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Ariel Ruiz Mondragón

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Excélsior, un espejo del Estado mexicano

Uno de los principales diarios de la historia de México es Excélsior, que el próximo año cumplirá un siglo de existencia. Ese proyecto surgido de la iniciativa de Rafael Alducin y que apareció en las calles en marzo de 1917, cuando el constitucionalismo surgía triunfante de la Revolución mexicana, nos aporta buenos indicios de lo que fue la prensa mexicana durante el siglo XX, mucho de lo cual aún vivimos.

Seis décadas de la historia del rotativo son abordadas en el libro La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976 (México, Fondo de Cultura Económica, 2016), de Arno Burkholder, en el que, como dice el autor, se rescata “el surgimiento de Excélsior, sus conflictos con el Estado, la consolidación del periódico y la gestación de muchos problemas que provocaron el estallido de 1976”.

Sobre ese libro etcétera conversó con Burkholder, quien es doctor en Historia por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, con un postdoctorado en la Escuela de Graduados en Administración Pública y Política Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. Ha sido profesor en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, en el Instituto Mora y en el ITESM, y en el Centro de Cultura Casa Lamm es coordinador académico de la maestría en Historia de México. Miembro de la Red de Historiadores de la Prensa y el Periodismo en Iberoamérica. Ha colaborado en publicaciones como Historia Mexicana, Secuencia, 20/10 Memoria de las Revoluciones en México, Relatos e Historias en México, Emeequis y Chilango.

¿Por qué un libro sobre Excélsior, una historia enfocada en su funcionamiento y su relación con el Estado?

Como historiador estoy convencido de que conocer el pasado nos permite entender nuestro presente. Hace relativamente poco transcurrió el siglo XX, y sabemos poco sobre él. Nos falta entender muchas cosas que ocurrieron en esa época.

Excélsior va a cumplir 100 años: ha estado desde la firma de la Constitución de 1917 hasta la visita de Donald Trump hace unos meses. Ha influido en la vida de este país; allí se formaron generaciones de periodistas, que después llevaron ese conocimiento a otros diarios. Es uno de los pilares de nuestra prensa, y por eso es necesario conocerlo.

Había que hacer una historia de Excélsior como hay que hacerla de todos nuestros diarios, para entenderla y comprender cómo ha influido en nuestra vida nacional.

En el comienzo del libro se señala el declive de la prensa porfiriana, pero también la continuidad que marcaron los periodistas de El Imparcial que fueron a dar a Excélsior. ¿Cuál fue la continuidad con la prensa porfirista que marcó Excélsior en las primeras iniciativas de Rafael Alducin y José de Jesús Núñez y Domínguez?

Un Estado siempre necesita una prensa. Cuando al fin Venustiano Carranza y su grupo ganaron la Revolución mexicana decidieron que necesitaban una nueva prensa. Ya no podían contar con El Imparcial ni con lo que quedaba de la prensa porfiriana, pero tuvieron que recurrir a los periodistas que se formaron durante el Porfiriato. Todos ellos tenían experiencia, que iba desde saber cómo se cubría una nota, cómo se escribía, cómo se establecían las relaciones con las fuentes a todos los niveles y, al final, cuáles son las relaciones que un periódico debía tener con un gobierno.

Hay una forma de hacer las cosas que en la prensa mexicana se consolidó en El Imparcial y que se mantuvo gracias a El Universal, Excélsior y los periódicos que les siguieron durante el siglo XX.

Excélsior y su gran competidor, El Universal, son un gran puente histórico: de un lado estaban El Imparcial y la tradición periodística del siglo XIX y del otro lado un montón de medios, empezando por Proceso, y de allí hasta la prensa electrónica que tenemos actualmente.

Hay una continuidad histórica en la que se ve la relación prensa-Estado: la primera no tiene muchos lectores y necesita el apoyo del segundo para sobrevivir, y un Estado que considera que debe tener medios que deben ayudarle. Así se establecieron relaciones de complicidad que siguen hasta hoy.

Al respecto hay una anotación muy interesante: dice que en los años 1916-1917 había una necesidad de este periodismo, al que llama “periodismo empresarial”, en el que son fundamentales la colaboración con el Estado, la obtención de beneficios económicos y enfocarse a la clase media. ¿Cómo ha influido esto en el ejercicio periodístico?

Estos periódicos surgieron, sí, con la intención de informar, de ser creadores de opinión y también como negocios. Esto lo tenía muy claro Rafael Alducin. Desde el primer número de Excélsior lo dijeron: queremos enfocarnos a la clase media y que ayude a la reconstrucción del país luego de la Revolución mexicana.

Por ello fue el tipo de publicidad con el que llenaban sus espacios: salas de cine, tiendas departamentales, ropa, agencias de viajes, automóviles, bienes raíces, lo que podían consumir las clases media y alta ya desde esos años.

Por otro lado estaba la relación con el poder: los diarios siempre van a necesitar el dinero del Estado para sobrevivir, porque la venta no les alcanzaba. Entonces el Estado siempre tiene que darles dinero, primero con Carranza, quien les consiguió papel barato y, por supuesto, les dio dinero a sus periodistas. De eso se acusó a Excélsior muchas veces.

