¿De verdad AMLO quiere ganar la Presidencia?

Al atar cabos a raíz de las trascendentes definiciones de Andrés Manuel López Obrador de hace 15 días, y considerando su peculiar historia de errores críticos y daños autoinfligidos cuando ‘ya merito’ llegaba a la meta (en dos ocasiones previas al menos), comienza a ser cada vez más creíble algo que usualmente no asociamos con los políticos (que lo quieren todo y lo quieren ahora).

Su posición actual en el limbo, en la antesala misma del poder como un profeta alzado, antisistema y enemigo a muerte del status quo, pero instaladazo con toda comodidad sin competencia interna y con cargo al erario tiene sus indudables ventajas y casi ninguno de los costos y desgastes naturales al prosaico ejercicio del poder.

Además, un político que llega a ser electo Presidente de México cumple un ciclo, luego de un sexenio culmina su carrera. Su siguiente paso es el semi-retiro de la vida pública, tal vez orientado a la academia, el periodismo o el sector privado: MMH y GDO, funcionarios menores de futuros gobiernos; LEA y su centrito del tercer mundo; FCH a lo sumo como mero acompañante de una precandidata; CSG, EZP y Fox, como una especie de think tanks orientados al gobierno desde el sector privado.

No hay más… En cambio, un ‘profeta del cambio’ en la antesala del poder (dueño de su propia candidatura permanente), que casi llega pero nunca acaba de llegar, puede quedarse así y ahí indefinidamente. Ya nos ha pasado antes como país, por cierto.

Edomex, impulso para el 2018

Cualquiera que haya revisado la prensa y los reportes en línea de la elección del 4 de junio en el Estado de México coincidirá casi unánimemente, como lo han hecho tirios y troyanos que a Morena le alcanzó su votación para ganarle al PRI (por poquito pero incuestionablemente), pero no le alcanzó para vencer a la coalición multipartidista que apoyaba a Alfredo del Mazo.

Hasta el mismo AMLO creía eso; por eso estuvo ‘pidiendo’ y ‘pidiendo’ la declinación de Juan Zepeda, del PRD, en favor de Delfina Gómez, la ‘pedía’ en efecto a su peculiar estilo autoritario, amenazante y sobajador, pero de que inclusive él vio que esos votos le iban a hacer falta, no queda duda. Por ello es sorprendente,por decir lo menos, que AMLO haya establecido en el Congreso Nacional de Morena que no buscarán alianza con el PRD ni con el Movimiento Ciudadano.

En segundo lugar, si consideramos como ciertos los numerosos reportes y las denuncias de actos constitutivos de fraude electoral que los pejistas y los filopejistas han desparramado en los medios, formales y virtuales, sorprende la contenida y discreta ‘batalla jurídica´ que Morena montará en los tribunales.

Casi como si quisieran que así quede el asunto. “No hubo cambio de estrategia ni autocrítica sobre lo sucedido en el Estado de México, que de un plumazo transitó de la morena efervescencia de semanas y días anteriores a la serena calculadora electoral 2018: como en Veracruz, con Cuitláhuac García, lo importante en el Estado de México, con Delfina Gómez, no es necesariamente el instalarse en los respectivos palacios de gobierno, sino el crecimiento global de Morena, como esperado preámbulo de la batalla que importa, la del año venidero con Andrés Manuel López Obrador como cuenta concentradora de los esfuerzos estatales”, dice un usualmente cercano y solidario con el pejismo, Julio Hernández (La Jornada, 12 de junio).

Y agrega: “Llama la atención que, aun cuando se dará continuidad a los procedimientos tradicionales de impugnación de los resultados en el Estado de México, en términos políticos el caso fue subsumido por el proyecto presidencial 2018: no hubo hachas de guerra para defenderse del atraco sufrido en la entidad mexiquense, sino la fría consideración de ver hacia adelante, rumbo a la siguiente elección, la presidencial, y no en alianzas, como sugería una primera lectura simple de lo sucedido en los comicios recién pasados, sino en la misma condición virtualmente solitaria (acompañado a última hora por el aritméticamente insustancial PT)”… El subrayado es mío.

