Cinque Terre

Pedro Manterola

Escritor.

Juntos seremos universo

Miré detenidamente el mapa en el que procuraba fijar las coordenadas de nuestro perihelio, punto exacto en el que nuestras lejanías desafiarían esa condición. Una línea perpendicular emergía de la estrella situada en el vértice de una constelación de nombre impronunciable, surcaba en línea elíptica e imperfecta tres galaxias, dos firmamentos y más de un infinito, trazando la tangente de un horizonte que se orientaba por el cosmos en busca del océano. Según los tratados más antiguos y profundos de cartografía celeste, cuando yo fuera capaz de hallar el vértice meridional que escalaba la Vía Láctea en círculos concéntricos desde su conjunción hasta su cuadratura, podría entonces señalar el rumbo para deshacer traslaciones, rotaciones y vacíos, itinerario que ya en épocas remotas establecieron astrónomos de tierras muy lejanas, tan distantes que para descubrirlas sería menester atravesar todos los mares, incluidos los aún inexplorados. Con el espíritu primitivo de aquellos exploradores de universos, me sumergí en las madrugadas y sus calles inagotables, dejando pedazos de mi respiración en calzadas y banquetas en las que escribí tu nombre con carmín. Ni la lluvia de las nubes ni el aguacero de estrellas pué galaxias Juntos seremos universo dieron borrar tus huellas de mis ojos. Mis párpados cerrados intentaban dormir para desaparecerte en el letargo, solo para hallarnos una y otra vez en medio y debajo de mis sueños. De aquellas sombras conservo la humedad de mi espalda sumida en la fachada de tu casa, las palmas de mis manos rodeando un pilar en los portales y el sonido de tu voz convertido en catapulta. Fuimos cuerpos ansiados y anhelantes, antes de ser cometas extraviados en infinitos indiferentes. En el suelo quedaron mis pisadas, como un borroso caligrama entregado al espejismo de tus huellas. La noche dejó sus trenzas en mis manos, mientras los renglones de los versos que escribía para ti se llenaban de garabatos y símbolos contradictorios. Escuché ladridos que parecían no tener un remitente, miré estrellas naufragar en cielos incansables, vi unas lágrimas transformarse en luciérnagas, una danza de luz que iba y regresaba dando vuelta a la esquina, un rostro que huía del silencio detrás de la ventana, que abrí de par en par. Estabas ahí, justo cruzando el perigeo. “Soy la noche”, me dijiste, luminosa, “y juntos seremos universo”.

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