Luego vino la consolidación con Lázaro Cárdenas, quien institucionalizó la relación entre el gobierno y la prensa mediante los apoyos que les daba Nacional Financiera, la Secretaría de Hacienda, el Departamento Autónomo de Prensa y Propaganda y Productora e Importadora de Papel, S. A., lo que ayudó a que los periódicos sean empresas muy pobres de empresarios muy ricos.

Es un muy buen negocio tener un periódico, siempre y cuando entiendas que tu primer cliente es el Estado. Si quedas bien con éste, él te va a dar papel a un precio mucho menor que el del mercado, le va a dar dinero a tus periodistas para que no tengas que pagarles un gran salario, te va a perdonar las deudas y la vas a pasar bastantebien.

Hay otro mecanismo que señala que surgió con Cárdenas: las “igualas”. El intercambio no era gratuito. Los años 20 fueron una etapa muy crítica de Excélsior con los gobiernos de Obregón y Calles, pero luego vinieron las “igualas”, por las que los periodistas llegaron a sacar más dinero que de su sueldo. ¿Cómo afectó esto el desarrollo del periodismo?

Como los diarios no tenían lectores había que buscar otras fuentes de dinero. La tradición de pagarle muy poco o nada a los periodistas por su trabajo es antiquísima en este país. Quizá el primero que lo dijo claramente fue un gran empresario del siglo XIX llamado Ignacio Cumplido, que tenía El Siglo Diez y Nueve: “Yo me imagino a mi periódico como un gran balcón en el que permito que los que escriben se suban en él, y a través de sus opiniones los vea toda la sociedad. Al subirse al balcón mis escritores van a conseguir los contactos necesarios para encontrar trabajos que les permitan ganar dinero. Por esa razón yo siempre les pago muy poco, porque al final yo les estoy haciendo un servicio al permitirles que todo el mundo los conozca”.

Así es como hicieron carrera, entre otros, Guillermo Prieto y Manuel Payno, quienes ganaban miserias en El Siglo Diez y Nueve, pero gracias a lo que escribieron encontraron chamba en el Ministerio de Hacienda, lo cual les permitió construir una gran carrera en el servicio público, amén de lo que hicieron como escritores.

Esa política se mantuvo el resto del siglo XIX y gran parte del XX. El periodista siempre ganó muy poco; pero no todos fueron Prieto o Payno, ni alcanzaron los contactos para llegar tan alto. Una forma muy buena de controlar a los periodistas era darles dinero: ganaban muy poco, entonces había que completarles. A esto se refiere “la iguala”, “el embute”, “el chayo”, “el sobre” y otros nombres que ha tenido. Había que darles un sobrecito a los periodistas porque, pobrecitos, no tenían dinero.

Hace varios años escuchaba a un periodista muy famoso decir que los periodistas eran conocidos como “los Cenicientos”, porque en la mañana desayunaban con el Presidente, en la tarde estaban con un secretario de Estado y en la noche con un industrial pero tenían que irse antes de las 12 de la noche para que no les cerraran el Metro.

La “iguala” era muy conveniente porque no se tenía que invertir en los sueldos de los periodistas. Pero se desarrolló otro mecanismo para que los reporteros ganaran dinero sin que le costara al periódico: vender publicidad. Cubrían fuentes que iban a comprar anuncios en el periódico. Si vendían ganaban un porcentaje (variaba en Excélsior, 10 u 11%). En Excélsior, durante los 60 y 70 ganaron mucho dinero; me lo platicó Miguel Ángel Granados Chapa: la verdadera entrada de dinero estaba en vender espacios publicitarios.

Trabajar en el periódico era muy importante porque permitía tener los contactos con el poder, escribir cosas que mantuvieran estas relaciones para hacer el gran negocio de vender publicidad. De esto en realidad vivían los periodistas, a quienes también se les permitía tener otros negocios.

Así, para estos periodistas (pienso en Carlos Denegri, por ejemplo) no había ningún problema en ganar una miseria como reportero de Excélsior, porque tenían los contactos que le permitían ganar centenas de miles de pesos y darse una gran vida.

Hay una parte donde relata que Julio Scherer quiso modificar estas prácticas. ¿Qué ocurrió con ese intento?

Scherer es una figura fascinante y compleja, que viene de esta tradición periodística de los años 40, cuando él ingresó a Excélsior, y conocía todo esto. En 1968, cuando llegó a la dirección, tendió a hacer cambios fundamentales en el periódico.

Scherer detectó que había un nuevo público y que había que acercarse a él. Era un público que cuestionaba mucho a estos periodistas: allí estaban las manifestaciones del 68 que pasaban cerca de la “Esquina de la información”, y a Excélsior y a El Universal les gritaban “prensa vendida”, lo que a Scherer le enojaba mucho. Él se vio como parte de una nueva generación y decidió que había que hacer cambios. Los más importantes, en la planta editorial: contrató un montón de gente que criticaba al gobierno. Además intentó, aunque no lo logró, hacer cambios en un punto tan importante y tan abandonado: los reporteros, los que consiguen la información.

La tradición periodística mexicana no es de reporteros sino de columnistas. Deberían de ser los primeros, son los que consiguen la información. Pero esto no pasó. Scherer los conocía a todos, y sabía perfectamente que tenían negocios, y vendían publicidad: su gerente general, Alberto Ramírez de Aguilar, tenía un negocio de venta de agua destilada para los hospitales, Manuel Mejido tenía un negocio de contrabando en la frontera. Todo tenían negocios, y Scherer sabía que surgían porque estos reporteros tenían el control de las fuentes más importantes, especialmente la Presidencia de la República, que dejaban muchísimo dinero.

