Cinque Terre

Juan Manuel Alegría

Director de Reporte Mexcal. Articulista del Diario Noticias y Etcétera.

Faltas de ética en los medios

Esta nueva era de la Información, que detonó un cambio en la difusión informativa, ha alterado las formas tradicionales de hacer periodismo. También ha provocado que la cuestión deontológica, como la define Luka Brajnovic: “la moralidad, el honor, la honestidad, el deber, la responsabilidad y la obligación de conciencia referidos al ejercicio de una profesión”, se descuide ante la rapidez por publicar.

Señala Ricardo Trotti en “La Dolorosa Libertad de Prensa;en Busca de la Ética Perdida”: “En toda comunicación humana la mentira está inserta de alguna forma. A veces mansa y necesaria como la omisión y otras terribles, como la ocultación, tergiversación o exageración, la mentira se transforma en un elemento más de la corrupción que agrava la crisis moral en la que vivimos.

“Los medios de comunicación, integrantes de la sociedad, también participan de la mendacidad, a veces involuntaria, porque sólo se hacen eco de los mensajes sociales y, otras voluntaria, cuando sus intereses particulares predominan sobre el interés general”.

Cito lo anterior por una noticia que recorrió el orbe el mes pasado: la desgracia que “sufrió”, una celebridad. Así, tuvimos titulares como: “Estrellas destrozadas por la cirugía”; “En ‘esto’ se ha convertido Uma Thurman tras su cirugía estética”; uno que otro aventuró que eso se debía a que la rubia sufre del Trastorno Dismórfico Corporal (TDC) o dismorfobia, una enfermedad mental cuya característica principal es la preocupación excesiva por los defectos físicos. Sin embargo, días después la actriz apareció peinada con su anterior estilo y declaró que el asunto que había desatado tal viralidad no se debía al bisturí sino a un cambio en el maquillaje. Así se evidencia con qué facilidad algunos editores aceptan cierto tipo de notas sin verificar su autenticidad.

Escribió Héctor G. Barnés: “Los estándares del periodismo han desaparecido en favor de la soberanía del lector, que decide qué es lo que interesa”, claro, cerrando un círculo, ya que los medios fueron los que ubicaron a las figuras de la farándula en el gusto del público.

Hace tres años, Hernán Restrepo entrevistó a la periodista colombiana Marta Ruiz; cuando preguntó de qué manera percibía que las nuevas tecnologías de la información estaban afectando la labor ética de los periodistas, la especialista en libertad de prensa respondió:

“Creo que las redes sociales han trastocado valores. La precisión se ha sacrificado en aras de la velocidad, por ejemplo, y asuntos como el equilibrio y la intimidad tienden a desaparecer. También es importante destacar que con las redes sociales los editores han perdido el control de la agenda informativa, ahora la agenda la impone el público en las redes, o los generadores de opinión más fuertes, que no son necesariamente los que mejor informan. Los temas mueren si no están en la redes, o permanecen en ellas aunque sean irrelevantes”. Y ante ese mandato, los medios privilegian ese tipo de información.

Sobre la nota de Thurman, varios medios aceptaron el error, como elPeriodico de España, cuyo director, Enric Hernàndez, escribió un artículo, “Uma Thurman: las arrugas del periodismo”, sobre esos “hechos que ignorábamos y que no pudimos o supimos contrastar” y ofreció disculpas; “pero con eso no basta”, expuso Enric y explicó las razones por las que dieron por buena la nota:

“[…] porque la falsa noticia ahondaba en un debate, el de los excesos de la cirugía estética, que resulta de gran interés para sus potenciales clientes o clientas, como se demostró con la precedente ‘transformación’ (esta, cierta) de Renée Zellweger; y tercero, porque no hemos erradicado el tic machista de analizar el aspecto de las celebridades femeninas con mayor severidad que el de las masculinas. Los retoques’ faciales de John Travolta, pareja de Thurman en la mítica ‘Pulp Fiction’, jamás se han asomado a las portadas de la prensa generalista”.

De lo primero puede dudarse, ya que a la nota no se le acompañó de un reportaje sobre los daños de la cirugía o un debate sobre el tema; y en lo segundo tiene mucha razón. Si hubo juicios que decidieron la publicación de la nota, no importan, en realidad no hubo profesionalismo en el tratamiento de la información.

