Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

EU, después de los ataques de 2001

Han pasado diez años desde los atentados terroristas contra Estados Unidos del 11 de septiembre, suceso que puso nombre y apellidos a la agenda de seguridad internacional del nuevo siglo. A lo largo de esa década, el terrorismo fue caracterizado como la preocupación principal para la seguridad global, pese a que en el mismo periodo se reconoce que otras amenazas -como los fenómenos naturales y las epidemias/pandemias, por citar sólo dos casos- han probado ser tanto o más destructivas y atentatorias contra el bienestar de las sociedades. Por eso es válido preguntar, a diez años de distancia, si el terrorismo realmente es el flagelo que pone en riesgo la supervivencia de las naciones del mundo y, adicionalmente, si las medidas adoptadas a la fecha contribuyen a enfrentarlo de manera adecuada.

El terrorismo no nació el 11 de septiembre. Se trata de un fenómeno ancestral como la humanidad misma y, ante todo, es un método encaminado a lograr que otros hagan lo que el terrorista desea. En este sentido, dicho episodio de violencia es una acción política, con sentido: busca reivindicar una causa y desgastar a un adversario que, generalmente, es más poderoso y al que no se podría aspirar a vencer en una confrontación convencional. Asimismo, la longevidad del terrorismo pone de manifiesto que, aun cuando causa un gran daño, sea por las víctimas inmediatas de sus acciones o por el mensaje que transmite al destinatario final -que generalmente es distinto de las víctimas inmediatas-, rara vez vulnera la supervivencia de la nación.
Por eso es que, al menos hasta antes del 11 de septiembre de 2001, la mayoría de los países europeos consideraba este fenómeno un problema de seguridad pública, no un reto de seguridad nacional. Después del 11 de septiembre, la tendencia apunta a que, por inducción de Estados Unidos, se considere al terrorismo como amenaza a su seguridad nacional, y, por extensión, a la internacional, básicamente por ser la Unión Americana el país hegemónico.

Seguridad pública y seguridad nacional
Es evidente que los ataques del 11 de septiembre de 2001 nunca pusieron en peligro la supervivencia de la nación norteamericana. Estados Unidos es un gran país y también muy privilegiado porque, amén de la guerra civil que padeció en la segunda mitad del siglo XIX, nunca había sido agredido en su territorio por terceros -aunque sí por sus connacionales, como queda de manifiesto con las acciones de Timothy McVeigh, autor del bombazo del 19 de abril de 1995 en Oklahoma que destruyó el edificio Alfred P. Murrah y provocó la muerte de 168 personas, incluyendo 19 niños menores de seis años de una guardería- ni siquiera durante las dos guerras mundiales ni en la Guerra Fría. La muerte de más de 3 mil personas en los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, Washington D.C. y Pensilvania fue lamentable, pero, independientemente de la conmoción inicial que produjeron las agresiones, se requiere mucho más para destruir o borrar a Estados Unidos del mapa mundial.

Lo que también es cierto es que la violencia islámica ha recibido la mayor parte de la atención por parte de los servicios de seguridad de los países a causa del terrorismo que se cocina en el interior de sus fronteras y que suele estar vinculado al extremismo de izquierda y, recientemente, como se demostró en los atentados de Noruega en julio pasado, de extrema derecha. Si bien no se debe descartar que organizaciones terroristas islámicas pueden realizar ataques, no debe restarse importancia a la vigilancia y el monitoreo por parte de las autoridades del terrorismo doméstico.

Estados Unidos no es el primer país en sufrir ataques terroristas en su suelo por “adversarios” externos: sus aliados europeos registran diversas experiencias en el rubro. Llama la atención, sin embargo, que en uno y otro casos, las medidas para contrarrestar el terrorismo son muy distintas. La Unión Americana, a manera de represalia, optó por desarrollar una guerra convencional en Afganistán contra los talibán, presuntos protectores de la organización terrorista al-Qaeda, que operaba a sus anchas en el territorio de ese país asiático. En cambio, los europeos han empleado decididamente sus servicios de inteligencia, criminalizando, además, desde el ámbito de la seguridad pública, a los terroristas, con resultados, en general, satisfactorios.

Pero, ¿qué cosa es el terrorismo?
Es obvio que las acciones contraterroristas de Estados Unidos en los pasados diez años han sido secundadas a escala internacional, en muchos casos, por conveniencia. A Rusia, por ejemplo, le vino muy bien cerrar filas con la Unión Americana en la lucha contra el terrorismo, porque, de esa manera, tenía más margen de maniobra -e impunidad- para enfrentar a los separatistas de Chechenia. Algo parecido se puede decir de la República Popular China, que pudo caracterizar como “terrorismo” el separatismo que ocurre en la provincia de Xinjiang. ¿Y qué decir de los conflictos árabe-israelíes? La lucha contra el terrorismo influyó en el enorme retroceso experimentado en los procesos de paz de los años 90 en el área.