Scherer quería controlar la redacción, y por eso amenazó a reporteros con quitarles esas fuentes en las que habían trabajado durante décadas. Cuando llegó a la dirección, al primero que recortó fue a Carlos Denegri; éste, como lo cuenta en una anécdota Guillermo Ochoa, llegó a meterse al despacho de Scherer a pedirle que le diera otra vez su espacio. Esto debió haber sido por 1969. Scherer sí le dio el espacio a nuevos periodistas, y de allí vienen Carlos Marín y José Reveles, que allí empezaron su carrera.

Parece como si Scherer hubiera intentado, a largo plazo, hacer un cambio en los reporteros, pero no lo logró. Era meterse en demasiados problemas, poner en su contra a la redacción del periódico, y Scherer no quería eso. Al final, amenazada, pero dejó a gran parte de la antigua planta. Los reportajes y notas de Excélsior no eran tan escandalosas o tan críticas con el gobierno como las columnas. Los reporteros nunca llegaron a ser tan importantes como los columnistas: Daniel Cosío Villegas siempre estuvo encima de cualquiera de los reporteros.

En el libro se aprecia la gran vinculación del régimen de la Revolución mexicana con la prensa: hubo una fase de gran inestabilidad, de 1917 hasta principios de los años 30; luego una era de estabilidad hasta los años 60, que se rompió en 1968, cuando comenzaron los problemas entre el gobierno y Excélsior. ¿Cómo se vincularon el régimen de la Revolución y el diario?

Son profundamente coincidentes. Ese es uno de los asuntos que más me asombraron de la investigación: la prensa necesita al Estado y el Estado necesita a la prensa. Entonces los momentos de crisis del Estado lo son también de la prensa.

En el periodo 1916-1934, por ejemplo, el nuevo Estado apenas estaba naciendo, no había relaciones claras e institucionales; sí había reparto de dinero por parte de políticos, pero también fue un periodo de mucha violencia. Eso se observaba en los periódicos: no había una relación clara con el gobierno, no estaban establecidos los límites como sí los había marcado Porfirio Díaz.

A principios de los 30 y hasta 1968 hubo un Estado consolidado, sin un peligro real; se acabaron las sublevaciones y comenzó a invertir en obra pública. Para difundir todo eso necesitaba una prensa, empezó a apoyar a los periodistas.

A los diarios les empezó a ir bastante bien: Excélsior logró estabilidad interna, se convirtió en una cooperativa, y tuvo dos grandes dirigentes, Rodrigo de Llano y Gilberto Figueroa. De 1932 a 1963, todo estuvo relativamente tranquilo en el diario.

Pero en Excélsior empezó un periodo de crisis en 1963, que siguió hasta 1976, por circunstancias estrictamente internas. Eso se vinculó con la crisis del Estado, que empezó justamente en 1968 y que en 1976 estalló en la gran crisis económica. En medio estaban los problemas con los empresarios, con la Iglesia, la guerrilla, la postura de México en el exterior y una actitud del Estado de reaccionar en lugar de volver a proponer, como lo había hecho en esos años.

Todo eso quedó claro en Excélsior: dependía muchísimo del Estado mexicano.

En las crisis del diario, fue clave el papel de los políticos poderosos: Carranza apoyó a Alducin en los inicios; al inicio de la década de los 30 Plutarco Elías Calles ayudó a los trabajadores a convertir la empresa en cooperativa; en la crisis de 1965 intervino Gustavo Díaz Ordaz en favor de Manuel Becerra Acosta, y luego vino la de 1976, en la que siempre se ha dicho que intervino Luis Echeverría. ¿Cómo intervinieron estos políticos en la vida interna de la empresa y después cooperativa que fue Excélsior? Parece que, finalmente, eran los grandes árbitros de las disputas internas.

Hubo muchas relaciones micro entre los periodistas de Excélsior y los políticos, y arriba hubo una enorme relación entre los que dirigían el periódico y la Presidencia de la República. Siempre necesitaron el respaldo del árbitro final, porque el Estado a partir de 1916, volvió a construirse así: el poder más importante tenía que ser el Presidente. Fue un proceso que costó mucho trabajo, que no se consolidó en 1916 sino hasta años más tarde.

Cuando el Estado estuvo en crisis quedó claro que las relaciones con el Presidente podían ser muy complejas. Los primeros años de Excélsior con Carranza, de 1917 a 1920, fueron de crecimiento porque el Estado estuvo dispuesto a apoyarlo: permitir que surgiera, darle dinero e información para que la difundiera entre la sociedad.

Entre 1920-1928 empezaron los problemas porque los hijos políticos de Carranza, los sonorenses Álvaro Obregón y Calles, no querían a Excélsior. Era una generación que se considera revolucionaria, y que vio a Excélsior y a quienes lo hacían como los restos del Porfiriato. Luego estos revolucionarios, además de tener el poder, empezaron a vincularse con la nueva iniciativa privada lo que los hizo tremendamente ricos, lo cual se consolidó en los años de Miguel Alemán. La Presidencia era todavía una institución muy débil, cuando ni Obregón ni Calles llegaron al poder realmente por elección sino porque tenían poder político y militar. Entonces la relación con Excélsior era muy difícil, además de que en medio estuvo la guerra cristera.

