Cinque Terre

Javier Darío Restrepo

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Maestro de ética periodística de la FNPI y miembro del Consejo Editorial de etcétera.

Internet, ambigua libertad

Esto se puede decir de cualquier ser humano, pero es aplicable a Internet: nació para ser libre.

Es una vocación natural que parece ser excesiva cuando se piensa en esos seres humanos que nacen en una cárcel o en cautiverio, como Emmanuel, el hijo de una secuestrada por las FARC en mi país, o los que nacen en los barrios de miseria aquí y en cualquier parte del mundo. Como ellos, aunque bajo signos distintos, también los que nacen bajo el agobio de todas las comodidades y sin la oportunidad de ser personas, o con un doloroso déficit de afecto; en todos estos casos parece excesivo afirmar que nacieron para ser libres, pero sean favorables u hostiles las circunstancias, son seres que llevan consigo la vocación de la libertad con la misma certeza con que una semilla lleva consigo su vocación de árbol. Así ocurrió con Internet, nacido “en la insólita encrucijada entre la gran ciencia, la investigación militar y la cultura libertaria de desconfianza hacia los poderes establecidos”, como explica Manuel Castells.i

Nació para la libertad porque llevaba consigo dos gérmenes o marcas de origen como rasgos dominantes de su identidad: su contribución al conocimiento, primero, y además su capacidad para activar la interrelación e interactividad de los humanos.

El conocimiento es una de las materias primas de la libertad, y la superación de las barreras temporales y espaciales que separan a los hombres, crea el ambiente de unidad en que la libertad se hace fuerte y fecunda.

Internet, por tanto, nació para la libertad. Cito de nuevo a Castells: “creado como un medio para la libertad en sus primeros años, Internet parecía presagiar una era de liberación”.ii

Lo mismo se pudo decir de las anteriores tecnologías de la comunicación que, a su manera, potenciaron la palabra y le dieron alas para romper aislamientos. Pero, a diferencia de ellos, Internet nació dotada con posibilidades que los medios tradicionales no habían desplegado, como su inagotable pluralidad temática, tan abundante, que ante ella los demás medios parecen unidimensionales.

Y contraria a la tendencia de los medios tradicionales que parecen necesitar unos receptores pasivos y obedientes, anota Chomsky, Internet estimula y abre las posibilidades de participación que requiere una sociedad libre. El pasado conformismo que se aprecia en vastos sectores de nuestras sociedades, o su tendencia a manifestarse con la violencia de la mentira, la pedrea o el cierre de calles y carreteras, porque han sido privados de la palabra como los antiguos esclavos en Grecia. Todo eso viene a cuento cuando Internet dota al ciudadano de a pie con la posibilidad y la tecnología para decir y difundir su palabra. Lo ha sentido, lo mismo la abuela gallega de 95 años que a esa edad ganó el premio al mejor blog del mundo en español, otorgado por Deustche Welle y Periodistas sin Fronteras: “pasaba mucho tiempo sola porque todos se me murieron y no encontraba a nadie conocido, ahora estoy muy acompañada. Soy abuela de todos los países del mundo”, declaró a los periodistas. Pero más que ella, los españoles que el 12 de marzo de 2004 reaccionaron contra la versión oficial que atribuyó a ETA el atentado terrorista del 11 de marzo en Atocha, sintieron el poder de su palabra potenciada por Internet, y tan efectiva que le cambió el rumbo a la política y a las elecciones del domingo siguiente en su país. Internet fue, en esa coyuntura, un espacio de libertad que permitió ir más allá del conformismo y resignación de los silenciosos y de los silenciados.