La carne de McDonald’s

Esta práctica no es nueva, más bien lo que extraña es que, con tantas herramientas para verificar, se incurra aún en esos errores. En nuestro país, por ejemplo hace más de un año y medio circuló una nota en las redes sociales y en una gran cantidad de medios, sobre la presunta demanda o juicio del chef británico Jamie Oliver contra McDonald’s, “al demostrar que sus hamburguesas incluyen carne de res que no es apta para consumo humano”.

SDPnoticias.com, el portal que dirige Federico Arreola, la publicó como un hecho 6 de agosto de 2013. Incluso ahí mismo, dos días después, Ramiro Padilla escribió sobre ello: “Un mito llamado Mc Donalds”. En ambos sitios la información permanece. Pero es un hoax o bulo informático; mezcla datos verdaderos con falsos y no indica las fechas reales, ni fuentes confiables.

Dediqué varios días a buscar datos. No hallé mención de ninguna demanda o juicio contra la empresa de parte de Oliver. El video al que se hace referencia en las notas no es de 2013 si no a la emisión del 12 de abril de 2011 del programa del cocinero “Jamie Oliver’s Food Revolution”, en su segunda y hasta ahora, última etapa, que dejó de transmitirse ese mismo año.

Las notas de las que partieron los bulos son de enero y febrero de 2012. Hasta donde pude rastrear, tienen su origen en Dayli Mail, del Reino Unido, del 27 de enero de 2012, ahí aparece una información amplia: “Victory for Jamie Oliver in the U.S. as McDonald’s is forced to stop using ‘pink slime’ in its burger recipe” (algo así como: “Victoria para Jamie Oliver en EEUU, cómo McDonald’s es forzado a parar el uso del limo rosado en su receta de la hamburguesa”), la firma Jill Reilly, quien dice:

“Después de años […] Jamie Oliver finalmente ha roto su marca persuadiendo una de las cadenas más grandes de los alimentos de preparación rápida de EEUU del mundo para cambiar su receta de la hamburguesa”.

De una campaña del chef, de “persuadiendo”, alguien lo cambió a “una demanda” y luego a “un juicio”, que suscitó un linchamiento mediático. Y decenas de medios lo reproducen, sin evaluar la información, que carece de fuentes. Independientemente de que tan venenosa sea la carne que usa la empresa de comida “chatarra”, la gran circulación de la nota nos habla de la importancia que se le da al escándalo y la poca atención que algunos editores le prestan a ciertos comunicados.

En enero pasado, SDPnoticias.com incurrió en otra pifia. Publicó como cierto un bulo que recorre el mundo desde hace cinco años, es el de “Las monjas pajilleras”, la historia de unas religiosas que consolaban masturbando a los soldados heridos durante la guerra carlista en España. SDPnoticias tituló el 7 de enero: “Manos de la caridad: Las monjas que masturbaban a soldados”.

Tuvieron que aclararlo los usuarios y, al día siguiente, el portal publicó: “Gran desilusión: Las monjas ‘masturbadoras’ nunca existieron”. Sin embargo, no elimina la información falsa, con lo que siguen cayendo incautos.

Las faltas prosperan con la tragedia de Ayotzinapa

El trabajo del periodista es recoger la información, comprobarla y desechar rumores y basura. Desde siempre han existido medios y periodistas a los que importa más el negocio y el sensacionalismo, buscan el lucro, el rating o la popularidad. Eso lo hemos podido constatar en el último cuarto del año pasado, con la tragedia de Ayotzinapa, como nunca, algunos medios han publicado informaciones tendenciosas y hasta falsas.

Hace 17 años lo advertía Ignacio Ramonet: “En plena crisis informacional, la irrupción de Internet aumenta el sentimiento de caos, porque establece definitivamente el tiempo real, la instantaneidad, como ritmo normal de la información. Y porque cualifica el rumor, la noticia no verificada, como una categoría perfectamente natural de la información”. (“Calidad y tiranía”, El País, 6/ 12/ l998)

Parece que en México la evolución del periodismo hacia estadios más éticos se detuvo bruscamente. La avalancha de contenidos falsos en Internet ha permeado los medios convencionales porque se privilegia la velocidad de la publicación antes que su verificación.