Excélsior no era un periódico oficial sino oficioso, que sabía que tenía que llevarla bien con el Estado, pero que, además, necesitaba al público de clase media, que en su mayoría era católico y que no estaba muy contento con lo que estaba pasando. El diario tuvo que equilibrar entre los dos, lo que le ocasionó tremendos problemas, que al final estallaron con el asesinato de Obregón en 1928, cuando Calles casi le echó la culpa de azuzar a los enemigos del régimen.

En el periodo 1928-1932 Excélsior intentó ser tremendamente complaciente con el Estado, y eso estuvo a punto de ocasionar su desaparición porque tampoco funcionó. Los cambios vinieron en el momento en que el Estado se consolidó con Lázaro Cárdenas y el periódico ya era una cooperativa, podía negociar directamente con el Estado y tenía claro que sí tenía que cuidar a su público pero también la relación con el poder. Eso le dio estabilidad, que llegó después con Ávila Camacho, Alemán, Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos, la cual empezó a romperse con Díaz Ordaz.

El periódico siempre buscó al árbitro supremo, y éste tenía claro que aunque fuera una cooperativa los que importaban eran los que mandaban: quien controlaba el diario y el que controlaba la cooperativa. Entonces había que hablar con De Llano y con Figueroa. Tan importante era esto que cuando ambos murieron en 1962- 1963 empezó la crisis.

Entonces el gobierno que necesitaba que el periódico estuviera en paz, tuvo que intervenir: apoyó al grupo que se quedó en 1965, respaldó a Scherer y lo abandonó en 1976 para intentar que Excélsior volviera a ser un periódico estable.

¿Cómo se conjuntaron las dos crisis: las muertes de De Llano y de Figueroa en 1962-1963, con la formación de los grupos políticos al interior del periódico: el de Últimas Noticias, orientado hacia el anticomunismo y la derecha, y por otro lado el grupo renovador de Scherer, de tendencia hacia la izquierda?

En Excélsior había muchas opiniones. Es muy interesante: siempre vemos con desprecio a la prensa mexicana de los años treinta hasta 1976, y pensamos que fue una prensa vendida en la que todos opinaban igual. No es cierto: al interior de los periódicos había muchos grupos con distintas opiniones, y en Excélsior era claro: había grupos de una derecha muy radical, vinculados con los cristeros; grupos de derecha moderada, que consideraban que debería haber un mayor acercamiento con Estados Unidos; había grupos de izquierda moderada, profundamente católica, que seguían creyendo que la Revolución estaba viva, que era un proceso institucional y que había que depurar a sus miembros, y hacia finales de los 60 empezó a surgir una incipiente izquierda que empezaba a considerar que debería haber cambios radicales en el Estado.

Había muchas opiniones, lo sabía y utilizaba De Llano; si bien era tremendamente institucional y progobiernista, consideraba que era necesario que el periódico fuera variado, por lo que presentaba distintas opiniones, primero para no comprometerse con nadie, y luego para poder decir que eran una prensa que utilizaba la libertad de expresión y que era libre e independiente.

Estos grupos, cobijados por De Llano y Figueroa, se quedaron allí durante décadas. Cuando Excélsior surgió como una cooperativa, una de sus metas era educar a sus trabajadores para que aprendieran a convertirse en los dueños de su empresa, y como tales participaran en la toma de decisiones para que todo mundo pudiera compartir los beneficios.

Al final eso nunca ocurrió. Excélsior rápidamente consolidó una división tripartita en la que lo más importante era lo que pasaba en la redacción, luego seguía la administración, que es la que manejaba el periódico, y al final el pueblo llano: talleres. De allí surgieron una serie de liderazgos, pero entre 1932 y 1963 todo mundo entendía que las voces importantes eran las de sus dos pontífices: De Llano y Figueroa. El periódico caminó; después de haber pasado por las crisis de los 20, los trabajadores de Excélsior vieron que, para empezar, ya estaban cobrando un salario, lo cual los tranquilizó; luego, que les tocaban más estímulos económicos si hacían otros trabajos, y después les permitieron tener negocitos particulares porque éstos no sólo eran de los periodistas sino a todos niveles; podían meter a la familia y podían aspirar a reservaciones de hoteles más baratas, viajes, compras de trajes y de alcohol.

Si el periódico caminaba, ¿para qué se iban a meter en problemas? Eso, más la mano dura de De Llano y Figueroa, permitió su consolidación. Cuando el Estado vio eso decidió apoyar a los dos. Pero pasaron los años, y cuando murieron De Llano y Figueroa quedó claro que la cooperativa no sabía gobernarse. Un cooperativista muy famoso me lo dijo de esta manera: “De repente se nos murió el papá y no supimos qué hacer”. Empezaron a aparecer varios que querían ocupar ese cargo, y cada quién tenía sus ideas.