Para mayor gravedad, el inefable precandidato de Morena al gobierno de la Ciudad de México, Ricardo Monreal, de plano fue más lejos:

“Ganar el Estado de México un año antes de la elección presidencial hubiese significado haber obtenido una manzana envenenada, porque el aislamiento, el hostigamiento y el estrangulamiento político, presupuestal y en materia de seguridad a la primera gubernatura de Morena, hubiese sido de antología. La bomba de tiempo llamada Estado de México (en términos de inseguridad, desempleo y corrupción) puede estallarle al próximo gobernador antes del verano de 2018”. (http://ricardomonreal.mx/sepuedeganarsinalianzas/)

El fiasco de 2006 y el primer choque AMLO-PRD

López Obrador llega como puntero al inicio de esa elección, pese al affaire del desafuero, que a la postre lo dejó como vencedor, y con una diferencia muy considerable a su favor de dos dígitos: Simplemente empezó a despilfarrar esa ventaja con un error tras otro, que fueron en conjunto más costosos que cualquier campaña mediática del supuesto “peligro para México”; hizo campaña como la hacían los candidatos del viejo PRI: fue una gira nacional para placearse, más que un intento serio por ganarse la voluntad popular.

Descuidó alianzas clave con la sociedad y sus actores; rehuyó el primer debate, insultó gratuitamente a un presidente bien evaluado por el público; rechazó por homofobia un millón de votos al vetar a Paty Mercado para el Senado del DF (1.13 millones fue lo que obtuvo al final su partido, Alternativa Socialdemócrata y Campesina con ella como candidata… AMLO perdió por menos de 100 mil votos).

La preparación electoral interna estuvo llena de problemas: AMLO “construyó estructuras paralelas al PRD dejando a éste fuera de la promoción del voto y, peor aún, del cuidado de las casillas. Muchos actores de los que después se quejaría porque apoyaron a Felipe [Calderón] primero lo buscaron a él y les hizo sentir desdén. Andrés Manuel [López Obrador] pensaba que ya no necesitaba a nadie para ganar y lo hacía patente” (Fernando Belaunzarán, Diez años: Los saldos del 2006).

El PREP del domingo y el recuento distrital del miércoles prácticamente fueron iguales (no hubo tercer recuento como en 2012 porque la ley no lo contemplaba), pero el PRD estaba tuerto y manco para la protesta:

“López Obrador y su equipo cercano no estaban preparados para la derrota ni siquiera para un resultado apretado. La estructura electoral que le había encargado a su amigo Alberto Pérez Mendoza resultó ser en gran medida de papel. Se registró a más del 99% y se pagó a ese número, pero las actas acopiadas en los días posteriores apenas llegaron al 50% -este fraude interno sí está demostrado. El resultado arrojó una diferencia del 0.56% y la coalición de izquierda sin representantes en la mitad de las casillas. Si AMLO no culpó de ‘traición’ al PRD fue porque lo había hecho a un lado para darle la responsabilidad a uno de sus amigos más leales. Decenas de miles de nombres fueron propuestos por muchos dirigentes perredistas que no fueron tomados en cuenta” (ibid).

El PREP mantuvo a AMLO ligeramente arriba toda la noche y madrugada de la elección, pero conforme llegaban las actas el resultado se fue volteando hasta coincidir con los conteos dados a conocer temprano, que daban una ventaja microscópica a Calderón. Entonces también se adujo la fantasía del ‘algoritmo maligno’ (y entonces como ahora nunca se desdijeron de tamaña estupidez).

La diferencia era de menos de 100 mil votos (que hasta en el margen del error accidental cabía); una queja inteligente ante el Tribunal era atacar las casillas con abultadas votaciones por FCH en circunscripciones específicas. En lugar de eso se fueron por una anulación (quasi)abstracta y pidieron un recuento de unas 80 mil casillas.

Los ajustes del Tribunal no cambiaron el sentido de la votación porque también le pegaba a casillas con amplia votación pejista (comprobando de paso que la mayoría de los errores en el cómputo no tenían jiribilla).

Luego sobrevino el plantón de Reforma y el ridículo de la ‘presidencia legítima’, errores colosales que le costaron al PRD la conversión en derrota, impopularidad y aislacionismo del que sin duda era el momento más victorioso de la izquierda: El PRD tenía una votación extraordinaria (la más alta en la historia de la izquierda en México) y era la segunda fuerza electoral en el Congreso… El cogobierno estaba a la vista; de haber actuado en las cámaras y la arena pública en lugar de autoanularse, la toma de posesión de Calderón pudo haber sido intercambiada por lo que usted imagine: ¿PGR autónoma nombrada por el Senado? ¿Reforma al sistema de justicia? ¿Gabinete compartido?

De haber seguido su trabajo en la política en lugar de enterrar la cabeza en General Prim, el desgaste del gobierno panista le hubiera beneficiado al perredismo, no al PRI que en los hechos ocupó el sitio de contrapeso que los votantes le habían dado al PRD. La elección intermedia de 2009 pudo haberle dado a la izquierda su primera mayoría camaral absoluta (con un fortalecido AMLO como presidente del Congreso); y de ahí pa´l real… Todo eso dilapidado por un berrinche que, para colmo, vino a confirmar, punto por punto, la campañita del ‘peligro para México’.