Los títulos tremendistas aparecían en tropel: “Iguala arde”; “Se hunde México”; “Arde México”; alimentando la idea de un gran estallido social. En algunos casos se podría decir que incurren en lo que en EEUU llaman infotainment, una inclinación perversa a la “información como espectáculo”.

Las notas de que en cada fosa abierta en las cercanías de Iguala aparecían los cadáveres de los jóvenes normalistas, subrayan la falta de control en la verificación de la autenticidad de las informaciones.

No fueron pocos los analistas que aludían al “gusto que les dio” las acciones contra los de Ayotzinapa como a los editores de El Diario de Guerrero, que tituló el sábado 27 de septiembre en su nota principal: “POR FIN SE PONE ORDEN”.

Pero esos opinadores, no verificaron ese dato que copiaron de un despistado que solamente leyó ese titular sin enterarse de la información ahí contenida. Es cierto que el diario cabeceó así pero no se refería a la matanza de normalistas. Ni siquiera a algo ocurrido en Iguala. Sino a que policías y militares impidieron que los estudiantes robaran autobuses en Chilpancingo:

“La sola presencia de elementos de las Fuerzas Estatales policiacas y elementos del Ejército federal disuadió a un grupo de estudiantes de la Escuela Normal Rural ‘Raúl Isidro Burgos’ de Ayotzinapa en su enésima intentona de robar autobuses en la entrada de la Central Camionera de esta capital”.

El asunto es una cadena, si el primero le cree, el siguiente también. Cuando es tan sencillo buscar la fuente. El asunto es más grave cuando eso le ocurre a un medio.

Así pudimos leer textos con títulos tendenciosos, como el de Jenaro Villamil: “¿Por qué Peña Nieto odia a los jóvenes?”. (Proceso. 25/11/2014).

Esta forma de cuestionar es una falacia, llamada “la pregunta compleja”. Es una pregunta capciosa o retórica. No espera respuesta. Una pregunta mamifiesta duda. Pero en la pregunta retórica se afirma categóricamente.

La “pregunta”: “¿Por qué Peña Nieto odia a los jóvenes?”, está afirmando que Peña sí odia a los jóvenes; y en periodismo, a menos que se pruebe, esa “pregunta” es una falta de ética, porque en el texto no se comprueba ese odio.

Villamil considera que ese “odio” existe porque se usó la fuerza para detener a “un puñado de 26 jóvenes arrestados tras una manifestación masiva, indignada y pacífica del 20 de noviembre”; tan “pacífica” fue, que se intentó incendiar un portón del Palacio Nacional.

En lugar demostrar el “odio” de Peña, Villamil supone que se debe que a “esos jóvenes críticos desde la campaña de 2012 le reprocharon su talante violento frente al conflicto de Atenco”; porque no creen “en la construcción del tele presidente”; porque “están hartos de la corrupción, de la persecución en su contra, del fuego cruzadoque ejercen los sicarios del narco y los cuerpos policiacos contra ellos” o porque “muchos de esos jóvenes son como los 43 estudiantes desaparecidos de la Normal Rural de Ayotzinapa y porque muchos más son como los 11 detenidos el 20 de noviembre”, y así…

Un texto periodístico debe considerar datos y hechos que puedan ser comprobables.

Ética extraviada

Los códigos de ética de medios importantes del mundo indican que se debe verificar primero, aun a costa de una demora, como señalan la BBC y Reuters.

Los medios que publican sin verificar no están ciñéndose al estricto derecho de informar de manera veraz sino de alimentar solamente el deseo del lector y de ser los que den la primicia a costa de su prestigio. En los engaños y réplicas de información falsa caen medios importantes como La Jornada, que el pasado 29 de noviembre publicó:

“México, DF. La cantante Lucero aseguró que ya no participará en las mentiras del Teletón y confió en que los mexicanos tampoco lo hagan”.

