Cinque Terre

América Pacheco

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Escritora, es también Tarzán del alma

Kitano always beats twice

Después vendría “El verano de Kikujiro” (1999) joyita que sirvió para rendir conmovedor homenaje a su padre. Porque si Kikujiro Kitano representó con dignidad el humilde oficio de artesano en ebanistería, su hijo trascendía ya como el impecable artesano de las emociones quebradizas, puras e insondables. Entre 2001 y 2002, filmó el trabajo que muchos consideramos su obra maestra: “Dolls”. Escrita, editada y dirigida por el hombre orquesta, y resultado de una meticulosa adaptación contemporánea, del Bun-raku (teatro japonés de marionetas del siglo XVII). El guión se extiende en tentáculos tripartitas que estrujan al espectador, lastimándolo, arrebatándole el aire. Tres historias inspiradas en el trabajo del dramaturgo japonés Chikamatsu Monzaemon, se entrelazan por la fatalidad. Las antiguas marionetas aportan al film, mucho más que la obviedad del epígrafe, también llevan al límite su propia facultad metafórica: marionetas humanas que conciben el amor como tragedia, marionetas que representan historias de la exacta tonalidad y textura del solsticio/equinoccio de las estaciones. El destino como verdugo y la culpa como moneda de cambio para gozar del perdón.

Más allá del argumento que ejemplifica la tragedia como objeto, de la cruda exhibición de la locura, la fatalidad y el desamparo; esta película tiene un manejo espléndido de dirección cinematográfica. La fotografía (cuya realización le llevó 40 días de filmación) deslumbra en su carácter de luminosa protagonista: festín visual de rotunda belleza plástica. La frugalidad de los diálogos, equilibra con justicia los escenarios naturales que gozan del mérito que al espectador deje de importarle el tiempo transcurrido desde la última vez que escuchó voz humana alguna. La música –última colaboración de la dupla T. Kitano/Joe Hisaishi– aporta el ingrediente sonoro que sincroniza a la perfección con el lenguaje visual.

El realizador usó el recurso de yuxtaponer la belleza contra la crueldad, para provocar dramáticos contrastes: de la misma forma en que la flor del cerezo alcanza el pináculo de su exuberancia al último minuto anterior a caer al césped, las imágenes van alcanzando notas de virtuoso lirismo al tiempo que los personajes se aproximan a su encuentro con la fatalidad.

“Dolls” nos enseña que no existen los finales felices. Existen causas que provocan infelicidad. Existen marionetas manejadas por nuestras bizarras acciones. Existen accidentes provocados por las bajezas humanas: las nuestras.

Algunas veces me he preguntado ¿qué pasó exactamente la noche del 2 de agosto de 1994? Kitano dirá lo que quiera, pero mi naturaleza conspiradora me ha confesado al oído sus sospechas. ¿Quién es exactamente el hombre que vive dentro de Takeshi Kitano? No soy capaz de imaginar la tortura que padece un hombre cuya mayor pasión es la comedia y aprender a vivir después de haber perdido para siempre, la capacidad de reír hasta el llanto. Mi instinto me señala que esa noche existió un intercambio del que jamás conoceremos detalles. Que el hombre que deleitaba con sus rutinas de stand up, a los viciosos del barrio Asakusa, no es el mismo al que hoy se le reconoce como cineasta, poeta, actor, escritor de guiones, compositor, bailarín, artista plástico, presentador de TV y el comediante más popular del que la televisión nipona tenga memoria. Dudo que sea el mismo sujeto que desde 2005, imparte una cátedra en la Escuela de Postgrado de Artes Visuales de la Universidad Nacional de Tokio de Bellas Artes y Música.

La trama de su película “Takeshi´s” me guía hacia el camino correcto: una estrella de cine (Beat Takeshi interpretándose a sí mismo) tropieza con su doble exacto: Kitano, un humilde cajero cuyo mayor sueño ser en un actor reconocido. La realidad y la ficción juegan con ironía en dos mundos paralelos en el que todos los personajes, tienen su replicante. Bienvenidos sean todos ustedes a la pesadilla. Hace algún tiempo declaró en una entrevista que la noción que tenía sobre la muerte, era aquella que avanza hacia tu encuentro con sigilo, la que permanece a tu lado para tocarte tan profundo como una bala que se aloja al fondo de tu corazón. Supongo que la munición alojada en su interior lo desgarra día con día.

De acuerdo con el folcklor germano, el término Doppelgänger –doppel, “doble”, y gänger ”andante”– representa el mito de la mitad oscura, siniestra o diabólica, que acompaña a los seres humanos y que transita por el mundo sin que nos percatemos. El misterioso doble detenta nuestros hábitos, y padece sin ganancia aparente nuestros mayores sufrimientos, bienaventuranzas y desdichas. Plumas del tamaño de George Gordon Lord Byron, Heinrich Heine, Percy & Mary Shelley, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson o Johann Wolfgang von Goethe, han legado al mundo narraciones escalofriantes de la aparición –real o literaria– de este peculiar fenómeno. Cuenta la leyenda que si un hombre entra en contacto con un Dopplegänger, se avecina el augurio mismo de la desdicha: calamidades dolorosas, pérdidas irreparables, enfermedades, accidentes o la muerte inminente. El escritor alemán Heinrich Heine concibió al Dopplegänger con un matiz rabiosamente poético: el doble de uno mismo, simbolizaba la reverberación suspendida del sufrimiento, la mitad oscura representada como puntos suspensivos de nuestra alma atormentada, un pálido reflejo de nuestra desdicha redundante hasta el infinito.

Cuenta la leyenda que los Doppelgänger son incapaces de proyectar su sombra, o reflejo en ninguna superficie, porque los espejos aborrecen el tiempo suspendido. Dicen que estas entidades suelen acercarse a quienes pertenecen para persuadirlos a realizar actos extravagantes o para usurpar en definitiva su espacio en el mundo. He imaginado infinidad de ocasiones, que algún día tendré el honor de acercarme al maestro Kitano, no para mirar de frente ese rostro intraducible al que robaron impunemente la sonrisa, o pedirle que voltee para una foto. Mi fantasía recurrente es tenerlo lo suficientemente cerca, con el exclusivo propósito de mirar las paredes, puertas, pisos y espejos a su alrededor. Quiero comprobar con mis propias pupilas si existe o no, alguna sombra que acompañe sus pasos. Sueño con eso y nada más que eso.

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