La derrota de 2012 y el rompimiento con el PRD

En la siguiente elección, las cosas eran completamente distintas; AMLO entró como tercer lugar, muy lejos de un puntero que jugó conservador y trató de no cometer errores graves. Y así fue, pese al folclor de sus pifias (la encerrona en el baño de la Ibero, los libros que cambiaron su vida) Peña Nieto supo vadear el temporal.

AMLO hizo ahora una campaña seria y mal que bien logró escalar posiciones, rebasó a la candidata panista en el segundo sitio y se puso a tiro de piedra para intentar una voltereta; no era fácil pero el objetivo estaba a la vista: un cierre agresivo desde el segundo debate pudo haber acercado las cifras al límite…

Y en ese momento, justo en la antesala, el Peje deja ir vivo a Peña Nieto: ¡No lo tocó para nada! Fue la nota del día, asómense a los periódicos de esa fecha: desde todas las trincheras la pregunta era ¿por qué no atacó a Peña Nieto? Algunos hasta trajeron a colación aquel episodio análogo de Diego Fernández y Ernesto Zedillo.

Tras la jornada, el pejismo repitió el numerito de 2006 y denunció los mismos ´delitos’ (claro que no es lo mismo 100 mil votos que tres millones) y ahora sí había un tercer recuento previsto por la ley… Resulta que, entre el PREP, el cómputo distrital del miércoles y el tercer recuento las diferencias de votación eran infintesimales. No había duda posible: los votos contaron y se contaron bien.

Entonces la denuncia se centró en la coacción del voto y el rebase de los gastos de campaña; y toda la acción impugnadora se dirigió hacia esa estrategia; con esas fallas tan graves, argüían aunque no alcanzaban a probar, las elecciones debían ser anuladas… Fueron por la anulación abstracta, la más difícil de todas. Seguramente recuerdan ese patético circo de sartenes, gallinas, puerquitos y memorabilia partidista, supuestas dádivas para comprar el voto, reunidas por el pejismo frente al Tribunal en mediático show.

Pero aún antes de que el Tribunal descartase la queja, ya se había publicado que justamente esos dos factores (coacción del voto y rebase de gastos de campaña) habían sido bajados como causas de nulidad por TODOS los partidos (con el beneplácito de AMLO, obvio) ¡en 2007! Así que cabe preguntarse: ¿Qué se pretendía con una denuncia de nulidad tan mediocremente integrada?

La respuesta es obvia; ante la negativa de las cabezas del PRD de volver a meter al partido en un callejón sin salida; AMLO se preparó para emigrar y formar su partido: toda la tensión poselectoral de 2012 tuvo ahora como resultado la creación de un nuevo partido.

El nacimiento de un califato

Domingo 9 de septiembre de 2012; el pejismo espera a su amado líder en la explanada del Zócalo de la Ciudad de México… Ha pasado poco más de una semana de que el tribunal desechó su impugnación electoral y López Obrador mandó a toda su gente a reflexionar sobre el futuro del movimiento y los convocó hoy, domingo sin futbol porque hay fecha FIFA, para tomar decisiones.

Si usted piensa que Morena ha desarrollado en todos estos meses de ‘movimiento’ una estructura territorial con delegados por colonia, distrito, entidad y órgano nacional, y que por ende ha discutido en estos días las opciones a futuro, se equivoca completamente: aquí AMLO piensa por todos. ¿Cómo lo sabemos? No hay nada en las redes: ni publicaciones, ni fotos, ni debates…

A falta de futbol, los curiosos podemos seguir el evento vía stream. Todos esperan pacientemente el acto de AMLO, que comienza con un entremés musical huapanguero; luego se entregaron diplomas por un certamen de ensayo.

Se generaliza el grito de “revolución” pero la maestra de ceremonias, aunque con apuros, logra encauzar los reclamos hacia la ‘desobediencia civil pacífica’. AMLO tiene un dilema: durante la elección estiró la liga legal al límite, pero ahora debe reencauzar su movimiento hacia la prosaica y sistémica construcción de un partido.

Protesta “sin violencia, sin daño a terceros” para construir bases territoriales de Morena, dirá en unos minutos ya frente a su grey. Cosas veredes, el supuesto objetor mayor de nuestro régimen haciendo malabares discursivos para regresar a su movimiento al redil sistémico y formar un partido.

Todo resulta a pedir de boca y AMLO se hace de su califato particular sin perder la aureola de candidato antisistema; él puede ser lo que se le antoje o le convenga; así, cuando las críticas por su presencia en los spots de Morena fueron insostenibles, simplemente cambió su cargo a líder nacional y asunto arreglado.

