Cinque Terre

Ignacio Herrera Cruz

[email protected]m

Analista

Jack Nicholson

Tras una vida inicial de telenovela, su abuela materna lo cuidó como su hijo menor y por eso él creyó que su madre, una corista bonita que murió a los 44 años de cáncer, en 1963, era su hermana mayor y su tía, la hermana de en medio. El nativo de Manhattan, Jack Nicholson, que creció en el estado obrero de Nueva Jersey, emigró a Los Ángeles en busca de abrirse un nombre en el mundo del espectáculo.

Aprendió el duro oficio bajo el exigente y astuto rey de la serie B Roger Corman, que lo hizo debutar a los 19 años de edad en “Cry Baby Killer”, pero de “Busco mi destino” (Dennis Hopper, 1969) a “El resplador” (Stanley Kubrick, 1980) pasó de un simple actor a colocarse como el primero entre los histriones de su generación, superando a Dustin Hoffman, Al Pacino y Robert De Niro.

En los lustros prodigiosos de los 70, descubrimos a un actor de gran carisma, sonrisa contagiosa y tremenda energía que se colocaba en la frontera del exceso, pero que afectaba profundamente a los espectadores que encontraron en él a uno de los principales emblemas de lo que se conoció como el “Nuevo Hollywood”, que rescataron a la Meca del Cine de la debacle y le inyectaron una nueva viabilidad comercial, basada en temáticas más abiertas y contraculturales.

En “Busco mi destino” ni siquiera fue el actor principal y llegó de rebote, pero en su rol como el abogado alcohólico George Hansen, en particular en la escena de la fogata en la que diserta sobre los venusinos y los ovnis, se robó el filme. A partir de allí y durante las siguientes décadas, Nicholson nos proporcionó muchas de las mejores actuaciones del cine estadounidense y le dio a una gran cantidad de películas razones para acudir a verlas. Su línea: “Sabes, este solía ser un muy buen país. No comprendo qué fue lo que le pasó”, marcó a toda una generación que empezó a cuestionarse el American dream. Entre 1974 y 1975 nos ofreció las tres actuaciones que se pueden considerar clásicas y que lo colocan entre los estelares del panteón cinematográfico.

La primera fue”Barrio chino” (Chinatown, 1974) donde, de la mano de Roman Polanski, encarna al detective privado Jake Gittes, quien toma un caso que parece común y corriente y poco a poco va desentrañando toda la sordidez del aparentemente paradisíaco sur de California a través del patriarca Noah Cross (John Houston) y de su hija Evelyn (Faye Dunaway, quizá el eslabón más débil de la cinta). Lo que muchos recordamos de este film noir es a Gittes con la venda sobre la nariz que le rebanaron, burlándose de un policía que lo hostiga.

La segunda fue cerebral “El pasajero” (Michelangelo Antonioni, 1975). Una road picture sui géneris en la que el reportero de la tele inglesa, David Locke (Nicholson), usurpa la identidad de un traficante de armas para involucrarse con un grupo revolucionario africano, acompañado por una frágil mujer (María Schneider). La escena final, muy en consonancia con el estilo frío de Antonioni, un plano secuencia de seis minutos de duración, nos sigue intrigando.

Para cerrar la tercia, “Atrapado sin salida” (Milos Forman, 1975) que resonaría muy fuerte no solo con el público estadounidense, que la academia le otorgó los cinco premios principales -mejor película, mejor director, mejor actor, mejor actriz y mejor guión-, algo que no se veía desde “Sucedió una noche” (Frank Capra, 1934) y que no se repetiría sino hasta “El silencio de los inocentes” (Jonathan Demme, 1991), sino también con el panorama mexicano del tardoecheverrismo, donde se colocó entre las diez películas más taquilleras de los 70, con su mensaje del individuo que no quiere ser aplastado por una sociedad rígida.