Sus creadores, posiblemente no le dieron a Internet más alcance que el de procesar información militar a un país que contemplaba, frustrado, los triunfos tecnológicos de la Unión Soviética cuando lanzó al espacio su Sputnik. Le había pasado a Colón, convencido de que sólo había descubierto un camino a la India; también a los iniciadores de la aventura espacial, deslumbrados por el logro de dar el salto hasta la Luna, que no previeron sus alcances. Ni Colón, ni Von Braun pudieron abarcar la magnitud del hecho histórico que protagonizaron: tampoco Paul Baren, ni Bolt, ni Beranek, ni Neumann, ni los que intervinieron en esos primeros pasos de Internet, pudieron prever que se iniciaba una nueva historia para la libertad humana.

iManuel Castells, La galaxia Internet, Plaza y Janés, Madrid 2001, p. 31

iiCastells, op.cit., p. 193

Los sacerdotes que cuidaban y leían aquellas tablillas de arcilla, que se conservaban en las bibliotecas de los templos de Babilonia, sólo muy limitadamente pudieron comprender el poder que habían adquirido con la invención del alfabeto y de la escritura. Desde aquellos textos en la arcilla hasta el papiro, y de ahí a la era de la inteligencia interconectada, la humanidad dio un salto comparable con el que permitió la tecnología, al poner un hombre en la luna. Fue la aparición de “un nuevo poder y una nueva libertad,” exclama Juan Luis Cebrián.i

Las ventajas de Internet

Internet llegó con todas las ventajas para ser ese poder y esa libertad.

Lo demostró en uno de sus mejores momentos cuando, durante el colapso físico y espiritual de Estados Unidos, después del 11 de septiembre de 2001, el presidente Bush emprendió una cruzada antiterrorista e incluyó en su agenda de guerra el control de los medios de comunicación. Como sucedería después en España en la circunstancia similar de su 11 de marzo, Internet tuvo todo lo necesario para estar a disposición del ciudadano, lejos de las presiones y del control que limitan la información pública en los medios tradicionales. En Irak los bloggeros se movieron como peces en el agua dentro de las azarosas condiciones de la guerra y del terrorismo generalizado. Los bloggeros fueron a la vez corresponsales que narraron y documentaron hechos de que habían sido testigos oculares, informaron a las familias de los soldados, amplificaron la voz de víctimas y pacifistas, fueron la voz libre de las poblaciones a pesar de las restricciones informativas que trae consigo toda guerra. Los weblogs llegaron a ser warblogs en libertad porque Internet tenía todas las ventajas para serlo.

Tenía este hecho en mente el profesor del MIT Ryan McKinley al afirmar que si el gobierno tiene el derecho de vigilar al ciudadano, Internet ha hecho válido un derecho anterior: el del ciudadano que vigila a su gobierno.

El derecho a informar que los gobiernos dictatoriales tienden a controlar y acaparar, y que mantienen con puño de hierro los grupos más poderosos, con Internet pasó al ciudadano común. Fue significativa la reacción de la población que se mueve en la red cuando los directivos de CNN obligaron a uno de sus periodistas en Irak a interrumpir su blog informativo. La protesta tuvo el vigor de quien reclama un derecho adquirido y arbitrariamente arrebatado. Internet, en efecto, ha abierto las puertas y ventanas del foro público porque cuenta con los dispositivos necesarios para hacerlo. Donde se utiliza esta tecnología para conectar a columnistas y a lectores, tiende a desaparecer el columnista que pontifica; también el que escribe a la ligera sobre todo, sin decir nada de valor, porque ahí va a estar el lector dispuesto a no dejar impunes ni el dogmatismo, ni la incapacidad. La contribución del individuo al debate público se ha hecho posible con las herramientas que proporciona la nueva tecnología.

Si antes la libertad de expresión y de información la ejercían solo quienes tenían recursos, influencia y posibilidades para hacerlo, Internet les ha dado la palabra a todos.

