Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Huérfanos emocionales

Me parece que cada vez que inclinamos la balanza hacia uno de los sexos se pierde el equilibro, creo que cuando lo hacemos juntos todo es mejor. Hemos vivido largos periodos históricos culpando al machismo o al feminismo, buscando la esfera de poder de uno u otro género, enfrascados buscando diferencia, superioridades, igualdades. En lo personal, como lo creía el psicólogo Carl Jung y como lo sostuvo el epistemólogo y poeta Gastón Bachelard, coincido en que nos habita algo de femenino y de masculino, ánimus y ánima, palabras latinas que aluden al alma. Para ambos teóricos el ser pleno es el que equilibra esos dos polos de la conciencia.

Los últimos avances en neurociencia acaban por dirimir esa antigua rencilla al declarar, como lo hacen los estudios del neurólogo Antonio Damasio, que sentir y pensar son parte del mismo proceso, son los sentimientos la caña de pescar que retribuye recuerdos, que proyecta futuros, sentimos la ausencia, imaginamos el éxito, somos seres narrativos que actúan a partir de acomodar emociones, sensaciones, tramas que orquestan un complejo pensamiento.

El mundo sentimental

Y si en un principio se ha dado por pensar que la esfera de lo sensible le pertenece a la mujer y la esfera de lo racional al hombre, es porque nos ha costado trabajo descifrar la complejidad de lo que somos. Sin embargo, para la mayoría de los filósofos es la mujer la inventora del mundo sentimental, en el mundo masculino pesan más las razones y los actos, las ansias y los instintos, los deseos como una carencia que busca afanosa hasta encontrar la saciedad. La mujer es paciencia y espera, en la esfera de lo femenino el deseo se nutre de calma.

Esa sofisticación de los sentimientos nos ha llevado a desarrollar complejos modos de actuar y de sentir que distan mucho de ser irracionales; qué hay más sofisticado que el amor que se profesa a los hijos o la noción compasiva que nos inspira el otro al ser capaces de compartir el sufrimiento, al negarnos a ser indiferentes al dolor. La palabra compasión es equivalente, en el terreno cognitivo, a la comprensión, no es la empatía que se iguala al puro entendimiento, la compasión es un inteligencia trascendente, es admitir la distancia insondable entre yo y el otro, es facultad de la imaginación que es racional y de la sensación que eleva el mero entendimiento a la condición de aceptar una realidad distinta.

Lo real y digital

Desde mi óptica, el modelo de educación para el siglo XXI será el que comprenda que acción y sensación no son términos opuestos; que hombre y mujer no son contrarios; que si hemos vivido un tiempo masculino y hoy existe una gran tendencia hacia lo femenino, es momento de acceder a la síntesis, de buscar una educación que encuentre el cruce de caminos que somos entre el pensar y el sentir, entre lo masculino y lo femenino, entre lo material y lo ascendente, entre la teoría y la práctica, entre lo real y lo digital. Si buscamos un sentido, como dijera Víctor Frankl, ese sentido se orienta por la brújula de lo que llamamos plenitud, que nos exige recuperar la idea aristotélica de virtud. La palabra virtud proviene del griego aretè que significa excelencia, pero también proviene del latín virtutem, valor físico, y se relaciona con varón aún cuando el sustantivo requiere del artículo femenino (“La virtud”), lo que nos muestra de nuevo que lo mejor de lo humano se encuentra en la suma y no en la exclusión. La virtud es una forma de libertad, un acto puramente bueno, placentero y desinteresado. Éstas son sus tres condiciones y cada vez que practicamos cualquier cosa con esa maestranza nos acercamos a la virtud, cerca de ella el tiempo no pasa, nos fundimos con el momento en que nuestros talentos se llevan a la práctica, nos sentimos plenos, y es esto el fundamento de toda ética.

