A los cinco años, durante los primeros años de los 70 del siglo pasado (así como se lee) un niño podría tenerle miedo a un tiburón aunque apenas nadara en alguna alberca de Oaxtepec o El exorcista –ambos temas tenían su representación cinematográfica por aquellos tiempos– si uno reincidía en mal portarse no durmiendo temprano o apartando la boca de las lentejas con plátano o las sardinas bañadas de tomate con arroz blanco. Pero además yo le tenía miedo, y mucho, a “La camioneta”.

“La camioneta” era un vehículo blanco que llegaba de sorpresa con unos cuatro o cinco tripulantes a levantar todas las cosas de los vendedores, entre jaloneos, llantos e “hijos de su puta madre” por todos lados. Cuando eso sucedía yo cerraba los ojos dentro de mi caja de jabón Roma, y tapaba mis oídos con las manos.

“La camioneta” pocas veces cargó con nuestra mercancía, a los señores no les interesaban los libros sino que mi papá –que también era taxista– le entrara a Belén cantando y todo quedaba en paz, aunque al menos en dos ocasiones se llevaron todos los libros y sólo nos regresaron más o menos la mitad.

Yo vi cómo los señores de “La camioneta” arrastraban a señores o niños y a mujeres indígenas, “las Marías”, para llevarse juguetes de a peso, chupamirtos de la buena suerte y naranjas, nueces peladas y cacahuates; los arrastraban, literalmente de las greñas, como entonces se decía en el acto, como amenaza cumplida entre llantos y para mí lenguas incomprensibles (no olvidó a Sarita, pero esa niña es parte de otro relato, con todo y sus liendres que tanto me divertía reventar), y golpes. Muchos, por ejemplo cuando un vendedor de atole y tamales no quiso entregar su mercancía y fue abaratado a madrazo limpio y también con tubo y unas piezas enfundadas en los puños de los de “La camioneta” llamados “boxers”.

Yo no olvido esa golpiza ni el rostro lleno de sangre embarrada en el champurrado (y de vez en cuando lo recuerdo con mi mamá). Pero lo que no vi es lo que sucedió después, un sábado cuando muy temprano pasaron las autoridades de la delegación Cuauhtémoc a pedir mochila y muy pocos le entraron porque sabían que esa era la invitación directa para que llegaran los de “La camioneta”; me lo platicó Olga. Y pues que llegaron como a las diez y media de la mañana y que empiezan las corretizas y los gritos y los llantos y los insultos, y la gente que se metía al Sanborns o a una tienda que se llamó Athié. Algo pasaba sin embargo con los vendedores de tamales y atole que se miraban tranquilos cuando llegaron estos señores con palos y sus boxers, lo cierto es que cuando tuvieron cerca a los de “La camioneta” con movimientos intempestivos y rápidos cargaron el atole que estaba casi hirviendo y se los vaciaron a dos de ellos que comenzaron a arrastrarse de dolor, y a gritar. Me dijo Olga que los gritos se escuchaban hasta el Hotel Marbella a un lado del parque; mientras todo eso, la calle se vacío de vendedores y los tripulantes de “La camioneta” se fueron golpeados y al menos dos, severamente lastimados.

Al lunes siguiente como si nada hubiera pasado todos estaban vendiendo como siempre dispuestos a regresar cada madrazo, aunque ya no hubo más refriega por esos días, porque las autoridades nos expidieron permisos para vender, digamos que el único rastro de eso que pasó lo tenía en la cara don José, el papá de Sarita, con una charrasca que le cruzaba el ojo derecho hasta el lado izquierdo de la quijada. Aún recuerdo como entre sueños que ese lunes entré a mi caja, comí bien mis lentejas con plátano y leí algo de Arturo Cuyás, Hace falta un muchacho, creo que se llama .

 

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