Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

Fiebre amarilla, el arte nuevo chino conquista al mundo

Como sucedió con Rusia, el renacimiento de China como potencia mundial ayudó a dar visibilidad a su arte y también, por efecto-contagio, al de sus vecinos más cercanos, especialmente a Corea y, en menor medida, a Japón.

Christie´s fue la primera en advertir y explotar esa nueva tendencia, apoyada por Fan Di´an, vicepresidente de la Academia de Bellas Artes de Pekín, quien entendió -luego de que una pintura de Liu Xiaodong fue vendida por más de 2 millones de dólares- que el arte puede convertirse en una fuente de ingresos importante para su país.

Como muestra de la nueva vitalidad de este mercado emergente, Sotheby’s y Christie’s, las casas subastadoras más prominentes del mundo, inauguraron divisiones de arte asiático contemporáneo, al ofrecer desde pinturas modernas hasta piezas de la época imperial; asimismo, el Museo Guggenheim incorporó su primera curadora en el rubro.

Como contrapartida, la mecánica establecida desde el mercado -donde el precio de una obra indica su valor artístico- provoca que los artistas estén bajo presión constante para producir obras en serie que ayuden a satisfacer la alta la demanda y, con ella, su prestigio. Para Weng Ling, director de la Galería de Arte Shanghai, las firmas subastadoras “venden arte como la gente vende repollos. No educan al público ni contribuyen al desarrollo de los artistas. Muchas de ellas no saben nada de arte”.

Las galerías inflan artificialmente los precios gracias a la credulidad de los coleccionistas más recientes, nuevos ricos sin experiencia en el mercado que creen que cuanto más se paga por algo, más valor tendrá en el futuro.

“La fiebre por comprar arte chino de moda no ayuda a elevar el nivel. Más bien lo empuja a una espiral estrictamente comercial, sin galerías profesionales que lo validen o museos que eduquen”, puntualiza la especialista Frances Wu.

Sin embargo, para Lorenz Helbling, director de ShanghART, pensar que el mercado del arte asiático está dominado por la especulación comercial y los sobreprecios es una exageración: “Las cosas están mucho mejor que diez años atrás. Antes, muchos artistas simplemente recibían el encargo de pintar docenas de obras para el dueño de una galería, quien viajaba al exterior y las vendía. Ahora esos artistas piensan más seriamente en su obra, porque finalmente consiguen el reconocimiento que se merecen”.

Los números demuestran que Helbling tiene razón, como confirma a EFE Jonathan Crockett, especialista en arte contemporáneo chino de Sotheby’s: “Hace diez años uno podía comprar una pieza de Yue Minjun o de Zhang Xiaogang por 10 mil dólares y ahora puede venderla por centenares de miles e incluso millones de dólares”. Lo anterior señala el inmenso cambio en la vida de estos artistas que, tras la represión en Plaza Tiananmen, en 1989 -donde murieron centenares de estudiantes que pedían una apertura democrática-, vieron cómo el gobierno prohibía sus exhibiciones y, marginados de la escena oficial e ignorados por el público, debieron trabajar subterráneamente en un mercado dominado por el realismo soviético, lo que contribuyó a la consolidación del “realismo cínico” y el “pop político”, corrientes que cuestionaban la ironía y la realidad política del país, mediante exposiciones secretas en las casas de los pocos extranjeros que vivían en Pekín.

Gu Zhenqing, director de la revista Visual Production de Shanghai, reconoce que “los artistas han tenido que crecer y trabajar con el único apoyo de algunos comisarios, medios de comunicación o personas concretas. Esto ha hecho que el arte no sea tan comercial”.

Uli Sigg, ex embajador de Suiza en Pekín y uno de los más importantes coleccionistas de arte chino, propietario de obras de Ai Wei Wei, Yue Min Jun, Zhang Huany, Wang Xingwei y Song Dong, explica que cuando comenzó a comprar pinturas el arte local era ignorado: “Comprobé que no había colecciones de arte en China, ni siquiera en sus instituciones, y entonces decidí crear una documentación que no existía. Mi colección no tiene un criterio de gusto personal sino que quiere ser un espejo de la creación artística de China […] un arte muy directo, intuitivo y vinculado a la realidad, con mucha ironía e incluso sentido del humor, fruto de muchos años de represión y censura, en los que en lugar de ser disidentes optaron por ser sutiles y subversivos”.