Lo que no verificó el editor de La Jornada es que esas “declaraciones” de Lucero eran un invento de www.primerlmpacto. net, un sitio que usa el nombre del programa estadounidense en español “Primer Impacto” de Univisión. Esa página, igual a otra que usurpa el nombre de CNN y de Hechos Meridiano, se dedica a publicar notas falsas.

Es cierto que, con unas letras pequeñas a un costado, primerlmpacto.net apunta: “Aviso Legal”; al cliquear hay esta explicación: “es un diario satírico cuyo único fin es el entretenimiento. Todos sus contenidos son ficción y no corresponden con la realidad”.

La Jornada se percató del error y borró el contenido, sin embargo, falta a la ética, pues no se disculpa con el lector ni menciona su error de no verificación.

Semanas antes cuando el mal tiempo azotaba las costas de Guerrero, el 18 de septiembre de 2013, La Jornada de Oriente publicó una foto que, señalaba, era de los hijos de Peña Nieto (Alejandro, Paulina y Nicole) presumiendo su rescate de Acapulco, tras ellos, un avión Hércules de la Secretaría de Marina; el texto decía: .

“En la fotografía se puede apreciar a Paulina Peña en pose de duckface -pose que es utilizada para coquetear en las redes sociales -explicaba el redactor, para los que ignoraban esos lenguajes corporales-, a Alejandro en pose de mirrey, el cual es un estereotipo que se utiliza en la red para llamar a jóvenes acaudalados, a Nicole en pose de modelo y a otra persona que no ha sido identificada […]”, y de la que no dijo en qué pose estaba…

Pero no, no eran los hijos de Peña Nieto. El joven de la foto es Jorge Álvarez (por eso el que subió la foto firmaba “@jorgealvrzb”), ex novio de Sofía Castro, hija de la esposa del presidente; el padre del chico es Jorge Álvarez Hoth, un exfuncionario foxista, quien declaró a Proceso sobre el asunto. No obstante hay medios que aún mantienen esa foto y el texto de La Jornada de Oriente (este medio borró de inmediato la foto, pero no se disculpó de su yerro).

Otro caso es el de Laurence Cuvillier, corresponsal del canal de televisión France 24, quien publicó que habían desaparecido 31 estudiantes en Cocula, Guerrero. (Ese asunto lo había ventilado Proceso hacía un año y medio).

Días después de que se hubiera hecho viral la información, Cuvillier aceptó que, “tuvo errores en su investigación sobre la presunta desaparición de 31 alumnos […]. Es cierto y lo admito, hice errores en esta investigación (…) Me sorprendió el ruido. No pensaba que iba a provocar tanto escándalo. Mi plan era regresar a Iguala a investigar estos hechos”.

Javier Darío Restrepo, un icono de la ética periodística, señala: “las consecuencias de una noticia pueden convertir al medio y al periodista en parte del problema o en parte de la solución. Para que esas consecuencias aporten beneficios a la sociedad, la información debe ser, además de rigurosamente veraz, oportuna, de una estricta imparcialidad”.

No pocas veces, los editores despistados han publicado notas con datos falsos de sitios que se encargan de propagar información falsa, algunos con un sentido humorístico (como ElDeforma.com), otros, con algún oscuro objetivo.

Medios importantes publicaron notas sin sustento, como Excélsior (publicó una nota de la captura de los Abarca en Xalapa, Veracruz, y la borró sin disculpas) o Regeneración. mx (publicó la broma: “PRI, PAN y PVEM aprueban reforma para prohibir movilizaciones” y aún no la borra).

Decía un educador norteamericano: “normalmente, la gente cree la cosas de dos maneras: porque lo dice la autoridad o porque lo cree la mayoría”. Es decir, si lo dice el doctor en Ciencias Ocultas por la Universidad de La Sorbona, la gente lo creerá, así también si es un mensaje repetido por muchos. “Esto no es mentira, ya se hizo viral”; respondió un usuario a la pregunta “si había pruebas”.

Algo así ha estado ocurriendo con Ayotzinapa. Hay una duda generalizada de todo lo que provenga del gobierno; se dice que los medios están “vendidos” excepto si dicen lo que quiere leer o escuchar el público.

