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América Pacheco

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Escritora, es también Tarzán del alma

Hamilton Naki. El héroe clandestino

Para el doctor Alejandro Carrasco,
por enseñarme a querer a Hamilton con
 toda la fuerza de mi ventrículo izquierdo.

Hamilton Naki, hombre de sonrisa gentil, manos diestras y raza negra (bantú, en argot sudafricano), nació en la pobreza extrema en una remota aldea del distrito de Ngcingane, Cabo del Este, Sudáfrica, en 1926, y a pesar de poseer una aguda y portentosa inteligencia, tuvo que abandonar sus estudios antes de cumplir los 15 años debido a que las condiciones raciales de su tiempo no daban oportunidad para que un individuo de otra raza que no fuera blanca accediera a una educación básica, sin embargo, gracias a una serie de eventos extraordinarios, dedicó 40 años de su vida a formar médicos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Ciudad del Cabo en absoluta clandestinidad.

Que Naki lograra la complicidad de las autoridades sanitarias y universitarias no debe considerarse un acto de inusitada buena fe. De haberse filtrado lo anterior a la prensa, les hubiera costado más que la licencia médica a todos los involucrados: durante los años sesenta –cuando comenzó a trabajar como asistente de quirófano– las incomprensibles por inverosímiles leyes sudafricanas no permitían que un individuo de raza negra pudiera tocar la sangre de blancos, mucho menos operar pacientes. La pena era cárcel acompañada de una larga condena.

Las autoridades del Hospital Groote Schuur, recinto en el que Hamilton Naki comenzó su trayectoria como cirujano, aunque en la nómina apareciera con el cargo de “Jardinero”, tomaron semejante riesgo por una sencilla razón: Naki participó en la cirugía más famosa de su tiempo y aunque la historia le otorgue el mérito al doctor Christiaan Barnard como quien realizó la primera cirugía de transplante de corazón exitoso, los sudafricanos saben qué manos colocaron en el pecho de Louis Washkansky un nuevo corazón. El primero en el mundo entero.

El vergonzoso capítulo en la historia de Sudáfrica llamado Apartheid convirtió en infierno la simple acción de respirar si la piel del ciudadano no corrrespondía a la de los afrikáners (colonos de origen holandés). Durante 187 años, los negros habitantes, dueños y señores de su propia tierra no tuvieron derecho a reclamarla. O habitarla. Fueron segregados a sectores apartados de las grandes ciudades, no se les permitía habitar ninguna metrópoli importante. Tomar el bus, ganar un sueldo digno, obtener un diploma, nadar en una playa cualquiera, reposar en parques y jardines, recibir atención médica, ser recogido por una ambulancia, gobernar o levantar la voz eran actos imposibles. Esa era la Sudáfrica a la que Hamilton Naki tuvo que enfrentar en silencio y arriesgar su propia vida y libertad durante cada segundo dedicado a la docencia y al ejercicio noble de salvar vidas blancas.

El medico Robert Goetz observó cuidadosamente la diligencia que mostró el jardinero del hospital y decidió darle la oportunidad de ayudar al cuidado de los animales que eran usados en las prácticas de investigación de la facultad. Ahí fue donde lo encontró Barnard. Al principio mantenía limpias las jaulas, alimentaba a los animales -principalmente cerdos y perros, utilizados por los estudiantes en sus prácticas. Sus habilidades innatas no pasaron desapercibidas por Goetz, por lo que al tiempo, comenzó a ejecutar las primeras incisiones para extirpar órganos de los animales, hacerse cargo de los cuidados post operaratorios y suministro de medicamentos, para después realizar los transplantes con asombrosa maestría. Solo un puñado de gente que se llevó los detalles a la tumba atestiguó transición de Naki de intendente a extraordinario cirujano de seres humanos, aunque jamás pudiera reconocerse su talento en público. Los registros disponibles al día de hoy apuntan que un asistente de laboratorio entrenó a cada médico interesado en la investigación de transplante de órganos en la facultad, exclusivamente con prácticas en animales, pero una declaración que hizo Barnard a Dirk de Villiers años después de que el Apartheid sucumbiera nos hace pensar que existen historias que merecen ser sacadas a la superficie: “En realidad, el hombre de talento era Naki, no yo. Sus manos eran las de la técnica”.