Veintitantos años después, la situación ha cambiado radicalmente y estos artistas, convertidos en representantes del nuevo arte asiático, son estrellas internacionales, codiciados por los coleccionistas y buscados por las galerías más importantes del mundo, sobre las que el gobierno, por conveniencia política, ya no ejerce prácticamente ninguna censura, consciente de la imagen positiva que proyectan a escala internacional.

Paradójicamente, los artistas más populares son los que más cuestionan la ideología oficial, como Yue Minjun, que se caracteriza por pintar cuadros en los que se presenta a sí mismo con una sonrisa exagerada ante diversas situaciones (de acuerdo con un crítico, la gesticulación de Minjun representa el cinismo de la nueva clase media china ante la realidad de su país Wang Guangy, que combina la iconografía del Partido Comunista con publicidades internacionales para demostrar las contradicciones de ambos sistemas (obreros que levantan los puños en fondos plagados de propagandas de Pepsi o Rolex Zhang Xiaogang, hijo de funcionarios caídos en desgracia durante la Revolución Cultural, cuyo trabajo, basado en viejas fotos, hace referencia a sus propias experiencias personales (entre ellas, ser enviado a los 18 años a un campo de reeducación) y la fragmentación de la familia durante la pseudo-revolución maoísta; o los hermanos Luo, que combinan la iconografía comunista con las propagandas ymarcas de Occidente, en cuadros de colores brillantes y llamativos, para mostrar los efectos de la reciente globalización de China.

La combinación de la cultura pop y los iconos revolucionarios impuestos obsesivamente por el gobierno sirve a los artistas para demostrar cómo el capitalismo y el comunismo utilizan el mismo discurso para imponer su mensaje: “Monroe, Stalin, Picasso. Descubrimos que como ídolos tienen algo en común: propagan su propia imagen en todos lados”, explica Minjun.

Es fácil entender el éxito paralelo -aunque menor en ventas e impacto público- a escala internacional del arte coreano si se consideran las afinidades de países que entraron abruptamente a un presente dominado por el consumismo y sus contradicciones, con artistas como Choi Jeong-Hwa, Sin Hak-cheol o Jheon Soocheon. Prácticamente todos los temas que discuten y cuestionan los artistas chinos (las influencias occidentales, la tensión entre tradición y modernidad, la invasiva y omnipresente cultura de masas, el mercado como árbitro definitivo de la vida social, los cambios en la ciudad y las tensiones entre la vida rural y la urbana) fueron retomadas por los artistas coreanos, lo que señala sus afinidades artísticas y personales, como muestra la reciente “Peppermint Candy”, que sintetiza esos puntos en tres ejes centrales: “Hecho en Corea” (sobre la democratización que siguió al militarismo de la Guerra Fría), “El fantasma de la nueva ciudad” (sobre las transformaciones del paisaje urbano) y “El paraíso plástico” (centrada en el consumo cultural contemporáneo).

La escultora Jackie K. Seo, nacida en Corea, explicaclaramente el choque de la modernidad sobre el individuo en su obra: “Me gusta usar la figura humana como forma de explorar la naturaleza de lo que consideramos real y como reaccionamos cuando nuestra percepción visual es cuestionada. En la sociedad moderna estamos obsesionados con nuestra apariencia exterior, y ahora con tecnología moderna estamos capacitados para alterarla de la forma que queramos. ¿De qué forma esos cambios externos nos afectan y cómo somos percibidos por los demás?”.

El fotógrafo y artista Daniel Lee, nacido en China y educado en Taiwán, demostró en “Nigthlife” ese concepto aplicado a los propios Estados Unidos, donde vive desde 1970, al revelar el “animal interior” de una serie de personas luego de visitar, en compañía de clientes y amigos, los clubes de Manhattan y entender que todos se comportaban como animales de presa en busca de una víctima, dejando ver su naturaleza más primitiva y urgente debajo de sus apariencias sofisticadas: “Algunos eran agresivos, como predadores, otros eran como presas, esperando ser cazados. Era el reino de los animales”.

