Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

¿La batalla de los sexos?

Vamos en el coche y discutimos sobre el aborto. Una nota en el periódico nos pone a argumentar sobre el derecho que tiene un hombre o una mujer, o ambos, para disponer sobre conservar o no un bebé de un embarazo no deseado. No nos ponemos de acuerdo, pero el tema queda ahí, centellante como una luciérnaga que nos alerta, ha quedado encendida, pendiente. Varios días después en una comida dos amigas, madres de adolescentes comentan, mi hijo está desorientado, tiene 18 años y no consigue novia, es un chico gentil, heterosexual pero sensible (un pero que más que una virtud parece una disculpa). La otra comenta que su hijo tiene 13 años y se declara bisexual. Un amigo más comenta que existe una tendencia popular en Estados Unidos de educar a los hijos de forma neutra con relación al género, con el fin de permitirles que elijan, a su tiempo, la inclinación que mejor les plazca. Las luciérnagas revolotean en mi mente, proliferantes…

Llego a casa y me llega al correo un boletín sobre un congreso de micromachismo en Sevilla. La segunda palabra suena bien, es más, muy bien, no conozco Sevilla así que me pongo a leer sobre el vocablo desconocido: “Micromachismo”. ¿Un machismo chiquito?

Mil dudas me surgen sin respuesta, y eso que mi vida sexual a mi edad es un divertimento puesto que estoy en edad de ser abuela. Una potencial abuela muy desconcertada: ¿Se pasó mi tiempo y ya no entiendo? Y las lucecitas se encienden intermitentes. ¿Existe un derecho patrimonial sobre el óvulo o el esperma? ¿Es pertinente tener una vida sexual a los 13? ¿Tienes las experiencias suficientes a los 13 como para declararte bisexual? ¿Cómo educar neutralmente a un hijo escapando de la propia visión de mundo, de los propios valores y prejuicios? ¿Qué demonios es el Micromachismo? Sin intención de responder cada pregunta, escribo mis hallazgos e impresiones, más para apagar estas luciérnagas que se meten hasta en mi almohada, que para dar lecciones o encontrar respuestas.

Micromachismo y pseudopoder

Resulta que el término “micromachismo” no es un machismo chiquito como aquellos cochecitos que se llamaban Micromachines, es una respuesta velada, una forma de poder disimulado que nace como respuesta a la nueva posición femenina. Un modo masculino de “reafirmar” o recuperar dicho dominio ante la mujer que se “rebela” de “su lugar” en el vínculo; un estado de resistencia al aumento de poder personal o interpersonal de la mujer. La propuesta pertenece al psicólogo Luis Bonino Méndez quien describe y da nombre a la presión social que se ejerce sobre la mujer para “ejecutar” el rol tradicional, una forma de manipulación de baja intensidad que presiona a que no nos alejemos del redil de nuestras presuntas obligaciones. Como toda práctica dominante, proviene más de la fuerza de la tradición que de una cofradía satánica de hombres que “controlan al mundo”. Nuestro cerebro tiene la tendencia de ejecutar patrones de conducta conocidos, así que aunque Bonino especifica que el micromachismo femenino no es tal, se trata de una especie de pseudopoder, puesto que es una salida femenina para contrarrestar el poder masculino, no podemos negar que la tiranía de “cuadrar” con los roles conocidos es una tendencia de todos los que hemos sido educados bajo esos patrones.

“[…]la violencia de género es toda acción que coacciona, limita o restringe la libertad y dignidad de las mujeres, podemos comprobar que quedan ignoradas múltiples prácticas de violencia y dominación masculina en lo cotidiano, algunas consideradas normales, algunas invisibilidades y otras legitimadas, y que por ello se ejecutan impunemente”… Mi propósito en estas líneas es poner en evidencia estas prácticas, a las que algunos autores llaman pequeñas tiranías, terrorismo íntimo o violencia “blanda” y yo, desde 1991, he denominado “micromachismos” (Bonino).

La mayoría de nuestras narrativas tiene un protagonista masculino, de modo que las mujeres hemos aprendido a interiorizar un narrador y no una narradora. Nos enseñaron a mirarnos al espejo con ojos de hombre ¿Le gustaré? Y es por ello que no es fácil advertir estas conductas de dominación. Como anécdota y para completar la alusión al congreso, se nos ocurre (somos dos autores, mi pareja y yo) revisar la presencia de las diversas formas de machismo en las comedias de situación estadounidense. La sorpresa es que ninguna se escapa. Lo cierto es que, al conocer las categorías, los mismos autores nos miramos sorprendidos, somos partícipes de más de una.

