Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Ingrata o el triunfo de lo políticamente correcto

Hace unos minutos di instrucciones a uno de los redactores de la revista etcétera para que corrija todos los textos que escribí desde hace treinta años: Donde escribí puta debe decir mujer en situación de trata o sexoservidora, donde canté “Virgen de media noche, virgen eso eres tú…”, debe decir cualquier cosa menos algo que aluda a la pureza de una mujer si no ha tenido sexo y menos a su desnudez. Donde hubiera endilgado una vieja gorda o panzona más fea que Hermelinda Linda o la Chimoltrufia hay que poner ser humano con belleza alternativa y si puse tartamudo, enano o mudo, personas con capacidades distintas (se suprimen las estrofas donde canté con los charros mexicanos y la Santanera, también las de Madonna).

De ninguna manera en mis relatos pueden mantenerse frases del tipo “vete a la verga” o “lo mandó a la verga” porque esto ya valió verga, hay que visibilizar la falocracia, así como otros dicen que debe intervenirse al objeto para hacer arte pongamos circulitos de colores a la boca y al teclado.

Nunca más emplearé ramera ni aunque se cante o rime con enredadera ni aludiré al culo femenino en ese o en algún otro término porque he comprendido al fin, y nunca es tarde para reconocerlo, que la belleza está en el alma y en la inteligencia y que hasta los bigotes en una mujer pueden ser lindos. El redactor de mi oficina ya tiene claro que debe emplear “@”, “o” y “a” e incluso la “x” para ser inclusivo, debe suprimir de mis relatos los piropos en la calle porque todos, todos sin distinción, agreden a la mujer.

En varias crónicas y cuentos escribí chochito, cosita o panochita para aludir al epicentro de la humedad, eso convierte a la mujer en cosa; durante este tiempo me di cuenta de que el diablo espanta al nombrarlo y entonces que es mejor esconderlo, callar y no decir jamás que más allá del género existen seres humanos, mujeres y hombres, que pueden o no ser tan miserables más allá de las dimensiones o las formas de su entrepierna. Hace poco alguien escribió por estos lares que todo esto abarca a todos, a Joaquín Sabina por supuesto, y que eso de las flores de un día es machismo, misoginia pura y que jamás debe uno referirse a ellas ni como a las damas de noche que no duraban que no dolían; esa persona dijo lo mismo de Serrat quien jamás debe volver a referirse a ellas como fruta jugosa (¿me oyes Serrat? El momento de la liberación ha llegado).

Los hombres debemos refrenar instintos, nos atrae el cuerpo de la otra (y a muchos también del otro) pero nunca en la vida puede ni debe entregarse al devaneo fugaz de esa pepita en la entrepierna fresca, jugosa, fuerte, anhelante, y en sus movimientos trepidantes. De mis relatos se acabó el bondage y ni siquiera como metáfora se admitirán frases como el látigo del desprecio (eso es violencia subliminal, a mi ya no me engañan) o te la dejo caer toda (porque eso revela afanes de padrote).

Como analista dejaré de criticar el trabajo de las mujeres periodistas, al fin entendí que tratarlas como iguales en el ámbito profesional es una forma de discriminación, dejaré de mirar a las porristas de los equipos de futbol y ya no veré la cadera de la delegada de Tlalpan ni la sonrisa de las lectoras de noticieros ni la voz cachonda de la estación de radio; voy a tirar tangas, juguetes sexuales, videos porno igual que los culos artificiales que tanto solaz proveyeron a los personajes de mis historias o a sus amigos porque a mí jamás.

Hoy voy a cambiar y revisaré bien mis maletas, así como lo leen, porque soy feliz, ni hombre ni mujer, ser humano feliz, irreverente y soñador que no mira nunca más ni como aliado al consolador, y cantaré al lado de Café Tacvba cuando junto con Yuri eleven plegarias al señor o al santo de lo políticamente correcto, hay uno que se llama Nacho, por eso les invito a todos a que se arrepientan ya de la vida de explotadores y de cascos ligeros que han llevado. Aún es tiempo…

 

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