Cinque Terre

Orquídea Fong

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Periodista/comunicóloga egresada de la UNAM.

José Cruz: el creador se confiesa

El creador vive confesando quién es, aunque no lo sepa. Aunque no haya traído a la luz la consciencia de estarse mostrando, en cada elección se revela, invariablemente.

Para muchos creadores, la confesión más bien es un divertido exhibirse, un lucimiento de poder y de belleza. Pero para otros, es penetrar en su propia tiniebla, un parto doloroso de sus internos demonios.

Rojo Cuarenta

José Cruz. Fundador y líder de Real de Catorce. La banda bluesera, amorosa y leal, no necesita más presentación de él que su nombre. José Cruz, compositor, músico, poeta, narrador y partero de su propia alma.

¿Qué clase de creador es José? ¿El que deslumbra, mostrando frívolamente su belleza? ¿O el que se abre en canal para hurgar en sus entrañas? Según él mismo, ha sido ambos. Y ahora ve más allá.

Al platicar con él, al leer su obra y escuchar sus canciones, para mí es claro que José siempre ha sido aquel que se asoma sin miedo al abismo, pero que hubo un tiempo que ni siquiera él lo sabía. Un tiempo en que acallaba con alcohol ese impulso. Era un tiempo de egoísmo y vanidad. De inconsciencia.

“Alcohol:
dame el golpe final, deshila mi existencia
vuélveme madeja, llévame en brazos
abandona mi cuerpo en una calle aborrecida”.

De la lectura de su primer poemario, Los textos del alcohol se eleva, con toda claridad, la incipiente búsqueda, que en la obra actual de José —particularmente en la poesía— está ya consolidada como un conjunto de certezas existenciales y una voz poética plenamente desarrollada.

En entrevista con etcétera, José Cruz asegura que Los textos del alcohol son apenas “esbozos de poesía” que reseñan sus vivencias en once años de giras artísticas. No lo considera una obra madura. El poemario fue incluido en la antología Yo creador me confieso por “ser mi primer poemario y por la demanda que éste tuvo entre los fans”. Considera que, más de 20 años después, su escritura ha crecido. “Mi Yo poético está afirmado; antes me asumía solo como compositor”.

La antología reúne poesía, relato, cuento, ensayo y prosa poética. El otro poemario es un salto asombroso en cuanto a calidad escritural y hondura en la introspección y es el que da nombre al libro.

Orquídea Fong

Moriré de octubre en tu regazo, nombre de
estrella.
Y ni es petulancia de reloj en diamante,
preciosa mía.
Esos objetos de metal nos roban, secuestran
en su tic- tac, lo instantáneo.
Entonces gracias a la bendita neurosis del
Kafka apurado,
transmutó en hoja blanca el canalla silencio
del poeta, mi
rubí.
Será en el otoñal octubre que estaré como
jugando a cesar la
respiración como para siempre y tú con tu
paciencia animal
meterás al comedor dioses ebrios y
mendigos:
concupiscencia y sabiduría que festejarán la
madera que
me vestirá de muerte ese día, amor de mis
otroras vidas.

José nos cuenta que, si bien su proceso de recuperación de alcoholismo ya lo había llevado por caminos de exploración personal y literaria, fue el haber sido diagnosticado con tres graves enfermedades lo que lo puso verdaderamente al límite.

“El dolor ha cambiado mi forma de ver el mundo”, dice.
“Luego de ser diagnosticado, tuve por necesidad, que introspectar mucho”.

– ¿Te gustó lo que viste dentro de ti?
– ¡No! Fue terrible. ¡Me asusté mucho!
– ¿Qué había ahí?
– Oscuridad: nada de luz.
– Oscuridad… ¿Dolor, odio, miedo, quizá?
¡De todo, y en oferta!

… Nunca supe qué buscaba en mí,
pero buscaba adentro
y me descubría vacío de vida.

Creo que todos los seres humanos recibimos un llamado similar al que recibió José. Un llamado que consiste en quitarnos asideros y cuyo objetivo es que dejemos de evadir la vida verdadera.

