Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Folksonomía: O el significado lo pongo yo

En la multitud de discusiones (algunas irrelevantes, otras hasta interesantes y dignas de seguirse) que se dan en la esfera del análisis de medios -y particularmente en aquellas ligadas al análisis de contenidos-, así como en la esfera de los creativos, productores y “profesionales” ligados a la producción de mensajes, circula todavía un lugar común tan atávico como erróneo: el de que el significado implícito de una imagen es incuestionable y que su valor semántico puede reducirse a los lindes de lo que esa imagen retrata; o, para decirlo en la doxa del lugar común, que “una imagen vale más que mil palabras”. De hecho, con esta línea entre las fauces, incluso se llega a poner en entredicho la posible relevancia cultural del mundo audiovisual (el mejor ejemplo es, por supuesto y por razones mucho más complicados, la degradación que ha sufrido un medio tan complejo e influyente como la televisión en el imaginario colectivo; proceso del que el cine, el otro gran medio audiovisual, no ha estado exento) y se dice que el mundo de la imagen -en cuasi imposible oposición al mundo de los sonidos (es decir, el de la radio y otras esferas de significación sonora) y al mundo de las “ideas puras” (es decir, el de la escritura)- lleva el significado por delante, que es vulgar, que no deja lugar a la imaginación; que se impone. Desde la genialidad de Orson Wells hasta las comidillas de pasillo entre aspirantes a radio-artistas, este lugar común (aunque extemporáneo) todavía florece como consuelo del ego de muchos, por lo demás, extraordinarios seres humanos.

Cuando en 2005 Yahoo compró la plataforma de origen canadiense Flickr, ésta ya estaba indiscutiblemente constituida como una de las puntas de lanza de la web 2.0 -su lógica de red social se adelantó a Facebook por casi un año, si las “biografías” de ambas plataformas son correctas- y, curiosamente y aunque no se supiera en ese momento, como una de las pioneras en explorar un recurso que, a la larga, serviría como piedra de toque para la solución de los muchos problemas conceptuales que presenta la rigidez ontológica de la web semántica: la folksonomía.

El entendimiento de la importancia de la folksonomía como herramienta semántica pasa, primero, por entender el contexto en el que surgió esta primordial forma de sus muchas aplicaciones posibles: una red social dedicada a la hoy casi universal tendencia humana por “compartir imágenes” que, sin embargo, en esos años era aún un ejercicio casi excepcional.1 La atracción primordial no radicaba únicamente en el hecho de “alojar las imágenes” para invocarlas desde Internet (cosa que, más o menos, era fácil de hacer antes de Flickr) sino en las posibilidades de interacción alrededor de la imagen como hecho: la posibilidad de comentarla, la posibilidad de referenciarla (es decir, de conservar la URI2 de la imagen para su futura referencia, en el formato de “favoritos”), la posibilidad de incluir la imagen en una taxonomía (a través de su inclusión en grupos temáticos, cada vez más especializados) y, la que nos ocupa hoy, la posibilidad de intervenir en su significado.

La palabra folksonomía proviene del vocablo alemán “volk” que, en su forma simple, implica a “la gente”, “las personas”, “la generalidad de la población”, y de la palabra “taxonomía” en su implicación de “clasificación general”. Thomas Vander Wal, experto en arquitectura de la información estadounidense, acuñó el término para significar “la clasificación que da la gente”, y particularmente para distinguirla de las ontologías y taxonomías “formales” que, ya en ese momento, intentaban acuñar los primeros lenguajes de la web semántica. ¿Por qué había que distinguirlos? Principalmente, porque mientras las ontologías y taxonomías de la web semántica eran esencialmente alimentadas de conclusiones a las que llegaban máquinas que se intercomunicaban, las folksonomías eran una retroalimentación no necesariamente controlable que dependía en su forma más simple de la siempre temida interacción del usuario con la computadora y, todavía peor, de la intervención del usuario en el significado; es decir, en la construcción de la ontología posible. Verbigratia: el sistema de etiquetado de Flickr.

