Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Futuro y cultura análoga (VIII)

Es allí donde vuelve la noción básica de la construcción del logos y, por supuesto, la noción básica de que esa construcción se está llevando a cabo en medio de una guerra. Este conflicto (violento en su naturaleza, y no sólo a un nivel simbólico) nos incluye tanto como botín –captura y prisioneros–, como potenciales enemigos. Particularmente porque lo que se exige de nosotros en esa circunstancia es –más que una reacción– un nivel de aceptación y una respuesta emotiva ad hoc y dentro de los límites de lo razonable para esa aceptación. Pero, ¿existe realmente un esquema donde lo emotivo sea mensurable, previsible? ¿Es posible pues, una escala emotiva, una axiología de lo conmovedor, una axiología de la conmoción?

Casi siempre, de hecho casi de manera atávica, lo emotivo suele ser entendido como carente de control, como visceral, como algo que rebasa los límites de lo socialmente aceptable; no es raro encontrarnos con la idea de “una reacción muy emotiva” para significar que los sentimientos rebasaron ciertos convencionalismos en una circunstancia dada y, por ejemplo, se lloró en público, se gritó en público, se tuvo una reacción exaltada en público o se agarró uno a las cachetadas (en público, claro). Por supuesto, subrayo el carácter público de la circunstancia porque en el ámbito privado uno no encuentra espacio para ese juicio: uno simplemente llora, grita o se exalta cuando está en la intimidad, y no tiene necesidad alguna de justificar la propia emotividad ni la propia conmoción de las emociones, a menos que uno tenga una patológica tendencia a la autocrítica.

La demostración recurrente, obcecada y exagerada de nuestras emociones en público, por otro lado, tiende a generar desconfianza y distancia en las personas que nos rodean; aún cuando ahora, en la histeria de las redes sociales, ese despliegue de emotividad se piense casi como un deber del activismo “verdadero” (que se indigna, llora y se rasga las vestiduras a la menor provocación y tiene confianza en que ello constituye una solución para las más diversas iniquidades del mundo) y de las personas cabales y de buen corazón. Vale la pena preguntarse si esa reacción no es, en realidad, uno de los niveles de aceptación y de reacción emotiva que se esperan de nosotros; una decantación previsible y dentro de lo que el entorno social puede contener y controlar.

No es extraño pues que la elección de la palabra terror sea, probablemente, la más adecuada para nombrar a lo que la narrativa del capitalismo en su estadio actual vende como “información”. Si nos atuviéramos a una axiología emotiva, por ejemplo, ligada a las grandes narrativas del siglo XIX e incluso a muchas narrativas pre-románticas (y, para el caso, incluso pre-periodísticas), la palabra “terror” implicaría una reacción emotiva sin duda desbordada, de profundas repercusiones emocionales y discursivas, un choque semántico profundo; algo incluso fuera del orden natural de las cosas, si observamos por ejemplo la caracterización del terror que hizo la literatura gótica en sus momentos más remotos y particularmente aquella que no respondía a la pre-modernidad sino que se solazaba en la crítica o la confrontación frente al iluminismo o el cientificismo puros.

No es extraño tampoco que la elección de esa palabra, terror, sea tan chocante en medio de la inmovilidad que provoca en las sociedades actuales; en medio de la carencia de una verdadera reacción volitiva que parece caracterizarla y en medio del vacío semántico que parece, en todo caso, señalarla como el cadáver de una palabra, como la carcasa de un concepto vaciado de sentido de manera intencional y, al mismo tiempo, como el accidente desafortunado de un estado que se quedó sin discurso y sin una relación patente con el significado.

 

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