Huerfanos emocionales

El sociólogo y psicólogo Philippe Zimbardo acaba de revelar un estudio sobre el desempeño académico de los hombres, por primera vez en la historia son ellos los más reprobados en la escuela, anulados socialmente por las mujeres, incluso han perdido pericia en sus relaciones sociales, emocionales y sexuales. Zimbardo culpa a la sociedad, la política, los medios de comunicación, la familia y a nosotros, los académicos, de inhibir las capacidades intelectuales, creativas y sociales de los hombres. Podemos notar que los jóvenes siguen viviendo con sus padres hasta los 30 años, hemos ampliado su infancia. Nuevos términos castrantes como “hombre – niño” y “moodle” (hombre – poodle) han surgido para describir a los hombres que no han madurado emocionalmente y que son incapaces de cuidar de sí mismos. Estos jóvenes no están interesados en relaciones románticas a largo plazo, en el matrimonio o en la paternidad. Viven para escapar del llamado mundo real y fácilmente caer en mundos alternativos. El sociólogo cree que esto tiene que ver con la aparición de la tecnología de entretenimiento. Desde pequeños, los niños se dejan seducir por los videojuegos, la sociabilización en línea e incluso la pornografía en línea, que los llevan a entornos digitales totalmente egocéntricos. Se ha desencadenado una gran timidez por un profundo temor al rechazo social, a la falta de oportunidades laborales, los jóvenes pierden pericia social a medida que el yo digital gana terreno.

En el mundo digital del videojuego y la pornografía, el ego es el operador del juego, el personaje es el observador; en un mundo porno la chica es perfecta y complaciente, no se requiere hacer esfuerzos por conquistarla, en este mundo hedónico no se desarrollan las virtudes ni los talentos porque todo está a un clic de distancia, al esfuerzo de una presión digital, con solo mover un dedo. Y el mundo exterior se encoge al tamaño de una habitación. Según el Centro Nacional de Estadísticas de Educación (NCES por sus siglas en inglés), los hombres son 30% más propensos que las mujeres a abandonar la escuela preparatoria y la universidad. En Canadá, por cada tres mujeres que abandonan la escuela lo hacen cinco hombres. Se predice que para 2016 el 60% de las mujeres obtendrán los títulos de licenciatura, 63% de las maestrías y 54% de los doctorados. Desde la primaria, dos tercios de los niños son de cuatro a cinco veces más proclives que las niñas a ser etiquetados con el síndrome de déficit de atención y, por tanto, más recetados con drogas como Ritalin. Jane McGonigal, directora de investigación y desarrollo de juegos del Instituto para el Futuro, en Palo Alto, California, estima que el joven promedio habrá pasado, al cumplir los 21 años, cerca de 10 mil horas de su vida en videojuegos, un tiempo mucho más demandante que las 4 mil ochocientas horas promedio necesarias para obtener un título de licenciatura. Las mujeres también pasan tiempo en los videojuegos, pero su dedicación a los mismos es muchísimo menor.

La pornografía es lo primero

Por otro lado, el negocio de la pornografía obtiene casi 100 millones de dólares en todo el mundo. Uno de cada tres jóvenes estadounidenses se considera usuario porno “asiduo”, dedicando a ver este material casi dos horas cada semana, según la Universidad de Alberta (Canadá) y Cindy Gallop, autora del libro Make Love Not Porn: “La tecnología Hardcore influye en el comportamiento humano, los hombres jóvenes no alcanzan a entender la diferencia entre el amor y el sexo. El poder adictivo de los videojuegos y de la pornografía, al igual que otras adicciones de excitación, quiere más y más variado, atrapa a los usuarios en un presente hedonista ampliado. Pasado y futuro se subordinan al momento presente que se expande para dominar todo. Se trata de un presente totalmente dinámico, con imágenes cambiando constantemente. Los cerebros de los muchachos se están “formateando” digitalmente en una forma que exige el cambio, la novedad, la excitación y la estimulación constantes. Lo que, por otro lado, convierte a los salones de clases en lugares totalmente fuera de esta sincronía, que son analógicos, estáticos e interactivamente pasivos, aun cuando hagamos esfuerzos por modificar el modelo para ser más entretenidos caemos entonces en la trivialización que hace de la academia un espectáculo, que por cierto siempre será de segunda, porque no tiene ni tendrá los recursos del espectáculo ni las maestras y maestros de la pornografía.

