Fabrice

En el mes de marzo de 2010, movida por ecuménicos deberes, hice viaje relámpago a París. Sin dudarlo, reservé en el mismo hotel, donde fui huésped seis meses atrás. Los recuerdos que tanto se resistieron a marcharse golpearon la memoria con fuerza. Tomé la decisión de elegir el mismo hotel porque en vísperas de la preparación de la nueva aventura en solitario a la Ciudad Luz, una factura cayó a mis manos. Las mudanzas a veces nos arrojan al rostro oportunos objetos destinados al –no olvido– como es el caso de este peculiar documento, que evidencia la estancia de cuatro días y tres noches en París durante el mes de septiembre del año 2009, en el Hotel Maxim Quartier Latin. Pocos lugares en este mundo, tienen un significado tan punzante en mi vida como ese precioso hotel enclavado en el corazón del bullicioso barrio latino parisino. Llegué a él por casualidad y al paso del tiempo, se ha convertido en un guiño emocional persistente. Habitación 301. Metro C. Daunbenton. Rue Censier, Madame América Pacheco, México.


Consideré un gran logro registrarme sin la ayuda de nadie. El sonriente recepcionista se dirigió a mí entregándome las llaves:


Votre chambre est de 301, Madmoiselle.


Miré al sujeto que me extendía el juego de llaves sin mover un sólo músculo del rostro. Tomé las llaves sin contestar y subí el ascensor hasta el tercer piso. Abrí la puerta y por primera vez en ese día, esbocé la primera sonrisa al abrir la puerta de la habitación 301 y reconocer la misma cama. El edificio justo enfrente de la única ventana de la habitación, gozaba de perturbador parecido al departamento donde se desarrolló la trama “El Inquilino” de Roman Polanski. Desempaqué lo indispensable y calcé los tenis adecuados para salir huyendo a peinar en solitario las calles.


A mi regreso, al instante de abrir la puerta sonó el teléfono:


-¿Lista para la fiesta de cumpleaños de Anabelle?


Era Avi Rosen, el fotógrafo israelí encargado de darme la bienvenida a París.


Mierda. Después de pasar el día completo vagando por las entrañas del metro y transbordar cinco veces para ello, el metro Châtelet, cuyo aspecto –sostengo a pesar de las rechiflas o mentadas de madre– es una europea y poco digna copia del metro Pantitlán, la idea de una fiesta de cumpleaños no me seducía. Por mí, Anabelle podría celebrar hasta su bautizo sin que el curso de mi vida se viera afectado, pero perderme la experiencia de mi primera fiesta parisina, no era en lo absoluto la idea más racional. Avi acordó recogerme antes de media noche.


Salí a las 23:30 del lobby para encontrarme con Avi y dirigirnos en motocicleta a la Rue de Vanneau, 7e Arrodissement. Trasgrediendo mis principios morales, agradecí el paseo en moto –a pesar del añejo desprecio que le profeso a semejantes vehículos del mal–, porque no existe ningún otro vehículo más idóneo para recorrer de noche la ciudad más bella del mundo y no perder ningún detalle, olor o sonido. El espectáculo ofrecido, cortesía del festejo cumpleañero de Anabell resultó fascinante a mis ojos: BABEL. Todas las razas del mundo se podían identificar en el departamento. Los colores y dispares rasgos fisonómicos del personal enfiestado decoraban el ambiente de manera más vistosa y estética, que la estúpida lámpara tipo discoteque setentera que me enceguecía a cada giro mientras nos iluminaba con sus infernales luces de colores. Whisky, Ron, Vodka, Merlot, Tequila, Champagne y una gama de licores que mi ignorancia o mi falta de mundo me impidió reconocer. Mi parte favorita fue, sin dudarlo, la comida: pasteles miniatura y bizcochos de chocolate esparcidos en charolas a lo largo de todo el departamento. Un tazón gigantesco repleto de gigantescas fresas cayó a mis manos. Las comí todas. Avi se encargó de mantener en todo momento mis manos repletas de groseros platos de comida, si bien aún no daba mate al platillo en turno, depositaba de inmediato otro con una delicia más apetitosa que la anterior. Le debo a Avi además de esa noche inolvidable, el haberme presentado a Fabrice. Lo nuestro fue amor a primera vista. A pesar de nuestra irreconciliable diferencia de caracteres (es decir, nuestra preferencia sexual opuesta) nos reconocimos de inmediato como evil twins. Fue imposible separamos esa noche o las subsecuentes. Bailamos, cantamos, nos tomamos puñados de fotografías con la cámara de 15,00 dólares propiedad del fotógrafo Nicolas Radensky, para después escaparnos a hurtadillas del departamento con dos botellas de vino tinto cada uno. Al filo de las 4 de la mañana, nos encontrábamos bebiendo el producto de nuestro hurto en su departamento de Péré Lachaise, poseídos por un entusiasmo irresponsable. Escalamos uno de los muros aledaños con el estúpido propósito de encontrar una entrada secreta al cementerio de Pére Lachaise. Nos indigestamos juntos, e hicimos alarde de la clase de entendimiento que suelen desarrollar los amigos después de años intentando ser hermanos ante el estupor de Avi. Nos quisimos, nos queremos. Durante esa velada –que vio su fin casi dos días después– quedó registrado el intento de entrevista realizado por la que suscribe, a la turba de beodos que no pararon de llegar al improvisado after, en torno al caso de Florence Cassez, noticia efervescente en México, pero absolutamente desconocida e irrelevante en el país galo. A veces pienso que algún día reuniré el valor suficiente para dar a conocer el video que Avi se encargó de filmar, fiel a su naturaleza periodística de registrar la estupidez humana. No recuerdo una borrachera de 48 horas como esa en mucho tiempo. Tuve las agallas de tomar un taxi mientras todos discutían acerca de quién carajos se disponía a preparar la cena. No podía más. Antes de zambullirme a la cama, abrí la libreta en la que intenté documentar mi fallida entrevista, y me tropecé con la siguiente nota:


America in France is like a piece of heaven

that you want to taste every day,

I love you.


Fabrice B.


Sonreí con toda la dulzura de la que pude echar mano en mi lamentable estado. Volví a la cama a sabiendas que el amor expresado por Fabrice en mi libreta era sin duda recíproco. Tres semanas después de mi retorno, sucedieron tres eventos destacables. Primero: el 08 de abril la nota más reproducida en todos los diarios del orbe: el padre del punk había muerto en Londres. Segundo: descubrí que a mí me pasa lo que a cualquiera, porque debe ser cotidiano enamorarse del hijo adoptivo del empresario, diseñador, cantante, productor y el histórico manager que revolucionó la música londinense al descubrir a los Sex Pistols: Malcolm Mclaren. Tercero: mi primer texto publicado vio la luz días después en un diario de circulación nacional. Entrevista exclusiva y fotografías del sepelio en Londres llegaron a mis manos, Fabrice se encargó de mandarme en tiempo real fotografías del sepelio. “El pequeño Malcolm” significó mi debut en dominios de la crónica literaria gracias a que caí de bruces con la persona correcta. El mundo es un enigma cuyo apellido de cuatro letras es inconfundible y melódico: azar.

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