Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Estas cosas que vienen del invierno

Era la juventud lo que en ti ardía
Rafael Alberti

Con lumbalgia, barriga y canas recuerdo esas piernas que se abrían a mi paso como las puertas de la vida que aún no había azotado por cuenta propia contra mis narices.

La prisa de los hechos deja rezagadas las palabras. Prevalece la mentira, la risa del cómico, el himen de la doncella, la desdicha de los buenos tiempos. Grasa de las vacas gordas, embutidos de hueso. Las mujeres son abundantes y veloces; las palabras escasas y pausadas. La violencia física, así como el entendimiento sexual, siempre se anteponen a los enunciados, no importa cuán fuertes sean porque detrás del atributo de la fuerza, las palabras son de esencia medrosa. No obstante, cuando las mujeres se han ido solo queda la palabra, y del goce vivaz y pasajero que nos permite un coito, solo queda para sobrellevar los atavíos la representación mental que nos permite nuestro lenguaje, aquello que podemos nombrar. Y no obstante, no todo el goce es nombrable, por eso la vida íntima de cada quien es incomunicable, intransferible y no existe en la historia del arte una expresión suficiente del placer sexual, que rebasa en mucho los estremecimientos venéreos.

Dicen que tras una noche concupiscente la actriz Ava Gadner, a quien alguien llamó “El animal más bello del mundo”, despertó sorprendida al descubrir que el torero Luis Miguel Dominguín, con quien había compartido todas las delicias de unas cuantas horas, se vestía y perfumaba presurosamente. La diva le preguntó a dónde iba y el torero respondió garboso “A contárselo a todos”. Nunca una mujer recibió piropo tan grande de patán más afamado. Ella, claro está, no lo entendió así. Tampoco las damas y caballeros que conocieron la anécdota suelen alabar al matador. ¿Pero es que si esas horas quedaban en el dulce secreto del lecho hubieran sido otra cosa que tiempo y energía fantasmales? Los caballeros tienen mala memoria, según el dictum. Sin duda tienen tan mala memoria como un elefante; de caballeros es sortear nombres y fechas, no dejar rastro de la identidad de las damas: olvidar es la peor majadería que puede hacérsele a una mujer.

La primera fue Alicia, una Lolita que no pudo serlo porque yo era un niño. Apenas merece considerarse como curiosidad que el imberbe Humbert Humbert ocultara con impertinente verguenza su gusto por las mujeres y en particular por ese impúdico y exquisito boceto de ninfa. Yo niño no podía ser el infeliz Humbert, lo que la inhabilitaba a ella para ser Lolita, pero cada uno de sus rasgos, movimientos, actitudes, y me atrevo a agregar pensamientos e intensiones, aunados a sus doce años y sus tetillas en cierne, afirmaban sin ambages que se trataba de una nínfula. Tal vez la del mismísimo Topos Uranos de Nabokov.

Verla desnuda con su vello púbico insipiente y esas tetillas que parecían viruelas enormes es una imagen poderosa, por no decir grotesca o al menos inusual, inenarrable, bizarra e imprefigurarble. La primera imagen que tuve del cuerpo de una adolescente descollando, de una nínfula, dejó en mí una marca tan perenne como la de la primera vez que vi un cadáver.

Si, como dice José Emilio Pacheco, “el mar empieza donde lo hallas por vez primera”, un mar empezó entonces. No un mar, El Mar, las aguas unidas de todo el orbe a través de misteriosos laberintos, pasajes subterráneos, nubes que se desplazan.

El que más y el que menos, hemos visitado el agua y la sal, nos hemos cortado con corales, hemos sentido el ardor impío del aguamala, hemos sido arrastrados hacia los abismos más oscuros y devueltos a tierra ya menguados. Todos tenemos historias de tesoros y naufragios. Pero solo hay un mar y todos los mares son ese primer mar que siempre vuelve como los recuerdos de la noche, cierta noche: “Lo mejor de la vida -dice Kazuo Ishiguro- se vive una noche y desaparece con el día”. Lo intuí a tiempo y nunca he dicho no a placer alguno. Hoy tengo un bastón junto a mi cama. Solía decir que no hay mejor espejo que la mirada de las mujeres en la calle. Es cierto, hasta que desaparecen los espejos. Hoy sé que no hay espejo más fiel que el espejo en el que no quieres mirarte. Aunque es feo abusar de las citas, hay cosas que ya están dichas de la mejor manera: En palabras de Marguerite Yourcenar, “he llegado a esa edad en que la vida para cualquier hombre es una derrota aceptada”.

Todas las Lolitas ahora son mujeres con hijas a las que veo sin interés y a mí ni siquiera me miran. He cantado el réquiem debido a la fama y el éxito que nunca llegaron y pago mi puntual tributo al lento, meticuloso, trabajo de la carcoma. Sin embargo aquí está, por sobre todos los males del agotamiento del cuerpo y la mente, el eco del mar que fue mío una noche y es suficiente para remontar el día hasta el nuevo y definitivo crepúsculo.

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