Cebrián se entusiasma y saluda esas cascadas de luz que se han precipitado por las puertas y ventanas de la sociedad, abiertas por Internet. Sin embargo, duda: “es lícito preguntarse si la abundancia de información le da mejoría necesariamente a nuestro nivel de vida”.ii Baudrillard coincide al calificar de invivible un mundo en que las personas están abrumadas por el exceso de información. Sin embargo, reflexiona Cebrián:

“La libertad entendida como capacidad de opción es el gran señuelo de la red. Ante la abundancia de información y de ofertas de todo tipo, el usuario podrá escoger entre una miríada de alternativas”.iii

iJuan Luis Cebrián, La red, Santillana, Madrid 2000, p. 39

iiCebrián, op. cit., p. 97

iiiCebrián, op cit., p. 96

Además, “la eficacia de estos medios debería aumentar la influencia de los ciudadanos ordinarios y mejorar sus situaciones en el proceso democrático”, agrega Graham.i Internet, pues, llegó con todo para ser un poder y abrir las puertas y ventanas al aire fresco de la libertad.

Pero Internet no es sólo eso. El discurso de sus propagandistas suele quedarse ahí y dejar oculta otra cara, la que justifica las preguntas: ¿abre Internet las puertas a la libertad de expresión? ¿es Internet un aporte al conocimiento, o como escribía Cebrián con evidente entusiasmo: “contribuye a la creación de un orden superior de pensamiento, de conocimiento y, quizás de conciencia internetizada entre las personas?”.ii

¿Amplía el ámbito de la democracia cuando proporciona a quien quiera usarlos, los medios para decir públicamente su palabra?

Esta última pregunta evoca, por supuesto, ese ideal democrático del ágora ateniense en donde el ciudadano podía tomar la palabra para rebatir, apoyar o complementar la palabra de las autoridades. Entre ese ideal y las realidades de hoy se ha interpuesto el fenómeno de las grandes masas, que no se pueden reunir en ágora física alguna y que dieron lugar a la aparición de la democracia representativa, tempranamente ensayada en el año 930 en el Althing islandés: se trataba de una reunión de 48 caciques que representaban otros tantos grupos.iii Internet parece recuperarle al ciudadano el derecho a intervenir individualmente y la tecnología da por resuelto el problema físico de las ágoras con espacio limitado, con su creación del ágora electrónica. Graham le baja temperatura a ese entusiasmo: “si el poder para el pueblo depende de la tecnología de Internet, a la mayoría de la población del mundo le queda aún mucho camino por recorrer”.iv

La otra cara de Internet

La otra cara de Internet se revela cuando se habla de la brecha digital, ese abismo que se ha abierto entre el 20% de info-ricos y el 80% de info-pobres.

La tecnología, en efecto, no ha resuelto ni podrá resolver sola los desequilibrios sociales que explican las crisis de la sociedad de hoy.

Internet ahonda el problema al poner en evidencia el contraste entre el hiperdesarrollo tecnológico y el infradesarrollo institucional y social, según observa Castells. Y lo que debería aumentar la influencia de los ciudadanos, resulta tener una fuerza relativizada por el poder político o económico. Fenómenos como el de la insurgencia de los votantes en España después del atentado del 11 de marzo, o el del movimiento contra la guerra en los Estados Unidos, ocurrieron a pesar de las instituciones y de los poderosos.

La participación inteligente y libre del ciudadano tropieza en Internet con dos grandes obstáculos. El primero se origina, no en la tecnología, sino en los usuarios mismos, que buscan solamente lo que les gusta porque disponen de las facilidades técnicas para hacerlo. Es lo que el experto Rosenthal Alves llamó “el yocentrismo mediático de Internet: yo busco la información que yo quiero, cuando yo quiero y donde yo quiero”. Esto rompe la función tradicional del medio que, al señalar una agenda, introduce en el proceso informativo un tercero que libera al receptor de la estrechez de su mundo y lo abre al mundo exterior. En vez de eso, concluye Rosental, el receptor se vuelve emisor,v o sea el círculo vicioso del yo con yo.

iGordon Graham, Internet, una indagación filosófica, Universitat de Valencia, 2001, p. 86

iiCebrián, op. cit., p. 27

iiiCf. Graham, op. cit., p. 72

ivGraham, op. cit., p. 78

vRosenthal Alves, “El desafío de las nuevas tecnologías”, en Desafíos del periodismo real, Clarín, Buenos Aires 2006, p. 116.

