Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Huberto Batis, el mitómano veraz

Inventemos el tiempo que no transcurrió, inventemos juntas el recuerdo
–Hugo Hiriart, Galaor

Aquí se trata de Batis

Me han dicho que luchó contra la muerte con la misma furia que toda su vida marcó su lucha por la buena literatura. Y que murió con una sonrisa. Siempre he creído que la pregunta acerca de la felicidad no tiene sentido durante la vida y sólo se puede descifrar como una sonrisa a la hora de la muerte. Es lo que hay.

Más allá de la pérdida personal, todo muerto deja al menos otras dos cosas: el vacío en muchos y su legado en todos. Contra todo decoro, buena parte de los hacedores de homenajes se roban al muerto para hablar de sí mismos. A veces les sale bien: ¡con los años uno se va haciendo tolerante con la bestia humana!

Huberto Batis y Miguelángel Díaz Mongez

La muerte de Huberto no tendría más importancia que la de cualquiera (“Que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?”, se preguntaba Espronceda en su “Canto a Teresa”), de no constituir la representación de muchas cosas que le precedieron en el camino a la perpetuidad del olvido o la memoria, cosas que cualquier persona más o menos culta sabe cuáles son y se resumen en sus apabullantes cuentas como docente y como editor.

A finales de los ochenta, hubo un homenaje al Instituto de Investigaciones Filosóficas. Estaban todas las lumbreras que imaginarse puedan, muchos muy viejos y un incalculablemente anciano Eduardo García Máynez, a quien imagino que llevaron contra su voluntad en silla de ruedas y creo que tanque de oxígeno, aunque esto no lo juraría. El homenaje lo había organizado el propio Instituto, es decir el director, que era León Olivé y tenía grandes aspiraciones que el dios de los obsequiosos le concedió. Fue él quien abrió la pasarela palabrera, y lo hizo mencionando todos los logros de ese gran lugar: sus instalaciones, su biblioteca, sus computadoras, sus reclutas y sus mingitorios. A continuación, el gran Alejandro Rossi tomó la palabra: “Hacer un homenaje no es hacer un inventario”.

El inventario batisiano ya está más que completo. Sólo por mera cortesía con los más distraídos lo esbozo nuevamente:

Inventario

–Formó parte de una generación de notables, “los Juanes”: Juan Vicente Melo, Juan José Gurrola y Juan García Ponce, quien la llamó “la Generación Despedazada”, a contrapelo de otros motes. Huberto era “Juan Honorífico”.

–Era un erudito y un verdadero intelectual, con la capacidad de trabajo de los insectos admirados por los patrones y emulados por los peones. Era insomne y adicto al trabajo. A él le iba como un guante la aseveración de Baudelaire: “Hay vicios tan poderosos que no pueden ser sino virtudes”.

–Editó diversas colecciones, libros y suplementos culturales entre los que destacan Cuadernos del viento y “Sábado”, éste último merecedor de ser considerado el mayor semillero de nuevas plumas con buena literatura de las últimas décadas del siglo XX –las de los suplementos y las nuevas plumas, precisamente.

–Durante 50 años de docencia impartió Teoría Literaria y Taller de Revista en varias universidades, sobre todo en la UNAM, a más o menos 70 alumnos por año, lo que da una cifra escandalosa de gente dedicada a las letras que hoy afirman, sin titubear, aunque no hayan simpatizado con él, que fue el mejor de sus maestros. La docencia la extendía a su vida cotidiana. La redacción de “Sábado”, además de uno de los lugares más divertidos del mundo, era un gran centro de aprendizaje, aunque esto sea anecdótico en este apartado.

–Escribió muchos libros, de ensayo, de crítica y de memorias, entre ellos el legendario e inconseguible Estética de lo obsceno y otras exploraciones pornotópicas. Un gran libro, mas no su único gran libro.

–Su archivo fotográfico es inmenso y nunca lo tomó en serio, pese a que era un extraordinario fotógrafo, consecuencia de su descomunal cultura, su formación estética y su –valga el lugar común– capacidad de asombro. La belleza lo enloquecía, no sólo la femenina, aunque ésta especialmente.