Perpetuación

¿Puedes resolver este acertijo? Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave, el padre muere y al hijo se lo llevan al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia. Llaman a una eminencia médica pero cuando llega y ve al paciente dice: “No puedo operarlo. Es mi hijo” ¿Cómo se explica esto?

Hace tiempo vi el dilema en el video de YouTube señalado. Mis respuestas fueron todas excepto la correcta, se trata de la madre del joven. Así de interiorizado tengo el poder masculino. Nos dice Bonino que el micromachismo es perpetuado de forma automática por “Su naturalización y su inscripción axiomática en las mentes de mujeres y varones”. Mea culpa. Poco a poco y con asombro descubro que las categorías están o han estado aquí, en mi vida cotidiana de diversos modos.

Estos comportamientos se dividen en:
a) Coercitivos (o directos)
b) los encubiertos (de control oculto o indirecto)
c) los de crisis.

Y estas son sus variantes:

Coercitivos

Control del dinero: no información sobre usos del dinero común, control de gastos y exigencia de detalles, retención que obliga a la mujer a pedir. Negación del valor económico que supone el trabajo doméstico y la crianza y el cuidado de los niños.

Monopolio de la intimidad: acción unidireccional de acercamiento cuando el varón desea, el varón no se molesta en negociar movimientos hacia la intimidad. Ejemplo de esto es la seducción forzada cuando él quiere sexo.

No participación en lo doméstico.

Uso expansivo-abusivo del espacio físico y del tiempo para sí, idea de que el espacio y el tiempo son posesión masculina.

Insistencia abusiva “ganar por cansancio” la mujer que se cansa de mantener su propia opinión, y al final acepta lo impuesto a cambio de un poco de paz.

Apelación a la “superioridad” de la “lógica” varonil.

Toma o abandono repentinos del mando de la situación: decidir sin consultar, anular o no tener en cuenta las decisiones de la mujer.

Encubiertos o indirectos

Abuso de la capacidad femenina de cuidado:
1. Maternalización de la mujer. La inducción a que la mujer sea como una madre tradicional: cuidadosa y comprensiva, es una práctica que impregna el comportamiento masculino.
2. Del egación del trabajo de cuidado de los vínculos y las personas.
3. Requerimientos abusivos solapados: pedidos “mudos”, que apelan a activar automáticamente los aspectos “cuidadores” del rol femenino tradicional y hacer que la mujer cumpla ese pedido sin percatarse que lo está haciendo por coacción.

Creación de falta de intimidad: Intentan controlar las reglas del diálogo a través de la distancia y están sostenidas en la creencia varonil de su derecho a apartarse sin negociar y a disponer de sí sin limitaciones (sin permitir ese derecho a la mujer).
1. Silencio.
2. Avaricia de reconocimiento y disponibilidad: escatimar el reconocimiento hacia la mujer como persona y de sus necesidades, valores, aportes y derechos. Provocan además la sobrevaloración de lo poco que brinda el varón. Una frase ejemplifi cadora: “Si sabes que te quiero ¿para qué quieres que te lo diga?”.
3. Seudointimidad: el varón dialoga, pero manipulando el diálogo, de modo de favorecer el control y el ocultamiento, dejando a la mujer con menos poder al retacearle sinceridad.
4. Comunicación defensiva-ofensiva.
5. Engaños y mentiras.

Desautorización: basadas en la creencia que el varón tiene el monopolio de la razón, lo correcto y el derecho a juzgar las actitudes ajenas desde un lugar superior.

1. Descalificaciones.
2. Autoalabanzas y autoadjudicaciones.
3. Manipulación emocional.
4. Culpabilización-Inocentización.
5. Dobles mensajes afectivos: el varón emite mensajes de afecto con un fin manipulativo oculto y que dejan a la mujer sin posibilidad de reacción: si los acepta, es manipulada, si no los acepta es culpabilizada por no ser afectuosa.
6. Enfurruñamiento: Acusación culposa no verbal frente a acciones que no le gustan al varón, pero a las cuales no se puede oponer con argumentos “racionales”.

Autoindulgencia y autojustificación:

1. Hacerse el tonto.
2. Impericias y olvidos selectivos.
3. Comparaciones ventajosas: el varón intenta acallar los reclamos de la mujer apelando a que hay varones peores que él, y que entonces no debería quejarse.

• Seudoimplicación doméstica. el varón actúa sólo como “ayudante” de la mujer, sobrecargándola y asumiendo además las tareas menos engorrosas.