Recorrí el desierto descalzo, mis pies
llameaban,
llegué al borde, me hundí en el
refrescante cosmos que
nadie, aún, ha visto

– ¿Luego? ¿Qué siguió?
– Luego lo difícil: limpiar el espejo sin vomitar; una destrucción completa de ese Yo, y a buscar la escasa luz que asoma.
– ¿Duele?
-Mucho, pero sana.
Este libro, ¿qué significa para ti en todo este andar?
– La aceptación de un José distinto: desde el desahucio, hasta hacer las paces con el destino.
¿Distinto al artista que es aclamado y admirado?
Así es. Lleno de luz y en proceso de reconciliarme con la muerte. Antes me veía como una “estrella más del canal de las estrellas”. Ahora, en una silla de ruedas, ya no.

Gracias a la vida por haberme dado
el entendimiento
de que fui un ruin borracho
y ponerme alas en la víspera de mi
final.

Rojo Cuarenta

Lo que ha vivido José, la caída en la sordidez del alcoholismo, su recuperación y posterior debacle por causa de la enfermedad es un viaje iniciático.

De aquella ignorancia
de agua estancada surgen
rayos de sabiduría incandescente.
Nunca fuimos más que Dios

– Es un camino espiritual…
– ¡Y de mucho fuego!

– ¿Qué significa el fuego, para ti?
¡Purificación!

Vivir, morir, renacer
una vorágine de fuego consume
los pastizales del corazón
Y deja cenizo el espíritu
y el aura diamantina

La adversidad y el dolor no lo han destruido, sino que han transformado su manera de ver el mundo y le han revelado quién es. En qué quiere convertirse.

Morir elegante, gracioso, trajeado
de nevadas
y de ventisca.
Hacer como que muero solemne,
pero por dentro río.

Desde esa nueva visión del mundo, ahora cuida su cuerpo con esmero. Da la batalla todos los días. Escribe mucho y no deja de hacer música. Llega en silla de ruedas al escenario, a veces incluso, en ambulancia, siempre auxiliado por Paty, su gran amor y manager, quien con mano firme y amorosa procura la salud de José y la disciplina en el grupo.

Léeme, corazón, tus secretos.
Te he confiado mis fríos: Patricia, de azúcar
tus labios encima de los míos.

Todos los textos de la antología manifiestan un anhelo de trascendencia. De revelar y revelarse. Como una cordillera, la confesión honesta, hasta brutal, sostiene el libro.

Al escribir, me ensucio
las manos y el alma; me revuelco en el lodo y me
doy de madrazos con mi sombra.
Ese es el compromiso que decido
hacer con las letras. Abro heridas y
hurgo en ellas aún cicatrizadas.

Confiesa la derrota, el dolor, sin máscaras. Y desde la pequeña cima de consciencia que ha conquistado, como el eremita del Arcano 9 del Tarot, eleva una lámpara, para ayudar a los que venimos andando la misma senda.

Ámate tan solo un poquito nada más;
sal a gritarle a las palomas, diles que
fluyen corrientes de mar en tus venas.
Quiere a esa sombra que te unta lodo
en los párpados, que te hace ser grosero
con la noche cuando esta te brinda collares
de cometas engarzadas.
No te digas inútil, no te odies por no
entender el misterio de las hormigas
para soportar un chaparrón,
por ignorar que la melancolía
es un gotero oculto en el rabillo de
los ojos, que a veces se presiona solo
y uno se bate en un escurridero de
lágrimas.
[…] Tu alma es la nube que te sigue
cuando
vas en taxi a la fuente de los deseos
a darte permiso de ser codicioso; de
sentirte pobre y rico en dudas ante la
astucia del millonario roble donde
grabaste
un corazón flechado.
Búscate aunque sea en la arenilla de
las piedras;
en el espejo del lago al que
concurres con tu
novia:
bésala y dile que ignoras quién eres,
quien vive
en tus adentros.
Verás que ella te responderá lo
mismo y te abrazará
aliviada de no ser la única loca en el
mundo.

La lámpara que eleva José es su poesía. Su creación. Por medio de la confesión perenne, el creador se hermana con nosotros, los que también nos topamos con la crueldad y la belleza de la vida.

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