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Katy Perry

Jamás pensé agradecer algo a los pastores evangélicos aunque ahora lo hago franco y claro con la madre y el padre de esa hermosa criatura que se llama Katheryn Elizabeth Hudson, lo hago sin ceder de mis creencias agnósticas pero también sin dejar de creer que hay algo de milagro en esto, dado que hasta el “género evangélico” me gusta cuando lo canta aquella mujer a la que todos conocemos como Katy Perry.

Entiendo mis limitaciones musicales, y por eso asumo que la propuesta de Katy me importa lo mismo que la autocrítica a Carmen Aristegui. O sea, nada. Tampoco me entusiasma la crítica de la californiana a los Emos, que en realidad fue un desfogue emocional con el que se quiso vengar de su novio; ni siquiera me atrae, para el registro, su presencia en Internet pues en el ciberespacio otras artistas antes que ella, abrieron brecha en serio, como sucede con la ya comentada en estas páginas, Lady Gaga o Britney Spears. Por si fuera poco, estoy seguro de que mi prestigio se vendría abajo si dijera (y con ello además intentara engañarme a mí mismo) que One of the boys es el disco que los amantes del pop esperaban; más bien creo que son otros los vericuetos que explican por qué dos de los sencillos de esos discos –I Kissed a Girl y Hot N Cold– lograran más de tres millones de ventas en descargas legales por Internet.

Estoy convencido de que los estribillos musicales más o menos pegajosos no documentan las razones por las que su disco Teenage Dream, lanzado en agosto del año pasado, haya sido de un éxito tal que por eso se le hubiera considerado entre las mejores artistas de la década según Billboard. Más bien sostengo que ella, al ser nombrada como la mujer más sexy del mundo por otra de las grandes revistas (Maxim), ha encontrado en el manejo de su apariencia física una de los mejores recursos para el gran impacto que Katy ha tenido en el mercado. Es decir, creo que la cantante ha eslabonado muy bien, en la burla que hace de la doble moral estadounidense, las inquietudes hedonistas y aún eróticas que todos llevamos dentro.

Los seguidores de Katy sabemos bien que ella es algo así como un juego, una apariencia que pone en aprietos los valores convencionales que Estados Unidos ha querido promover como valores universales. Y eso explica, no me cabe la menor duda, la tremenda simpatía que ella logra cuando censuran sus pechos en Plaza Sésamo o algunos de los comerciales que el dictado de las buenas conciencias consideran como impropio. O sea, no son las dotes artísticas sino los atributos físicos y la forma en cómo los ha manejado, los que explican que Katy Perry sea un ícono del pop mundial. Lo más probable es que la intérprete de Firework no quede en el registro como una de las grandes de la música, pero vale mucho la pena que a cada instante, mientras dure, conspire contra aquellos valores que evaden la mirada frente a su belleza espléndida.

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