• Minusvaloración de los propios errores.

De crisis

• Resistencia pasiva y distanciamiento utilizar diversas formas de oposición pasiva y abandono: falta de apoyo o colaboración, desconexión, conducta al acecho (no toma la iniciativa, espera y luego critica. “Yo lo hubiera hecho mejor”), distanciamiento, amenazas de abandono o abandono real (refugiándose en el trabajo o en otra mujer “más comprensiva”), etcétera.

1. Rehuir la crítica y la negociación.
2. Promesas y hacer méritos.
3. Victimismo, el varón se declara víctima inocente de los cambios y “locuras” de la mujer.
4. Darse tiempo.
5. Dar lástima.

Pseudopoderes

Dijimos entonces que la forma femenina de perpetuar su poder a partir del rol tradicional son los que Bonino también llama “poderes ocultos”, modo de manipulación que se ejerce a partir de los afectos, el cuidado erótico y maternal.

Esfuerzos de influencia sobre el poder masculino, dice Bonino, que nos “hacen expertas en leer las necesidades y en satisfacer los requerimientos del varón, logrando ser valorada por su eficiencia y exigiendo algunas ventajas a cambio. Sus necesidades y reclamos no pueden expresarse directamente, y por ello se hacen por vías ‘ocultas”. Otro escritor, Robert Greene hace a la mujer la inventora de la seducción, como un modo de poder disimulado que llega a ser tan eficaz que es adoptado por los grandes hombres de poder. Es importante notar el ingenio que hace del subyugado un gran escapista que encuentra subterfugios capaces de convertir el dominio en arte.

Mientras esto escribo, una querida amiga pierde un hijo, cómo, de la forma más vil, de la mano de la soga de un suicidio. Lamento tanto vivir en una época donde el suicidio adolescente crece, llenándonos de preguntas yertas.

Micromachismo, pseudopoder, son etiquetas que no alcanzan a cobijar el cambio de roles, el cambio de poderes. Ser adolescente hoy es otear una aparente libertad que me permite construir una identidad sexual tan basta como barra de bufet, elegir una profesión tan híbrida como collage; habitar una familia tan abierta como la de la serie “Modern Family”. Tipificamos, agresiones, etiquetamos preferencias, y olvidamos tras la categorización que las conductas fueron primero, que las historias se escribieron al actuar. Y es que no me escapo del micromachismo, ni del pseudopoder, no soy pura ni por ser heterosexual.

La tradición es un cuento largo con capítulos que se escriben cada día, al dejarlos añejar se convierten en tradición. Y por eso me pregunto, sin aceptar las categorizaciones que de algo sirven, sobre todo para hacernos consientes ¿Qué no hay mil modos de ser heterosexual? ¿Qué no existen veinte mil especias de tradición que aderezan nuestro proceder? ¿Qué no se educa a partir de una visión de mundo que tiene como frontera aquello que llamamos tradición, ya sea en costumbre, rito, mito o práctica? ¿No somos los padres quienes “infectamos” con nuestras creencias a nuestros descendientes? Es por estas preguntas que, sin atreverme a una respuesta contundente, al menos me respondo de forma íntima que mi modo de ser mujer es único, con sus dosis de machismo, de pseudopoder y de disidencia. Que soy madre con prejuicios y que no necesito una etiqueta que designe mis modos más allá del reconocimiento necesario de ciertos límites. Éstos últimos para indicar que la vida se defiende, se defienden las tradiciones aunque no sean perfectas, se defienden los afectos y se busca siempre escribir cada vez una mejor historia. Alejarnos del machismo, de las manipulaciones, de todo tipo de abuso, es motivo de imponer nuevas tradiciones, de hablar y discutir nuestros prejuicios. Es menester recontar mitos y esperar a que de hablarnos, de escucharnos, de procurar entendernos, se asienten mejores relaciones con nosotros y con los otros. No hay etiqueta, moda o aplicación en iTunes o Android que suplante este proceso.

Perséfone y Psiqué

De entre mis mitos favoritos hay dos con los que quisiera cerrar estas reflexiones sin respuesta: el de Psiqué y el de Perséfone. Ambas tiene grandes coincidencias y han inspirado miles de obras de arte por siglos. Ambas historias tienen una madre y una joven a punto de convertirse en esposa. Los dos mitos abordan el conflicto de la maduración.

