Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

Eucaliptos y comunicación social

La vida -no sé si como premio o como castigo- me puso en el trance de ocupar un alto cargo administrativo, de esos con chofer y todo en los que a uno lo llaman “señor” aunque se sea un pelagatos como yo.

Muy bien, como lo primero es lo primero, hubo que invertir algunos meses en planear los trabajos por venir y aquí entra nuestra primera lección; si uno no da muestra de un dinamismo oligofrénico desde el primer día, será acusado de muchas cosas entre las destacan el ser taimado y huevón.

Superado ese trance, se procede a informar en un ejercicio tan productivo como arar en el desierto ya que en ese momento aparecen las asociaciones comandadas normalmente por una vieja chota, asesoradas por otro que es imbécil, pero no tanto porque cobra y apoyados por diputados vividores que no entienden nada pero aspiran al voto ciudadano.

Ese es justamente el caso del eucalipto de la ciudad de México, veamos:

Don Miguel Ángel de Quevedo, además de calle en el sur de la Ciudad de México, fue un señor que era apóstol del árbol y que a principios del siglo XX tuvo la feliz idea de introducir masivamente eucaliptos provenientes de Australia con el fin de formar cortinas vivientes contra las tolvaneras y desecar la cuenca ya que, como se sabe, los eucaliptos necesitan una gran cantidad de agua. Recordé mucho la memoria del apóstol cuando en el año 2002 enfrenté la siguiente situación: -Nueve millones de eucaliptos en el Distrito Federal, es decir, el árbol dominante ya que emite una sustancia que inhibe el crecimiento de otras especies.

– El promedio de edad de esta especie era de 50 años (la aproximada en la que tienen la mala costumbre de caerse).

– La entrada de una plaga proveniente de Estados Unidos que los debilitaba aún más.

– La estadística de que en época de lluvias caen en la ciudad de México aproximadamente 3 mil árboles de los cuáles el 90% son eucaliptos y que en dos años cobraron cinco vidas humanas. Perfecto, se necesitaba ser imbécil para no entender que:

– Había que dar inicio a un programa de 30 años de sustitución gradual del eucalipto.

– Reconvertir la producción de los viveros de la ciudad para producir árboles aptos a las condiciones de la cuenca.

– Obtener los permisos necesarios para que la madera, en lugar de ser basura como se le consideraba, se procesara para producir papel y la ciudad recibiera un beneficio económico que financiara el programa.

En el momento que íbamos en el árbol 40 mil se nos apareció el demonio en la forma de una vieja loca, seguida por un grupo mayor de viejas locas y asesoradas por uno que parecía desechode guerra y tenía el mismo coeficiente intelectual de un burro de planchar. Detrás de ellos el Partido Verde apadrinado por un güerito de lentes que ahora es senador o diputado, da igual.

Como lo políticamente correcto (esta es la segunda lección, un funcionario debe de ser siempre políticamente correcto) era explicarle a esta buena gente, aunque el ejercicio fuera tan útil como una cirugía plástica en una lideresa sindical, se procedió a explicar. La asambleísta Martha Delgado, por ejemplo, los llevó a la asamblea y allá fuimos en masa ¿Qué un recorrido? Con gusto ¿Qué una reunión en la sala de juntas? Faltaba más.

El momento culminante se alcanzó una mañana en la que se presentó una turba de viejas chotas comandadas por la loca (que miraba fijamente), venía también el joven desecho de guerra y una diputada ligeramente mamona. La turba se acompañaba por reporteros y exigía un recorrido. Me negué dado que no estaba pactado así…;fue el día que más mentadas de madre me he llevado:

a) De las viejas locas porque “era un asesino”.

b) De la diputada por “no cumplir un compromiso” (el cual yo no había contraído).

c) Del desecho de guerra me imagino porque no se le entendía nada.

d) De los reporteros porque “no hubo nota”.

e) De ¡Mi jefa! Por no haberlos atendido.

Al final me sentí muy solo.

El asunto derivó en vodevil, fui llamado de todas las formas que se le puede llamar a alguien y hasta de las que no: “ecocida”, “ratero” y acto seguido fui demandado penalmente por el Partido Verde.

wLa bronca empezó a crecer (en tiempos electorales) por lo que la superioridad me indicó que “le parara”. Esta última es la tercera y última lección, prioridad política mata prioridad ambiental. Han pasado los años, ya no tengo chofer, pero afortunadamente tampoco a ese grupo de imbéciles a los que recuerdo entre pesadillas. Quisiera, pues, trasmitirle a ustedes, educadores y pronto educadores ambientales mi experiencia…;A ver qué se les ocurre.

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