Jesús Olguín

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Médico cirujano

Haití, novedad informativa

La humanidad es diferente a la que pobló el planeta siglos atrás, esencialmente diferente con base en los avances tecnológicos que han marcado el ritmo de cada era.

Ahora tenemos la ventaja de conocer en el instante mismo lo que acontece en los lugares más remotos, enlazar nuestro día a día con el de cualquier pueblo distante; lejos están los días de la radio, cuando escuchábamos la narración de lo que había ocurrido y ahora, con el despliegue tecnológico contemporáneo, lo podemos hacer pero en el momento exacto en que suceden los hechos.

Supimos lo que pasó en Hai t í por esa vertiginosa rapidez de los medios e, incluso, por medio de las redes sociales, en particular Twitter y Facebook, nos enteramos de lo que ocurría por uno de los habitantes de aquella población desolada.

En esta era predominan las imágenes y éstas, se sabe, suscitan emociones. Baste con prender el televisor o recurrir a las ya dichas redes sociales para, incluso, poder sentirnos protagonistas a distancia.

Sentimientos, entonces, son los que explican la concatenación que, desde el día de la tragedia hasta el momento en que redacto este texto, hay entre los medios de comunicación y las audiencias. Como se registró en los partes informativos, la mayoría de los mexicanos buscamos ayudar y, en sus diferentes instancias, las instituciones públicas instalaron centros de acopio que han sido receptáculos de la solidaridad.

(Seguramente quienes vivimos el 85 y su sacudida sísmica, nos vimos con la oportunidad de corresponder a la ayuda que recibimos en aquel entonces y por eso nada significó que meses atrás Haití hubiera rechazado el apoyo que el gobierno mexicano dispuso después de que padeció los huracanes.)

Ésta es la capacidad de los medios de comunicación hoy día: las imágenes difundidas han conmovido, no exagero, a escala planetaria. Las instantáneas estremecen: la del niño haitiano de aproximadamente un año, solo, sentado en la calle llorando, la de dos hombres haitianos peleando por un paquete; la de las calles de Puerto Príncipe con los techos de las casas a ras de suelo, la de tantos heridos y desesperados. Y entre éstas, la que retrata a los marines estadounidenses que caminan por las calles para mantener el control de los saqueos, armados hasta los dientes, justificados por la premisa de que el gobierno haitiano se encuentra rebasado por la contingencia.

Las instantáneas son abrumadoras, duelen, pero resultan tan parecidas a las de la vida cotidiana de nuestro país que me resultan casi familiares. El niño haitiano llorando se parece a muchos de los que se encuentran en los camellones de cualquier ciudad, chorreado de pobreza, esperando a su madre quien vende cualquier cosa en algún semáforo.

Techos sembrados en los pisos, como los de cualquier lugar del mundo que se encuentran en disputa por no haber encontrado una respuesta diferente a la bélica. Tropas del país más desarrollado del mundo paseando por paisajes de desolación, que esta vez no fueron dibujados por su fuerza, sin que deje de ser motivo para desbordar en ellos su elocuente control y su poderoso armamento, aunque no implique una guerra moral. Hombres pelando por cualquier cosa, sin ninguna intención de ceder o compartir.

Gente moribunda y hambrienta que vive en hacinamiento sin necesidad de catástrofes naturales y que no son asistidos por el mundo entero, pues de cualquier modo es parte de su cotidianidad.

La novedad informativa, entonces, es Haití.

Pero del impacto de las imágenes, los medios mismos se han visto rebasados para traducir los sentimientos en explicaciones; por ejemplo, para entender el otro desastre que la isla ha vivido antes del sismo (ver no basta para comprender, incluso en más de un sentido ni siquiera ayuda para informarse como vimos con el falso video de YouTube). Me refiero al de sus frágiles instituciones, sus prácticas autoritarias, la corrupción y, en general, la devastación de un país que, ahora, un fenómeno natural desnuda en todo su dramatismo y que, en más de un sentido, exhibe a los medios y a sus audiencias en toda nuestra fragilidad, o sea, en nuestra propia tragedia.

Antes del 12 de enero, la isla era un territorio apenas conocido y ahora está dentro de las noticias estelares hasta que otro suceso marque mejores indicadores para el rating.

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