En su papel del bribón R. P. McMurphy, quien se finge demente para que lo encierren en un asilo para enfermos mentales y no en prisión (“Debo estar loco para estar en un lugar como este”), cuando ha sido detenido por estupro, Nicholson encarna a un hombre cínicoanti sistema, representado por la enfermera Ratched (Louise Fletcher). Para sorpresa de McMurphy, y nuestra, muchos enfermos están allí por convicción, temerosos de enfrentar el mundo exterior. McMurphy se convierte en un líder fallido que conduce a una rebelión culminada con uno de los finales más tristes que se recuerden en el cine hollywoodense.

En ese trío de actuaciones tenemos al mejor Nicholson. El actor que se engrandece con la pantalla, el que va marcando el ritmo y los cambios de tono de cada película. En la que puede ser un espejo que refleja las situaciones con una tonalidad variable o un hoyo negro que va absorbiendo energías. Son interpretaciones controladas, en las que se advierte la parte perfecta y coordinada de una ecuación que se complementa con el resto del reparto y con la dirección. A diferencia de una etapa posterior en la que parece una bomba de tiempo a punto de estallar y arrasar con todo a su alrededor con su tremenda energía. Son estas caracterizaciones, con sus diferentes matices, lo que permite apreciar el trabajo de un actor en la cumbre de su arte.

Quizá no sea su mejor papel, a muchos ya les parece exagerado y caricaturizable, pero es el Jack Torrance de “El resplandor” (The Shining, Stanley Kubrick, 1980) su participación más recordada y quizá significativa. Es sin lugar a dudas la presencia de Nicholson lo que vuelve esta película el complemento, la oposición, la crítica y el elogio a la novela de Stephen King en la que está basada y que ha dado pie a observar cómo de un mismo material pueden surgir obras características y autónomas de gran vigor. El padre de mal temperamento, el marido con tendencias violentas que trata de sobreponerse a su alcoholismo y empieza a perder la cordura en el hotel Overlook se nos ha quedado grabado por los gestos, por la ira externada, por esa fusión entre el hombre y el ambiente sobrenatural.

Nicholson, la celebridad que en su vida personal ha hecho gala de su contacto con las drogas, de sus relaciones con numerosas mujeres, forma parte ya del acervo cultural del séptimo arte. En su trayectoria se podrían añadir a las cintas anteriores muchas más. De sus incipientes comienzos como “Mi vida es mi vida” (Bob Rafelson, 1970) o “Ansia de amar” (Mike Nichols, 1971), pasando por su mayor fracaso personal cuando compartió créditos con su ídolo y modelo actoral a seguir, Marlon Brando, en “Duelo de gigantes” (Arthur Penn, 1976) y cruzando por el enfrentamiento de poder a poder con las grandes estrellas de otra generación, sean Tom Cruise y Demi Moore en “Cuestión de honor” (Rob Reiner 1992 sean Leonardo Di Caprio y Matt Damon en “Los infiltrados” (Martin Scorsese 2006), a las que opaca casi sin querer; se rodea de las actrices más deseables del momento: Susan Sarandon, Michelle Pfeiffer, Cher en “Las brujas de Eastwick” (George Miller, 1987 revitaliza un clásico que en los 40 protagonizaron John Garfield y Lana Turner junto a Jessica Lange en “El cartero siempre llama dos veces” (Bob Rafelson, 1981) y se divierte junto con Morgan Freeman en “Antes de partir” (Rob Reiner, 2007).

Jack Nicholson es ahora una celebridad conocida por usar lentes oscuros aún en interiores, en consonancia con los cantantes de rap, y por estar siempre en primera fila cuando los Lakers juegan de locales en el Staples Center. El nativo de Manhattan al parecer se retira del cine porque ha comenzado a perder la memoria, lo cual no implica que nosotros lo enviemos al olvido. Debatiremos sin cesar si su personificación del Joker en “Batman” (Tim Burton, 1989) fue superior a la de Heath Ledger en “Batman: el caballero de la noche” (Christopher Nolan, 2008). Ambas representaciones muestran las posibilidades recreativas de un histrión y de lo elástico que llega a ser el séptimo arte.

La diferencia es que al australiano el coquetear con el límite le llevó a quitarse la vida. Para Nicholson fue otra actuación. Quizá una genial. Pero un simple paso en una carrera de muchas victorias.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password