Existe una anécdota en la Universidad del Cabo que cuenta que Naki meció con la mano izquierda una carriola del bebé de un estudiante de medicina mientras que con la derecha, realizaba un trasplante de hígado en un cerdo.

Denise

Ciudad del Cabo, Sudáfrica, Diciembre de 1967. La familia Darvall compuesta por Edward, Myrtle, y sus hijos Denise y Keith se dirigían a Milnerton a bordo de un Ford Anglia color verde, con la intención de tomar el té de la tarde. Pudieron haber tomado la autopista, pero a causa de un cambio de planes inesperado, decidieron tomar la ruta de Main Road Avenue, esta pequeña e inofensiva desviación cambiaría sus vidas, la de un moribundo, un medico, un jardinero y de paso, a la humanidad entera. Myrtle y su hija Denise bajaron del Ford a comprar rosquillas a la panadería Coppenberg. Mientras tanto, muy cerca de ahí, Ann Washkansky, regresaba agotada a casa, después de la extenuante jornada de cuidado a su marido, quién se encontraba condenado a muerte, debido a una anomalía cardiaca que lo mantenía respirando sus últimas bocanadas de aire, sosteniendo dolorosamente los últimos bombeos de su corazón.

Un chofer de camion de nombre Frederick Prins, tomó Main Road Avenue en absoluto estado de ebriedad, sin notar que justo frente a él, cruzaban Denise y Myrtie. Las embistió de manera trágica. En sentido contrario, metros atrás, Ann conducía su auto con todo tipo de esperanzas rotas. Frederick embistió a las dos mujeres matando al instante a una de ellas, mientras que a la otra, la colisión le provocó fracturó el craneo letal e irreversible. Ann Washkansky vio el accidente y pensó en un instante en bajarse, tratar de ayudar, pero su tragedia personal era tan grande que decidió acelerar nerviosamente. Sin esperanzas todo lo que busca un alma doliente es paz, mucha paz.

Coert Venter, el médico de guardia del esposo de Ann, Luis Washkansky de 53 años, haría la llamada que cambiaría la historia de la medicina para siempre. Su interlocutor: Christiaan Barnard, su mensaje fue escueto: “Hemos encontrado al fin un donante de corazón, tiene muerte cerebral”. Era Denise.

Barnard llamó con urgencia al único asistente del que no podía prescindir: Naki.

Honoris Causa.

En 2002, un jardinero pensionado y enfermo de 75 años acudió a la Universidad del Cabo a recibir un tardío y por demás insuficiente reconocimiento. El alma mater que encerró con celo entre sus paredes a su secreto mejor guardado, decidió sacarlo a tomar un poco de luz. Las puertas fueron abiertas a la prensa y al mundo porque no todos los días se vería un acontecimiento tan poderoso por su carga emocional, emblemática, aspiracional y sobre todo: humana. La medalla de bronce y el honoris causa se entregarían ese año a un hombre cuya labor de haber extraído el corazón aún con vida de Denise Dravall, la primera donante de corazón para entregarlo en las manos de un cirujano, era la menor de sus hazañas. El verdadero reconocimiento fue otorgado a cuarenta años dedicados a formar a los médicos de una nación lastimada hasta la médula por crímenes de lesa humanidad, el galardón conocido como “Orden Nacional de Mapungubwe” se entregaría al responsable de dedicar cuatro décadas de una vida sencilla a la enseñanza entre las sombras, y sobresalto constante. El anciano sonrió y agradeció en silencio a otra heroína anónima: Denise Darvall.

Todos y cada uno de los médicos que Hamilton Naki enseñó a perpetuar la vida humana estuvieron presentes. Todos aplaudieron de pie por primera vez y en público, al hombre al que la historia le debe el lugar que merece, al jardinero de 75 años, al miserable bantú poseedor de una brillatez quirúrgica inigualable que logró en absoluta clandestinidad lo que ningún otro médico antes.

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