Perséfone juega en un campo con ninfas cuando su tío Hades la rapta para hacerla su esposa. Psiqué está a punto de ser arrojada por un acantilado al no conseguir esposo, cuando el viento Céfiro la roba para llevarla al castillo de Eros que se ha enamorado de ella. En ambas historias la culpa de todo la tiene el amor, en concreto Afrodita, personificación del amor y el deseo.

Afrodita, temerosa de que Perséfone siguiera la manía de Atenea y Artemisa de quedar virgen (asexuada diríamos hoy) instruye a su hijo Eros de “infectar” con su saeta pasional al dios del inframundo. Eros, tomó su flecha más filosa y la clavó justo en el corazón de Hades. Hades secuestró a Perséfone de su jardín. Ella era tan inocente que sintió más dolor por perder su ramillete colorido que por la osadía del lujurioso tío. Fue Aretusa, la amante del río Alfeus (que mientras abrazaba a su amante subterráneo vio a la joven en el inframundo), quien avisó a Demeter, la madre de la chica.

Perséfone vive atrapada entre dos mundos, los confines de los muertos y la tierra fértil de su madre. Su duplicidad la tiene prisionera de dos mundos: eternamente la joven hija Koré y eternamente la Reina Negra Perséfone. Nunca libre, siempre entre dos mundos.

Por otro lado, Psiqué era mortal, con la desdicha de ser tan bella como una diosa, por ello los mortales le temían, su padre presumía su belleza y la misma diosa Afrodita se sintió celosa. Pidió a su hijo Eros de nuevo obrar con sus flechas de amor para hacer que una bestia amara a la hermosa Psiqué. Un castigo a la arrogante genética que atribuyó dones milagrosos a la simple mortal. Pero el dios hijo de la Venus se resbaló con su carcaj y se clavó la flecha a sí mismo, lo que inflamó de ardores amorosos tales que desafiando a su propia madre llevó a la chica a vivir encerrada en una torre para amarla de forma clandestina. Eros teme a la madre y no quiere que Psiqué lo sepa un dios; no quiere ser amado por conveniencia. A oscuras y por largas noches los amantes se entregan, hasta que un día mal aconsejada por su envidiosas hermanas Psiqué pone a prueba su amor, descubre la identidad de su amado y es expulsada del paraíso. Pero su amor es tal, y tan verdadero que acude ante su cruel suegra y le pide una oportunidad. Afrodita responde con un largo y complejo camino de pruebas y Psiqué las cumple a cabalidad, entre ellas, bajar al infierno mismo y sobrevivir.

Por su parte Eros un angelillo inmaduro y temeroso, es al tiempo probado por las circunstancias. Tiene que salir de su máscara, enfrentar el miedo a la madre y recuperar a Psiqué, al hacerlo dejará de ser el angelito alado para convertirse en hombre. Ambos cumplen el desafío y se casan en el Himeneo festejado incluso por la suegra envidiosa.

Detrás de la máscara y mostrando las heridas

Reformular el rol que jugamos en nuestra sociedad es una historia que estamos reconfigurando. Es dolorosa porque aún no hay “tradición” definida, el molde se rompió y su contenido, al garete, se convulsiona. En EU 8 de cada diez jóvenes comete un suicidio; En México una de cada 10 niñas se autolesiona. Las mujeres son maltratadas por sus esposos y padres; los hombres por sus esposa y jefes. Las estadísticas son confusas, las denuncias no llegan, se trata de datos íntimos, penosos. Es frecuente escuchar que un joven entró con un arma en un instante de desesperación a disparar a sus compañeros en la escuela. En la Universidad que trabajo un joven se suicidó en un baño, en mi familia van ya dos suicidios.

Me quedo sin palabras y sólo me pregunto si Perséfone vive entre los muertos y Psiqué entre los dioses. ¿No será que uno de los mitos nos señala la imposición de hacer crecer y el otro la posibilidad de esperar la madurez? En uno no hay personajes masculinos más que el captor y el otro habla de dos jóvenes que maduran al unísono. ¿No será que para salvar a Perséfono o Psiqué o Lupita o Constanza hace falta considerar lo masculino y lo femenino? ¿Construir nuevos ritos, discutir nuevas y viejas posibilidades? No lo sé.

Lo que sé es que monstruos como el micromachismo, la violencia, el pseudopoder, son engendros del cambio, formas de defensa ante lo incierto, respuestas que damos en tanto encontramos mejores formas de convivir. A la gorgona, la medusa de serpientes despeinadas, Perseo la mató, obligándola a mirarse en el espejo, quizás sea tiempo de poner todo esto frente al espejo.

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