Huberto en escabeche

Por su carácter irascible y su manía de espetar lo que pensaba aunque después su opinión podía cambiar radicalmente, abrió todos los frentes habidos y por haber y fue intensamente odiado incluso por la gente que más lo quería o que decía quererlo, a veces desde la más honesta ambigüedad emocional. También fue intensamente amado. Los conjuntos opuestos hacían y hacen intersección, porque más que un hombre de matices era un círculo cromático al que uno, si tenía la inteligencia necesaria, terminaba por acostumbrarse y aceptar a cambio de los beneficios que reportaba su amistad. A veces humillaba, y eso no lo perdona con facilidad alguien bien nacido: por fortuna a mí no me tocó.

Ser amigo de Huberto implicaba saber escuchar y aprender. Exigía tener sentido del humor, cultura, buena conversación y una infinita capacidad para cerrar la boca cuando lo que, en las palabras de Huberto, hacía diez minutos era rojo y acababa de convertirse en negro por exigencias del guion.

A Huberto no le gustaban las historias mal contadas, las historias con vacíos imperdonables, laxitudes o finales decepcionantes. Además tenía una imaginación tan rica como su velocidad de pensamiento y lenguaje.

De ahí nacía el más hermoso de sus terribles y temibles defectos: la mitomanía. No hace falta retórica: lo que faltaba o no le gustaba, se lo inventaba o lo coloreaba. El problema, lo que ante muchos lo delató es que esas cosas que hacía durante su apasionante conversación terminaban por llegar a los oídos de los involucrados y no faltaban aguafiestas que lo delataban.

Sabíamos que cualquier cosa contada por Huberto debía ser verificada con más fuentes. Era la persona a la que con justicia se le dice: “Tú, que todo lo sabes, y lo que no, lo inventas”. Pero ¡caray! qué maravillosa manera de mentir.

Sin embargo, no es cierto que mintiera. Todos conversamos, contamos anécdotas, damos opiniones, pero nuestro cerebro puede estar perdido en el engaño o la desinformación; en la confusión de fechas, nombres o lugares; en la imprecisión de los detalles o el contexto. Huberto no era diferente. No mentía: lo que él decía era absolutamente cierto cuando lo decía. En verdad puedo afirmar que he conocido a muy poca gente tan honrada y honesta como Huberto.

Era mitómano porque su cerebro necesitaba que el mundo tuviera esa coherencia, belleza, gracia y magia que le imprimía a las cosas. A él, como a muchos de nosotros, le importaba un bledo discernir entre la ficción y la realidad, entre otras razones porque, como dijera el doctor Mark Platts, eso no se puede, pues “el mundo es muy complejo y nuestras mentes son demasiado pequeñas”.

Además nada de esto importa: en el desgarrador video que grabó para el INBA como despedida, sólo nos encargó conservar el arte, el amor y la literatura.

Huberto al alto vacío

Gourmet, pornógrafo, diletante, parlanchín y explosivo, Huberto tenía algo que le advertía cuando las cosas iban demasiado bien con cualquier persona. Ya era mucho que se supiera que su padre quiso que fuera médico militar y lo crio bajo esa disciplina, que fue a dar al seminario y se volvió un verdadero cristiano que detestaba al catolicismo. Cuatachero, campechano, buenazo y generoso, a veces bajaba la guardia y empezaba a trenzar una amistad que se acercaba a la indecencia. Era el momento de alejar a esa persona. Entonces hacía algo agresivo, impertinente, malvado. Él lo sabía todo de todos, pero se las arreglaba para que nadie pudiera penetrar su mundo críptico, su cerebro indescifrable, su inmenso y muy vulnerable corazón. Aún así, con muy pocos logró la distancia, el rencor, la ira que buscaba. Así, aún así, hoy me acerco al final de éstas, quizá las últimas líneas que vaya a dedicarle, con las más simples y sinceras palabras: Gracias y adiós, amado Huberto, siempre estarás en mi corazón herido por tu muerte: por más que hacemos, no cierra la tapa de tu ataúd.

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