Se llama sesgo de confirmación. En general, dado su nivel cultural, la mayoría de la gente quiere leer lo que confirme sus creencias; es decir, la gente tiene una tendencia a favorecer sus propias opiniones.

Y hay buenos ejemplos. El 20 de noviembre, desde temprano comenzó a circular una foto de unos soldados en dos camiones oficiales del Ejército en el centro del zócalo de la Ciudad de México. El medio que primero la publicó fue el portal Desinformémonos.ors” y la replicaron Sin Embargo y muchos más.

Los usuarios alertaban que eran “infiltrados”: “QUIEREN PROVOCARNOS PARA PODER DISPARARNOS, CORRAN LA VOZ”.

Los que compartían la foto no fueron capaces de mostrar el mínimo análisis. Atrás de los camiones no se veían los adornos con las imágenes formadas con luces de los héroes; en la base de la foto se nota un color durazno, que indica que esa zona fue borrada (donde graba la cámara la fecha y la ingenuidad de los usuarios era tal que imaginaron que los militares iban a esperar la llegada de los contingentes y que en ese momento se pondrían sus capuchas, tomarían sus mochilas con bombas molotov y alegremente irían a su encuentro… Varios usuarios publicaron el video de una webcam que graba las 24 horas y no apareció ese camión con soldados. Nada importó, la foto ahí sigue.

Más fotos fueron hechas circular: camiones del Ejército con militares vestidos de civil. Al otro día, aparecieron unas junto a otras donde encapuchados lanzaban bombas o usaban botes de spray como lanzallamas; con círculos y flechas, los autores señalaban a los encapuchados como los mismos que viajaban en un camión.

Otra vez eran replicadas sin cesar. Sin fijarse en que la sudadera de uno era negra y la del “anarquista”, café. Que el pantalón de otro era azul y el del agresor, gris. Los rasgos de los rostros no eran claros, pero a la gente no le importaba: ellos eran militares disfrazados.

Se comprende hasta cierto punto que la mayoría funde su criterio en esos rumores, no somos un pueblo educado. Un mexicano lee 2.8 libros al año. Sin embargo, la estadística reparte parejo. Hay quien leerá 20, 30 50 o cien. Si se hiciera un censo real, entonces sabríamos que hay millones que no leen ni uno.

Eso es un problema. El otro es el papel de los medios. Se falta a la ética periodística, según Raúl Muñoz Chaut en “Ética y formación periodística”, cuando hay:

“Problemas de confusión de géneros, pues existe una tendencia a mezclarlos, tanto en las editoriales como en las crónicas u otras formas periodísticas. Por ejemplo, información neta con opinión”.

“Dramatización excesiva, transformando los hechos en un espectáculo, adoptando un paradigma maniqueísta entre buenos y malos.

“Problemas de descontextualización, alterando el contexto de realización de los hechos por supresión, silenciamiento, autocensura, etcétera”.

No es ético publicar información basada en un rumor. La verificación es esencial en el periodismo. El reportero o editor tienen la obligación de rastrear la fuente. Deben razonar si lo que publica puede suscitar dudas.

Por ejemplo, The Washington Post dice a sus periodistas que antes de publicar deben preguntarse si su contenido suscitará las dudas del lector sobre su capacidad para hacer el trabajo de manera objetiva y profesional: “Si es así, no lo publiques”, recomienda.

De otra manera, infunde miedo; confunden; provocan odio gratuito hacia los personajes o instituciones a los que van dirigidos esos ataques en forma de rumores o “evidencia” fabricada. Es obvio que, por el afán de captar lectores quienes publicaron notas sin sustento, incurrieron en faltas de ética.

A principios de diciembre un columnista oaxaqueño publicó en su espacio una foto de Abdías Alavés, tesorero del municipio de San Pedro Mixtepec, en la Costa, besando los glúteos de una mujer en un antro. La imagen fue increíblemente reproducida en diversos medios. Lo que ignoraban es que la foto circuló desde noviembre de 2009, cuando Abdías Alavés era tesorero de Prisciliano Ramírez García alcalde de Jamiltepec.