Se dividieron: estaban los que venían del sinarquismo, y estos “jóvenes” de los años 40 que ya para los 60, eran importantes. No había forma de negociar entre ellos, fue lo más impresionante. Estaban tan divididos, que se pelearon por Excélsior, y al final el que tuvo que decidir fue el árbitro supremo. Si ya no estaban los papás tuvieron que recurrir al que mandaba en el país: el presidente Díaz Ordaz.

Allí lo que quedó claro es que esta organización que supuestamente intentaba ser un modelo democrático nunca lo fue, y en eso se parecía muchísimo al país, donde había una Constitución que desde 1917 señalaba un montón de cosas que supuestamente iban a construir este país como una democracia, y en la realidad nos volvimos un sistema autoritario, paternalista, antidemocrático, en el que la voz del presidente era la más importante.

¿Por qué en 1965 Díaz Ordaz se decantó por la izquierda con Manuel Becerra Acosta, y no con la derecha?

Esa es una pregunta muy interesante que tiene mucho que ver con el enorme desconocimiento que aún tenemos del sexenio de Díaz Ordaz; pensamos en éste y de inmediato surge Tlatelolco, pero ocurrieron muchas cosas en ese sexenio. Es cierto que era un hombre muy influido por la derecha mexicana, especialmente la de Puebla; también era un hombre profundamente institucional, muy marcado por la tradición paternalista autoritaria que viene del cardenismo.

Díaz Ordaz, como secretario de Gobernación de López Mateos y luego como Presidente se dio cuenta de que había muchos grupos de poder en el país, y que la Presidencia tenía que encontrar la forma de controlarlos lo cual se le hizo tremendamente difícil. Eran los años 60, en los que en este país había una división muy clara: por un lado estaba el Movimiento de Liberación Nacional, con un montón de intelectuales bajo la sombra del general Cárdenas; por el otro, dentro del PRI había un movimiento mucho más cercano a la iniciativa privada, en el que estaban Abelardo Rodríguez y Miguel Alemán. En la Iglesia además, ya se empezaban a señalar diferencias entre los grupos más conservadores. En el México ya había el germen de profundas ivisiones que estallaron en los años 70.

Creo que este contexto sirve para entender por qué Díaz Ordaz tomó su decisión. Tenía dos posibilidades: los periodistas muy antiguos de Excélsior, pero que él sabía que venían de una raíz profundamente católica y derechista, que estuvieron en la guerra cristera y fueron sinarquistas, que recuerdan el caso de José Elguero, un gran columnista de Excélsior que apoyó a los cristeros, al que el gobierno de Calles expulsó del país.

Del otro lado estaba un grupo que también tenía una enorme legitimidad en Excélsior porque tenía al frente al gran Manuel Becerra Acosta, fundador del diario, y que estaba convencido de que la Revolución estaba viva, pero que al mismo tiempo era de apertura. Sí eran muy católicos, pero les interesaba un catolicismo adecuado a los tiempos que corrían.

Para 1965, cuando pasó todo esto, el país vivía la huelga de los médicos, el primer gran levantamiento guerrillero en Chihuahua y la crisis de Carlos Madrazo en el PRI. Me parece que en ese ambiente Díaz Ordaz debe haber preferido a este grupo de apertura pero dentro de la Revolución, más que al otro que tenía una marcada tendencia proderechista que podría favorecer las posturas más conservadoras de la Iglesia y de la élite empresarial.

No hay que olvidar que a Díaz Ordaz se le ocurrió que al PRI había que ponerle un cuarto sector, además del obrero, campesino y popular: los empresarios, pero éstos se negaron. Estaban muy contentos por ser aliados del PRI, pero ser priistas era otra cosa y no le entraron.

En este ambiente de tantas posturas políticas, creo que en 1965 Díaz Ordaz prefirió al que le permitiera la estabilidad en Excélsior, un compromiso con la Revolución institucionalizada y, al mismo tiempo, una cierta apertura, una ligera modernidad. Esto para el Estado mexicano en esos años pintaba muy bien porque le iba a permitir (insisto, era el inicio del gobierno de Díaz Ordaz) mostrarse como renovador pero también nacionalista, cuidando los principios fundamentales de la Revolución. Esa fue una apuesta muy delicada que al final a Díaz Ordaz no le gustó.

Un asunto interesante de la sucesión de 1965 es que el grupo de Becerra Acosta sí logró hacer alianzas con sectores importantes de talleres, que fueron los que finalmente le permitieron ganar. ¿Cómo se rompió esa alianza con Scherer? Usted llega a hablar del Olimpo del grupo dirigente, que descuidó a los trabajadores de talleres. ¿Cómo pesó esto en 1976?

Ese es un punto importantísimo. Cuando pensamos en un periódico pensamos en los periodistas, reporteros y especialmente en columnistas; pero se nos olvida que un periódico lo hace mucha más gente, y la de talleres era fundamental, de ella dependía que estuviera listo en la madrugada y que rápidamente se pudiera vender.

Fueron los trabajadores de talleres los que habían tenido una participación importantísima en la creación de la cooperativa que nació prometiéndoles a todos los trabajadores que volviéndose cooperativistas iba a acabar la incertidumbre. Éstos aceptaron, y por eso no se integraron a las organizaciones sindicales que ya existían y que querían absorberlos. En los primeros años de la cooperativa ellos fueron los que ganaron menos dinero, y muchas veces se encontraron con que había que darle dinero a Excélsior para que sobreviviera.