Como en su anterior serie, “Manimals”, Lee usa su herencia china para entender el presente y lo que hay debajo de la superficie de las cosas, sólo que aplicado a Estados Unidos y no a China.

“Crecí en un país budista”, explica Lee, “y los budistas creen en la reencarnación y el ciclo de la vida, que incluye humanos, animales, ángeles y demonios. Pero, también creo en la evolución de Darwin y pienso que nosotros todavía tenemos instintos animales en nuestros comportamiento”. (Uno de sus últimos trabajos muestra la transformación de Reagan en Bush Jr.).

En “Manimals”, Lee manipuló y modificó las fotos originales que tomó a sus amigos y conocidos hasta lograr el animal que creía representaba a cada persona: una modelo se vio transformada en un antílope y el propio Lee en un mono: “Pienso que era incómodo para ellos ver cómo los había cambiado. Esperaban convertirse en algo gracioso o interesante, pero fueron enfrentados con algo sugestivo, imágenes que les revelaban algo de sí mismos”.

La difusión y alcance de este nuevo arte asiático -cuyo líder aún es China, seguido de cerca por los jóvenes artistas coreanos, que también se apropian de la cultura pop para deformarla y usarla en su beneficio- fue confirmada por el mediático Charles Saatchi, descubridor (o publicista genial) de Damien Hirst y gran parte del nuevo “Brit Art” (Sarah Lucas, los hermanos Chapman), y uno de los máximos referentes del arte británico contemporáneo, que inauguró su nueva galería en Londres con “La revolución continua”, una exhibición que incluye grandes artistas críticos como Shi Xinning, que muestra a Mao en un universo que choca con el discurso oficial: sentado en una terraza de Venecia junto a Peggy Guggenheim en traje de baño, en una de las sesiones del Comité de Actividades Antiamericanas con el senador McCarthy o junto a Churchill, Stalin y Roosevelt en la conferencia de Yalta (en la que no participó Zhang Dali y su “Chinese Offspring”, esculturas colgadas del techo que representan hombres llegados del campo para trabajar como albañiles, cada uno de ellos con un número y una inscripción tatuados en la espalda; o Zhang Haiying, y su “Anti-Vice Campaign”, que recrea la campaña estatal contra la pornografía y la prostitución en impactantes pinturas (en una de ellas, cuatro oficiales, aparentemente tranquilos, arrastran a una mujer mientras la gente, desde las calles, imperturbable, mira la escena).

Pese a la crisis internacional, todavía hay una fuerte demanda de arte chino (la pintura “Pescando cosecha” de Lin Fengmian se vendió en 1.57 millones de euros; “La última cena” de Zhu Yuanzhi, en 580 mil euros; “Monje borracho” de Fu Baoshi, en 600 mil, y la subasta cerró con una recaudación total de 12.31 millones de euros sin embargo, las tendencias hablan de un nuevo centro de atracción asiático en Medio Oriente, como demuestra el siempre inquieto Saatchi en “Unveiled: New Art from the Middle East” (Desvelado: nuevo arte de Oriente Medio), con obras de Diana Al-Hadid, Halim Al-Karim, Ahmed Alsoudani, Kader Attia, Ali Banisadr, Shirin Fakhim, Shadi Ghadirian, Ramin Haerizadeh, Khaled Hafez, Wafa Hourani, Hayv Kahraman, Jeffar Khaldi, Laleh Khorramian, Farsad Labbauf, Tala Madani, Sara Rahbar y Marwan Rechmaoui, artistas que cuentan en su obra las políticas de sus países en temas de sexo, derechos de las mujeres o inmigración.

Como Rusia, y China antes, al gozar de inmensos ingresos gracias al aumento internacional del petróleo, Medio Oriente ahora emerge como un nuevo mercado lleno de artistas críticos con sus gobiernos, con lo que impulsan una renovación del arte asiático, dominado, hasta hoy, por China y, en menor medida, Corea: Christie’s y Sotheby’s ya comenzaron a celebrar subastas en Dubai, adelantándose a sus competidoras.

Como sintetiza el artista plástico Parviz Tanavoli: “Se ha corrido la cortina y por fin llamamos la atención”.

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