Andrea Zelaya Freyman

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Pintora.

Eva, la madre de todos los males

“…es fatal al hombre, que encarna el destino

de la humanidad masculina sacrificada en el altar de la Especie. Da la muerte,

pero también es mostrada como cadáver viviente, carroña repulsiva. La fatalidad la mueve,

aparece como el instrumento de fuerzas que la superan y a las que no hace sino prestarles,

durante un tiempo su cuerpo: concepción mitológica que, en el mismo momento,

permite afirmar su estupidez de pura materia, de materia insensible y manipulada “

Dottin-Orsini, M

La figura de Satanás en el arte ha sido representada por su fiel ayudante, la provocadora de los vicios más extremos y los tormentos más insoportables del hombre, ella es la culpable del destierro del paraíso, de la brujería, y es la propagadora de enfermedades tales como la sífilis; la mujer ha sido una de las mayores, si no es que la mayor protagonista en el arte, y era de esperarse que para representar al mal la femme fatale no podía faltar, ya cuenta Erika Bornay en su libro “las hijas de Lilith” que la idea de esta mujer malvada es más vieja que la propia Biblia, y que se pensaba que la mujer podía ser incitada por el diablo, con mucha más facilidad que el hombre, debido a su baja intelectualidad. Esta mujer maldita ha sido representada desde la edad media, que asociaba a Eva como madre de todos los males, y por tanto hace de la mujer fuente del pecado, lujuria y perversión. A finales del siglo XVIII se convierte en el tema favorito de muchos artistas, como Gustave Moreau, Dante Gabriel Rossetti, Edvard Munch, Gustave Klimt, Aubrey Beardsley, entre muchos otros, estos artistas plasman a estas mujeres libres y seductoras, que incitan al espectador a transgredir; muchos de ellos representan a figuras tales como Judith, Salomé, Lilith, Venus, Pandora, Medea, Helena de Troya, etcétera. Pero ninguno de ellos se empeña tanto en plasmar la relación de la mujer con el diablo, lo demoniaco y lo anticlerical como lo hace Felicien Rops, en un erotismo satánico y perverso.

Felicien Rops fue un pintor y grabador Belga, nació en Namur en 1833. Se le incluye en el simbolismo, aunque él y su íntimo amigo, Charles Baudelaire, adoptaron el término de Decadentes. El movimiento Decadente fue un estilo literario y artístico de Fin de siècle (fin de siglo), que se dio principalmente en Francia, caracterizado por el cinismo y el pesimismo, y un interés hacia lo extravagante y lo insólito; en ambos círculos artísticos, simbolistas y decadentes, se experimentó un interés por la figura del diablo y por el satanismo, por lo que Felicien se destacó en virtud de su obsesiva fijación por la mujer, el sexo y el mal.

Charles Baudelaire influenció mucho el arte de Rops, especialmente en su representación de lo femenino, y en su estética de lo grotesco. ambos artistas identifican a la belleza con la mujer, pero lejos de ser una belleza convencional ésta se convierte en horror, desgracia, melancolía y peligro, asociadas al pecado. Rops diseñó el frontispicio de la obra Les Épaves de Baudelaire, con poemas escogidos de las flores del mal (que fue censurado en Francia por ultraje a la moral pública). Los temas de esta colección de poemas, anticiparon la temática de nuestro artista, que van desde el vampirismo, la relación sadomasoquista, hasta las prostitutas y las lesbianas.

Felicien Rops dijo que el hombre está poseído por la mujer, pero que la mujer esta poseída por el Diablo. Esta posesión diabólica y a la vez sexual, se muestra en sus series “Las diabólicas”, “Las satánicas” y “Naturalia” también se le puede ver a esta mujer fatal, asociada con la muerte misma, en su obra “parodia humana”, en donde una prostituta se cubre el rostro cadavérico con una máscara que simula la cara de una hermosa joven.

En la mayoría de sus obras se puede ver como destaca la animalidad de la mujer, que se muestra dominada por sus instintos, en búsqueda de su presa; esta femme fatale, me parece más despiadada y engañosa que las demás mujeres fatales de sus contemporáneos, ya que esta, en vez de evocar a Eva la pecadora, ella encarna a la serpiente, al pecado mismo.

Me parece que en gran parte el arte de Rops quería confrontar y denunciar la doble moral de la sociedad puritana de fin de siglo, con una estética aterradora, y temas que atacaban directamente a la iglesia, para destapar la hipocresía y escandalizar a la burguesía. Sus obras están infestadas de placer sexual, que excluye la única justificación que el cristianismo le había concedido al sexo, la procreación. Suprime a la madre, para darle entrada a la pecadora, despoja a la vida, para darle entrada a la muerte, aniquila a María, para después anular a Eva y solo dejar presente a Lilith, la diablesa.

Cierro con la conclusión que Cecilia A. Vargas, escribió en su tesis (en proceso) de Las flores del mal, acerca de este artista belga:

“Felicien Rops, un personaje muy moderno para su época. A pesar de ser testigo de los grandes cambios como resultado de la revolución industrial y la sociedad en un nuevo ambiente luminoso, para él, dicha sociedad seguía conservando una oscuridad muy grande, que se ve reflejada en su trabajo. Su obra pudo ser una blasfemia para la burguesía del siglo XIX, pero para nosotros logra ser un deleite, un deleite difícil de explicar, es un desafío estético al ver algo tan macabro y grotesco pero que atrae, y se nos presenta como objeto del deseo. Ésa es la maravilla de Rops, cómo logra armar a partir de lo obsceno y lo anticlerical algo visualmente atractivo, transforma lo que sería una imagen pornográfica en una crítica hacia la sociedad, de una modernidad fracasada y decadente. Es como si tuviera un juego con la burguesía, al retarlos con sus pinturas, presentando imágenes cada vez más provocadoras y desbaratando todos los rituales y figuras sagradas para ellos, confrontando su hipocresía ante su tan reprimido deseo carnal y encuentra la belleza de la maldad, envuelta en la sexualidad y feminidad”.

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