Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Hacia la web semántica

Donde falla la ontología

Quienes quieren -desde el discurso estatal, desde la incontrovertible “verdad” científica o desde la moralina religiosa; que, sorprendentemente, casi siempre están de acuerdo en esto- caracterizar Internet como un territorio caótico y desvinculante que carece de orden y concierto, en el que estamos continuamente “expuestos” al horror del sinsentido, el fraude, la confusión y la degradación (aunque parezca exagerada, esta caracterización antecede -palabras más, palabras menos- casi cada intentona de regulación de contenidos y de acceso a la red, venga de gobiernos de izquierda o de derecha, sea para defender el copyright de unos cuantos o el “derecho moral” de inasibles “mayorías”), quienes así la caracterizan, decía, niegan -la mayor parte de las veces dolosamente- la lógica del funcionamiento de la red y las implicaciones de las vincularidades que produce. De hecho, y sin temor a equivocarme, podría afirmarse que Internet ha ido desarrollándose de una manera sorprendentemente ordenada y casi meticulosa; sorprendentemente, sobre todo, si se toma en cuenta la cantidad exponencial de personas, intereses y animosidades que se han puesto en juego en ese desarrollo.

A la par del desarrollo tecnológico e infraestructural que supone -del cual, por cierto, no se han ocupado privativamente el Estado o las grandes corporaciones sino, muy primordialmente, un ejército de “geeks” que se han encargado de generar las mejores ideas y su puesta en práctica; sin que eso sea atravesado por el simplón paradigma de que, luego de hacerlo, se volvieron millonarios-, Internet ha desarrollado una relación orgánica con el usuario o, mejor dicho, con su usuario: cada persona involucrada en la producción, aprovechamiento (sea dentro de la red o fuera de ella), distribución, significación y/o re-significación de contenidos de la red tiene la posibilidad de transformarla de más de una manera. Es decir, el campo semántico de la red y sus contenidos depende primordialmente del usuario. Esto, por supuesto, no representa únicamente algo ante lo que maravillarse (si usted, estimado lector, es aún capaz de tal cantidad de asombro en esta posmo-dernidad en la que nos ha tocado aburrirnos), sino que trae consigo toda una serie de tensiones en el diálogo entre las mentes que desarrollan la plataforma tecnológica y las mentes que la usan y transforman (que, en muchos niveles, pueden caracterizarse como “las mismas”).

En el ámbito que nos ocupa, la web semántica, ese diálogo busca traducirse no solamente en un intercambio posible de información (cosa que hoy, por supuesto, ya ocurre) sino en una relación de construcción paradigmática del conocimiento: seres humanos y computadoras “pensando” al unísono de la manera más confiable posible; y, muy particularmente, computadoras pensando entre ellas previendo su interacción con la mente humana. Es decir, las máquinas llegando a conclusiones propias como entidades autónomas que, a posteriori, serán integradas en su diálogo con otras entidades autónomas: los usuarios. Esto transforma (porque esto, también por supuesto, ya ocurre) el campo semántico de la interacción entre el usuario y la red de muy diversas maneras y con muy diversas implicaciones pero, sobre todo, reta muchos de los convencionalismos más bien frívolos con los que usted, yo y cientos de miles de otros usuarios de Internet nos sentamos todos los días a trabajar, investigar o “perder el tiempo” en línea. Particularmente el convencionalismo de que, al ser nosotros quienes somos (pequeños, aburridos, sin importancia, condenados a los insípidos lugares comunes de los poemas de Galeano), lo que “alimentemos” a la red, nuestro aporte a su significado último, carece de importancia.

En el año 2001, Tim Berners-Lee sucumbió (tempranamente, se me antoja pensar) a la idea de que había un cierto no-sé-qué de desorden en Internet; algo que él caracterizaba como una creciente dificultad del usuario para abrirse paso entre el tumultuoso cúmulo de información disponible en la red. De ese primer asomo de pulsión por la “facilidad” (de la cual ni las mentes más brillantes -signifique eso lo que signifique- están exentas) surgió una idea dialécticamente fascinante, por la complejidad de sus implicaciones: la de crear una “red de significado”; lo que sería “una extensión de la actual red en la cual se le da a la información un significado bien definido, permitiendo a las computadoras y las personas trabajar cooperando de mejor manera”.1 La respuesta de los desarrolladores de tecnología no se hizo esperar: en primera instancia surgió el lenguaje pionero de la web semántica, el RDF (Resource Description Framework) que permitía a los usuarios expresar y almacenar meta-datos en tríos (sujeto, predicado, objeto) en la que cada miembro de este trío tenía garantizada su unicidad a nivel red al ser parte de una URL (es decir, de una dirección web verbo y gracia: http://ejemplo.com/musica/clasica/piano.