Es penoso admitirlo, pero el de Morena no es el primer califato que tenemos en México… Como una herencia de nuestro pasado clientelar y presidencialista, los impulsos de los partidos para reproducir ese esquema son poderosos: Alberto Anaya en el PT y Dante Delgado en MC son ejemplos de pequeños partidos con un mando individual fuerte, si bien sometido a intensas negociaciones internas. Inclusive podría argüirse que el PRD nace con un esquema de cultura política similar, dada la preeminencia de Cuauhtémoc Cárdenas en sus primeros años.

Además de las conveniencias políticas inherentes a un partido de este tipo, siempre hay un cierto ethos religioso en la operación: al líder se le respeta tanto que se le llega a venerar… Y en eso ni Dante ni Beto se acercan ni un poquito al fervor del pejismo hacia su dirigente. Hay otro elemento en el que Morena es pionero; su diseño institucional garantiza la completa concentración de poder y capacidad de decisión en el líder máximo. Eso es algo que no se había hecho antes, ni en los años dorados de presidencialismo omnímodo priista del ruizcortinismo al alemanismo. Las reglas siempre fueron tácitas, no escritas.

Decía Cecilia Soto en los días mismos en que la decisión de Morena de hacerse partido tenía lugar:

“Después de leer el proyecto de estatutos del Movimiento de Regeneración Nacional, Morena, queda la duda de si una vez cumplidos los requisitos, ese movimiento solicitará su registro ante el Instituto Federal Electoral, IFE, o ante la Subsecretaría de Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación. El documento está imbuido del lenguaje de Andrés Manuel López Obrador, AMLO, y más que un movimiento o partido político formado por hombres y mujeres comprometidos con un programa y una visión de México, parece proponerse la inclusión de hombres y mujeres superiores animados por una misión ultraterrenal: profetas del cambio verdadero”. (http:// www.excelsior.com.mx/node/858184).

El antecedente que nadie quiere ver (pero todos recuerdan)

Cuando el PRI se consolidó como el aparato de sectores y se estabilizó como el partido-casi-único, anclado en el poder transexenal del presidente, lo hizo subsumiendo movimientos reales, destacadamente el obrero, cuya central más importante (CGOCM-CTM) fue fundamental en la construcción del partido cardenista de movimientos, mediante el Plan Sexenal.

Pero esa central era dirigida por Vicente Lombardo Toledano; por eso es que su secretario de organización, Fidel Velázquez, aprovechó el momento internacional del inicio de la guerra fría y se deshizo del lombardismo y el comunismo. El segundo, vía el CSUM y el PCM, continuó su lucha política en los márgenes del sistema, pero el primero construyó un partido nacional muy peculiar y que, hay que decirlo, tenía su arrastre popular y su prestigio: se llamaba PPS. Algunas de sus características:

• Competía por todas las canicas siempre, con un discurso beligerante y antisistema, aunque en realidad sólo llegaba a ganar algunas diputaciones y senadurías (y creo que alguna vez una gubernatura).
• Su líder, Lombardo Toledano, era la única voz autorizada y fue candidato presidencial innumerables ocasiones.
• El PPS se expresaba desde el purismo máximo en contra de la corrupción del sistema político. Nadie era suficientemente limpio y puro, a menos que se incorporara como nuevo militante, ‘pepino’ según el habla popular.
• Su principal lucha y sus más feroces ataques eran contra la derecha y el imperialismo yanqui; ocasionalmente, cuando se suscitaban algunas maniobras externas o resultados raquíticos pero efectivos del PAN, era necesario llamar a la unidad en torno al Presidente de la República.
• Su otra labor notable era, ni más ni menos que acotar, dispersar y evitar la unidad de las fuerzas de izquierda que pululaban en las márgenes del sistema, apropiándose del membrete y combatiendo cualquier esfuerzo unitario.

No pienso forzar esta analogía más allá de lo que da… No son gotas idénticas de ningún modo, pero las similitudes entre Lombardo-PPS y AMLO-Morena son dignas de ser consideradas.

Permítanme cerrar con una cita de Carlos Ramírez, quien nos recuerda que “en junio de 1996, Heberto Castillo denunció que López Obrador estaba llevando al PRD al ‘lombardismo’, porque como candidato a la presidencia del PRD el tabasqueño salió en defensa de Zedillo y pidió ‘la unidad en torno al presidente’ por supuestas presiones más mediáticas que reales de intentar deponer. Las presiones de la renuncia presidencial de Zedillo se acreditaron a Carlos Salinas de Gortari vía Jorge G. Castañeda […] López Obrador depende de concitar dentro de Morena a los grupos anti sistema, anti Estado y anti establishment que le apuestan a la ruptura: Lombardo proponía un frente nacional burguesía-proletariado ante el acoso de los EE.UU”. (http://www.indicadorpolitico. com.mx/).

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