El 11 de septiembre creó una oportunidad única para que la comunidad internacional se esforzara por generar un concepto de consenso en torno al tema del terrorismo. No ocurrió así, y en su lugar, con la resolución 1373 del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de septiembre de 2001 se avanzó solamente en la creación de un comité, en el propio Consejo de Seguridad, ante el cual deberían comparecer todos los miembros de la ONU, a fin de explicar el estado que guardaba en sus territorios la lucha contra el terrorismo, las convenciones sobre el particular suscritas y el compromiso para sumarse a aquellas de las que aún no formaban parte. Las iniciativas encaminadas a criminalizar el financiamiento al terrorismo avanzaron de forma expedita. No obstante, el concepto de terrorismo sigue sin definirse, ello posibilita que se le dé una interpretación de conformidad con determinados intereses. En los tiempos del apartheid, en Sudáfrica, a Nelson Mandela lo encarcelaron por 27 años por cargos de sabotaje y conspiración, porque para las autoridades sudafricanas, Mandela era una suerte de terrorista, en tanto para la mayor parte de la población negra -y también para la mayoría de las naciones del mundo- era un luchador por la libertad. Con este ejemplo es evidente que se es o no terrorista, de acuerdo con quién lo defina en un contexto determinado.

Terrorismo e inteligencia
A pesar de que propios y extraños refieren que las mejores armas para enfrentar a los terroristas están en manos de los servicios de inteligencia, quienes con un trabajo discreto y eficiente están en condiciones de desmenuzar el entramado de organizaciones e individuos que recurren a la violencia para ventilar sus agendas, Estados Unidos optó por una respuesta predecible y convencional: hacer la guerra y atacar físicamente a quienes, en su opinión, eran responsables de los criminales atentados del 11 de septiembre.

En toda guerra, el papel de los servicios de inteligencia es extremadamente importante, y en el caso del inicio de las hostilidades contra los talibán y las bases de operaciones de al-Qaeda, parecía que los servicios de inteligencia de Estados Unidos hacían su trabajo, dado que entre 2001 y 2002 se asestaron importantes golpes a ambos en el marco de la operación Libertad Duradera. Y, cuando la suerte parecía echada para los talibán y al-Qaeda, ocurrió un milagro: Estados Unidos concentró sus esfuerzos a la invasión en Irak -que comenzó el 20 de marzo de 2003-, al retirar tropas y acciones contraterroristas de Afganistán para reubicarlas en el enfrentamiento con Saddam Hussein. Es sabido que si Washington no se hubiera “distraído” con la innecesaria guerra en Irak seguramente habría aplastado a los talibán y posiblemente a al-Qaeda en el primer lustro del siglo XXI. En cambio, la “tregua” que otorgó Washington a Kabul permitió que al-Qaeda se recuperara, y que junto con los talibán, en una especie de operación cucaracha, emigrara a Pakistán, donde los segundos, con el apoyo de los primeros, se reagruparon como movimiento insurgente para luchar contra la República islámica de Afganistán y contra la fuerza de asistencia de seguridad internacional (ISAF), liderada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La relación entre los talibán y al-Qaeda ha sufrido altibajos y parte de la explicación deriva de los objetivos que al-Qaeda se ha propuesto, y que naturalmente buscan ir más allá del territorio afgano. Por ejemplo, un hecho a destacar es el activismo de al-Qaeda -de filiación sunita- durante la invasión estadounidense a Irak, con ataques dirigidos a los chiitas, donde la ola más letal fue en 2006 en el distrito de ciudad Sadr, en Bagdad, en el que murieron unas 215 personas.

Otro suceso que abonó a favor del agudizamiento de la crisis en Afganistán y en la vecina Pakistán fue la manipulación de los servicios de inteligencia estadounidenses, en particular en los meses previos a la invasión de Irak. El desprestigio de, por ejemplo, la Agencia Central de Inteligencia (CIA), impulsado por la administración de George W. Bush y, en particular, por el vicepresidente Richard Cheney, provocó retrocesos adicionales en la reputación y el quehacer de los servicios de inteligencia, máxime cuando un poco después de la invasión de Irak las autoridades norteamericanas reconocieron que Saddam Hussein no estuvo implicado en los sucesos del 11 de septiembre ni que tenía vínculos estrechos con al-Qaeda, como tampoco contaba con armas de destrucción en masa que pudieran dañar a los estadounidenses ni a sus aliados estratégicos en la zona, como Israel. De hecho, a los servicios de inteligencia les costó trabajo recuperarse del fiasco de Irak, algo que presumiblemente se logró con la captura y muerte de Osama Ben Laden.