Y si la libertad se construye sobre la base del conocimiento, ¿de qué libertad hablamos en Internet, que brinda información, caudalosos ríos de información, pero ningún conocimiento? Anota Graham: “la información de Internet, (impulsos electrónicos que producen texto e imágenes en una pantalla) no implica que transmita ningún conocimiento genuino”. Y explica este autor:

“1.- La información digital puede almacenar desinformación.

“2.- Encontrar algo en Internet no es como encontrarlo en la Enciclopedia Británica porque ésta fue escrita con un cierto propósito, procede de una fuente identificable y tiene una larga y acreditada historia. Nada de esto es cierto en Internet”.i

Y concluye Cebrián: “Internet es una valiosa fuente de conocimiento, sólo si somos capaces de someter lo que allí encontramos a las verificaciones normales que aplicamos a las otras fuentes”.

Todo cuanto disminuya la calidad del conocimiento repercute en la calidad de la libertad y es evidente que la tecnología de Internet no asegura ese conocimiento.

Se agrega a lo anterior el fenómeno de la masificación que agrega, al mal de la desinformación, el de la sobreinformación. Internet se percibe como esos mercados populares poblados de ruido y de gritos, en que una sobrepoblación de vendedores que ofrecen su mercancía a grito limpio, asedian a compradores indefensos que no atinan a seleccionar entre tanta información, la más útil, o la menos mentirosa, la menos engañosa, la más creíble. La demanda de filtros para la información no solicitada, el rechazo y desagrado con que uno observa un correo repleto de informaciones inútiles, si no engañosas, o en todo caso superfluas, demuestran la debilidad de Internet para fundamentar la libertad con la base sólida del conocimiento. Por esto echaba de menos Baudrillard a ese profesional que en los medios tradicionales selecciona la información con un criterio de servicio público y rechaza lo demás con un ánimo de defensa del lector. En vez de libertad, aparece en Internet su caricatura, la anarquía, que teme el informe del Club de Roma al señalar que esta posibilidad de millones de personas hablando entre sí “permite imaginar que el sistema de ordenación jerárquica de valores de cada sociedad, puede ser sustituido por el caos”.ii

“Internet está creando una sociedad anárquica, pero es la anarquía mala, no la buena,” escribe el inglés Graham al término de un denso capítulo en que demuestra que “la libertad de Internet está hecha a la medida para fomentar el libertinaje”. Su afirmación parte de la exposición de un hecho: “en Internet los deseos más perversos no sufren represión alguna”. Este profesor tiene en cuenta la situación del navegante solitario frente a su pantalla y su oportunidad de buscar almas gemelas y de prescindir del tipo de influencias reformadoras que operan en los procesos normales de aprendizaje. Y agrega Graham: “en Internet, el público represor no existe”. Según él, ese control social que impone su influjo en la actuación moral, desaparece en Internet. “Todo lo que reprime, verifica y corrige, en Internet puede ser sorteado”. Este autor examina el auge de la pornografía infantil, alude a la multiplicación de mensajes violentos y concluye que “es el medio ideal para propagar deseos no tutelados, de cualquier clase”.iii

No es, pues, una tecnología para la libertad.

iGraham, op. cit., p.96.

iiCitado por Cebrián, op. cit., p. 40

iiiGraham, op. cit., pp. 104-105.

¿De qué libertad hablamos?

Me veo precisado en este momento de nuestra reflexión a responder la pregunta que ha estado latente en las consideraciones anteriores: ¿de qué libertad hablamos al deliberar sobre la libertad de y en Internet? ¿Es la libertad que Hobbes describía como búsqueda desinhibida de nuestros deseos? ¿O es la búsqueda regulada por la razón, de Kant? ¿Es acaso la posibilidad de escoger según nuestras preferencias? O, más simplemente, ¿la capacidad de decidir?

