Alejandro López

Hora cero

Julio empezó candente: rebeliones juveniles en todo el mundo; movimientos estudiantiles a diestra y siniestra.

Mientras, nos preguntábamos: ¿aquí cuándo? No me imaginaba lo que sería ese mes a partir del día 22 (con el pleito provocado entre la Voca 5 y la prepaIsaac Ochoterena, disuelto a golpes por los sempiternos granaderos) y que al terminarse estaría yo en la cárcel, acusado de nueve delitos.

Además de mi participación en el grupo Juan F. Noyola, formaba parte de la revista Hora Cero. Epe Rascón, Manolo Santos y yo nos habíamos incorporado ese año al grupo de compañeros de Filosofía (J.Meza, E.Bartra, F. Orozco) y de Ciencias Políticas (Diana y Daniel Molina y Jesús Anaya), quienes habían publicado ya cuatro números y un libro de poemas: Vamos patria a caminar.

Esa vez nos habíamos citado para el 24 en la noche, en la casa de Elí, en la colonia Condesa. La experiencia anterior había sido algo traumática. Imbuidos por el espíritu del Che nos fuimos a una casa en el campo a planear el número correspondiente. Teníamos en mente realizar una caminata, hacer comida en una fogata y prescindir de cualquier comodidad. El resultado fue desastroso: a mí me pateó un caballo, tratando de encender el fuego; a alguien se le ocurrió echar gasolina a la fogata y dos resultaron con quemaduras; la comida nunca se coció; la lluvia nos dejó empapados, y terminamos en un café planeando la revista, entre estornudos y conatos de gripa.

La noche del 24 todos puntuales llegamos a la cita. Llegaron además (quién sabe cómo y por qué) Mika Seeger y William Rosado: ella, hija de Pete Seeger y él se presentó como integrante del movimiento de liberación de Puerto Rico. Con esas credenciales no hubo objeción de su participación. Armamos la revista y quedamos de vernos el 26 para asistir a la manifestación por el aniversario de la revolución cubana.

El 26 marchamos por avenida Juárez hasta el Hemiciclo, éramos unos diez mil. Se inició el mitin, los oradores, todo normal. De pronto, por el otro costado de la Alameda, escuchamos una multitud gritando consignas: eran los del Politécnico que protestaban por la brutal represión a sus alumnos. Se dirigían hacia 5 m e m o r i a de mayo gritando “¡Zócalo, Zócalo!”. Hay que recordar que ésta era una plaza “exclusiva” para dar gracias al señor Presidente y para eventos oficiales

Animados por el empuje de los politécnicos, nos unimos al contingente, pero Filomeno Mata hervía de granaderos, judiciales y policía de toda laya. Entonces Epe y yo nos fuimos por la calle Madero y pudimos avanzar sin contratiempo. En Palma había un grupo que atravesó un tranvía y le prendieron fuego con bombas molotov. Era alucinante: en un segundo estábamos viviendo ya lo que consideramos el inicio de la revolución. En ese momento me di cuenta que nos seguían de cerca Mika y William, les hicimos señas para que se retiraran y continuamos hacia el Zócalo. Era un reto llegar ahí, aunque fuéramos sólo dos.

Al llegar a los portales vimos una cantidad de guaruras y dimos media vuelta, nos empezaron a seguir y al doblar nuevamente a Madero nos topamos con Mika y William. Les hicimos señas para que corrieran y se quedaron parados, inmediatamente les cayeron encima y se los llevaron. Mika estuvo cinco años en la cárcel y William (que en realidad era Alejandro Rosete, uno de los líderes del movimiento independentista de Puerto Rico), diez: fueron presentados como “los agitadores extranjeros comunistas” que vinieron a subvertir el orden y boicotear las Olimpiadas. Esa noche apresaron a cantidad de personas, sobre todo del PC, destruyeron su imprenta y llenaron las cárceles con quien se atravesó en su camino.

El fin de semana lo pasamos analizando los hechos con varios colegas. Miles de hipótesis, pero sólo una certidumbre: el régimen había optado por la mano dura y la represión. El lunes 29 nos reunimos por la noche para planear un periódico que se llamaría Contacto y tenía la pretensión de ser el enlace entre los diversos actores del movimiento que se iniciaba. De pronto nos avisan que hay una batalla campal en la Prepa 1 contra los granaderos. Nos lanzamos a reportear y fuimos apresados y conducidos a Tlaxcoaque. En el salón donde llegamos había como 100 personas sentadas en bancas, algunas heridas. Ahí pasamos toda la noche bajo la mirada del temible pelón Mendiolea. En la mañana nos llevaron al sótano donde, para todo el día, muy humanos, nos llevaron un atole maloliente y pan. Varios muchachos estaban heridos y recuerdo a uno muy menudo que traía una playera con la leyenda “Frágil” toda manchada de sangre. En la madrugada salieron Rolando y Roberto (eran maestros) y Epe (estaba embarazada). El 31 por la mañana me llevaron a tocar el piano (huellas dactilares) y dijeron que me iba a Lecumberri consignado. Regresé a la crujía algo asustado, pero a la vez sereno y satisfecho. Recordaba una frase oída una vez: “Quien no ha pisado la cárcel no ha sido un buen revolucionario”

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