Terrorismo y militarismo

Como se sugería líneas arriba, Estados Unidos eligió la acción militar para enfrentar la amenaza del terrorismo. De 2001 a 2011 el presupuesto bélico a escala mundial experimentó un dramático ascenso, y en el caso de la Unión Americana, el incremento alcanzó niveles estratosféricos, en contraste con las asignaciones destinadas a combatir epidemias/pandemias y/o para hacer frente a fenómenos naturales que suelen devenir en desastres, como aconteció con el huracán Katrina en 2005.

Si se considera que entre 2001 y 2010, Estados Unidos elevó su presupuesto para la defensa en 81. 3% es evidente que la apuesta es reforzar su seguridad con una acepción muy tradicional referida a la militarización. Y, al igual que en la Guerra Fría, lo que haga una gran potencia como Estados Unidos sirve como referencia al resto del mundo, el cual, en la primera década del siglo XXI, ha seguido sus pasos.

Europa Oriental, por ejemplo, encabeza los esfuerzos militaristas, al superar, incluso, a mediados de la primera década del siglo XXI, a América del Norte. Un caso que llama la atención es el de América Latina, región relativamente pacífica, que no enfrenta una gran amenaza externa y que, sin embargo, ha incrementado desde 2003 el presupuesto que destina a la defensa. En cualquier caso, en 2010 Estados Unidos fue responsable de 43% del presupuesto militar mundial total, seguido de la República Popular China, con 7. 3%; el Reino Unido, 3.7%, y Francia y Rusia, cada uno con 3. 6%.

Terrorismo y muerte de Osama Ben Laden
En la noche del 1 de mayo del año en curso, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, dio a conocer la captura y muerte de Osama Ben Laden, presunto autor intelectual de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Semanas más tarde, Obama anunció el retiro de buena parte de los efectivos militares emplazados en Afganistán, a lo que explicó que esta operación puede completarse en 2014.

Es claro que Barack Obama, a diferencia de su antecesor, se esmera porque su país emplee el poder que posee de manera inteligente, dado que el simple recurso de la fuerza bruta, como quedó de manifiesto previamente, no contribuyó a hacer de Estados Unidos un país más seguro. Asimismo, el mandatario estadounidense ha reiterado que intenta promover la cooperación internacional para problemas a los que los ciudadanos de ese país por sí mismos no pueden dar solución, pese a que muchos de ellos se originan en esa nación, como la crisis financiera de 2008.

¿Lo anterior significa que una vez que Estados Unidos salga de Afganistán todo volverá a una suerte de statu quo ante, como la situación que prevaleció en los años 90, cuando el presupuesto para la defensa disminuyó en todo el mundo, se crearon condiciones para suscribir numerosas iniciativas en materia de desarme y, por si fuera poco, prosperó la agenda de desarrollo con cumbres, que al amparo de la ONU, se abocaron a los temas de infancia, mujer, asentamientos humanos, desarrollo social y medio ambiente, entre otros? No hay que perder de vista que, dado que el mundo y Estados Unidos se acostumbraron en la década pasada a vivir con el flagelo terrorista, es posible que sea necesario identificar nuevas amenazas a la seguridad de las naciones y del mundo, esto por las necesidades del complejo militar-industrial estadounidense y sus símiles en otras latitudes. En este contexto, el crimen organizado transnacional es un fuerte candidato para erigirse como la principal amenaza a la seguridad internacional en sustitución del terrorismo.

Es difícil obviar que en décadas recientes el empleo del concepto de delincuencia organizada -para caracterizar al conjunto de fenómenos delictivos que tienen en común ser cometidos por medio de la estructura de una organización criminal- ha logrado una difusión sin precedentes tanto en los convenios internacionales como en los medios de comunicación y, por supuesto, en el trabajo de las entidades judiciales. Algunos lo atribuyen al fin de la Guerra Fría, al colapso de la Unión Soviética y del comunismo, y a la necesidad -de parte de diversas agencias y ministerios encargados de las tareas de seguridad de los países- de identificar nuevas amenazas para la posguerra fría. Ahora también, en un escenario post mortem, a propósito del deceso de Ben Laden, George Tenet, quien presidió a la CIA, abonó en favor de esta percepción al afirmar, en 1997, que la principal amenaza que enfrentaría la seguridad nacional de Estados Unidos en el siglo XXI sería el crimen organizado transnacional. Puesto que se trata de un azote que amenaza continuamente la paz y la prosperidad de naciones como la mexicana, no deja de preocupar la posibilidad de que al crimen organizado se le trate con la entereza pero también la irresponsabilidad y la falta de visión con la que ha sido atendida la amenaza terrorista, al menos por parte de Estados Unidos.