Los usuarios del servicio tenían, como decíamos antes, una variedad de posibilidades de interacción social con la imagen inéditas hasta ese momento; una de las más novedosas (medio escondida como una opción al paso) era la de “etiquetar” la imagen haciendo uso de palabras sueltas o frases que, de una u otra manera, “la describieran”. Esto, con el fin de “afectar los resultados en los motores de búsqueda” propios y ajenos. Así, si usted subía una fotografía de un bote en una playa en un día soleado, podía fácilmente etiquetar “playa”, “bote” y “día soleado” y considerar su función folksonómica más que cumplida.

Sin embargo, la cosa no acababa allí: todo usuario tiene la libertad de agregar y editar las etiquetas de todo el sitio; lo que significa que, más temprano que tarde, algún usuario va a agregar más etiquetas a las existentes, ampliando el campo semántico que usted, como autor de la foto, haya querido arbitrariamente otorgar. Así, su fotografía pronto llevaría etiquetas como “mar” (¿no lo había visto ahí, al centro de la foto?), “costa” (porque esto el desierto, ciertamente no es), “nubes” (mire aquellas dos en la esquina de la foto), “madera” (¿de qué cree usted que está hecho el bote?) y así hasta el infinito. No sólo cada elemento “visible” en la imagen es susceptible de ser incluido en la folksonomía, sino que algunos otros detalles pueden surgir inadvertidamente: por ejemplo, algún usuario sin duda reconocerá su fotografía como tomada en “Acapulco” o “Hawaii” y se tomará la molestia de indicarlo (esto, claro, antes del boom del GPS y el geoetiquetado, que lo hacen automáticamente). Así, la interacción del usuario con la esfera semántica de la imagen pronto pasó a instituirse en un proceso de deconstrucción al detalle, de resignificación general o, si se prefiere, de construcción taxonómica y ontológica cuyo desgranado podría no conocer fin.

Resulta particularmente excitante ver a la folksonomía interactuar en el plano de lo simbólico. ¿Qué ocurre cuando a nuestra fotografía del bote en la playa le son agregadas las etiquetas “paz”, “infancia” u “hogar”? No son propiedades intrínsecas de la foto (como la madera, las nubes o el mar) ni evocaciones de una ontología o taxonomía posibles (como, por ejemplo, si se agregaran las etiquetas “naturaleza” o “vacaciones”). La gran discusión actual en torno a la conformación de una web semántica “atractiva” para el usuario está siendo atravesada por la incógnita que aún hoy representa la folksonomía como posible eje conductor en la construcción de una estructura flexible (pero ordenada) que pueda, al mismo tiempo que recibe la subjetividad del usuario, conservar su unicidad como ontología perseverante y, sobre todo, autoritativa. Y, muy probablemente, esa discusión tendrá que adosar muy principalmente la caracterización del plano simbólico en esa construcción: es decir, la interrelación de los sentimientos con el plano cognitivo y con la construcción semántica de la realidad. Una pregunta casi tan vieja como la humanidad.

Mil palabras, una imagen: el significado, parece decir Internet, todavía no está dicho.

Notas:

1 Por extraño que parezca, en 2002 la digitalización de imágenes análogas aun dependía de herramientas costosas como los escáneres, y la fotografía digital aun no popularizaba la compresión JPG y otras de alta resolución en los niveles exponenciales a los que hoy reconocemos como “cotidianos” y que están disponibles tanto en cámaras digitales de bajo costo como en teléfonos celulares y otros gadgets de uso corriente.

2 URI: Universal Resource Identifier, son las direcciones de Internet de cada recurso alojado en la web a través de un servidor. EL término se usa primordialmente para distinguir la URL (Universal Resource Locator) como propia de un sitio web y los recursos ligados a él, y la URI como propia de cada recurso como “individuo”. Tiene usted razón, estimado lector: son complicaciones inútiles, pero así es el ambiente geek.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password