A Internet se le mira como un instrumento de libertad porque allí se puede escribir lo que uno quiera; se puede curiosear lo que se quiera, se puede mostrar lo que se quiera. En Internet los controles son casi inexistentes, aparentemente se trata de un territorio de libertad. Allí se hace posible la búsqueda desinhibida del deseo. Es como regresar a un estado de naturaleza, cuando no había inhibiciones, ni autoridades, ni prohibiciones, ni sanciones, sólo instintos, pero con tecnología del siglo XXI. Esa arcadia feliz soñada por los adolescentes de todas las generaciones, es la que podría perfilarse detrás de lo que llaman los entusiastas de Internet, territorio de libertad.

Pero la libertad es algo distinto. No es una cosa, ni un símbolo, ni una ley, ni una metáfora, ni una técnica. No la dan ni la quitan los gobiernos, ni las leyes, ni los poderosos, ni las técnicas: es una realidad que nace, crece, se fortalece en cada ser humano. Todo hombre lleva consigo, dormido o despierto, en acción o en potencia, un ser libre. Es la más genuina creación del ser humano.

Libertad en Internet

Internet no hace libre a nadie; cada uno, sin embargo, tiene el poder de hacer de Internet un instrumento para la libertad, como sucede con las tecnologías tradicionales de comunicación: ninguna da ni quita la libertad, a lo sumo la potencia.

Puesto que es libre quien decide para su bien sin obstáculos, hay un clima de libertad en las decisiones que son autónomas porque se apoyan en el conocimiento. Internet da información, pero no conocimiento, de modo que su aporte para la libertad depende de lo que cada persona haga con la información que acumulan sus archivos o que difunden sus usuarios.

Una información torrencial, una confusión de voces, un entrecruzamiento de opiniones y teorías, vertiginoso y multitudinario, un continuo y agobiador desfile de hechos y de imágenes, es lo que Internet ofrece a la persona que en el silencio y la penumbra de su conciencia decide, para ser libre. Con algún optimismo decía el tribunal federal de Pensilvania que la fuerza de Internet “reside en el caos y el valor de nuestra libertad depende del caos y la diversidad de la expresión sin trabas”.i

Sin embargo ya se ha comenzado a sentir en el mundo la necesidad de esas trabas o controles que, según se mire, limitan o defienden la libertad. Inicialmente las páginas de pornografía con o para niños prendieron las alarmas.

Y en los Estados Unidos, en donde Internet había salido a la luz con la clara intencionalidad de crear un espacio de libertad, la administración Clinton y el Congreso reclamaron instrumentos legales de control sobre los medios,ii con el argumento de la protección de los niños amenazados por los pervertidos que operan en la red a sus anchas, sin riesgos inmediatos y con amplias posibilidades de ganancia. Este intento de control fracasó.

Quizás fue un consuelo saber que también fracasó en noviembre de 2005 la Cumbre de la Sociedad de Información en Túnez cuando pretendió encontrar instrumentos para limitar o controlar el acceso a Internet: “ni técnica ni legalmente son viables”, concluyó la cumbre.

Esto explica la afirmación de Castells sobre la inquietante condición que se observa en Internet: “una ideología libertaria muy extendida, junto a un grado de control cada vez mayor”. Y agrega: “es imposible controlar las redes globales, pero se puede controlar a la gente que las utiliza y de hecho, en el futuro estará controlada”,iii que es lo que está sucediendo.

iCitado por Castells, op. cit., p. 194

iiCastells, op. cit., p. 194

iiiCastells, op. cit., pp. 209-210

Nació presagiando una nueva era de liberación, pero como en el aprendiz de brujo, la nueva tecnología pareció tomar vida propia y salirse de las manos y de las intencionalidades de sus libertarios creadores.

Como ya había sucedido con los medios tradicionales, también aquí las manos de los mercaderes transformaron en mercancía todo lo que tocaron. Había ocurrido con la imprenta, con la radio, con la televisión, y ahora sucede con Internet.

“La transformación de la libertad y la privacidad en Internet, es consecuencia directa de su comercialización”, exclama Castells antes de ofrecer una agobiadora descripción de los mecanismos de control y de venta de intimidades, que la propia industria ha ideado y aplicado.