Entonces cuidar a los cooperativistas era fundamental, y allí el gran papel fue el de Gilberto Figueroa, quien se convirtió en la mamá de la empresa porque era el que consentía a todos: cada 18 de marzo, día de la fundación de Excélsior, hacía una enorme comida donde había un montón de viandas, mucho chupe y los mejores artistas. Por supuesto había rifas para que los trabajadores estuvieran contentos. También se encargaba de dar reconocimientos y medallas a los cooperativistas más importantes, y éstos, cada que tenían un problema, buscaban a don Gilberto. Era cuestión de ir a su despacho, colarse, hablar con él y decirle: “Oiga, écheme la mano; fíjese que tengo tal problema”, y don Gilberto normalmente decía que sí.

Eso quería decir que al interior de la empresa Figueroa tenía un enorme poder porque los cooperativistas confiaban en él y sabían que aunque De Llano controlaba el periódico la empresa como tal se mantenía firme. Los cooperativistas confiaban en ellos, y esta confianza se mantuvo hasta que los dos murieron.

De 1963 a 1968 el diario tuvo cierta incertidumbre, especialmente los trabajadores de talleres. Sí conocían a la generación de derechistas (Bernardo Ponce, Enrique Borrego y demás), y a Octavio Colmenares, que era un trabajador de mucho tiempo antes, pero conocían más a Manuel Becerra Acosta y sabían que podían confiar un poco más en él. Entonces en ese periodo la empresa se sostuvo.

Llegó 1968 con Scherer, quien nunca tuvo una relación cercana con los cooperativistas; sus relaciones en el periódico eran con la redacción, con la dirección y con los grupos de poder afuera de Excélsior. Nunca fue alguien que los cooperativistas vieran como una de los suyos. De allí vinieron las broncas.

En estos cambios Scherer empezó a impedir que los cooperativistas siguieran metiendo a sus familiares a trabajar, y eso ya no les gustó; comenzó a considerar que había muchos trabajadores que ya deberían retirarse, lo que tampoco les gustó, y comenzaron a ver que Scherer tenía problemas con la iniciativa privada y luego con los gobiernos de Díaz Ordaz y Echeverría. Eso les preocupó mucho.

En 1972 vino el boicot de publicidad privada, del que la dirección de Scherer quedó muy golpeada. Eso los cooperativistas lo vieron con pavor porque a ellos la política en sí no les importaba mucho, no estaban muy enterados de los acontecimientos porque muchos de ellos apenas habían terminado la primaria, pero lo que sí sabían era que necesitaban su dinerito y su rabajo. Vieron todos los conflictos que tenía Excélsior, especialmente con Echeverría, y luego el asunto de Paseos de Taxqueña, predio en el que les habían prometido que todos iban a tener casa y nunca les quedó muy claro cómo se estaba manejando ese asunto.

Esa falta de comunicación entre la dirección de Scherer y los talleres, ese vacío fue rápidamente llenado por Regino Díaz Redondo, quien sí entendió que había que cuidar a los cooperativistas: era el que bajaba a talleres, platicaba con los trabajadores, les llevaba pancita los domingos para que estuvieran contentos. Así empezó a hacer una red de lealtades.

Díaz Redondo sí entendió que el poder en Excélsior estaba en los talleres. Scherer pudo haber sido un periodista muy conocedor, muy importante, muy culto, pero estaba lejos de los trabajadores, y por eso a su grupo le llamo el Olimpo: estaban en la cima, hablaban con el Presidente y con las personas importantes, mientras en talleres decían ¿qué va a pasar con nosotros? Y por eso éstos se acercaron a Regino, que fue quien les garantizó que, pasara lo que pasara, su trabajo estaría seguro, que la empresa seguiría.

Saliéndonos un poco de los límites del libro, que concluye en aquel episodio: ¿qué pasó después, con Díaz Redondo? Habla usted de decadencia, y lo cierto es que se volvió a entablar un vínculo muy fuerte entre los gobiernos y el periódico hasta que fue echado en 2002.

Díaz Redondo logró darle al periódico una estabilidad que había perdido desde 1963: su dirección tuvo problemas y fue muy cuestionada, pero haber permanecido allí desde 1976 hasta principios del 2000, cuando lo corrieron, fue algo que ni Scherer pudo hacer. Sí hubo un gobierno en Excélsior.

A Díaz Redondo le tocó gobernar Excélsior en un momento en que el Estado entró en una tremenda crisis: López Portillo heredó los problemas de Echeverría, la crisis económica y la profunda desconfianza de sectores muy importantes del Estado. Intentó limitar el gasto, establecer un gobierno racional y de repente se encontró con que México se ganó la lotería con los pozos petroleros. Empezó con gastos y gastos, y eso llevó al final a una crisis todavía peor en 1982. Al gobierno de Miguel de la Madrid le tocó encontrar a México como si hubiera perdido una guerra: no había dinero, lo que quería decir que también había que recortar los apoyos a los periodistas.