A esta incipiente taxonomía le siguió el aún más categórico segundo intento de lenguaje para la web semántica: el OWL (o Web Ontology Language2) que en el nombre llevaba la penitencia. OWL pretende (está actualmente en discusión y desarrollo) crear una base ontológica sólida que permita no únicamente asignar taxonomías únicas mediante URL’s, sino la posibilidad de establecer “hechos” relacionados con esas direcciones web que genere un esquema de clasificación descentralizado capaz de jerarquizarlas. Aunque ha representado un avance sustancial en la posibilidad de generar comunicaciones y unidades de significado fácilmente comprensibles para las máquinas, OWL presenta severos problemas dialécticos: en primer lugar las URL’s usadas para la ontología no pueden cambiar, lo que conlleva que el conocimiento en la web semántica sea monótono; en segundo lugar (y todavía más problemático) no permite desacuerdos entre distintas ontologías. Por supuesto, en una materia tan compleja como el conocimiento y tan sutil como el significado, los absolutos son materia de alarma y, habrá quien tenga ánimo suficiente para decirlo, hasta de rebeldía. Elin K. Jacob lo puso de una manera magistral, por lo sencilla: de acuerdo con su opinión, la web semántica adopta una “concepción inmutable de la realidad” donde “el pasado y el futuro permanecen sin cambios” lo mismo que las características objetivables de los miembros de la clasificación; lo que deja a esos miembros clasificados de manera absoluta.3

En un terreno (Internet) cuyo principal motivo de compra -no en el sentido de transacción comercial, sino en el de proceso de apropiación- ha sido la enunciación y la praxis de su mutabilidad, su inclusión y su flexibilidad, esta rigidez de la incipiente idea de la web semántica no ha generado demasiado entusiasmo y, huelga decirlo, aunque en términos tecnológicos e infraestructurales la idea podría ya estar en funcionamiento (aunque en su forma más primigenia) no ha recibido demasiada atención de los usuarios. Probablemente no porque la idea sea mala, sino porque ha evitado partir del planteamiento de preguntas conceptuales y ha acudido a la enunciación de respuestas tecnológicas y codificables; por decirlo de alguna forma, a una búsqueda por cierta idea de “seguridad” y “ortodoxia” que, al traducirse en código, falla al asumirse infalible. No han faltado incluso quienes, al tratar de caracterizar la urgencia para adoptar las ventajas de este modelo primario de la web semántica, optan por dotarlo de una “confiabilidad” en la materia de la que se ocupa -a saber, el conocimiento- que, por lo demás, está completamente fuera de lugar. A las múltiples inseguridades de las que, sin duda, está dotada la “salvaje” selva de la información digital, habría que adosarle una noción también primigenia, también innegable, también semánticamente relevante: la del usuario como sujeto del ejercicio del criterio, como sujeto del derecho a contribuir y del derecho incontrovertible al equívoco propio (y, semánticamente, incluso al ajeno).

Y ese es, como se verá, uno de los nuevos paradigmas que se están poniendo en juego en las posibilidades que ofrece el futuro de la web.

Notas:

1 Berners-Lee, T., Hendler, J., & Lassila, O. (2001). “The Semantic Web”, Scientific American, Edición de Mayo del 2001. No incluyo la liga, estimado lector, ya que irónicamente la Scientific American ha retirado los artículos para poder venderlos como

“ediciones digitales”.

2 Para más información sobre el OWL, refiérase el lector a http://www.w3.org/TR/owl-features/

3 Elin K. Jacob, “Classification and categorization: a difference that makes a difference”, Library Trends, The Johns Hopkins University Press, Invierno del 2004.

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