Cinque Terre

Orquídea Fong

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Periodista/comunicóloga egresada de la UNAM.

La báscula, íntima enemiga

A lo largo de toda mi vida, o casi, a partir de los nueve años precisamente, he tenido una difícil relación con la báscula, ese aparatejo en que uno se sube sólo para comprobar que el botón del pantalón reventó con justa razón.

A los nueve años sucedió que me puse gordísima por primera vez. En la escuela y entre mis “amigos” de la colonia empezó el bullying sin piedad, y por ese motivo y por salud mi mamá me llevó al médico para que me pusiera a dieta.

No recuerdo cuanto pesé, pero sí que me subí a la báscula con alegre inconsciencia y el médico dijo que estaba yo muy pasada de peso. Apuntó una dieta que debía seguir de manera estricta y sí, pasados los meses me puse delgada y bonita. Luego, muy despacito, casi inadvertidamente, volví a ponerme gorda. Y de ahí pa’l real.

Los altibajos de gorda-delgada-llenita-gordísima-menos gorda me han sucedido toda mi vida, a veces sin que yo los comprenda a cabalidad. Y en ellos, por supuesto, la báscula ha participado, casi siempre en contra de mi voluntad.

Como toda gorda, he tenido periodos en que me obsesiono pesándome, registrando esas mínimas variaciones que ocurren a lo largo del mismo día, fluctuando entre la desesperación y el optimismo. También, etapas en que no me acerco a una báscula hasta por años, fingiendo que no, no estoy subiendo de peso, sino que más bien la ropa se encoge (curiosamente, con cada taco que me trago).

Admito, avergonzada, que muchas veces evité ir a consulta, aterrorizada porque sabía que me iban a pesar. Cuando no había de otra y llegaba el momento, me subía de espaldas para no ver, pero ya ven como son los doctores de desalmados. Decía en voz alta: “Pesa usted siete toneladas” y como si nada, el maldito, mientras yo estaba a punto del shock.

Tampoco ayuda a la paz ni a la objetividad el hecho de que uno nunca sabe cuando una báscula es confiable.

Imágenes originales: Jim Davis

Por ejemplo, hay básculas (las mecánicas, que llaman “de baño”) que te “adelgazan” hasta cinco kilos mediante en sencillo acto de echarse un poco para atrás. Si te inclinas hacia delante, engordas otros cinco kilos. Y pues así nunca sabes la cruda realidad, pues siempre prefieres pensar “hacia abajo”.

No es fácil distinguir si en tu casa pesas 7 kilos menos que con el doctor porque la de tu casa está descompuesta y la del doctor está bien o viceversa. Invariablemente, le crees a la que más te conviene. Y claro, si piensas que en realidad pesas menos, la respuesta inmediata es irse a tragar algo, del puro alivio.

Cuando yo era niña había un comercial de básculas Ecko. Ponía una sucesión de escenas en que la modelo reventaba un cierre, un botón, y la costura de un pantalón o de un vestido, no recuerdo. Luego, se subía a su báscula casera Ecko y decía “¡Ay, la verdad es que sí estoy pasadita de peso!”. Y un locutor cerraba diciendo “Ecko, la amiga que nunca miente”.

Yo jamás diría que la báscula es mi amiga. Es una enemiga, no me hace sentir bien. Aunque es tan necesaria, lo tengo que aceptar. Es fundamental saber cuántas toneladas pesa uno como primer paso para dejar de hacerse pendeja sola y tomar en las propias manos el control del peso, como parte del cuidado de la salud.

Porque finalmente, luego de décadas de que ese tema fuera para mí algo meramente emocional, pude enfocarlo de manera objetiva. Los kilos son un número y los números pueden cambiarse, me dije. Además, los kilos no hablan de mi valor como persona. Fue un proceso que se dice breve, pero que implica mucho. Aceptación, autoestima, sufrimiento… en fin.

Pensando en ello, hace como cinco meses fui muy decidida al súper y me compré una báscula digital. Recordaba la imprecisión de las básculas mecánicas y elegí una con pantallita, de pila, hecha de vidrio, muy chula.

Leí las instrucciones, las seguí al pie de la letra y me pesé, llena de valor, tan solo para encontrarme que según la desgraciada pesaba yo 138 kilos. Y sí estoy gorda, pero no mamar.

Llegó mi hija, que es una verdadera sílfide y a ella le dijo que pesaba 90. Imposible, por supuesto. Luego me volví a pesar y ya había bajado yo, en 10 minutos, a 108 kilos. Y así.

Como no tengo tiempo, no me molesté en hacer efectiva la garantía (me costó la porquería de báscula 200 pesos) y olvidé el tema por un tiempo. La báscula sigue en mi clóset. Hace como tres semanas quise volver a la carga y compré otra, esta vez mecánica. A pesar de la experiencia previa, esperaba que habría menos probabilidades de que funcionara mal. Me pesé y según ella, apenas tenía sólo yo seis kilos de más, un completo absurdo. Digo, ni modo que mi talla 14 de pantalón sea imaginación mía.

Total, que luego de algunas pesadas, la báscula agarró otra onda, y ya marcaba un peso más realista (¿se fijan que nomás no confieso cuánto peso? Es a propósito), pero del cual no estaba yo verdadera certeza.

La semana pasada fui con el nutriólogo, que traía una báscula bien de avanzada, electrónica. Acá, chida, exactísima. Me enteré de mi verdadero peso y aunque sí estaba como para reventar sillas, al menos eran tres kilos menos que la última pesada confiable, con un médico. Me animé, puesto que indicaba que mis pequeños cambios de hábitos alimenticios estaban funcionando.

Llegué esa noche a mi casa y me subí a mi báscula mecánica de supermercado y me asombré de darme cuenta de que estaba EXACTAMENTE desfasada por 10 kilos hacia abajo. O sea, que ahora me subo, disfruto la cifra que marca y le sumo 10 kilos.

Psicológicamente, es menos agresivo.

Y al momento, llevo rebajados nueve kilos. Pero nadie me los ha notado, porque cuando pesas 7 toneladas, nueve kilos es nada. Pero supongo que, para el corazón y la columna, sí resulta un alivio.

¿Continuará esta historia? Espero que sí, pero hacia abajo, hasta llegar a mi peso meta.

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