Carlos Salinas de Gortari intentó modernizar al país, y ya no le servían los viejos medios porque, además, el periodismo cambió. Cuando Scherer salió de Excélsior ocurrió un acontecimiento inaudito en la prensa mexicana: al periodista que se peleaba con el poder o con el Presidente, lo único que le quedaba era retirarse durante algún tiempo, irse a provincia a encerrarse, esperar a que el sexenio terminara y contar con aliados políticos para saber cómo podía colocarse. Scherer no hizo eso sino que aprovechó que el gobierno de Echeverría en 1976 estaba en una condición espantosa y que tenía muchos enemigos; para el 20 de noviembre de ese año (la fecha es importantísima: el día de la Revolución mexicana y antes de que terminara el sexenio de Echeverría) sacó la revista de política más importante de este país en el último cuarto del siglo XX: Proceso, pensada en sus primeros números para pegarle a Echeverría y echarle la culpa de lo que pasó en Excélsior.

Ese fue un cambio brutal, porque quiere decir que el Estado ya no tenía todas las capacidades para controlar la prensa porque apareció Proceso. Luego Scherer también se respaldó en el siguiente Presidente, su primo, José López Portillo, quien lo dejó hacer. Tuvieron una relación muy complicada, incluso López Portillo le quitó publicidad pero al final Proceso se volvió profundamente crítico, lo que no hacía Excélsior, y sobrevivió, que es lo más impresionante.

El Estado estaba en una crisis terrible; fueron los 80 cuando en realidad comenzó a crecer el enorme monstruo del crimen organizado. Esto también provocó que empezaran a surgir otros medios que ya no querían tener una vinculación con la antigua prensa. Así surgieron Vuelta, Nexos y unomásuno, hijo de Excélsior que quería ser su antítesis: tenía toda la experiencia de éste y muy claro que quería ser totalmente diferente. Por eso Becerra Acosta junior hizo este diario en formato tabloide, con un nombre inusitado para la historia de la prensa mexicana. Las fotos, los trabajadores que tenía, involucrar a otros columnistas, el diseño, todo tenía que ser distinto. Entonces fue un periódico brutalmente revolucionario, hasta que terminó muy mal con Salinas de Gortari, cuando Becerra Acosta incluso se tuvo que ir a España.

Además los problemas del Estado llevaron a que esta sociedad necesitara información económica, y surgieron El Economista y El Financiero porque la gente necesita entender qué demonios estaba pasando con la crisis económica. Luego, en los años 90, vino el gran golpe del norte del país: Reforma. Lo que querían estas publicaciones, de Proceso a Reforma (y me iría hasta Milenio) era desligarse de Excélsior y de la prensa anterior a 1976. Todas ellas, directa o indirectamente, reclaman su fecha de fundación el 8 de julio de 1976, y consideraban que esa tenía que ser su prensa.

Excélsior no podía hacer eso sino al contrario: se deshizo de su director, de todos los columnistas y de un montón de reporteros que prefirieron irse. Tenía que llenar esos huecos y no podía volverse un medio crítico del gobierno: lo necesitaba porque venía de toda esta tradición de apoyarse en el Estado. De 1976 al 2000 Excélsior se volvió un periódico profundamente gobiernista, un diario que necesitaba el respaldo del gobierno, pero éste estaba en crisis además, conforme comenzaban a cambiar las cosas, necesitaba estar en la prensa. Salinas necesitaba una prensa sí de oposición, pero que al mismo tiempo le permitiera convencer a la sociedad mexicana de que el proyecto neoliberal y del Tratado de Libre Comercio era lo que nos convenía. Por eso apareció Reforma, aunque terminó peleándose con él. A Salinas no le gustaba La Jornada, tremendamente crítica, pero entendió que como estaban las cosas el país necesitaba una voz de izquierda radical, ni modo.

Excélsior y El Universal se quedaron viejos: eran oficialistas, duros, venían de una tradición muy antigua, no habían cambiado con el Estado. Ernesto Zedillo le importaba mucho más lo que se publicaba en Reforma o en la revista Milenio, que lo que dijera Excélsior.

En el año 2000, cuando Vicente Fox llegó al poder, decidió que esos medios no le importaban y que se rascaran con sus uñas. Le importaban la modernidad, los medios bonitos, Milenio diario y otras cosas. Entonces Excélsior estaba en una situación espantosa: ya no tenía a los anunciantes ni el prestigio ni las firmas y empezó a perder dinero. Esto llevó, en gran parte, a que a principios del siglo XXI hubiera otra rebelión en su interior, por la cual se fue Díaz Redondo. Los cooperativistas otra vez estaban espantados porque todo se estaba derrumbando, y el Estado ya no funcionaba como antes. Llegaron los que yo llamo “años del coma”, de 2002 a 2006, cuando Excélsior estuvo perdido.

La única solución fue vender el periódico. Hubo mucho más incertidumbre en el diario, y al final quien ganó fue el nuevo conglomerado llamado Grupo Ángeles; Olegario Vázquez Raña se separó de su hermano Mario, quien ya tenía desde los años 60 El Sol de México. Habían creado un enorme negocio primero con la mueblería Hermanos Vázquez, luego el de hoteles, especialmente el Camino Real, y de hospitales. Excélsior se volvió una opción en un momento en el que otra vez en el país volvió a surgir el proyecto de las industrias multimedia (que son muy antiguas: el primer Excélsior lo fue porque tenía periódico y radio, alguna vez pretendió hacer cine y después hizo noticieros en televisión). Grupo Ángeles quería ser multimedia, y por eso compró estaciones de radio, creó Grupo Imagen, y de allí lo que siguió fue agarrarse este periódico, que estaba a punto de morir.