Lo de menos es la política rutinaria de las empresas en Gran Bretaña, en donde los patronos, con el argumento de controlar el uso del tiempo laboral de sus trabajadores, intervienen cuando quieren en los mensajes y documentos de Internet; más graves son las implicaciones en la libertad y en la intimidad personal del programa Espía, que permite obtener todas las claves guardadas en una computadora sin que el usuario lo sepa: a la abusiva invasión de mensajes no deseados en el correo personal, se ha venido a agregar el truco de las listas negras, mecanismo de intercepción que impide la entrada o salida de mensajes a menos que se pague la suscripción a un salvador que posee la tecnología para devolver el derecho a enviar o recibir libremente los correos. Son atentados contra la libertad de información que se perpetran en nombre de la libertad de empresa y que en nuestro tiempo reviven, con distintos personajes, la propuesta del panopticon, de Bentham. Según el inglés, se trata de un conjunto de celdas ordenadas de modo circular y dominadas por una alta torre en cuya cima el vigilante puede seguir todos los movimientos de los de abajo sin que él pueda ser visto. Esta metáfora del poder se repite en Internet, en donde los dueños del software conocen los códigos de la red y pueden cambiarlos, mientras los usuarios los desconocen. Anota Castells: “una vez en la red el usuario medio se encuentra prisionero en una arquitectura que le es ajena”.i

Ese dominio permite la colocación de marcadores o cookies en los discos duros que, conectados a los servidores, transmiten automáticamente todos los movimientos on line; así se ha llegado al siguiente paso, que es la venta de datos. Si alguien decide llamar a estas empresas de mercaderes de intimidades no exagera, porque cartas, memorandos, registros de ideas y proyectos, todo eso que uno consignaba enlibretas, cartas o cuadernos privados, ahora está a la venta.

Es una industria que comenzó con el registro de los datos que las compañías aéreas obtienen de los viajeros, y se ha transformado en un multimillonario negocio, porque cualquier información transmitida por este medio es una materia prima que, procesada, identificada y combinada en unidades de análisis, derriba todos los muros, puertas y ventanas con que el ciudadano cree defender su intimidad. Los comerciantes están convirtiendo en oro todas las intimidades que tocan. Así está ocurriendo con el 92% de los sitios Web en Estados Unidos. Los consumidores o desconocen, o no tienen oportunidad de negar la autorización para que sus datos sean procesados. Alegar ese derecho le quitaría la base legal a un negocio como el de Abacus, la firma que dispone y negocia los datos sobre los hábitos de compra de 90 millones de hogares en Estados Unidos.

Los productos de software de Microsoft, Word 99 y Power Point 97, incluyen identificadores de cada uno de los documentos que el usuario produce, anota Castells. La empresa Aristotle proporciona a quien se los compre, los perfiles políticos de 150 millones de ciudadanos en Estados Unidos. El FBI trabaja en colaboración con proveedores de Internet para registrar el tráfico de correos electrónicos, que se someten a un proceso automatizado de claves. El mismo FBI opera el programa Tormenta Digital, que graba conversaciones telefónicas que, a partir de palabras claves, analiza en programas informatizados.

iCastells, op. cit., p. 197

La tecnología, pensada para ampliar las fronteras de la libertad, convierte al mundo en una versión del panopticon, o en la realización de la pesadilla del Gran Hermano de Orson Welles. A los ojos ubicuos de ese vigilante universal, nada escapaba, salvo unos cuantos centímetros cúbicos de nuestro cráneo, apuntaba el escritor.

