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La Iglesia católica y la “Constitución Moral”

Desde su origen, cuando se autoproclamó como la única casa de dios fundada por Cristo y encargada al apóstol Pedro (el primer Papa), la Iglesia católica ha dictado una “Constitución Moral” a sus fieles como signo de identidad y como forma de diferenciarse de otras religiones y, más aún, de las que cuestionan severamente al propio catolicismo (aquella “Constitución Moral” varía según los intereses del Papa en turno y puede ser tan flexible como se necesite, de acuerdo a las necesidades de la Iglesia).

La primera gran extensión del catolicismo sucedió en el siglo V debido a la capacidad de la Iglesia para propagar su ideario en el territorio del Imperio romano, con alcances hasta el norte de África, Gran Bretaña y Germania, pero también a finales de aquel siglo ocurrió un declive preocupante debido al islam, y esta situación no la pudo remontar a plenitud, sino durante los siglos XI al XV y teniendo como epicentro Italia, y en particular Florencia y Venecia.

El Renacimiento fue el periodo de máximo apogeo para la propagación de la “Constitución Moral” de la Iglesia católica, entre otras razones gracias al arte pictórico y escultórico, aún con varios lapsos de interrupción, como en Alemania, Francia y Reino Unido, donde su influencia fue severamente disputada por otros tantos poderes fácticos religiosos y políticos. No es casual que en esos países surgieran, por ejemplo, el arte romántico en Francia (de la mano de Eugène Delacroix) o el expresionismo alemán, determinado por el renacentista Alberto Durero, y ello sin detallar en las corrientes que en Venecia y Florencia también se opusieron al dictado del máximo jerarca religioso (sobre todo sin detallar también dónde y cómo detonó tres centurías después, el Siglo de las Luces).

La pintura del medioevo, pero sobre todo del Renacimiento –que, naturalmente, se dividen en etapas delinean movimientos, técnicas y estilos artísticos (relieves, frescos, óleos sobre madera y lienzo, etcétera)– signa la historia oficial de aquel cristianismo y, con ello, delinea imperativos éticos y morales sobre la pureza y su asociación con la virginidad, por ejemplo, como una de las virtudes decisivas de la madre de Cristo que las mujeres deberían emular, el “No robarás”, entre otros mandamientos, que Dios ordenó escribir a Moisés igual que los pecados capitales, y sobre todo la lealtad que los seguidores de Cristo deberían tener con él frente a cualquier situación, por difícil que fuera (infringir cualquier mandamiento podría conseguir el perdón de la Iglesia, pero esa infracción no implica lo mismo para la ley, aunque la Iglesia ha pretendido históricamente hacer de sus mandamientos leyes que rijan a la humanidad). Hay formidables obras de arte que así extienden la palabra de dios.

Entre las admoniciones de los buenos contra los malos, claro, siempre pende la expulsión del paraíso a quienes tuvieran la osadía de cuestionar tal amenaza, dictado que remota buena parte de la obra de Rubens (una pintura entre centenas, no exagero, es la que acompaña a este texto: el Arcángel Miguel en el momento de expulsar de la esfera celestial al demonio y los otros rebeldes; aquella patina clerical está esparcida en varias iglesias europeas como en Roma, Bruselas, Gante, París y Madrid junto con la de otros grandes de periodos anteriores).

Cito a Rubens también porque él, sin duda, es parteaguas entre el fin del Renacimiento y las expresiones artísticas que sobrevendrían y que, paulatinamente, romperían esos atavismos de la moral dictada por la Iglesia en forma de Constitución Moral; sobre la base de que el arte refleja a la época, es un registro histórico y que los Estados-Nación fueron decisivos para minar el poder clerical.

La moral religiosa tuvo una impronta decisiva desde el siglo XI y hasta finales del XVI y principios del XVII, tanto que permanece incluso como ideario político, no sólo de la jerarquía católica, sino de actores políticos en distintas latitudes del mundo en donde habíamos creído que el Estado laico era una realidad inconmovible. Aquellos periodos, por supuesto, también registran disensos, contrastes e incluso desafíos al poder de la Iglesia, son memorables y por suerte muy conocidas, las manifestaciones de Miguel Ángel –su duro cuestionamiento al Papa y al ideario de la Iglesia en la Capilla Sixtina–, además del rechazo de Leonardo Da Vinci al patrocinio de la Iglesia para evitar pregonar los sermones y la versión de la vida de la Iglesia, y sin dejar de tener en cuenta su espectacular “La última cena”, igual que “La Piadosa” de Miguel Ángel. Hay que señalar, además, las centenas de artistas anónimos (los de Venecia se encuentran entre los más llamativos) que lo mismo funcionaban como monaguillos del pincel –creo que eso fue Rafael, aunque desde luego es un artista fuera de serie– que como sus denostadores. Las dos versiones de “La última cena” que acompañan a este texto reflejan al medioevo (el primero) y al Renacimiento (el segundo).

No es posible mencionar siquiera a los denostadores del poder de la Iglesia y su Constitución Moral, aun cuando pintaron o esculpieron con el patrocinio de la Iglesia y, por ello, sus formas fueron más sutiles: destacan entre éstas, el rubor de la mujer que se permite remontar al menos en la imaginación, la pureza virginal, o las formas sinuosas apenas cubiertas con el velo que ordenaba la Iglesia –pienso en Tintoreto en su “Encuentro de Tamar con Judá– e incluso, aunque sea ya por el siglo XVII (digo “aunque sea” porque la fuerza de la Iglesia ya había minado), Seabastiao Ricci quien, entre su vasta obra religiosa –“San Pedro liberado por el ángel” o “Cristo en el mar de Galilea”– también pintó “Diana y las Ninfas” o “Baco y Ariadna” y “Neptuno y Anfitrite”, dos obras que deben verse en conjunto, con una gran sensualidad, inadmisible en los siglos anteriores.

Las Constituciones Morales, provengan del poder que sea (religioso o pretendidamente laico), tienen a sus voceros y a sus cuestionadores. Por fortuna, en el desarrollo de la humanidad, se han explorado los caminos de la diversidad y, en el orden del arte, también las formas para subvertir los intentos del poder o, al menos, para retratarlo y exhibirlo. En todo esto pienso en el museo Thyssen-Bornemisca, en Madrid, más aún cuando siglos después de aquello que he narrado, también explotaron Picasso y el cubismo, así como el realismo y el surrealismo y hasta las versiones abstractas y pop de hacer arte. Es la pluralidad humana que registra, contundente, que siempre serán ineficaces los dictados para definir una moral que todos sigan.

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