Otra falta de ética la protagonizaron supuestos fotoperiodistas de Guerrero el día en que se incendió su palacio de gobierno. En esa fotografía se puede observar a más de treinta personas con cámaras fotográficas y de televisión, y a otros sujetos sin ellas, que posan felices, algunos con la mano en alto, como aprobando el incendio que ocurre a sus espaldas. La actitud es irresponsable y bastante miserable: validando un crimen. Un principio ético dice que “la información comprometida vale por su contribución al bien común”. ¿Con esta foto se contribuye a esclarecer el asunto?

Ulises Castellanos escribió sobre eso en etcétera y citó comentarios como el de Keith Dannemiller, fotoperiodista radicado en México: “En el ambiente que existe hoy en día ahí en Guerrero, entiendo la necesidad de compañerismo, pero una foto de esta índole, es más que mal gusto. Es una estupidez. Falta de inteligencia mínima. Hay que condenarla enfáticamente, y hacer que los de la foto reflexionen un poco sobre sus babosadas”.

Escribió Castellanos: “¿De qué se ríen? ¿Por qué posaron de esa manera? ¿Cuándo se perdió tanta sensibilidad? Carajo. ¿Acaso no ven cómo está el país? ¿Y son ellos los que se quejan del gobierno? ¿Son los mismos que reclaman justicia cuando matan a un colega? Insólito. Lo siento, pero en el primer momento en el que vi esta foto, solo pude pensar en que la estupidez humana no tiene límites”.

También observamos otra vertiente en la información. Por ejemplo algunos medios retomaban memes o chistes de redes sociales sobre el presidente Peña Nieto, principalmente, lo que antes no se veía; los medios publicaban cartones de sus propios caricaturistas.

En el pasado, los medios luchaban por la primicia; hoy lo hacen igual desde Internet, ya que cuenta hasta el minuto o el segundo en que es publicada una información, por lo que se basan en menos fuentes. Esta rapidez impone también la inconsistencia y la facilidad para darle crédito al rumor y, por la presión que hay para publicar con premura, fomenta la superficialidad análisis.

También ocurre cierto descuido. Se publica lo que primero se obtiene; pero no se borra o actualiza y, por lo tanto, quien no le da seguimiento a la nota, se queda con la primera falsa lectura, y coopera para formar un criterio deficiente, porque para el lector promedio, no es fácil diferenciar entre hechos y rumores. Existe un especie de indolencia o irresponsabilidad para retractarse o rectificar su error, hacen caso omiso y confían que se olvide con el tiempo, es un acto de menosprecio hacia los lectores.

En los medios on line (que no son prensa reconocida), cualquier persona puede publicar lo que quiera, sin filtros de ningún tipo. Los medios profesionales deben diferenciarse claramente de las redes sociales – del “Quinto estado”-, al no trasmitir información que no puedan verificar.

Carmen del Riego, dirigente de la Asociación de la Prensa de Madrid, afirmó hace tiempo: “los indefensos […] no somos los periodistas, que sabemos que lo que se dice en Twitter es un dato que hay que corroborar. Los que están indefensos son los ciudadanos a los que les llega información, veraz en unos casos, manipulada en otros, y muchas veces lo que quieren oír […]. Deberían saber que no todo en Twitter es espontáneo, que hay profesionales dedicados a dirigir información, debates y estados de opinión. Yo he visto cómo llegan, a amigos míos, informaciones falsas sobre la política y los políticos, que los ciudadanos quieren oír en las actuales circunstancias. Aunque sean falsas”.

Para los propios medios, en España, por ejemplo, proponen el papel del “ombudsman de los medios informativos/defensor de la audiencia”.

2015 deberá ser reflexivo para los medios mexicanos. Este último tramo recorrido no fue precisamente de apego a las normas éticas. La noticia útil es la que sirve para entender lo que ocurre y obtener elementos para suponer lo que vendrá. Los rumores no son noticia. Es de primordial importancia verificar la información.

Como aceptó el director de elPeriodico, Enric Hernàndez:

“La distribución de información vía internet y redes sociales brinda a los periodistas valiosa información sobre los gustos e intereses de los lectores, lo que no implica que el tráfico deba dictar nuestra oferta editorial. Ni mucho menos que, por la urgencia de contar los primeros una historia, renunciemos a verificarla y contextualizarla. Nos queda mucho por aprender”

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