Un funcionario de Sun Microsystems describió, sin proponérselo, esta situación cuando dijo con un cinismo escandaloso: “ya no le queda a usted ni un ápice de privacidad, vaya acostumbrándose”.i

En la reunión del G8 en París, en el año 2000 apareció la Comisión Internacional contra el Cibercrímen, con pintorescas aplicaciones locales como la policía cibernética mexicana dedicada a combatir los hackers, o la brigada investigadora de cibercrímenes de Chile; pero con un objetivo concreto y serio: combatir la agresiva delincuencia que roba videos y extrae software confidencial, o que estafa en red. Un dato reciente indica que esta clase de delincuencia resulta más rentable que el narcotráfico. En 2006 la ciberdelincuencia ganó 105 mil millones de dólares en América Latina. Hechos reales y graves que dieron lugar a la interacción de los Estados en la red, con dos consecuencias: tuvieron que compartir su poder y aceptar un nuevo límite a las viejas pretensiones de soberanía nacional, y la creación de un poder estatal colectivo para vigilar a los ciudadanos de cualquier lugar. Comenzó, pues, una vigilancia global que limitó las libertades.

Pero la historia podría ser diferente, concluye Castellsii: Internet podría servir para que los ciudadanos vigilaran a sus gobiernos. Son los gobiernos y no los ciudadanos los que deberían transformarse en urnas de cristal, que fue la muy lúcida aplicación que obtuvo en Brasil el periodista Fernando Rodrigues con su programa Controles Públicos, para el Diario de Sao Paulo. Los 115 millones de electores de Brasil por fin pudieron saber con qué propiedades entraban seis mil políticos al servicio público. Les basta entrar a la página respectiva para saber, por ejemplo, cuáles son los políticos más ricos, que diez de ellos poseen el 24% de todo el patrimonio declarado por los seis mil políticos y que dos mil 108 de esos políticos tienen problemas con el fisco.

El votante que tiene acceso a esos datos conoce mejor a los candidatos y gana en libertad para decidir electoralmente.

Conclusiones

Concluyo subrayando que Internet es un ambiguo escenario de libertad. En efecto, nació en la insólita encrucijada entre la gran ciencia, la investigación militar y una cultura libertaria, como dijo Castells. Esos tres factores dejaron en Internet una marca de origen.

También nació entre equívocos. Puesto que no puede haber libertad sin una sólida base de conocimiento, se ha llegado a creer que ése es uno de los aportes de Internet a la libertad, y no es así.

La realidad muestra que esos descomunales depósitos de información de Internet, no dan conocimiento a menos que el usuario emprenda la tarea de procesarla mediante el análisis, la crítica, la proyección y su aplicación concreta.

Pero esta actividad disciplinada de procesamiento no encuentra un marco propicio en Internet, un medio yocéntrico, como ya se señaló. Internet es, en efecto, una escuela de individualismo radical, que produce seres humanos encerrados en sí mismos.

Esta característica le permite al tantas veces citado Gordon Graham afirmar que Internet está hecho a la medida para fomentar el libertinaje, esa feria de los deseos no tutelados.

Al sumergir al usuario en sí mismo, Internet suprime la presencia del otro, que es moderadora y estimulante de la conducta moral.

El deber ser de la libertad no está en Internet, está en las manos del usuario.

Internet es, pues, un instrumento útil para quien haya decidido ser libre y sea capaz de adelantar esa diaria construcción de su libertad. Pero Internet no da ni quita la libertad a nadie.

En cambio es útil para quien quiera quitar o limitar la libertad, como lo demuestran los ingeniosos recursos tecnológicos para invadir y convertir la intimidad en mercancía.

También entrega en manos de unos pocos el control de los medios. La metáfora del poder contenida en la propuesta del panopticon de Bentham, es aplicable a Internet, como el panopticon del siglo XXI.

En Internet no hay respuesta. Y la respuesta, instrumentada por la responsabilidad, es el equilibrio de la libertad.

Éstos son algunos de los elementos que permiten concluir que así como el ser humano es la conciencia y la libertad de todo lo creado, es esa misma conciencia la que puede convertir el espacio poderoso de la tecnología de Internet en una oportunidad para la libertad. No hay máquina ni ser humano que pueda dar o quitar la libertad, salvo nosotros mismos. Dentro de este marco Internet, como en su momento fueron los otros medios de comunicación, es una nueva oportunidad para la libertad.

iCastells, op. cit., p. 198

iiCastells, op. cit., p. 211

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