Es probable que el énfasis en torno a la lucha contra el terrorismo disminuya sustancialmente con la captura y muerte de Ben Laden, a lo que hay que sumar la merma que sufre al-Qaeda en su base de operaciones en la frontera entre Pakistán y Afganistán. Se sabe que dicha organización terrorista se reagrupa y fortalece, en lo que puede considerarse una nueva operación cucaracha, esta vez trasladándose a Somalia y Yemen, gracias a que los dos países viven, en el primer caso, una situación de Estado fallido, y, en el segundo, el debilitamiento del gobierno central, acentuado, en particular, por la salida del presidente Ali Abdullah Saleh, quien sufrió un atentado el pasado 3 de junio, y al ser tan gravemente herido, se le trasladó a un hospital en Saudi Arabia, donde ahora reside. Aunque Saleh no ha renunciado formalmente al cargo, la situación es cada vez más crítica, por los problemas económicos que enfrenta el país y la fragilidad de su sistema de seguridad. En el caso de Somalia, al-Qaeda se ha apoyado en el grupo de Shahab; recluta jóvenes, a los que remite a otras latitudes, como la frontera entre Pakistán y Afganistán, para cumplir actos terroristas. Y en lo que a Yemen corresponde, su ubicación estratégica y la del puerto de Adén, lo convierten en un entorno privilegiado para que al-Qaeda opere sin problemas, con el potencial de dañar la seguridad marítima y energética de Occidente, entre otras amenazas.

Declive de la hegemonía de Estados Unidos
El declive del liderazgo estadounidense, y posiblementede su hegemonía en el mundo, pareció acelerarse con los ataques terroristas del 11 de septiembre, sobre todo por la imagen de vulnerabilidad que estos sucesos generaron en torno al vencedor de la Guerra Fría.

Otras desafortunadas decisiones, ya referidas, como la guerra contra Irak y el descuido de las operaciones en Afganistán, le restaron autoridad moral y liderazgo. Y la cereza en el pastel es la crisis financiera que comenzó en 2008, y ante la que Estados Unidos francamente no puede maniobrar; y si a lo anterior se añade la crisis de endeudamiento que padece, el panorama se ve gris.

Pero la decadencia de la primacía estadounidense también debe verse a la luz de los países ascendentes, los que han acumulado poder, duro y suave, y los que, por lo tanto, reducen más los márgenes de acción de Washington. A medida que otros países se tornan más fuertes y ricos, y mientras Estados Unidos lucha para volver a ganar el apoyo del mundo, se crean espacios que los otros emplean en abierto desafío a la Unión Americana. Considérense, como ejemplo, la postura de India, que ha desafiado frontalmente a Estados Unidos en las negociaciones comerciales de la Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC Rusia, por su parte, atacó y ocupó, sin inmutarse, partes de Georgia en 2008; y por si fuera poco, la RP China albergó los Juegos Olímpicos más espectaculares y costosos de la historia, estimados en 40 mil millones de dólares. Otro tanto se puede decir de Brasil, que obtuvo la sede del Mundial de Futbol para 2014 y también la sede de los Juegos Olímpicos para 2016. En otros tiempos ese tipo de desafíos a cargo de países menos poderosos que Estados Unidos habría sido impensable. Hoy, pese al poder que aún retiene Washington, los países ascendentes se crecen y esmeran por utilizar de buena forma los recursos de poder que disponen.Por eso es razonable asumir que en los años por venir Estados Unidos será el primero entre iguales, o tal vez no tan iguales, pero al convertirse en un país ordinario tendrá márgenes de maniobra restringidos.

Cabe preguntar si los países ascendentes están dispuestos a asumir las responsabilidades y los costos que dicho ascenso conlleva. De no ser el caso, el mundo puede quedar a merced de la incapacidad de Estados Unidos por una parte y la indecisión de los demás por la otra, lo que seguramente generará espacios que pueden aprovechar otros actores; o bien, ante los diversos flagelos que amenazan a la seguridad internacional, se contaría con graves limitaciones para darles respuesta.

Así, a diez años de los ataques del 11 de septiembre no parece que el terrorismo impulsado por islamistas fanatizados, o internamente por extremistas de izquierda o derecha, ponga en entre dicho la supervivencia de las naciones del mundo. En cambio, lo que parece evidente es que el planeta tiende a una configuración acéfala en términos de poder, sin liderazgo claro de parte de la nación que presumiblemente es la mejor dotada para ejercerlo. Asimismo se observa la concurrencia de otros poderes en ascenso y una gama amplia de problemas y desafíos que, amén de la amenaza terrorista, se antojan complejos y de difícil solución, destacando, ciertamente, los problemas del desarrollo, cada vez más divorciados de la agenda de seguridad.

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