Pero no podía ser el Excélsior de antes, y lo primero que había que hacer era terminar con la cooperativa. Los cooperativistas hasta hoy reclaman que muchas cosas que les habían prometido no se las dieron. Había que hacer un nuevo Excélsior, uno que fuera privado y muy curioso, porque quería ser joven, diferente, pero que estaba muy influido por el pasado; entonces necesitaba agarrarse de algún referente histórico. Rafael Alducin quedaba demasiado lejos, y de esta generación su referente histórico es, paradojas de la vida, Julio Scherer. Entonces este nuevo Excélsior hace lo que no hacía el de Regino: recordar el 8 de julio, decir “pues de allí venimos”, aunque este periódico haya sido el que expulsó a Scherer. Pero esta generación de periodistas que tenemos, con Pascal Beltrán del Río al frente, formado en Proceso, dijo “mi referente es ese”.

Referente número dos, que no les gusta pero ni modo: Reforma, que es el que representa el periodismo mexicano joven de los 90. Es un periódico al que le ha costado mucho trabajo reposicionarse. Creo que tenía razón Jorge Fernández Menéndez cuando dijo: “Nos hubiera salido más barato fundar un nuevo periódico que rehacer este”. No es todavía el periódico más importante, como lo fue en sus años, aunque sí es un periódico visualmente bonito, creo que hasta más que Reforma, pero al que también le cuesta mucho trabajo desligarse de su pasado, y a veces tiene una línea mucho más gobiernista que otros periódicos.

Sobre la red de espejos: en esta, dice, pesan más las imágenes que la realidad. Y habla también de que en esta historia la sociedad está ausente; en otra parte señala que también muchas veces los lectores de periódicos no han salido a defender a los periodistas, por ejemplo. ¿Cuál ha sido la relación de Excélsior con la sociedad?

Una parte importante, pero no numerosa, de los lectores del Excélsior de Scherer se fueron a Proceso. Para 1976, bien o mal Excélsior estaba consolidado. Era un público que venía, cuando menos, desde los años 30. Era un público que, como actor social, estaba formado por el nacionalismo revolucionario, y participar en política significaba entrar al PRI; e incluso a los partidos de oposición, siempre y cuando sostuvieran al PRI. La oposición dura no tuvo espacios: estaban, por ejemplo, el Partido Comunista Mexicano y, peor aún, los movimientos guerrilleros de los años 70.

Estaban otros grupos de oposición de derecha, a los que el Estado no veía con gusto pero que más o menos tenía que soportarlos. La verdad no teníamos un público que estuviera acostumbrado a cuestionar a sus medios y a participar en política. Cuando ocurrió 1976 creo que había un grupo pequeño pero importante que dijo: “Yo no vuelvo a leer Excélsior, me voy a leer a Scherer”, y creo que de ese grupo se nutrieron los diarios que vinieron después, más una nueva generación a la que ni el Excélsior de Regino ni tampoco El Universal le decían absolutamente nada en esos años. Eran diarios feos, viejos, que no tenían nada qué decir, y allí podríamos incluir también a Novedades, El Heraldo de México, El Nacional: La onda era, primero, leer unomásuno y luego La Jornada.

Sobre la prensa de los años 80, considero que entre los que se fueron con Scherer y los nuevos pasaba una cosa: había lectores que ya podían volver a vincularse con sus periódicos, que se vuelven hasta una seña de identidad; caso específico: La Jornada. En los 80 había que traerla en el morral; en los 90, cuando uno ya era neoliberal, trasnacional y usaba traje y corbata, había que leer Reforma.

Considero que actualmente el desarrollo de las redes sociales está permitiendo que este público participante, que siempre ha sido muy chiquito, pueda expresarse más. En los años 60 el que quería expresar su opinión en un periódico tenía que escribir al correo del lector, y a veces se publicaba. En 2016, si estoy inconforme con algún asunto le mando un tuit a mi periodista favorito; a lo mejor lo lee, a lo mejor no, pero sé que esa información va a llegar. Ahora es mucho más común que estos periodistas sí escuchen a sus lectores por lo que les llega en Twitter.

Esto no quiere decir que ahora tengamos enormes públicos de lectores comprometidos. Seguimos teniendo muy pocos lectores, lo que, además, ahora es un problema, porque están totalmente diversificados. Pero sí veo que en este público, a pesar de que tiene estos problemas, hay ganas de participar, de comentar a los periodistas. Esto el periodista no lo puede ignorar. Cuando un periodista recibe, por lo menos, 500 tuits quejándose de algo, lo tiene que tomar en cuenta, le guste o no.

Actualmente se ven cambios enormes: Televisa, por ejemplo, tiene estos cambios de conductores de noticieros, pero además ahora transmite en Facebook. Ya no es que el público televidente vaya y se siente ante el aparato para verlo; ahora agarro mi teléfono, mi tablet, la veo, y de inmediato comienzo a comentar. Allí hay cambios brutales para el periodismo. Pienso que ahora podemos tener un público mucho más participativo; ojalá siga siendo así y que sea mucho más, porque para la cantidad de problemas que le vienen al país necesitamos una sociedad que esté muy consciente de que tiene que participar.

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