El aislamiento masculino conlleva a que los hombres sean más propensos a desarrollar actitudes negativas hacia las mujeres en general, que son vistas como “el otro” al que no entienden, prefieren la pornografía y el sexo con prostitutas o la sala de masajes eróticos a las relaciones sexuales de mutuo acuerdo con compañeras femeninas de igual estatus. La clave para ser un hombre reside en la responsabilidad de cuidar de uno mismo y en la preocupación por los demás. Maia Szalavitz y Bruce D. Perry, autores de Nacidos para el amor: ¿Por qué la empatía es esencial? -y está en peligro de extinción-, sugieren que la falta de riqueza en las relaciones interpersonales está teniendo un efecto negativo en la capacidad de nuestra cultura para cuidar a los demás. Algo parecido es lo que afirma el filósofo Zigmunt Bauman, tanto en su libro Modernidad Líquida como en Ceguera moral, donde señala que el riesgo actualmente es ir perdiendo la capacidad compasiva, base de la moral, dado que la globalización y el creciente predominio de lo digital sobre lo real acaban por hacernos insensibles al otro.

Somos lo que otros sueñan

Pero no son solo los niños quienes se resisten a crecer y ser independientes, muchos padres también son reacios a dejarlos ir, a permitirles arriesgarse y ser autosuficientes. Hoy conocemos este fenómeno como el de padres helicóptero que sobrevuelan alrededor de sus hijos incluso en las escuelas para asegurarse de que están haciendo lo correcto. En China existe un fenómeno que se llama “las madres sentadas”, madres que acompañan a su hijo a la universidad, para asegurarse de que se convierta en el orgullo de la familia. Fracasar es una parte inevitable de la vida, pero muchos padres no están dejando a sus hijos aprender que es necesario asumir el error.

La tecnología no es buena o mala, es poderosa y complicada. Basar la educación, los videojuegos y el entretenimiento en general en un sistema de recompensas, es emular al mundo de consumo que tanta frustración conlleva, donde se da algo para obtener algo a cambio, cultivar el amor por el aprendizaje se parece más a la idea ética de la virtud que consiste en buscar que el ejercicio de nuestra potencialidad sea la propia recompensa, la vieja idea del bien por el bien mismo. Un nuevo modelo educativo debería enseñar a equilibrar el pensamiento y los sentimientos, a ser ciudadanos óptimos que saben cuidar las finanzas personales y los recursos globales, a fomentar el pensamiento crítico y la creatividad, el respeto por las diferencias y las semejanzas implícitas en el ser humano.

Pensar en un nuevo modelo educativo nos obliga a pensar en equilibrios, inclusión, sensibilidad ética y virtud, la esencia del ser humano no reside en la autodefinición, se requiere del otro para construirnos, la identidad adquiere sentido solo en virtud de la relación con otra persona. Si nuestra sociabilidad se deteriora y no tenemos ningún poder de comunión, la identidad se convierte en una búsqueda de sentido que alterna máscaras. Somos lo que contamos pero también somos lo que otros sueñan, piensan y dicen de nosotros. La felicidad no está en ser rápido, eficaz, anónimo y sin compromisos. La vida plena, óptima, es el ejercicio virtuoso de nuestros talentos, la prueba constante de que transitamos entre aquello que es en apariencia opuesto, somos hombres y mujeres, razón y sentimiento, integrantes de una realidad que también es virtual y que podemos, en la búsqueda de armonía, volver virtuosa.

Referencias:

Zigmunt Baumman & Leonidas Donskis, Moral Blindness: The Loss Of Sensitivity in Liquid Modernity, Polity books, 2013.

Zimbardo, Philip & Nikita Duncan. The Demise Of Guys, Ted Books, 2013.

Regina Freyman

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